La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

El sol de mediodía caía a plomo sobre Ítaca, convirtiendo el mar Jónico en un inmenso espejo de zafiro deslumbrante.

Aria se había refugiado bajo la sombra de la pérgola cubierta de buganvillas en una de las terrazas laterales de la mansión.

Frente a ella, sobre una mesita, descansaba un vaso de limonada helada que sudaba gotas de condensación y, a su lado, un platito con el tiramisú que Matilde le había encasquetado con la excusa de que estaba haciendo pruebas para un nuevo menú.

Aria acababa de hundir la cucharilla en la cremosa capa de mascarpone cuando su teléfono móvil, apoyado junto al vaso, empezó a vibrar y a bailar una especie de conga silenciosa sobre el cristal de la mesa.

Miró la pantalla.

Mamá.

Una sonrisa, amplia y luminosa, borró de un plumazo cualquier rastro de la tristeza que llevaba arrastrando desde el amanecer. Se limpió los labios con la servilleta, se acomodó en el sillón de mimbre y descolgó.

—¡Hola, mamá! —saludó, en un tono que solo reservaba para ella.

—¡Mi niña preciosa! —La voz de Eleni resonó al otro lado de la línea, cálida, vibrante y con ese volumen ligeramente elevado típico de las madres que creen que, por estar lejos, tienen que gritar un poco más para que la señal cruce el mar—.

¿Te pillo en mal momento? ¿Estás trabajando?

Si estás con la señora Diakos, cuelgo y te llamo luego, que no quiero que te despidan por mi culpa.

Aria soltó una carcajada suave, recostándose contra los cojines.

—Tranquila, mamá, Katerina está descansando en su habitación y yo estoy en mis horas libres. Estoy comiéndome un tiramisú que podría resucitar a un muerto, cortesía de Matilde, el ama de llaves.

—¡Ay, qué maravilla! Ya sabía yo que en esa casa te iban a tratar bien. Con lo delgada que te fuiste, a ver si vuelves con un poco de color y un par de kilos, que falta te hace —bromeó Eleni—. ¿Y qué tal todo por allí, mi amor? ¿Cómo te van las cosas en Ítaca? ¿Es tan bonito como dicen?

—Es el paraíso, mamá. De verdad. La isla es preciosa, la casa parece sacada de una revista de arquitectura, como ya te dije, y el trabajo...

bueno, el trabajo es genial. —Aria suspiró, satisfecha—.

Katerina es un personaje fascinante. Es una mezcla entre una diosa griega y la abuelita de Caperucita, pero con mucho más glamour y una lengua afilada como un cuchillo jamonero.

Me río muchísimo con ella. Y aunque ha tenido una infección de orina, ya está recuperada del todo, tiene una vitalidad increíble.

—Cuánto me alegro. De verdad que sí —suspiró Eleni, aliviada—.

Te confieso que cuando me dijiste que te ibas a trabajar para una de las familias más ricas de Grecia, me dio un poco de miedo.

Ya sabes cómo es esa gente... a veces miran por encima del hombro al resto.

Pero si la señora Diakos es buena contigo, yo soy feliz.

—Es maravillosa, mamá. Me trata como si fuera su nieta. Nos pasamos las tardes charlando, leyendo o cotilleando sobre los famosos. —Aria sonrió. El ambiente era tan bueno con Katerina, y también con Matilde, que, durante un momento, casi olvidó su drama.

Casi.

—Oye, ¿y qué tal con el jefe? —preguntó de pronto Eleni, con un tono casual—. El famoso Ulises Diakos. He leído en las revistas que es un portento de los negocios. Y muy guapo, todo hay que decirlo. ¿Es muy estricto? ¿Te trata bien?

El estómago de Aria hizo un triple salto mortal hacia atrás y aterrizó de bruces con la cara.

La cucharilla, que había vuelto a levantar hacia su boca, se quedó congelada a medio camino.

Toda la calma que había acumulado en los últimos cinco minutos se evaporó como una gota de agua en una sartén hirviendo.

Su expresión cambió de golpe. Apretó los labios, formando una línea dura con ellos.

«¿Que si me trata bien? —repitió para sí misma en silencio—.

Oh, de maravilla, mamá. Anoche me devoró la boca en la playa bajo la luz de la luna, pero me dijo que no quería nada conmigo porque merezco a alguien mejor que él, y esta mañana ha huido en helicóptero como si yo fuera portadora de la peste bubónica. Todo fantástico.»

Afortunadamente, era una llamada tradicional y no una videollamada. Su madre no podía ver la expresión de su rostro. Bendito fuera el siglo XXI y sus opciones de llamada sin cámara.

Aria carraspeó, obligándose a relajar los músculos del cuello. Invocó a la actriz ganadora del Óscar que llevaba dentro y forzó un tono de voz tan ligero y chispeante que casi sonó como un anuncio de champán.

—¿Ulises? A ese hombre apenas le veo el pelo —mintió—. Se pasa la vida en Atenas, dirigiendo su imperio.

—¿Ah, sí? Vaya, yo pensaba que al estar su abuela enferma pasaría más tiempo en la isla —comentó Eleni, completamente ajena a la taquicardia que sufría su hija.

—Qué va, qué va. —Aria agitó una mano en el aire, como si su madre pudiera ver el gesto de restarle importancia—.

Vino un par de días para asegurarse de que Katerina no se moría, y en cuanto vio que estaba bien, se volvió a la capital.

De hecho, se ha ido esta misma mañana, al amanecer.

Creo que tiene un romance apasionado y exclusivo con sus hojas de cálculo y con los informes de las reuniones de la junta directiva —bromeó.

Eleni rio al otro lado de la línea.

—Mejor así, hija. Los hombres tan ricos, tan guapos y tan adictos al trabajo suelen ser unos estirados insoportables y unos egocéntricos. Cuanto más lejos lo tengas, menos dolores de cabeza te darán. Tú céntrate en cuidar a su abuela, en disfrutar de la playa y en ahorrar, que es a lo que has ido.

«Estirado no es, mamá. Pero cabrón, un rato. Y lo de los dolores de cabeza... llegas unas veinticuatro horas tarde con el consejo», pensó Aria, clavando la cucharilla en el tiramisú con un poco más de fuerza de la estrictamente necesaria.

—Exacto, mamá. Sabias palabras, como siempre —respondió Aria, logrando que su voz sonara alegre y despreocupada—. Yo aquí estoy en la gloria. Sol, mar, comida deliciosa y cero estrés.

—Esa es mi chica —dijo Eleni, con orgullo—. Bueno, mi amor, te dejo que termines tu tiramisú y que siguas con tu descanso. Solo quería oír tu voz y saber que estabas bien. Me dejas mucho más tranquila.

—Yo también me alegro mucho de escucharte, mamá. Me ha venido genial la llamada —confesó Aria, y era cien por cien verdad. Hablar con su madre siempre la devolvía a la realidad, lejos de los dramas de multimillonarios griegos.

—Te quiero muchísimo, Aria. Cuídate, ¿vale? Y ponte crema solar, que el sol del Mediterráneo es muy traicionero.

—Yo también te quiero, mamá. Muchísimo. Y tranquila, que me baño en factor cincuenta. ¡Tengo muchas ganas de verte!

—Y yo a ti, mi vida. Un beso enorme.

—Otro para ti. Chao.

Aria separó el teléfono de su oreja, pulsó el botón rojo para finalizar la llamada y lo dejó caer sobre la mesa. Dejó escapar un suspiro sonoro, de esos que vacían los pulmones por completo. Se pasó las manos por la cara, frotándose los ojos, y luego miró hacia el horizonte azul.

Había superado el interrogatorio materno con matrícula de honor. Su madre no sospechaba absolutamente nada del huracán emocional en el que estaba metida. Ni de que se había besuqueado con su jefe.

Cogió la cucharilla llena de mascarpone y se la metió en la boca.