CAPÍTULO 38 #2
Ezio llegó hasta la pérgola desplegando todo su arsenal de encanto natural. Encontró a Aria recostada en uno de los sillones de mimbre, absorta en la lectura de un libro de tapa dura que, a simple vista, ya no era el que la había mantenido cautiva días atrás.
—Veo que has cambiado de víctima literaria —saludó Ezio, apoyándose con elegancia en el respaldo de una silla vacía y dedicándole una sonrisa deslumbrante—. ¿Significa eso que descubriste quien envenenó al alcalde y que has terminado el libro de Ana Vasileiou?
Aria levantó la vista de las páginas, marcando su lectura con un dedo, y no pudo evitar devolverle la sonrisa.
—Así es. Lo terminé anoche de madrugada. No podía soltarlo —dijo.
—¿Y bien? —Ezio se sentó frente a ella, inclinándose hacia delante con esa postura que los manuales de seducción de dudosa procedencia recomiendan para crear «intimidad»—. ¿Estuvo a la altura de las expectativas? Medio país está obsesionado con ese thriller .
—Tengo que admitir que Vasileiou sabe cómo tejer una buena trama —contestó Aria, animándose al hablar de la novela—.
Aunque debo decir que sospeché de la esposa del alcalde desde el capítulo cuatro.
El detalle de las infusiones de adelfa fue una pista demasiado evidente para mi gusto, pero el giro final con el boticario me pilló totalmente por sorpresa.
—El boticario —repitió Ezio, gesticulando con las manos—. Nadie sospecharía nunca del tipo amable que te vende las tiritas. Es una genialidad.
Aria dejó escapar una pequeña carcajada, echando la cabeza hacia atrás. No podía evitarlo. Ezio era un conversador nato.
«Es como un cruce entre un encantador de serpientes y un presentador de televisión», pensó, dándole un sorbo a su limonada.
Le caía bien, de verdad que sí. Era amable, chispeante y sabía cómo mantener su atención. Pero hasta ahí llegaba la cosa. El radar romántico de Aria estaba completamente apagado con él. No había química, no había tensión, solo un buen rato de conversación bajo el sol de vez en cuando.
Ezio sonrió, acercándose un poco más, invadiendo sutilmente su espacio personal.
—Me fascina tu capacidad de deducción, Aria —murmuró él, bajando un poco el tono de voz para darle un matiz más confidencial—. Aunque, si me permites decirlo, prefiero mil veces el misterio que tengo ahora mismo delante que cualquier novela de suspense. Eres mucho más... intrigante.
Aria le devolvió una sonrisa cortés, levantando con ella una barrera invisible pero infranqueable. Estaba a punto de soltar una respuesta diplomática cuando el sonido de unos pasos pesados triturando la grava del sendero interrumpió el momento.
Era Ulises. Y parecía que acababa de tragarse una tormenta eléctrica.
Llevaba una camisa azul marino con los primeros botones desabrochados y las mangas arremangadas, pero cualquier atisbo de calma quedaba anulado por la tensión de su mandíbula.
Sus ojos verdes, normalmente fríos y calculadores, echaban chispas mientras pasaban de la sonrisa seductora de Ezio a la postura relajada de Aria.
—Qué estampa tan bucólica —soltó, con una voz que podría haber congelado el Mediterráneo en pleno verano—. Siento interrumpir la hora del té, pero me preguntaba si alguien en esta casa está haciendo su trabajo.
Aria parpadeó, desconcertada, dejando el vaso de limonada sobre la mesa con un golpe seco. La sonrisa se le borró de golpe.
—¿Perdone? ¿A qué se refiere? —dijo.
—Me refiero a mi abuela —atacó Ulises, dando un paso hacia la pérgola, invadiendo el espacio con su imponente presencia—.
Lleva dos días con fiebre por la infección de orina.
Se supone que debe estar pendiente de ella.
¿Le ha tomado la temperatura en la última hora?
¿O estaba demasiado ocupada riéndose de los chistes de Ezio?
El ataque fue tan directo y desproporcionado que Aria sintió como si le hubieran echado un jarro de agua fría por encima. La indignación subió por su garganta como espuma. Se puso en pie, alisándose la falda del vestido con un gesto nervioso pero desafiante.
—Para su información, Katerina no es una prisionera y yo no soy su carcelera —replicó, alzando la barbilla, negándose a dejarse intimidar por su más de metro ochenta y cinco de furia—. Y sí, estoy pendiente de ella. Ya no tiene fiebre, ha comido bien y...
—¡No te pago para que supongas que está bien! —la interrumpió Ulises, alzando la voz, perdiendo por completo sus habituales modales de hielo—. ¡Te pago para que estés con ella! Si le sube la fiebre y tú estás aquí fuera...
—¡Si le sube la fiebre, me llamará! —estalló Aria.
Sus ojos centelleaban con una mezcla de enfado y decepción.
«¿Qué cojones le pasa a este hombre? Anoche estábamos comiendo queso en la cocina, y ahora me trata como a una empleada negligente», pensó Aria, sintiendo un nudo amargo en el estómago.
Ezio, que seguía cómodamente sentado, observaba la escena como si estuviera en la primera fila de un partido de tenis.
Sus ojos iban de Aria a Ulises. Notó la respiración agitada de su amigo, la forma en que sus puños se apretaban a los costados y, sobre todo, cómo no podía apartar la vista de Aria.
«Vaya... —pensó para sus adentros, y una sonrisa lenta y maquiavélica empezó a formarse en su interior, aunque su rostro se mantuvo neutral—. No estás preocupado por Katerina, amigo mío. Estás celoso. Estás rabioso porque Aria se estaba riendo conmigo.»
Ezio carraspeó, dispuesto a intervenir para quedar como el caballero salvador, pero no hizo falta.
—Si vais a gritar en mi jardín, os ruego que al menos lo hagáis en verso. Los gritos en prosa son de muy mala educación.
Las tres cabezas se giraron al unísono. En mitad del sendero, con una postura tan erguida que imponía respeto, estaba Katerina.
Llevaba un caftán de seda negro y unas gafas de sol enormes que le daban un aire de estrella de cine de los años sesenta.
No había rastro de fiebre en su rostro, solo una expresión de diversión mezclada con autoridad.
—Abuela —murmuró Ulises, cambiando de actitud al instante. La furia se desinfló, dando paso a la preocupación, pero también a una evidente incomodidad—. No deberías estar levantada.
—No me digas lo que debo o no debo hacer, Ulises, que te he cambiado los pañales —replicó Katerina, avanzando con paso lento pero seguro hacia la pérgola—.
Ya estoy mucho mejor de la infección, gracias a los dioses y a los antibióticos.
Y antes de que sigas ladrándole a Aria, que sepas que yo le he dado permiso.
Ulises se quedó paralizado.
—¿Qué?
—Lo que oyes. La he echado de mi habitación —continuó Katerina, sentándose en una de las sillas de mimbre que Ezio se apresuró a ofrecerle—. Llevaba horas aguantándome. Le he dicho que saliera a tomar el aire, a disfrutar del jardín y a leer un rato, que le encanta.
Aria soltó el aire que tenía en los pulmones. Miró a Ulises, esperando una disculpa.
Pero Ulises no se disculpó. Su mandíbula volvió a tensarse, porque se dio cuenta de que había reaccionado de forma desmedida.
El cóctel de emociones que bullía en su pecho, celos, vergüenza, orgullo herido, era demasiado para procesarlo allí mismo.
—Bien —dijo, con la voz tensa y fría como el acero—. Si estás bien, me voy a trabajar. Tengo una llamada que hacer a Tokio.
Sin añadir una palabra más, ni mirar a Aria, dio media vuelta y se alejó por el sendero, con la espalda rígida y el paso apresurado, como si huyera de la escena de un crimen.
Aria se quedó mirándole la espalda hasta que desapareció por la puerta de cristal de la casa. Se dejó caer en la silla, sintiendo un regusto amargo en la boca. Toda la ligereza, la magia y la complicidad de los últimos días se habían esfumado. De golpe.
Mierda.
—Ay, este chico... —suspiró Katerina, negando con la cabeza—. Tiene la inteligencia emocional de una nuez moscada. No se lo tengas en cuenta, Aria, cariño. El estrés del trabajo le nubla el juicio.
—No te preocupes, Katerina. Estoy bien —mintió Aria, forzando una sonrisa. En el fondo, estaba dolida. Ulises había vuelto a ser el de siempre.
Ezio, aprovechando su momento de gloria, se inclinó hacia adelante y puso una mano reconfortante sobre el brazo de Aria.
—No dejes que te amargue el día —dijo con voz aterciopelada, mirándola con una falsa empatía en los ojos—. Ulises siempre ha sido así. Cuando pierde el control de una situación, ataca. Es su naturaleza. Pero tú has estado fantástica. No te has dejado pisar.
Aria le dedicó una sonrisa de agradecimiento, aunque tenía un viso de tristeza.
—Gracias —dijo.
Ezio le devolvió la sonrisa, dándole un suave apretón en el brazo antes de retirarlo. Por dentro, estaba frotándose las manos. Sabía exactamente lo que le pasaba a Ulises. Lo había visto en sus ojos: el instinto territorial, la posesividad irracional. Ulises estaba colado por Aria.
«Pero eres demasiado orgulloso y estás demasiado ciego para admitirlo, amigo mío —pensó—. Y yo no pienso decirte ni una palabra. En el amor y en los tribunales, el que calla, otorga... y el que es más listo, se lleva a la chica.»
Sonrió para sí mismo.
El sol seguía brillando en el cielo, las abejas seguían zumbando entre las buganvillas y los pájaros seguían cantando en los árboles.