La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 36 #2
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CAPÍTULO 36 #2

Katerina seguía en su habitación, lidiando con unas tercas décimas de fiebre que se negaban a abandonarla, y Matilde, incombustible, había decidido que era el momento perfecto para hacerle compañía, llevarle un caldo ligero y, de paso, delegar responsabilidades.

Y es que Matilde no era mujer de andarse con rodeos.

Al cruzarse con Ulises en el pasillo, no vio al temible CEO de un imperio financiero, vio a un chico joven, fuerte y, lo más importante, desocupado.

Así que le encasquetó la misión de arreglar el grifo del fregadero de la cocina, que llevaba unos días goteando con un ploc, ploc que amenazaba con volver locos a todos los habitantes de la mansión.

Para sorpresa incluso de la propia Matilde, Ulises había aceptado sin rechistar. Quizá la tila que se había tomado por la mañana había surtido un efecto milagroso, o quizá necesitaba una tarea manual para desconectar de tanta llamada de negocios y tanto correo electrónico.

Aria bajó las escaleras tarareando la canción Single Ladies de Beyoncé, con la intención de prepararse un té helado. Entró en la cocina empujando la puerta con la cadera, esperando hallar la paz habitual que tenía aquella estancia.

En su lugar, encontró una emboscada visual para la que nadie la había preparado.

El Whoa-oh-oh, oh-oh-oh del estribillo de la canción se le quedó atascado en la garganta. Se calló de golpe. Su boca dibujaba una «O» enorme.

Ulises estaba en la cocina. Pero no el Ulises de los trajes de tres piezas, ni siquiera el de la camisa arremangada de la mañana. Ni el de los pantalones de lino. Aquel era un Ulises en su versión más... casual.

Llevaba puesto unos pantalones de deporte grises de algodón que colgaban peligrosamente bajos de sus caderas, sostenidos por algún tipo de milagro físico. Y en la parte de arriba... en la parte de arriba no llevaba absolutamente nada.

Na-da.

Aria se quedó petrificada en el umbral, con la mano aún apoyada en la puerta. Su cerebro hizo un cortocircuito monumental.

«Error 404. Capacidad de raciocinio no encontrada», pensó, mientras sus ojos hacían un escáner involuntario y exhaustivo de la situación.

Ulises tenía la espalda ancha, los hombros esculpidos y una definición muscular que sugería que, cuando no estaba despidiendo gente, se dedicaba a levantar camiones con los dientes.

Estaba medio inclinado sobre el fregadero, con una caja de herramientas de metal abierta sobre la isla de la cocina.

Su piel, ligeramente bronceada, brillaba con una fina capa de sudor por el calor de la tarde.

—Hola —la saludó, girando la cabeza al escuchar la puerta.

Al darse la vuelta por completo, la situación para el sistema cardiovascular de Aria empeoró. ¡Y de qué manera! El torso de Ulises era un mapa de abdominales perfectamente definidos y una línea en «V» que desaparecía bajo la cinturilla del pantalón gris.

—Ho... hola —fue lo único capaz de decir ella.

Su propia voz le sonó como si hubiera tragado helio.

Carraspeó, intentando recuperar la dignidad—.

Yo solo venía a por agua. O hielo. Mucho hielo, de hecho.

Hace calor, ¿verdad? Un calor terrible. Global, diría yo.

El calentamiento global es un problema serio.

Ulises enarcó una ceja, mirándola con una mezcla de diversión y desconcierto. Se pasó el brazo por la frente para apartarse un mechón de pelo. Un gesto tan casual que a Aria le pareció lo más sexy del mundo.

—Sí, hace calor —dijo él, con una media sonrisa asomando a los labios—. Matilde me ha secuestrado para hacer de fontanero. Está arriba con mi abuela. ¿Le importaría hacer de ayudante un momento? Necesito a alguien que me pase las herramientas mientras me meto debajo del fregadero.

«¿Ayudante? ¿Yo? ¿A medio metro de ti mientras estás así? ¡Claro, ¿por qué no?! También podemos jugar a la ruleta rusa si quieres», gritó la voz irónica en la cabeza de Aria.

—Claro —dijo en voz alta, asintiendo con demasiada energía.

Ulises se tumbó en el suelo, deslizándose por debajo del mueble del fregadero, dejando a la vista sus piernas y gran parte del torso.

—Pásame la llave inglesa, por favor. Está en la caja —pidió. Su voz estaba amortiguada por el mueble.

Aria se acercó a la isla de la cocina, tragando saliva.

Miró la caja de herramientas. Había demasiadas cosas de metal.

Agarró lo primero que le pareció que tenía forma de llave y se agachó junto a él.

Al hacerlo, tuvo una vista privilegiada de su pecho subiendo y bajando con la respiración, y de cómo los músculos de sus brazos se tensaban al intentar aflojar una tuerca.

—Tome —dijo, extendiendo la mano a ciegas, porque se negaba a mirar directamente a sus abdominales.

Ulises sacó la mano de las profundidades del fregadero, rozando los dedos de Aria al coger la herramienta. Hubo una pausa.

—Aria… —dijo él.

—¿Sí?

—Esto es un destornillador de estrella.

—¿Y no le sirve? —bromeó Aria, sintiendo que las mejillas le ardían.

Ulises sacó la cabeza de debajo del mueble. Estaba tan cerca que Aria pudo oler su colonia, mezclada con el aroma a piel limpia. Él la miró directamente a los ojos, con esa chispa burlona que empezaba a ser habitual entre ellos.

—La llave inglesa es la que parece un dinosaurio con la boca abierta —explicó Ulises, despacio, como si le hablara a una niña pequeña.