La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

Aria caminaba por el pasillo del segundo piso, equilibrando la bandeja de madera que contenía un desayuno digno de una emperatriz: yogurt griego con miel y nueces, tostadas crujientes, fruta fresca cortada en trozos pequeños, un café con leche humeante y un vaso de zumo de naranja recién exprimido.

Sin embargo, a pesar de la belleza del entorno y del aroma del café recién hecho, el estómago de Aria era un nudo marinero de los difíciles.

Había dormido fatal. Su cerebro se había pasado la noche en un bucle infinito, reproduciendo cada segundo de lo que había ocurrido en la playa.

El calor de las manos de Ulises, el sabor de su boca, y luego...

el frenazo en seco. Su discurso lleno de una honestidad tan brutal y caballerosa que la había dejado completamente descolocada.

Estaba tocada, muy tocada. Una parte de ella quería aplaudirle por su madurez emocional, y la otra quería tirarle un jarrón a la cabeza por haberla dejado con la miel en los labios.

Ahora tenía que enfrentarse a él a la luz del día, y no tenía ni la más remota idea de qué cara poner.

¿La de empleada eficiente? ¿La de persona comprensiva?

¿La de una mujer que casi se acuesta con su jefe en una cala privada?

Aria respiró hondo, compuso su mejor sonrisa de «aquí no ha pasado nada» en los labios y empujó la puerta de la habitación de Katerina con la cadera.

—Buenos días, Katerina —saludó, intentando sonar de buen humor.

Katerina estaba sentada en la cama, apoyada contra el montón de almohadones.

El cambio en ella era espectacular. La infección de orina que la había tenido postrada y febril durante dos días era ya historia.

Tenía buen color en las mejillas, el pelo blanco perfectamente peinado y esa chispa de astucia incombustible brillando de nuevo en sus ojos.

—Buenos días, cariño —respondió Katerina, cerrando el libro que tenía en el regazo y acomodándose las gafas de lectura—. Aunque, por el ceño fruncido que traías en la cara antes de forzar esa sonrisa, diría que tu mañana podría ser mejor.

Aria casi tropezó con la alfombra. ¿Su rostro era un libro abierto?

—Son imaginaciones tuyas, he dormido de maravilla —mintió, depositando la pesada bandeja sobre las piernas de Katerina con cuidado—. Aquí tienes tu desayuno. Y, por supuesto, el postre. Tu dosis de antibiótico. Ya es el penúltimo día.

Katerina ignoró la pastilla por el momento y tomó la taza de café, dándole un sorbo mientras miraba a Aria por encima del borde de porcelana.

—Supongo que ya te habrás dado cuenta de que hay un silencio inusual en la casa —comentó Katerina en tono casual, demasiado casual—. Ulises se ha ido.

Aria se quedó congelada a mitad de camino de recoger una servilleta.

—¿Se ha ido? —repitió, intentando que su voz sonara neutral y no como si le acabaran de quitar un yunque de encima.

—Al poco de amanecer. Ha venido a despedirse, me ha dado un beso en la frente, ha cogido el helicóptero y ha puesto rumbo a Atenas. Ha dicho que tenía una crisis en la oficina que requería su atención inmediata. —Katerina hizo un gesto despectivo con la mano libre—. Excusas de adicto al trabajo.

Aria parpadeó, procesando la información.

Se había ido.

Antes de que ella se despertara. Antes de tener que cruzarse con ella en la cocina o en los pasillos.

La recorrió una ola de alivio tan inmensa que casi suspiró en voz alta.

Lo agradecía, de verdad que sí. No tenía ningunas ganas de encontrárselo por la casa, de intentar descifrar sus miradas o de lidiar con la tensión que seguramente flotaría entre ellos.

Sin embargo, en el fondo de su pecho, una minúscula y traicionera punzada de engaño se hizo notar.

El muy cobarde había huido. Muy noble por la noche, pero incapaz de darle los «buenos días» por la mañana y despedirse.

—Un imperio no se dirige solo, supongo —dijo, encogiéndose de hombros, mientras fingía un repentino interés en alinear los cubiertos de la bandeja.

Katerina dejó la taza en el platillo de porcelana con un tintineo suave. Sus ojos, afilados como bisturís, se clavaron en el rostro de Aria.

—Anoche me costó conciliar el sueño —empezó a decir, bajando un poco el tono de voz, como si estuviera a punto de revelar un secreto de estado.

—¿Ah, sí?

—Sí, me levanté a por un vaso de agua y, casualmente, miré por la ventana. Ya sabes que mis ventanas dan directamente a la playa privada.

El corazón de Aria dio un espectacular brinco contra las costillas y empezó a latir a toda prisa. Sintió que la sangre le subía a las mejillas de golpe.

«Mierda, mierda, mierda», gritó su cerebro.

—Qué... qué casualidad —logró decir, pasándose las manos por la falda. De repente se puso muy nerviosa.

—Os vi —soltó Katerina, sin anestesia, como era ella—.

A ti y a mi nieto. Las sombras no engañaban.

Parecía una escena bastante intensa. Dime la verdad, Aria, ¿pasó algo entre vosotros?

¿Discutisteis? ¿Ese cabezota te regañó por algo relacionado con el trabajo?

Porque si es así, te juro que le llamo ahora mismo y le desheredo.

Aria soltó el aire que no se había dado cuenta de que estaba reteniendo. Katerina no había visto los besos. O, si los había visto, la distancia y la oscuridad le habían hecho interpretar el lenguaje corporal de otra manera. Mejor.

—¡No, no! Nada de eso, Katerina —se apresuró a decir Aria, forzando una sonrisa—. No discutimos ni me regañó. Todo está bien. Los dos... necesitábamos tomar un poco de aire después de lo que había pasado por la tarde. Ulises me pidió disculpas por su comportamiento delante de Ezio.

Era una mentira como una catedral, y el sabor de esa mentira le amargó la boca.

Todo no estaba bien. Estaba tremendamente tocada por la forma en que Ulises la había rechazado.

Sí, lo había hecho de una manera caballerosa para protegerla, pero no por eso no le dolía, porque significaba que nunca iba a estar con él y que todas las fantasías que había creado a su alrededor se habían ido a la mierda con su negativa. Pero jamás se lo diría a su abuela.

Para escapar del escrutinio, Aria agarró el vaso de agua y la pastilla que Katerina había ignorado al principio.

—Venga, tómate esto antes de que se te enfríe el café —ordenó, usando su tono más profesional y autoritario.

Katerina tomó la pastilla a regañadientes y se la tragó con un sorbo de agua, pero no apartó la vista de Aria. La mujer tenía la mosca detrás de la oreja, y cuando Katerina Diakos se aferraba a una idea, era peor que un perro de presa con un hueso.

—Sabes, he estado pensando en la rabieta que tuvo Ulises ayer. Nunca lo había visto así. Esa forma de reaccionar no es habitual en él, a pesar de que es muy impulsivo —continuó, untando un poco de mantequilla en su tostada—. Yo creo que no era simple mal humor. Yo creo que eran celos.

—¿Celos? ¿Ulises? Por favor, Katerina. —Aria resopló, cruzándose de brazos—. Ulises no siente celos porque, para empezar, no le importa nada que no cotice en bolsa, excepto tú. Fue solo esa manía que tiene de protestar por todo y de que se hagan las cosas como él quiere.

—No me trates de tonta, Aria —la reprendió Katerina con cariño, señalándola con el cuchillo de la mantequilla—. Conozco a mi nieto. Y te conozco a ti. ¿Sabes qué pienso?

Aria se echó a temblar. A saber qué iba a decir Katerina.

—¿Qué?

—Que hacéis muy buena pareja. Sois como el fuego y la pólvora. Él necesita a alguien como tú, alguien que no le baile el agua, que tenga un corazón noble y que le ponga los pies en la tierra. Y tú... bueno, tú necesitas a alguien que te cuide como te mereces.

Las palabras de la mujer fueron como un dardo directo al centro del pecho de Aria, precisamente porque hacían eco de lo que el propio Ulises le había dicho horas antes.

«Mereces a alguien que se enamora de ti... Yo no puedo darte eso.»

Aria tragó saliva, obligándose a mantener la compostura. Tenía que quitarle esas ideas románticas a Katerina de una vez por todas, por el bien de las dos.

—Katerina, Ulises y yo somos jefe y empleada.

Fin de la historia —comenzó—. Su nieto es un hombre brillante, sí, pero no tiene madera de novio.

Él mismo lo dice. Huye del compromiso como de la peste.

Yo busco… amor, estabilidad, busco a alguien que quiera construir algo real, no a un hombre que cambia de mujer cada fin de semana. Él y yo no somos compatibles.

Katerina dejó la tostada en el plato. La vehemencia en las palabras de Aria, sumada a la expresión tensa de su rostro, le confirmó que sus sospechas no iban desencaminadas.

Había pasado algo en esa playa. La repentina huida de su nieto, que nunca dejaba las cosas a medias, era tremendamente sospechosa.

Y la mirada de Aria, habitualmente chispeante y llena de humor, estaba ensombrecida por una tristeza que intentaba ocultar a toda costa.

—Si tú lo dices... —murmuró, adoptando un tono conciliador, pero con una ceja levemente arqueada—. Supongo que me estaré volviendo una vieja romántica y melancólica.

Aria asintió, y se dio cuenta de que su discurso había sonado demasiado intenso, demasiado personal. Se apartó de la cama y fingió abrir las cortinas para darle la espalda a Katerina durante unos segundos.

—Tómate el desayuno, vendré a por la bandeja en un rato —dijo, recuperando un poco de su tono ligero habitual, aunque la expresión de su rostro seguía siendo más seria que de costumbre.

Salió de la habitación cerrando la puerta con suavidad. Katerina se quedó sola, masticando su tostada lentamente, con la mirada fija en la ventana que daba al mar. Una sonrisa minúscula pero astuta se dibujó en sus labios.

Sí, había pasado algo. Y aunque Ulises hubiera huido a Atenas, Katerina sabía perfectamente que de los sentimientos no se podía escapar en helicóptero.