La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

Aria estaba sentada junto a la cama de Katerina, en la butaca en la que Ulises se había quedado dormido la primera noche. Aún guardaba en el paladar el recuerdo fantasma del queso feta de la madrugada anterior.

La noche de insomnio, compartida en la penumbra de la cocina con un Ulises sorprendentemente humano y desprovisto de su armadura de Ogro de la Colina, le había dejado una sensación efervescente en el estómago. Una especie de resaca de buen rollo que ni siquiera el madrugón había logrado disipar.

Katerina, recostada entre la montaña de cojines que la hacían parecer una emperatriz, la miraba con ojos brillantes.

La fiebre había remitido, dejando a su paso una agradable languidez y unas ganas irrefrenables de consumir cultura.

Y por «cultura», Katerina entendía exclusivamente poesía griega.

Constantino Cavafis y Yorgos Seferis, para ser exactos.

—Vamos, Aria —la había animado, pasándole un libro de tapas desgastadas—. Cavafis es el remedio para cualquier mal del alma. Y para los de la garganta también, si lo lees con la entonación adecuada.

Aria había aceptado el reto con una sonrisa.

«De fontanera a rapsoda en menos de veinticuatro horas. Mi currículum está adquiriendo unos matices fascinantes», pensó, aclarándose la voz con un par de carraspeos.

Fuera, en el pasillo, los pasos amortiguados de Ulises avanzaban hacia la habitación de Katerina.

Llevaba una taza de café negro en la mano y el ceño ligeramente fruncido, repasando mentalmente la agenda del día.

Iba a ver cómo había amanecido su abuela antes de encerrarse en el salón para dar comienzo a su interminable jornada laboral.

Sin embargo, al acercarse a la puerta entreabierta, una voz lo detuvo en seco.

No era la voz cantarina y ligeramente sarcástica con la que Aria solía dirigirse a él. Era una voz aterciopelada, grave, impregnada de una cadencia melancólica y profunda que parecía surgir de otra época. De otro tiempo.

Ulises se quedó inmóvil a escasos centímetros del umbral. A través de la rendija, pudo ver a Aria de perfil. Tenía un libro pequeño abierto sobre el regazo y la luz de la mañana le arrancaba destellos cobrizos al pelo, que lo llevaba suelto sobre los hombros.

— En el teatro... —comenzó a leer Aria. Ulises contuvo la respiración —. Me cansé de mirar el escenario,

y levanté los ojos a los palcos.

Y en uno de esos palcos fue donde te vi

con tu extraña belleza, tu depravada juventud.

Y enseguida volvió a mi pensamiento

todo lo que de ti me contaron esta tarde,

y se me conmovieron cuerpo y mente.

Y mientras contemplaba, fascinado,

tu lánguida belleza, tu juventud lánguida,

tu refinado atuendo,

fantaseaba contigo y te me aparecías

tal y como de ti me contaron esta tarde.

Ulises parpadeó, atónito.

La forma en que Aria pronunciaba cada palabra, respetando las pausas, dejando que el peso del deseo y la fascinación del poema flotaran en el aire antes de desvanecerse, era hipnótica.

No había rastro de artificio ni teatralidad, era una lectura íntima, sentida, casi como si ella misma estuviera recordando a alguien en un palco lejano.

«¿De dónde saca esa sensibilidad?», se preguntó Ulises, sintiendo que el café le templaba ligeramente los dedos a través de la taza de cerámica.

Entrar sería un crimen. Un sacrilegio que rompería la burbuja mágica que se había creado en la habitación.

Con un movimiento silencioso, Ulises apoyó la espalda contra la pared del pasillo, echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos, y se dejó envolver por el sonido de la voz de Aria.

Dentro, Katerina suspiró, encantada. Amaba la poesía.

—Maravilloso, Aria. Tienes alma de poeta, te lo aseguro. Cavafis estaría orgulloso. Lee otro, por favor. El de las ventanas. Es perfecto para cuando una se siente encerrada —dijo.

Aria soltó una risilla suave que llegó hasta el pasillo, haciendo que los labios de Ulises se curvaran en una sonrisa involuntaria.

—A sus órdenes —bromeó Aria, pasando un par de páginas—. Aquí está. Las ventanas .

El silencio volvió a reinar antes de que la voz de Aria, teñida de un sutil timbre poético, volviera a alzarse.

—En estos cuartos sombríos, donde paso

días de tedio, voy vagando de un lado a otro

en pos de las ventanas. —Cada vez

que se abre una ventana es un consuelo—.

Mas no hay ventanas, o es que yo no puedo

encontrarlas. Y acaso, mejor que no lo haga.

Acaso la luz sea otra tiranía más…

Al escuchar los últimos versos, algo extraño y cálido se agitó en el pecho de Ulises.

Fue un tirón tenue, justo debajo de las costillas.

La imagen de Aria, de madrugada, con su enorme camiseta y los calcetines desparejados, comiendo queso feta y riendo en la cocina, se superpuso con la de aquella mujer capaz de recitar a Cavafis con la delicadeza de quien entiende perfectamente el miedo a la luz y a lo excepcional.

—Quién sabe qué inusitadas cosas vendrá a mostrarnos —susurró él en voz baja, al mismo tiempo que Aria, terminando el poema.

Ulises exhaló un suspiro largo, lento y profundo.

De pronto, el café negro le pareció demasiado amargo, y los correos electrónicos que le esperaban, una soberana pérdida de tiempo.

Se quedó allí, recostado en la pared, con los ojos cerrados y una sonrisa tonta dibujada en la cara, dejando que la resaca del queso feta y la poesía le alegraran, irremediablemente, la mañana.

Aria continuó con el poema En la tarde .

—Después de todo, no iba a durar mucho. La experiencia

de años me lo enseña. Mas resultó algo tajante

cómo acudió el Destino y le puso fin.

Breve fue la hermosa vida.

Pero qué fuertes los aromas,

en qué exquisitos lechos nos tendimos,

a qué placeres dimos nuestros cuerpos.

Un eco de los días del deleite,

un eco de aquellos días vino a mí,

algo del fuego que, jóvenes los dos, fue nuestro;

volví a tomar una carta entre mis manos

y la leí una vez y otra vez, hasta que me quedé sin luz.

Y salí fuera al balcón con melancolía,

salí a pensar en otras cosas, al menos contemplando

un poco de la ciudad amada, un poco

de ese fragor de calles y de tiendas.

El timbre de Villa Penélope resonó por los altos techos del vestíbulo, interrumpiendo la calma de la tarde.

Ulises, que justo en ese momento salía del salón (su despacho temporal) con el ceño fruncido, el teléfono móvil y una expresión como si acabara de leer un informe financiero desastroso, soltó un suspiro de impaciencia.

Como se encontraba a escasos metros de la entrada, decidió ahorrarse la espera de que acudiera Matilde y abrió él mismo la pesada puerta de roble.

Al otro lado, luciendo una sonrisa deslumbrante, estaba Ezio.

—¡Por todos los dioses del Olimpo! ¿Acaso mis ojos me engañan o es el mismísimo fantasma de Ítaca en carne y hueso el que me abre la puerta? —exclamó el abogado, cruzando el umbral con una teatralidad exagerada y abriendo los brazos de par en par, lo que hizo suspirar de nuevo a Ulises.

A pesar de su perpetua irritación, sus hombros se relajaron ligeramente.

Al fin y al cabo, Ezio y él habían compartido demasiados veranos cuando eran adolescentes, demasiadas cervezas a escondidas y demasiados castigos como para mantener la fachada de hielo intacta.

Ulises esbozó una media sonrisa, de esas que rara vez se permitía, y aceptó el abrazo con palmadas en la espalda que le ofreció el abogado.

—Ezio. Veo que sigues vistiendo como si fueras a protagonizar un anuncio de Martini —bromeó Ulises, dándole un repaso al inmaculado traje de lino beige del abogado mientras cerraba la puerta a sus espaldas—.

¿Qué te trae por aquí a primera hora de la tarde?

Pensé que los de tu gremio no perdonabais la siesta si no había una demanda millonaria de por medio.

—Asuntos de tu abuela, ya sabes. Firmas, papeleos, burocracia aburrida que requiere mi toque mágico —respondió Ezio, adentrándose en el vestíbulo como si fuera el dueño del lugar—.

Pero, hablando en serio, no se te ve el pelo, Ulises.

Eres una leyenda urbana en la isla. La gente empieza a dudar de tu existencia.

Ulises soltó un bufido, pasándose una mano por el pelo oscuro, deshaciendo su peinado perfecto.

—Tengo demasiado trabajo en Atenas, Ezio. La junta de accionistas está imposible, las fusiones me quitan el sueño y apenas tengo tiempo para respirar, y mucho menos para pasearme por los cafés del puerto para dejarme ver.

—Ah, Atenas... la ciudad que nunca duerme y que te está robando la juventud —suspiró Ezio con falsa compasión, aunque sus ojos brillaban con una chispa de picardía—. Pues qué quieres que te diga, me alegro.

Ulises enarcó una ceja.

—¿Te alegras de mi estrés crónico? —dijo en tono distendido.

—Me alegro de que estés tan ocupado, sí —repuso Ezio, ensanchando su sonrisa de medio lado—.

Así dejas el terreno libre para que los demás mortales podamos disfrutar de las maravillas que esconde esta villa sin tu mirada de halcón juzgándonos.

Hablando de maravillas... me ha parecido ver a cierta señorita de cabello castaño y aguda inteligencia dirigiéndose al jardín mientras yo aparcaba. Si me disculpas, el deber me llama.

Sin esperar respuesta, Ezio le dio una última palmada en el hombro a un desconcertado Ulises y enfiló el pasillo hacia las puertas de cristal, listo para desplegar todo su encanto bajo la pérgola.

Ulises se quedó allí plantado en medio del vestíbulo, con el móvil en la mano y una repentina punzada de irritación instalándose en la boca del estómago.

El jardín de Villa Penélope era, en las tardes de finales de julio, un auténtico paraíso terrenal.

El aroma a jazmín y a buganvilla se mezclaba con la brisa salada que subía desde la costa, creando una atmósfera tan idílica que casi parecía un insulto estar de mal humor. Sin embargo, la paz es a veces fugaz.