La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 39 #2
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CAPÍTULO 39 #2

Se quedaron allí, en la arena, mientras la noche caía sobre Ítaca. El mar seguía rugiendo frente a ellos, inmenso y oscuro. Aria sentía el latido acompasado del corazón de Ulises bajo la camisa.

La noche había caído por completo sobre ellos, desplegando un manto de estrellas que parecía un decorado de Hollywood. El sonido de las olas rompiendo en la orilla ya no sonaba a amenaza, sino a una banda sonora sorprendentemente bonita.

Aria seguía apoyada en el hombro de Ulises, maravillosamente cómoda, procesando el hecho de que el temible Ogro de la Colina, el hombre que desayunaba empleados en las juntas de accionistas y respiraba fuego, era en realidad un ser humano cálido, vulnerable y que, además, olía condenadamente bien.

—Deberíamos volver a la mansión —murmuró Ulises, aunque su tono de voz, perezoso y grave, contradecía por completo sus palabras, porque no hizo el menor amago de moverse. De hecho, su mano apretó un poco más la de Aria.

—Sí —dijo ella, sin mover un solo músculo—. La arena se está empezando a meter en lugares donde no debería.

Ulises soltó una risa baja que vibró contra el pecho de Aria.

Giró la cabeza para mirarla. En la penumbra, iluminado solo por el resplandor plateado de la luna, su rostro había perdido toda esa tensión que solía endurecer sus facciones, y sus ojos, habitualmente insondables, brillaban con una intensidad diferente.

Una que hizo que a Aria se le secara la boca de golpe y que su corazón diera un salto mortal con triple tirabuzón.

El aire entre ellos pareció condensarse, y la brisa marina dejó de ser fresca para volverse extrañamente cálida.

—Aria... —susurró él, y la forma en que pronunció su nombre, como si fuera un secreto, una confesión o una plegaria, la dejó sin aliento.

Ulises levantó el brazo que tenía libre y, con una suavidad que contrastaba con el tamaño de sus manos, le apartó un mechón de pelo rebelde que el viento le había pegado a la mejilla.

Sus dedos rozaron la piel de Aria, trazando la línea de su mandíbula.

Fue un toque eléctrico, un chispazo que le recorrió la espina dorsal de arriba abajo.

Ella levantó la vista, perdiéndose en su mirada.

El radar romántico de Aria, que horas antes con Ezio estaba más apagado que un televisor estropeado, ahora pitaba como una alarma nuclear.

Ulises acortó los escasos centímetros que los separaban.

El primer beso fue una exploración tímida. Sus labios rozaron los de ella con una delicadeza abrumadora, como si temiera que Aria fuera a romperse o a salir corriendo.

Aria cerró los ojos y dejó escapar un pequeño suspiro, respondiendo al beso instintivamente. Ulises sabía a salitre, a la menta de su aliento y a algo oscuro y embriagador que era pura esencia suya. Llevó una mano a su nuca, enredando los dedos en su pelo oscuro y espeso.

Ese simple gesto fue como echarle gasolina a una hoguera.

El control férreo del que Ulises siempre hacía gala se evaporó en el aire.

El beso cambió de marcha, volviéndose profundo, exigente, hambriento.

Los labios de él se movieron sobre los de Aria con una urgencia que le hizo dar vueltas la cabeza.

Aria le correspondió con la misma intensidad, abriendo los labios para dejar paso a su lengua, perdiéndose en el sabor y en el calor que irradiaba su cuerpo.

Era un beso de película, de esos que dejan las rodillas temblando y el sentido común perdido en otro continente.

Sin romper el beso, Ulises se giró, envolviéndola con ambos brazos, y el impulso los hizo perder el equilibrio. Cayeron sobre la arena en un enredo de extremidades y suspiros.

Aria se encontró de espaldas contra la arena fría, pero no le importó en absoluto, porque el calor del cuerpo de Ulises, que estaba sobre ella, era más que suficiente para compensarlo.

Él se apoyó sobre sus codos para no aplastarla, enmarcando el rostro de Aria con las manos.

La miró desde arriba, con la respiración agitada y los ojos oscurecidos por el deseo.

—Si esto es un sueño, te juro que despido al que me despierte —murmuró con la voz ronca, antes de volver a atacar sus labios.

Aria dejó escapar una carcajada que murió en su boca cuando Ulises empezó a besarle el cuello, justo en ese punto sensible debajo de la oreja. Un escalofrío de placer la recorrió entera.

«Adiós, cordura. Ha sido un placer conocerte», pensó, mientras sus manos recorrían la espalda de Ulises, sintiendo la tensión de sus músculos bajo la fina tela de la camisa de lino.

La cosa se estaba calentando a un ritmo alarmante.

Las manos de Ulises ya no eran cautelosas, recorrían la cintura de Aria, acariciando la curva de su cadera, subiendo por sus costillas con una urgencia que la hacía arquear la espalda buscando más contacto.

Se deseaban. La química entre ellos, que había estado burbujeando bajo la superficie en forma de discusiones y miradas furtivas, acababa de explotar por los aires.

Aria tiró de la camisa de Ulises, queriendo deshacerse de los botones, queriendo sentir su piel.

Él gruñó en respuesta, soltando un sonido gutural que a ella le pareció la mejor sinfonía del mundo, y bajó sus besos por la clavícula de Aria, apartando el tirante de su vestido.

Estaban a un paso del punto de no retorno, a un suspiro de convertir la playa privada en el escenario de una escena escandalosa.

Pero entonces, justo cuando el cerebro de Aria ya estaba emitiendo un pitido plano y su cuerpo era pura anticipación, Ulises se detuvo en seco.

Se quedó totalmente quieto. Su respiración era pesada, como si acabara de correr una maratón. Apoyó la frente contra la de Aria y cerró los ojos con fuerza, apretando las mandíbulas.

—Ulises... —susurró ella, confundida—. ¿Qué...?

Él tomó una gran bocanada de aire, como si estuviera intentando aspirar toda la cordura que flotaba en el mar Jónico, y se separó unos centímetros para mirarla. Aria tenía el pelo revuelto, los labios hinchados y una expresión que era una mezcla a partes iguales de agonía y determinación.

—No —dijo él, con voz rasposa, negando con la cabeza—. No puedo hacerte esto. Lo siento.

Aria parpadeó. Se sentía como si acabaran de tirarle un cubo de agua con hielo en la cara. Se quedó mirándolo, con los labios entreabiertos y el tirante del vestido aún caído por el hombro. Su cerebro tardó unos segundos en reiniciar el sistema.

—¿Qué… Qué pasa? —preguntó, con la sensación de que se estaba perdiendo algo.

Ulises se incorporó lentamente, sentándose a su lado y pasándose las manos por el pelo en un gesto de frustración. Exhaló el aire. Parecía estar cargando con el peso del mundo.

—Pasa que... eres tú. Y yo soy yo —dijo, mirándola con una intensidad que la desarmó.

Aria frunció el ceño, confundida, mientras él continuaba, midiendo cada palabra.

—Yo… Joder, cada fin de semana hay una mujer distinta en mi cama.

Huyo de las relaciones sentimentales. No tengo nada que ofrecer más allá de un rato divertido, y tú...

—Ulises levantó una mano, rozando con el pulgar la mejilla de Aria con una suavidad infinita—.

Tú no eres una mujer cualquiera, Aria. Eres noble, tienes un corazón demasiado bueno, y no voy a ser yo el imbécil que te lo rompa.

Aria se incorporó, colocándose el tirante en su sitio y sacudiéndose un poco de arena de la falda del vestido.

—Pero…

—No quiero que te confundas, Aria, y mucho menos quiero que sufras —continuó Ulises, con la voz grave y firme—.

Mereces a alguien que se enamore de ti. Alguien que busque exactamente lo mismo que tú, que quiera construir algo real.

Yo… yo no puedo darte eso. Y me niego a joderte el corazón por un simple polvo en la playa.

No te mereces que te trate como a una más.

Lo siento, pero prefiero ser sincero contigo ahora, antes de cruzar una línea de la que me arrepienta.

Aria parpadeó, procesando su discurso. Era un jarro de agua fría, sin duda, pero ¿qué iba a hacer? ¿Obligarle a ser un canalla cuando por fin estaba demostrando tener principios? ¿Ser humano? No le quedaba más remedio que aceptarlo.

Todo era una mierda, porque en el fondo sabía que tenía razón.

—Vale —dijo, tratando de ocultar la punzada de decepción que sentía.

Aria se había imaginado que terminarían follando como dos animales salvajes en medio de la playa, como ocurría en las películas románticas, donde el protagonista masculino se daba cuenta de que estaba enamorado hasta los huesos de la protagonista, se casaban, y comían perdices felices para siempre, pero Ulises había tenido un ataque de nobleza repentina.

Y aunque le pesara, Aria tenía que admitir que tenía razón. Sí, la tenía.

Se pasó la mano por el cuello.

—Será mejor que volvamos a la mansión —dijo.

—Aria, ¿estás bien? —le preguntó Ulises, al ver la expresión de su rostro.

—Sí, estoy bien —respondió ella, demasiado rápido.

Pero no, no estaba bien. ¿Cómo iba a estarlo? Le habían puesto un caramelo en la boca y después se lo habían quitado con un bofetón.

—Aria, no quiero levantarme mañana y decirte que todo ha sido un error, que no debería haber pasado nada entre nosotros… No quiero ser un cabrón contigo. No te lo mereces...

—Ulises, lo entiendo —lo interrumpió Aria—. Volvamos a la casa, Katerina puede estar preocupada.