La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

Eran las dos de la mañana y el insomnio de Ulises había pasado de ser una leve molestia a una declaración de guerra.

Tumbado boca arriba en la cama, había contado ovejas, repasado mentalmente las fluctuaciones del mercado y analizado los presupuestos del próximo trimestre. Pero nada. No había manera. Su cerebro seguía girando a mil revoluciones por minuto, negándose a apagar los motores.

Frustrado, soltó un gruñido, apartó las sábanas de una patada y se puso en pie.

Llevaba unos pantalones de pijama negros de algodón que resbalaban por la cadera y una camiseta blanca tan arrugada que parecía haber sobrevivido a un naufragio.

Se frotó los ojos con el dorso de la mano, desordenando aún más su pelo, y decidió que, si no podía dormir, al menos un vaso de leche caliente le daría algo que hacer.

Bajó las escaleras descalzo, moviéndose por la casa en penumbra.

Al acercarse a la cocina, notó algo inusual.

Una luz cálida y tenue, proveniente de la campana extractora, rompía la oscuridad.

Y luego escuchó un ruido. Un leve clic, clac , seguido del inconfundible sonido de la puerta de la nevera abierta.

Ulises se asomó por el marco de la puerta, preparándose instintivamente para reprender a su abuela si era la que estaba asaltando la despensa. Pero las palabras murieron en su garganta.

Era Aria.

Llevaba una camiseta gigante de una banda de rock de los ochenta que le llegaba a la mitad del muslo y que, francamente, podría haber albergado a dos Arias en su interior.

Sus piernas desnudas terminaban en un espectáculo de color, con un calcetín de rayas amarillas y negras en el pie izquierdo, y uno con pequeños aguacates en el derecho.

Tenía el pelo recogido en un moño desordenado del que escapaban algunos mechones rebeldes, y estaba inclinada hacia el interior de la nevera, iluminada por la luz blanca del electrodoméstico como si fuera una aparición divina...

o un mapache muy concentrado rebuscando en la basura.

—¿Se puede saber qué hace? —preguntó Ulises, apoyando un hombro contra el marco de la puerta y cruzándose de brazos.

Aria dio un respingo, golpeándose levemente la cabeza con el estante superior de la nevera.

—¡Ay! —Se frotó la coronilla y se giró hacia él, con los ojos muy abiertos y un trozo de queso feta a medio camino de la boca—. ¡Por los antiguos dioses, señor Diakos! Casi me mata del susto. ¿Por qué no hace ruido al caminar? Parece un ninja.

Ulises no pudo evitar que la comisura de los labios le temblara en un intento de reprimir una sonrisa.

—Es mi cocina. Y son las dos de la mañana. La pregunta sigue en pie —dijo.

—Cuando no puedo dormir, mi estómago se cree que es la hora de desayunar —explicó Aria con total naturalidad, encogiéndose de hombros—. Es una condición médica muy seria. ¿Usted qué excusa tiene? ¿Está trabajando en una fusión de empresas?

—Insomnio —murmuró Ulises, adentrándose en la cocina.

El ambiente era íntimo, envuelto en el silencio de la madrugada, roto solo por el zumbido de la nevera y la respiración de ambos.

Aria lo escrutó disimuladamente.

Sin el traje de tres piezas, sin la corbata asfixiante y sin el ceño fruncido, Ulises parecía humano. E igual de atractivo. Muy, muy atractivo, para ser exactos. Pero eso no era nuevo. Menudos abdominales tenía.

Mierda, ¿por qué coño tenía que ser tan guapo? Daba igual qué hora fuera, cuáles fueran las circunstancias o qué llevara puesto, que siempre estaba guapo.

—Bueno, ya que está aquí —comenzó, haciéndole un gesto con la mano—. Pásame ese pan de pita que está en la encimera. ¿Quiere compartir el botín?

Ulises parpadeó, desconcertado. Aria no dejaba de sorprenderlo. Que una chica con los calcetines desparejados le diera órdenes a las dos de la mañana era una novedad. Y, extrañamente, no le molestaba.

Si le viera Tobías…

Le acercó el pan y se sentó en uno de los taburetes de la isla de la cocina.

Aria cerró la nevera, dejando la estancia sumida de nuevo en la luz acaramelada de la campana extractora. Puso un plato en el centro con el queso feta, un poco de aceite de oliva, orégano y el pan.

—Sírvase —dijo, arrancando un trozo de pan.

Sin saber por qué, Ulises obedeció.

Comieron en silencio durante unos minutos. Era un silencio cómodo, desprovisto de las tensiones del día a día. Ulises la observaba masticar, fascinado por su falta de pretensiones.

—Todavía me late el corazón en la garganta por culpa del susto que me ha dado su voz de Batman —dijo Aria de repente, tragando el bocado que tenía en la boca.

Ulises enarcó una ceja. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Había escuchado bien?

—¿Voz de Batman? —repitió.

—Sí. Esa voz grave, ronca, como si siempre estuviera a punto de vengar a Gotham o de anunciar el fin del mundo.

—Aria se aclaró la garganta, puso una expresión exageradamente severa, frunciendo el ceño hasta casi juntar las cejas, e impostó una voz profunda y gutural, mirando fijamente a la nevera—: Quiero la leche desnatada en mi mesa antes de las cinco o estás despedida.

Y tú, lechuga, no me mires con ese tono verde. Estás fuera del equipo.

A Ulises no le quedó más remedio que reírse. ¿En serio aquella chica le estaba imitando? Hacía tanto tiempo que no se reía así que casi le dolió el pecho.

—Mi voz no suena así —protestó, aunque la sonrisa no se le borraba de la cara.

—Suena exactamente así —replicó Aria, con una expresión divertida en los ojos.

Ulises se metió en la boca un trozo de pan junto a un poco de queso feta, y la miró con una mezcla de curiosidad y fascinación.

—¿Puedo hacerle una pregunta?  —empezó, bajando el tono de voz sin darse cuenta, volviéndolo más suave.

—¿Me está pidiendo permiso? Eso sí que es nuevo —dijo Aria—. Claro, dígame.

—¿Por qué no me tiene miedo? Soy su jefe. Podría despedirla mañana mismo si quisiera. Todo el mundo en la empresa me tiene pánico.

Aria dejó el pan en el plato. La sonrisa juguetona se desvaneció un poco, dando paso a una expresión más seria, más formal. Ladeó la cabeza, mirándolo directamente a los ojos, sin apartar la vista.

—¿Y usted quiere que le tenga miedo? —preguntó. Su voz apenas era un susurro en el silencio de la cocina.

Ulises sostuvo su mirada. Durante un latido. Durante dos. Durante tres.

—No —respondió, con una sinceridad que lo sorprendió incluso a él mismo—. No quiero.

Ulises se dio cuenta de que, con Aria, los muros que había construido a su alrededor durante años simplemente se esfumaban.

No tenía que fingir ser el CEO perfecto, ni el nieto de hierro que todo lo soportaba, ni el hombre que nunca dudaba.

Esa sensación de libertad, de poder respirar sin armadura, solo la había experimentado con Tobías. Y ahora, con ella.

Joder, y era de lo más extraño.

Aria se humedeció los labios, y Ulises siguió con los ojos el movimiento que hizo la punta de su lengua sobre ellos.

El momento fue tan intenso, que Aria tuvo la imperiosa necesidad de escapar de su mirada. Para ello, estiró el brazo hacia el servilletero que estaba al lado de Ulises, rompiendo el contacto visual. Al mismo tiempo, él se movió para alcanzar su vaso de agua.

Sus brazos se rozaron.

Fue un contacto fugaz, piel contra piel, pero la sacudida fue inmediata. Ambos se quedaron congelados. La tensión de aquel beso que habían estado a punto de darse cuando él le había enseñado sus dibujos y el mundo había parecido reducirse a ellos dos, volvió, golpeándolos con la fuerza de una maza.

Aria dejó la mano suspendida en el aire. Ulises giró el rostro hacia ella. Estaban tan cerca que él podía contar las pequeñas pecas que salpicaban el puente de su nariz. Podía oler su champú, de flores y vainilla, mezclado con el aroma del pan tostado.

Se quedaron mirándose un segundo de más.

Dos segundos de más.

Tres.

El tiempo suficiente para que el cerebro de Ulises registrara un pensamiento que lo sorprendió.

Le gustaba infinitamente más aquella chica despeinada, con una camiseta tres tallas más grande, con calcetines ridículos y desparejados, y la boca manchada de queso, a las dos de la mañana, que cualquier supermodelo espectacular y aburrida con las que solía salir.

Aria era real. Era vibrante. Era... un puto peligro para su cordura, si seguía pensando en ella de aquella manera. Santa Mierda, se la estaba imaginando en su cama.

La respiración de Aria se volvió un poco más superficial. Sus ojos viajaron, durante una décima de segundo, a los labios de él, antes de volver a sus ojos.

La atmósfera se electrificó. Más aún.

Aria parpadeó, cogió finalmente una servilleta y se echó hacia atrás rápidamente, rompiendo el hechizo con una sonrisa nerviosa. Dios, no sabía qué hacer. Su cerebro no daba señales de funcionar con normalidad.

—Además —dijo, tratando de recuperar la compostura, aunque tenía la voz un poco más aguda de lo normal—, no podría despedirme aunque quisiera. ¿Quién le iba a decir las verdades a la cara? ¿La máquina de café? Esa cobarde siempre te da la razón.

Ulises no pudo evitar sonreír de nuevo. Una sonrisa amplia y que arrastraba un punto de rendición.

—Tiene razón —dijo, sin poder dejar de mirarla, sintiendo que el insomnio había sido, de lejos, la mejor idea que había tenido su cerebro en meses—. La máquina de café es una pelota.

En ese momento fue Aria quien sonrió, y Ulises se quedó mirándola sonreír bajo el resplandor acaramelado de la luz de la campana extractora.