CAPÍTULO 42
La cala de Sarakiniko, con sus guijarros blancos pulidos por el mar Jónico y sus aguas de un turquesa tan irreal que parecía editado con Photoshop, era el refugio perfecto para una tarde libre.
El sol de media tarde caía con una calidez dorada, tostando la piel y arrancando destellos a la superficie del agua. El aire olía a salitre, a hierba y a la crema solar con aroma a coco que Xanna se estaba untando por las piernas.
Dora, fiel a su naturaleza, estaba atrincherada bajo la sombra de una sombrilla de rayas azules y blancas, armada con unas gafas de sol gigantes y un libro.
Aria, en medio de las dos, estaba tumbada bocarriba sobre su toalla, con los ojos cerrados tras sus propias gafas de sol, dejando que la brisa marina le acariciara el rostro.
Por fuera, parecía la viva imagen del relax. Pero por dentro, su cerebro era como un hámster corriendo en una rueda infinita.
—¿Os habéis fijado en el socorrista de la torre de la izquierda? Tiene unos abdominales que parecen tallados en mármol —dijo Xanna, rompiendo el arrullo del suave batir de las olas.
—Yo llevo un cuarto de hora dándole gracias a los dioses del Olimpo por haberle traído hasta aquí —comentó Dora.
Aria no hizo ningún comentario.
Xanna giró el rostro para mirarla.
—Tienes cara de haber chupado un limón, Aria. ¿Nos vas a contar ya qué te pasa? —dijo.
Dejó el bote de crema solar al lado de la bolsa de playa. Dora bajó el libro lentamente, asomando los ojos por encima de la montura de sus gafas.
—No es nada —respondió Aria.
—Algo es, porque si no, no estarías con esa cara —dijo Dora, con el radar para el cotilleo encendido.
Aria se incorporó, apoyándose sobre los codos, y se quitó las gafas de sol. Miró a sus dos amigas a izquierda y derecha. Suspiró, rindiéndose a la imperiosa necesidad que tenía de soltar la bomba antes de que le explotara en el pecho.
—Ulises y yo nos hemos besado —dijo al fin.
Dora soltó el libro, que cayó sobre la toalla con un ruido seco, perdiendo la página por la que iba leyendo. Xanna, por su parte, se quedó con la boca abierta, la mano a medio camino de extender la crema por su muslo, paralizada como si le hubieran dado al botón de pausa.
—¡¿Que tú y Ulises qué?! —chillaron las dos al unísono, espantando a un par de gaviotas que merodeaban cerca.
—Lo que habéis oído —confesó Aria, sintiendo que el rubor le subía por el cuello, y no precisamente por culpa del sol—. Hace un par de noches. En la cala privada de la mansión. A la luz de la luna. Muy de película romántica, muy intenso y muy... real.
Xanna se arrastró por la toalla hasta acortar la distancia con Aria, clavando sus ojos oscuros en ella como si fuera un interrogador del FBI.
—A ver, frena, rebobina y dale al play en cámara lenta —exigió, gesticulando con las manos pringadas de crema—.
¿Me estás diciendo que el Ogro de la Colina, el hombre de titanio, el hombre que frunce el ceño hasta cuando respira, te ha besado?
—enumeró sin parar—. ¡¿Y te lo has callado hasta ahora? !
—Estaba procesándolo —se defendió Aria—.
Fue... fue increíble, chicas. No os voy a mentir.
Teníais razón, el tío tiene sangre en las venas.
Y mucha. Me agarró, me pegó a él, y os juro que el mundo dejó de girar.
Sus labios, sus manos... todo. Fue un beso de esos que te dejan las rodillas temblando y el cerebro hecho puré.
Dora se ajustó las gafas, con los ojos brillando de pura fascinación literaria.
—Oh, Dios mío. Esto es mejor que cualquier novela que tenga en la librería —murmuró, inclinándose hacia delante—. ¿Y luego? ¿Qué pasó luego? ¿Acabasteis rodando por la arena como en la película De aquí a la eternidad ?
Aria dejó caer los hombros, y toda la ensoñación de su rostro se transformó en una mueca de frustración. Hizo una mueca con la boca.
—Ojalá, cuando estábamos en lo mejor, el señor decidió parar.
—¿Parar? —repitió Xanna, parpadeando rápidamente—. ¿Cómo que parar? ¿En plan «espera, que cojo aire» o en plan «hasta aquí hemos llegado»?
—En plan «hasta aquí hemos llegado». —Aria atrapó un guijarro blanco y lo lanzó al mar con un gesto de resignación—.
Estábamos a punto de pasar a mayores. La temperatura estaba por las nubes, yo ya estaba mentalmente despidiéndome de mi ropa, y de repente, se separa.
Me mira con esos ojazos verdes llenos de intensidad y me dice que no puede hacerlo.
Que merezco algo mejor. Y me deja ahí, con la miel en los labios y un calentón que podría haber fundido los casquetes polares.
Xanna soltó una carcajada de incredulidad. No se lo podía creer. Se llevó las manos a la cabeza.
—¡Nos estás tomando el pelo! —dijo.
—Te aseguro que no.
—¿Cómo puede ser tan cabrón? —Xanna negó con la cabeza—. Aria, tía, Ulises tiene que dar gracias de que no le tiraras arena a los ojos. Yo lo habría ahogado en la orilla.
Aria no pudo evitar echarse a reír imaginando la escena.
—Te juro que la tentación de empujarlo al agua fue grande —admitió, abrazándose las rodillas—. Su decisión le ha bajado varios puntos a su aura de chico malo, no os creáis.
—Bueno, sigue siendo un chico malo, pero no contigo —dijo Xanna.
Dora, que había estado analizando la situación con su mente analítica y su experiencia leyendo miles de tramas románticas, habló.
—Tiene todo el sentido del mundo —dijo, señalando a Aria con el dedo índice—.
Piénsalo. Ulises es un mujeriego, se lía con todo lo que se mueve y no se compromete con nadie.
Si se hubiera acostado contigo, habrías sido una más en su lista.
Una muesca más en el cabecero de su cama.
Al parar, te está demostrando que te respeta demasiado para usarte y tirarte.
Puedes odiarle, pero estaba siendo un caballero… a su manera retorcida, eso sí.
Aria suspiró, dejándose caer de espaldas sobre la toalla, mirando el cielo azul infinito.
—Sí, supongo que tienes razón —murmuró, aunque el tono de su voz estaba cargado de ironía—. Según él, lo estaba haciendo por mi propio bien. Para protegerme de él mismo, porque es un desastre emocional y yo soy demasiado noble, o algo así.
—¡Ay, por favor, qué intensidad! —Xanna puso los ojos en blanco, aunque no podía ocultar la sonrisa divertida que le cruzaba la cara—. Los hombres ricos y guapos siempre tienen que hacerse los atormentados.
—Totalmente —coincidió Dora, riendo.
—Pero bueno… —Xanna alzó los hombros, volviendo a coger el bote de crema solar—, míralo por el lado bueno, Aria.
Fue un caballero. No quiso hacerte daño.
Aunque, sinceramente, ya puede ir subiéndote el sueldo para compensar ese gatillazo emocional, porque dejar a una mujer así de encendida debería estar penado por la ley.
Las tres rieron.
Un rato después las risas se fueron desvaneciendo poco a poco, fundiéndose con el rítmico vaivén de las olas rompiendo contra los guijarros blancos de Sarakiniko.
El ambiente era perfecto, ligero, cargado de esa complicidad que solo se consigue cuando tres mujeres deciden arreglar el mundo (o, en este caso, analizar la psique de un multimillonario griego) en bikini y con el sol acariciándoles la piel.
Xanna, que ya había terminado de embadurnarse el cuerpo con la crema de coco, se tumbó bocarriba y se colocó las gafas de sol.
—En fin, mirándolo por el lado bueno, te has librado de un buen dolor de cabeza —comentó, con un tono despreocupado—. Porque, seamos sinceras, un calentón no resuelto fastidia, pero se pasa. Sería muchísimo peor si estuvieras pillada por él. Te imaginas, ¿no? Qué horror.
El comentario quedó flotando en el aire salado, ligero como una pluma. Pero Aria lo sintió como un yunque de doscientas toneladas.
De repente, el sonido de las cigarras le pareció ensordecedor.
La brisa cálida se volvió sofocante y la sonrisa que tenía en los labios desde hacía unos minutos se le congeló en el rostro, transformándose en una mueca rígida.
Bajó la mirada hacia la braguita de su bikini, muy interesada en un hilo suelto del borde, y cerró la boca de golpe.
Trascurrió un segundo. Dos segundos. Tres segundos.
El silencio de Aria se extendió, delator, llenando el espacio entre las tres toallas.
Dora, que estaba a punto de retomar su lectura, detuvo el movimiento de su mano.
Lentamente, giró el cuello hacia Aria. Sus ojos escanearon la postura tensa de su amiga.
Xanna, al no escuchar la réplica mordaz que esperaba, se levantó sobre un codo y se bajó las gafas de sol hasta la punta de la nariz.
—Aria… —empezó, arrastrando las sílabas, con los ojos entrecerrados—. ¿Por qué de repente estás más callada que un mimo en un funeral?
Aria tragó saliva. Sintió que el calor le subía por las mejillas, y no podía echarle la culpa al sol.
—No estoy callada —murmuró. Su voz sonó una octava más aguda de lo normal.
Dora dejó el libro sobre sus rodillas.
—Oh, Dioses del Olimpo —susurró, alzando las cejas todo lo que podía—. No me lo puedo creer.
—¿Qué? ¿Qué pasa? —preguntó Xanna, moviendo los ojos de Dora a Aria como si estuviera viendo un partido de ping-pong—. ¿Qué me he perdido?
—Mírala, Xanna. Mírale la cara —indicó Dora, señalando a Aria con un gesto de la cabeza—. Está roja como un tomate y no es por el sol —dijo—. Se ha enamorado. Aria se ha enamorado del Ogro de la Colina.
Xanna soltó un jadeo ahogado, llevándose una mano al pecho como si le hubieran disparado.
—¡No! ¡Dime que no es verdad, Aria! —suplicó, incorporándose de un salto hasta quedar sentada con las piernas cruzadas.
Aria se incorporó y se tapó la cara con ambas manos, soltando un gemido lastimero que confirmaba todas las sospechas de Dora y Xanna.
—Vale, puede que esté un poquito… enamorada —confesó, con la voz amortiguada por los dedos—. Solo un poco. Una pizca.
—¡No, no, no! —estalló Xanna, agitando las manos en el aire con su habitual espontaneidad y teatralidad—. ¡Las mujeres no podemos enamorarnos de hombres como Ulises Diakos! Ese tipo de tíos nos llevan directamente al psicólogo, Aria. Te lo digo yo. Joder, ¿cómo se te ocurre?
Aria apartó las manos del rostro.
—¡Uno no elige de quién se enamora! —se defendió, alzando la voz por encima del sonido del mar—.
¡Creedme, si pudiera elegir, me habría enamorado del farmacéutico del pueblo, que siempre me regala caramelos y tiene pinta de no tener traumas infantiles!
Pero no, mi estúpido corazón decidió que era buena idea interesarse por un témpano de hielo con traje hecho a medida, abdominales de vértigo y que me da paseos en helicóptero.
Dora suspiró profundamente, ajustándose las gafas de pasta con un gesto que denotaba que estaba entrando en su modo de «analista de crisis».
—Eso sí que ya es un problema —intervino, mirándola con una mezcla de compasión y severidad—.
Que un tío te deje a las puertas de un polvo porque le entra un ataque de caballerosidad no tiene nada de malo, hasta que resulta que estás enamorada de él.
Porque entonces ya no es solo orgullo herido, Aria.
Es tu corazón el que está en la línea de fuego.
Aria se abrazó las rodillas, apoyando la barbilla sobre ellas.
Sabía que Dora tenía toda la razón del mundo.
Había sido una tonta, una ilusa de manual por caer de esa manera.
Y lo peor de todo era que no podía decir que no se lo hubieran advertido.
Todo el mundo se lo había dicho. Incluso Maggie, la estrambótica dueña de la agencia de trabajo de Atenas, donde le consiguieron el puesto de cuidadora de Katerina Diakos.
«Sí, Ulises Diakos es guapísimo. Sí, probablemente te hará sentir cosas que no te convienen mientras trabajas.
Pero recuerda esto: los hombres guapos son siempre los peores — le había dicho Maggie—.
Los hombres guapos y ricos con problemas de control no son proyectos que arreglar.
Son desastres que evitar. ¿Lo has entendido? »
Y ella no había sido capaz de evitarlo.
Pero ¿qué podía hacer? ¿Cómo se suponía que iba a mantener las distancias cuando él la miraba con esos ojos verdes que parecían desnudarla?
¿Cómo iba a ignorar la forma en que su voz grave le erizaba el vello de la nuca, o la vulnerabilidad que se escondía detrás de toda esa fachada de arrogancia y control?
Había caído, y había caído con todo el equipo. Sin remedio y directa contra el asfalto. Podía ver sus dientes clavados en el cemento.
Y ahora tenía que lidiar con las consecuencias.
—Lo sé —admitió, soltando un suspiro tembloroso que no encajaba con el día tan luminoso que hacía—. Soy idiota. He roto la regla número uno de la supervivencia laboral: no te enamoras de tu jefe. Y menos si tu jefe es un tiburón emocional.
Xanna, viendo la expresión de derrota de Aria, suavizó el rostro. Su indignación teatral se evaporó al instante, desplazada por esa lealtad feroz que la caracterizaba. Se inclinó y le pasó un brazo por los hombros, dándole un apretón reconfortante.
—A ver, idiota no eres. Eres humana —dijo, apoyando la cabeza contra la de Aria—.
Y, seamos justas, el tío está para hacerle un monumento en el centro de Atenas.
Es normal que las hormonas te hayan nublado el juicio.
A mí me hubiera pasado lo mismo. Ese tipo de hombres es lo que tienen, que nos vuelven locas.
—Además —añadió Dora, acercándose a ellas con una sonrisa cálida—, si realmente le importas lo suficiente como para frenar un polvo por miedo a hacerte daño...
a lo mejor el témpano de hielo se está empezando a derretir.
Pero vas a tener que ser fuerte, Aria. No puedes dejar que él marque siempre los tiempos.
Aria miró a sus dos amigas. El nudo de angustia que se le había formado en el estómago empezó a aflojarse, sustituido por una chispa de determinación. Tenía un problema, sí. Uno de un metro ochenta y pico, ojos verdes y un carácter de mil demonios. Pero saldría adelante. Sí, saldría adelante.
—Tenéis razón —dijo, irguiendo la espalda—. Se acabó el lamentarse. Si Ulises Diakos cree que puede ponerme el mundo patas arriba y luego salir huyendo con la excusa de la caballerosidad, es que no sabe con quién se está metiendo.
Xanna soltó una carcajada y alzó su botella de agua.
—¡Claro que sí! —celebró—. Y si te rompe el corazón, recuerda el plan B: laxante en el café. Mi propuesta sigue en pie.
—Amén a eso —secundó Dora, chocando su propia botella con la de Xanna. Aría también levantó su botella y brindó con ambas.