CAPÍTULO 39
El sol comenzaba a derretirse sobre el horizonte del mar Jónico, tiñendo el cielo de una escandalosa paleta de violetas, naranjas y dorados que habría hecho llorar de envidia a cualquier pintor impresionista.
Sin embargo, Aria no estaba para apreciar obras de arte creadas por la naturaleza.
Llevaba media hora paseándose por la habitación con la energía nerviosa de una leona enjaulada.
Si alguien hubiera conectado un podómetro a su tobillo, probablemente habría registrado que ya estaba a medio camino de Atenas.
Estaba intranquila. Desasosegada. Tenía esa molesta sensación de hormigueo en la boca del estómago que no se había quitado ni con tres tilas.
Lo que había pasado con Ulises horas antes la tenía completamente confundida.
El choque, la regañina, la tensión que chisporroteaba entre los dos...
Era como si alguien hubiera agitado una botella de champán y le hubiera quitado el corcho justo en su cara.
Con una inhalación honda, que arrastró consigo la mitad del oxígeno de la habitación, Aria descorrió las cortinas y se asomó a la ventana para dejar que la brisa marina le enfriara las mejillas. Fue entonces cuando lo vio.
Abajo, en la cala privada que abrazaba la mansión, había una figura solitaria.
Era Ulises.
Estaba sentado en la arena, lo cual ya era un evento digno de ser documentado por el National Geographic.
Y no llevaba bañador, no. Llevaba los pantalones de pinzas oscuros y la camisa azul marino arremangada hasta los codos.
Estaba vestido como si estuviera a punto de presidir una junta de accionistas con los cangrejos ermitaños.
Tenía las rodillas flexionadas, los brazos apoyados en ellas, y se dedicaba a lanzar piedras al mar con una precisión casi robótica.
Plis, plas, pluf .
Una tras otra.
Aria se mordió el labio inferior. El sentido común le decía que se quedara en su habitación, que leyera un libro y dejara al fiero Ogro de la Colina lidiar con sus demonios. Pero la curiosidad, y algo más profundo y cálido, ganó la partida.
Y bajó.
Al llegar a la cala, se quitó las sandalias. Cualquier tipo de zapatos y la arena eran una mala combinación, y descendió descalza el tramo de escaleras de piedra que unían la mansión y la playa, moviéndose por ellas con el sigilo de un gato.
Cuando sus pies tocaron la arena fría, un escalofrío le recorrió la columna.
El sonido de las olas rompiendo suavemente contra la orilla enmascaraba sus pasos, pero, aun así, cuando estuvo a un par de metros de él, Ulises detuvo su mano en el aire, con una piedra plana a medio lanzar. Se giró lentamente.
Sus ojos, habitualmente insondables y afilados, la escanearon. No parecía enfadado, más bien... cansado. Y sorprendentemente humano.
—¿Está ocupado este metro cuadrado de arena o hay que pedir permiso para sentarse? —preguntó Aria, señalando el espacio a su lado con una sonrisa cautelosa, intentando mantener el tono ligero y chispeante que era habitual en ella.
Ulises bajó la mano, dejando caer la piedra, y soltó un suspiro que sonó casi como una risa derrotada.
—Depende. ¿Viene a tirarme al mar o viene en son de paz?
—He dejado mis armas en la mansión, así que supongo que hay tregua —respondió Aria.
—Entonces sí, puede sentarte —dijo Ulises.
Aria se dejó caer a su lado, cruzando las piernas a lo indio y alisando la falda de su vaporoso vestido.
Durante un largo rato, ninguno de los dos dijo nada. El silencio, lejos de ser incómodo, se sentía como una manta cálida. Solo se escuchaba el rumor del agua y el canto lejano de alguna gaviota despistada.
Aria observó a Ulises de reojo. En ese momento, olía a salitre, a la brisa del atardecer y a los últimos vestigios de esa colonia cara que parecía estar impregnada en su piel.
—Siento lo de antes —soltó Ulises de pronto, con la voz grave y rasposa, rompiendo el silencio como quien rompe un cristal—. Mi comportamiento. La forma en la que le he hablado... la regañina. No tenía la culpa.
Aria parpadeó, sorprendida. ¿Ulises pidiendo perdón sin que un juez lo obligara? Definitivamente, los planetas se habían alineado.
—Resulta raro oírle pedir disculpas —bromeó, buscando sus ojos.
Ulises esbozó una leve sonrisa, torcida y melancólica, que hizo que Aria sintiera un tirón en el pecho.
—Tengo que pedirlas cuando me comporto como un imbécil, que es bastante a menudo —dijo. Alargó el brazo y tiró una piedra al agua.
—Siento haberle enfadado —repuso Aria.
Ulises la miró.
—No ha sido su culpa —dijo.
Luego, su mirada volvió al mar. El horizonte ya casi se había tragado el sol, dejando un rastro de sangre y oro sobre el agua oscura. La expresión de Ulises cambió, y la ironía se desvaneció. Sus hombros se tensaron bajo la camisa de lino.
—No me gusta el mar —confesó de pronto, en un susurro que se llevó el viento.
Era una afirmación absurda para un hombre que había vivido gran parte de su vida en una isla y poseía una naviera, pero Aria sabía exactamente por qué lo decía. Katerina se lo había contado. Aún así, escucharlo de sus labios era distinto. Era real. Era humano.
—Lo sé —respondió ella suavemente, abandonando cualquier rastro de broma.
Ulises cogió un puñado de arena y la dejó escurrir entre sus largos dedos.
—Tenía ocho años —comenzó, con la mirada fija en las olas, como si estuviera viendo una película proyectada en el agua—.
Volvíamos de Cefalonia. Era un vuelo corto.
Mis padres, mi hermana mayor y yo. Hacía un día precioso, ni una sola nube.
Y de repente... todo se fue al infierno .
Una tormenta. Un… fallo en el motor. Caímos en picado.
Ulises se guardó que su padre había perdido el control de la avioneta por la fuerte discusión que mantenía con su madre.
Aria sintió un nudo en la garganta. Instintivamente, acortó la distancia entre ellos hasta que sus brazos casi se rozaron. Quería que sintiera que no estaba solo en la playa.
—El impacto fue... no hay palabras para describirlo.
Es un ruido que te rompe los tímpanos y te revienta por dentro —continuó Ulises, con una calma escalofriante que contrastaba con el horror de sus palabras—.
Cuando abrí los ojos, el agua estaba helada.
Todo era caos, metal retorcido, olor a combustible.
Me aferré a un trozo del fuselaje de la avioneta.
Mis brazos eran tan cortos que apenas podía rodear el metal, pero me agarré como pude con la fuerza de un animal.
Aria contuvo la respiración. Podía imaginarlo. Un niño pequeño, aterrado, solo en medio de la inmensidad del mar.
—Estuve allí horas. O tal vez fueron minutos, el tiempo dejó de existir.
Y entonces... los vi. —La voz de Ulises se rompió durante un segundo, pero tragó saliva y continuó, estoico—.
Vi los cuerpos de mis padres. Y el de mi hermana.
Flotando en el agua, a pocos metros de mí. Estaban los tres muertos.
Aria sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Sin pensarlo, extendió la mano y cubrió la de él, que estaba apretada en un puño sobre la arena.
Ulises se tensó al sentir su tacto, pero no se apartó.
Al contrario, giró la mano y entrelazó sus dedos con los de ella, aferrándose como si Aria fuera su nuevo salvavidas.
—Recuerdo que gritaba sus nombres —susurró Ulises, cerrando los ojos con fuerza—.
Los grité hasta que me sangró la garganta.
Les suplicaba que despertaran, que nadaran hacia mí.
Pero no respondían. Solo se escuchaba el sonido de las olas y el silencio.
Fue lo más terrorífico que alguien puede vivir.
Saber que tu familia, que la gente que es tu mundo entero está ahí, a tu lado, pero ya no están.
Y que no puedes hacer absolutamente nada.
Aria le apretó la mano con firmeza, usando el pulgar para acariciar sus nudillos.
—Lo siento muchísimo. De verdad... —murmuró, con la voz temblorosa. No había frases hechas que pudieran arreglar aquello. No había un «todo pasa por algo» capaz de consolar, que valiera. Solo había dolor puro y duro.
Ulises abrió los ojos y la miró. Sus pupilas reflejaban la última luz del crepúsculo.
—Ese día, en medio del mar helado, algo se rompió dentro de mí, Aria —dijo, con una honestidad brutal que le encogió el corazón—.
Un engranaje, una pieza fundamental. Y a pesar de los años, del dinero, del éxito, de la terapia y de la coraza que me he construido...
sigue roto. Sigo siendo ese niño de ocho años agarrado a un trozo de metal, esperando que algún miembro de su familia abra los ojos, o que le despierten de la pesadilla.
Aria lo miró a los ojos, sintiendo una oleada de ternura y comprensión tan grande que la abrumó.
De pronto, todas las piezas del complicado rompecabezas que era Ulises encajaban de nuevo.
Su necesidad de control, su frialdad aparente, su adicción al trabajo, su seriedad.
Todo era un escudo para proteger a ese niño roto.
Con un movimiento suave, Aria se acercó un poco más a él, apoyando la cabeza en su hombro. Ulises exhaló un suspiro, y, para sorpresa de Aria, no le soltó la mano.
—Mi padre me abandonó cuando yo solo tenía dos años. Se fue y nunca más volvimos a saber nada de él —dijo Aria al cabo de un rato, recuperando un tono suave, teñido de un humor muy delicado—. Así que, si le sirve de consuelo, yo también tengo algo roto por ahí dentro.
—¿Puedo decir que su padre es un cabrón? —dijo Ulises.
—Sí, porque mi madre y yo también lo pensamos —comentó Aria—. Y mi yiayá Calíope.
Ulises soltó una pequeña risa nasal, apoyando su mejilla contra el pelo de Aria. La tensión había abandonado su cuerpo, dejando una paz inusual en él.
—Si no existiera, habría que inventarla, Aria —dijo.
—Lo sé. Pero me prefiere a los cangrejos ermitaños, y eso es un avance —respondió ella.
Y tenía razón.