CAPÍTULO 40 #2
Apenas cinco minutos después de que Aria abandonara la habitación, la puerta volvió a abrirse.
Dos discretos golpecitos en la madera con los nudillos precedieron a la entrada de Matilde.
La ama de llaves asomó la cabeza con esa sonrisa cálida y maternal que parecía llevar cosida al rostro.
Tenía puesto su impecable delantal, del que siempre emanaba un levísimo y reconfortante aroma a hierbas provenzales y jabón de Marsella.
—Con permiso, Katerina —saludó Matilde, entrando con paso resuelto y cerrando la puerta a sus espaldas—.
Venía a comprobar si sigues por el buen camino.
¿Qué tal te ha sentado el desayuno? Y de paso venía a preguntarte que ¿qué le apetece que prepare para comer?
El pescadero ha traído una dorada que es un escándalo, pero si el cuerpo te pide algo más contundente, puedo hacer mi famosa musaka .
Katerina, que seguía con la mirada perdida en el azul infinito del mar que se colaba por el ventanal, giró el rostro hacia ella. Lejos de tener la expresión de una anciana convaleciente pensando en el menú del día, sus ojos brillaban con la intensidad de un general a punto de planear una emboscada.
—Matilde, olvídate de la dorada y de la musaka . Podrías servirme cartón hervido y ni me enteraría —aseveró, dándole unas palmaditas al colchón a su lado—. Siéntate. Tenemos una crisis de estado de nivel cinco.
Matilde enarcó las cejas, estaba acostumbrada a los dramas domésticos de Katerina, pero no pudo disimular que le intrigaba el tono conspiratorio de su jefa. Se limpió las manos en el delantal por puro acto reflejo y se sentó en el borde de la inmensa cama, cruzando las manos sobre el regazo.
—Virgen santa, ¿qué ha pasado ahora? —preguntó, bajando la voz instintivamente—. ¿Se ha vuelto a estropear la bomba de agua de la piscina?
—Ojalá fuera la bomba de agua. Eso se arregla con dinero y un fontanero —suspiró Katerina, acomodándose las gafas de lectura sobre el puente de la nariz con un gesto teatral—. Es mi nieto. Y Aria.
Una sonrisa cómplice, casi felina, asomó a los labios de Matilde. El «Proyecto Emparejamiento», como lo llamaban en la intimidad de la cocina, era el tema de conversación favorito de Matilde.
—Ah... Ya decía yo que el ambiente esta mañana estaba más tenso que la cuerda de un violín —murmuró, inclinándose hacia adelante, lista para escuchar el chisme—. Cuéntame. Soy todos los oídos.
Katerina se frotó las sienes, como si la estupidez masculina le provocara jaqueca.
—Anoche los vi desde la ventana. Estaban en la playa.
Y no, no estaban precisamente buscando conchas.
Había... cercanía. Mucha cercanía. Las sombras casi se fundían, Matilde.
Yo ya estaba mentalmente eligiendo el color de los centros de mesa para la boda.
—Katerina hizo una pausa dramática, levantando un dedo acusador hacia el techo—.
Y de repente, esta mañana, Ulises se ha despedido de mí, se ha montado en su helicóptero y se ha marchado a Atenas.
Ni que fuera James Bond escapando de un villano.
Se ha ido con la excusa de una «emergencia en la empresa».
—¿Ha huido? —Matilde soltó una risa incrédula, negando con la cabeza—. Ulises no huye, Katerina. Él hace «retiradas estratégicas».
—Llámalo como quieras, pero ha dejado a la pobre Aria aquí, sola, lidiando con lo que fuera que pasara entre ellos anoche —replicó Katerina, indignada—.
Acaba de estar aquí trayéndome el desayuno.
Intentó venderme la moto de que no había pasado nada, sonriendo con tantos dientes que parecía un anuncio de dentífrico.
Pero yo tengo muchos años, Matilde. Tenía los ojos tristes.
Esa chica estaba tocada. Se le notaba la decepción a kilómetros.
Y me ha soltado un discurso sobre cómo mi nieto no tiene madera de novio que sonaba a que se lo había repetido a sí misma cien veces frente al espejo.
Matilde chasqueó la lengua, compadeciéndose de Aria. Conocía bien a Ulises; lo había visto crecer. Sabía que debajo de su fachada de tiburón de los negocios y playboy empedernido había un hombre que le tenía pánico a las emociones reales.
—Ay, nuestro chico... —suspiró—. Es que es imposible. ¿Tú crees que algún día va a asentar la cabeza? A veces pienso que está programado para sabotear cualquier cosa que le haga sentir mariposas en el estómago. Prefiere los dolores de cabeza que le provoca la junta directiva.
—Es una idiota integral —dijo Katerina, alzando las manos al cielo—. Mi plan se está yendo al traste por culpa de su complejo de lobo solitario. Y lo peor es que Aria le importa. Le importa mucho más de lo que admite. Y de lo que cree. ¿Tú oíste el numerito que montó ayer por la tarde en el jardín?
Matilde afirmó con la cabeza.
—¿Que si lo oí? Por favor, si casi se me quemaron las croquetas que estaba haciendo, viéndolo desde la ventana de la cocina —contestó, llevándose una mano al pecho—. Ulises salió al jardín con esa cara de Zeus a punto de lanzar un rayo, solo porque el pobre chico estaba hablando con Aria.
—¡Le echó una regañina absurda sobre que me tenía descuidada! —Katerina resopló, con expresión divertida a pesar de la frustración—. Celos, Matilde. Celos puros, duros y primitivos es lo que tenía Ulises. Le hervía la sangre de ver a otro hombre haciendo reír a Aria.
—Estoy de acuerdo contigo —asintió Matilde, con los ojos chispeando de diversión—.
Aunque, si lo piensas fríamente, resulta hasta cómico.
¿Ulises, el soltero de oro de Grecia, el hombre que tiene a las modelos haciendo cola para estar con él, celoso?
Parece un chiste. Es difícil imaginar que un hombre con un ego del tamaño del Partenón pueda sentirse amenazado.
—El ego es inversamente proporcional a la inteligencia emocional, querida Matilde —afirmó Katerina con su centenaria sabiduría—.
Ezio es guapo, es joven, es encantador y, lo más importante, no tiene miedo de demostrar que Aria le gusta.
Ulises vio eso y su cerebro de cromañón se puso en alerta. «Mujer mía, casa mía, Ezio fuera».
Las dos compartieron una risa llena de complicidad, imaginando a Ulises gruñendo y golpeándose el pecho en el jardín, como si fuera un hombre prehistórico.
—Bueno —dijo Matilde, alisándose el delantal y poniéndose en pie con un suspiro—. No des todo por perdido. Si Ulises ha salido huyendo en helicóptero, es porque el susto que se ha llevado al sentir algo real ha sido tremendo. Y ya sabes lo que dicen: cuanto más corren, más cansados vuelven.
Katerina esbozó una sonrisa.
—Tienes razón. Roma no se construyó en un día, y domesticar a un Diakos requiere paciencia.
—Que te lo digan a ti —comentó Matilde.
—Sí, que me lo digan a mí. El abuelo de Ulises era terco como una mula.
—Cierto —dijo Matilde.
Katerina se acomodó entre los almohadones, de repente con mucho mejor humor. Miró a Matilde.
—Prepara la dorada al horno, Matilde. Y hazle a Aria su postre favorito —indicó—. Esa chica va a necesitar azúcar para sobrevivir a la resaca emocional que le ha dejado mi nieto.
—Marchando una dorada y un tiramisú de emergencia para corazones en horas bajas —guiñó un ojo Matilde, dirigiéndose hacia la puerta—. No te preocupes, Katerina. Nosotras ganaremos esta guerra.
Katerina asintió, viendo salir a su cómplice.