CAPÍTULO 36 #3
—Ah, el tiranosaurio rex de las herramientas. Hubiera empezado por ahí —murmuró Aria, levantándose a toda prisa para cambiar el destornillador por la llave correcta.
Se la entregó, asegurándose de mirar fijamente a los azulejos de la pared.
«Azulejos blancos y azules. Bonitos. Cuadrados. No mires a su torso desnudo. »
Durante los siguientes diez minutos, la cocina se convirtió en una comedia de enredos y tensión contenida.
Ulises pedía alicates, cinta de teflón, la linterna, y Aria se las apañaba para entregarle todo con un nivel de torpeza que rozaba lo cómico.
No podía concentrarse. Era imposible. ¿Cómo iba a concentrarse con esos malditos abdominales?
Cada vez que él se movía, los músculos de su espalda y sus hombros se marcaban bajo la luz de la tarde.
Cuando maldecía en voz baja porque una tuerca estaba demasiado apretada, a Aria se le erizaba el vello de la nuca.
Y cuando le pedía que le iluminara con la linterna, ella tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano para que el pulso no le temblara tanto que pareciera que estaban en una discoteca.
—Apunte un poco más a la izquierda, por favor —le pidió Ulises, con la voz tensa por el esfuerzo—. No veo nada.
—Estoy apuntando a la izquierda —mintió Aria, que en realidad estaba apuntando vagamente al sifón mientras miraba fijamente la curva del bíceps de Ulises.
—Aria, está iluminando mi codo. Por muy bonito que sea mi codo, no es lo que gotea.
—Perdón, perdón —se disculpó ella, riendo nerviosa y corrigiendo el ángulo de la luz—. Es que la fontanería me distrae. Tanta tubería, tanta tuerca… es un mundo fascinante.
Ulises soltó un bufido divertido desde las sombras.
—Ya casi está. Páseme el trapo que hay sobre la encimera, creo que he conseguido sellarlo —dijo.
Aria le tendió el trapo de cocina. Ulises salió de debajo del fregadero, deslizándose sobre la espalda, y se sentó en el suelo, apoyando el torso contra los armarios inferiores.
Estaba respirando un poco más fuerte, con el pecho brillante por el sudor y una mancha de grasa oscura cerca del ombligo que, por algún motivo incomprensible, a Aria le parecía la cosa más atractiva que había visto en su vida.
Ulises se limpió las manos con el trapo y luego se levantó de un salto ágil, estirando la espalda. Los huesos le crujieron ligeramente.
—Ha llegado el momento de la verdad —anunció, abriendo la llave de paso del agua y luego el grifo.
El agua fluyó con fuerza. Ulises cerró el grifo y ambos se quedaron en silencio, mirando el fondo del fregadero. Ni una gota. Ni un sonido. El ploc, ploc había desaparecido.
—Perfecto —celebró Ulises, girándose hacia Aria con una sonrisa amplia, triunfal, que le iluminó todo el rostro. Era una sonrisa tan desprovista de su habitual malhumor que a Aria le dio un vuelco el corazón.
—Impresionante —admitió, exhalando un suspiro que llevaba aguantando desde que había entrado en la cocina—. Es el terror de Wall Street y el rey de las cañerías —bromeó.
Ulises rio, acercándose a la isla para empezar a recoger las herramientas.
—No se burle de mi talento oculto. Si lo de las finanzas sale mal, siempre puedo abrir un negocio de reparaciones a domicilio.
—Con ese uniforme de trabajo, le aseguro que tendría una clientela muy fiel —murmuró Aria antes de que su cerebro pudiera filtrar las palabras y darse cuenta de que estaba hablando en alto.
En cuanto lo dijo, abrió los ojos de par en par e hizo una mueca con la boca.
«¡Tierra trágame y escúpeme en las Bahamas!», pensó, horrorizada.
Ulises se detuvo, con la llave inglesa a medio guardar. Levantó la vista lentamente. Sus ojos se clavaron en los de Aria. Una sonrisa lenta, pícara y devastadora se dibujó en sus labios.
—¿Cree que el uniforme es adecuado? —dijo, bajando el tono de voz un par de octavas.
Aria sintió que la temperatura de la cocina subía diez grados de golpe. Retrocedió un paso, chocando con la nevera, y se cruzó de brazos en un intento inútil de parecer casual.
—Es... muy aerodinámico. Para meterse debajo de los muebles, digo.
Ulises rio por lo bajo, cerrando la caja de herramientas con un chasquido metálico. Agarró la caja por el asa y se la echó al hombro.
—Gracias por la ayuda. Ha sido una asistente excelente, a pesar de sus problemas para identificar un destornillador.
—No ha sido nada —contestó Aria.
Ulises volvió a sonreír, mostrando sus blancos y perfectos dientes, y casi hizo que a Aria le fallaran las rodillas. Después salió de la cocina con paso relajado, llevándose consigo la tensión que había saturado el aire.
En cuanto la puerta se cerró tras él, Aria se dejó escurrir contra la puerta de la nevera hasta quedarse en cuclillas en el suelo. Se tapó la cara con las manos, sintiendo las mejillas arder como brasas.
Soltó un gemido ahogado que era mitad frustración y mitad alivio.
«Gracias a Dios —pensó, cerrando los ojos con fuerza—.
Cinco minutos más... Cinco minutos más de ese hombre pidiéndome herramientas sin camiseta, y juro por mi vida que se me olvida que es Ulises Diakos y me le tiro encima como una posesa.
Señor, dame paciencia, porque como me des fuerza... le arranco los pantalones del chándal.»