CAPÍTULO 36
Ítaca había amanecido con ese sol radiante y perezoso típico del Mediterráneo, prometiendo un día de paz, brisa marina y tranquilidad. O, al menos, esa habría sido la promesa si el salón de Villa Penélope no se hubiera convertido en la sucursal griega de Wall Street.
Eran apenas las ocho y media de la mañana, pero Ulises ya llevaba al menos una hora librando una guerra a grito pelado.
La mesa seguía siendo su cuartel general.
Encima de ella había un café negro que ya debía de estar frío, el teléfono móvil que echaba humo y el viejo portátil.
El pobre aparato tenía la potencia de procesamiento de una tostadora, y emitía un sonido agónico, como si los ventiladores estuvieran a punto de salir volando.
—¡No me importa lo que diga el departamento de contabilidad, Constantino!
—bramó Ulises a la pantalla, pasándose una mano por el pelo, que ya había perdido cualquier forma—.
¡Quiero esos informes en mi bandeja de entrada antes de las diez o juro que voy a reestructurar todo el piso de oficinas y tú serás el primero en ir a la calle!
¡Y apaga el micrófono si vas a respirar tan fuerte, joder!
En la planta de arriba, el eco de sus amenazas resonaba por el pasillo. Aria, que llevaba la bandeja de madera con el desayuno, acompañado de tostadas con miel, zumo de naranja recién exprimido y la medicación correspondiente, entró en la habitación de Katerina conteniendo una sonrisa.
Katerina estaba recostada contra la montaña de almohadas.
Aunque la fiebre había bajado gracias a los cuidados nocturnos (y al paño de agua fría que Aria le había cambiado de madrugada), aún se la veía pálida y cansada.
Sin embargo, su espíritu seguía intacto.
Katerina tenía los ojos cerrados y los dedos pellizcándose el puente de la nariz, en un gesto de exasperación que su nieto había heredado de ella.
—Buenos días, Katerina —saludó Aria con voz cantarina, dejando la bandeja sobre las sábanas—. Te traigo el desayuno. Y buenas noticias: la fiebre casi ha desaparecido.
Katerina abrió un ojo, miró la bandeja y luego clavó la vista en la puerta abierta de la habitación, por donde se colaba un nuevo grito de Ulises exigiendo saber quién había autorizado una compra de material de oficina.
—¿Cómo puede dar tantos gritos tan temprano? —murmuró, con voz ronca pero cargada de ironía—. ¿Es que este chico desayuna pólvora? Me duele la cabeza solo de escucharle.
Aria soltó una risa suave mientras le acomodaba la servilleta.
—Creo que está peleándose con el portátil. Y con un tal Constantino. Constantino no está teniendo una buena mañana, la verdad —dijo.
Katerina soltó un suspiro, rodando los ojos hasta el techo.
—Ese niño va a sufrir un infarto antes de los cuarenta. Aria, cariño, hazme un favor. Llévale una tila. O dos. Ponle un dardo tranquilizante dentro si lo ves necesario. Si sigue gritando, los cimientos de esta casa van a ceder.
—¿Una tila? —Aria enarcó una ceja—. No sé si Ulises aceptará algo que no sea café negro con un chorrito de whisky.
—Tú díselo de mi parte. Dile que, si no se calla, bajaré yo misma a romperle ese trasto viejo en la cabeza —sentenció Katerina, cogiendo una tostada.
Quince minutos después, Aria avanzaba por el pasillo, sosteniendo entre las manos una taza humeante de cerámica blanca. Mientras se acercaba al salón, no podía evitar que una sonrisa chispeante bailara en sus labios. Su mente viajó irremediablemente a la noche anterior.
«Si lo vieran ahora —pensó—. El terror de las finanzas, el Godzilla de las videollamadas... Quién iba a decir que hace unas horas estaba encogido en un sillón en el que apenas cabía, dándole la mano a su abuela mientras dormía como un corderito.»
El contraste era tan cómico, y a la vez tan entrañable, que Aria sentía que compartía un secreto con el universo.
Ella sabía la verdad. Sabía que bajo esa coraza de trajes caros e impaciencia crónica latía un corazón enorme.
Y también sabía, aunque eso la hacía ruborizarse ligeramente, lo suave que era la piel de su frente.
Se detuvo en el umbral del salón. Ulises estaba de pie, de espaldas a ella.
Llevaba unos pantalones de vestir azul marino y una camisa blanca perfectamente planchada, aunque se había remangado los puños hasta los codos, revelando unos brazos fuertes que distrajeron a Aria durante un segundo de más.
Estaba con el torso inclinado, tecleando rápidamente en el portátil con una mano, mientras sostenía el móvil contra su oreja con la otra.
—...y dile a recursos humanos que... —Ulises se detuvo al notar una presencia.
Se giró bruscamente, con el ceño fruncido en su habitual expresión de «no tengo tiempo para tonterías».
Al ver a Aria, su expresión se suavizó un poco, aunque la tensión seguía marcando la línea de su mandíbula.
—Luego hablamos —dijo a la persona que estaba al otro lado del teléfono.
Colgó sin despedirse y dejó el móvil sobre la mesa.
—¿Pasa algo? ¿Es mi abuela? ¿Le ha subido la fiebre? —preguntó de inmediato, dando un paso hacia Aria, con la voz teñida de una preocupación repentina que delataba su fachada de tipo duro.
—Su abuela está bien. Está desayunando. —Aria entró en el salón con paso ligero, sosteniendo la taza como si fuera un trofeo—. Pero me ha enviado en una misión diplomática de alto riesgo.
Ulises parpadeó, desconcertado, y miró la taza humeante que había en las manos de Aria.
—¿Qué es eso? ¿Café? —preguntó.
—No, es una tila —anunció Aria, deteniéndose frente a Ulises.
Ulises la miró como si le acabara de ofrecer un vaso de cicuta. Alucinaba. Sus cejas se juntaron tanto que amenazaban con fusionarse en una sola.
—¿Tila? —repitió, incrédulo, mirando la taza—. ¿Para qué demonios quiero yo una tila?
—Instrucciones directas de su abuela. —Aria señaló hacia el techo con el pulgar—. Dice que, y cito textualmente: «que, si no se calla, ella misma bajara a romperle ese trasto viejo en la cabeza». Teme por la integridad estructural de la casa. Ah, y por los tímpanos de los pájaros del jardín.
Ulises se quedó sin palabras durante un segundo. Abrió la boca, la volvió a cerrar, y soltó una exhalación que era mitad indignación y mitad rendición.
—¿En serio? —murmuró, pasándose de nuevo la mano por el pelo—. Estoy intentando salvar un acuerdo de tres millones de euros con un ordenador que tarda diez minutos en abrir un PDF, ¿y me manda una tila?
Aria se encogió de hombros, con una sonrisa ladeada y los ojos brillando con esa chispa traviesa que tanto la caracterizaba.
—Ya sabe cómo es. Para ella, tus tres millones de euros no son excusa para alterar la paz de la casa. —Aria hizo un amago de retirar la taza, dando un pequeño paso atrás—. ¿Quiere que me la lleve? Puedo tirarla por el fregadero y decir que se la ha bebido de un trago.
Ulises miró la taza otra vez. Luego miró a Aria.
Llevaba el pelo recogido en una coleta alta que se balanceaba de un lado a otro, y una camiseta de tirantes amarilla que parecía atrapar toda la luz del salón.
Había algo en su actitud, en esa forma tan natural y descarada de tratarle sin una pizca del miedo que le tenían sus empleados, que actuó como un bálsamo instantáneo sobre sus nervios y su estrés.
Su ceño fruncido desapareció. Suspiró, dejando caer los hombros.
—No —respondió finalmente, con una voz mucho más grave y suave, casi un murmullo—. La verdad es que me va a venir bien. Hoy va a ser un día muy largo.
Aria asintió y extendió el brazo para entregarle la taza. Ulises adelantó su mano para cogerla.
Al envolver sus dedos grandes y cálidos alrededor de la cerámica, rozaron los nudillos de Aria. No fue un choque aparatoso, sino un contacto leve, una fricción suave. Pero fue suficiente.
El tiempo pareció ralentizarse. El zumbido agónico del viejo portátil pasó a un segundo plano, ahogado por el repentino latido acelerado en los oídos de Aria. Ella levantó la vista de golpe, y se encontró con los intensos ojos verdes de Ulises clavados en los suyos.
Ulises no apartó la mano. De hecho, sus dedos se quedaron ahí, rozando los de Aria durante un segundo eterno, infinito. La miró, y advirtió el ligero rubor que empezaba a teñir sus mejillas y la forma en que sus labios se habían entreabierto.
Aria tragó saliva, recordando de golpe la textura de la frente de Ulises contra sus labios la noche anterior.
«Dios mío, lo sabe. Seguro que lo sabe. Seguro que se dio cuenta», pensó en un ataque de pánico irracional.
Pero Ulises no sabía nada de besos robados en la madrugada.
Solo sabía que, de repente, la idea de volver a gritarle a Constantino le parecía la cosa más aburrida y carente de sentido del mundo, y que preferiría quedarse atrapado en ese instante, mirando los ojos de color avellana de la chica que le traía tilas por orden de su abuela.
Finalmente, con una lentitud casi dolorosa, Aria deslizó sus dedos, liberando la taza.
Ulises la sostuvo con firmeza, pero no rompió el contacto visual.
—Gracias —dijo.
Su voz sonó ronca, profunda, cargada de un matiz que hizo que a Aria le temblaran un poco las piernas.
—De... de nada —consiguió decir, carraspeando y recuperando la compostura a base de pura fuerza de voluntad—. Tómesela antes de que se enfríe. Y, por favor, tenga piedad de Constantino. Seguro que el pobre hombre tiene familia.
Ulises soltó una risa baja.
—Lo intentaré —prometió.
Y realmente parecía que iba a intentarlo. Solo porque Aria se lo había pedido.
Aria se dio la vuelta y salió del salón, caminando con una dignidad impecable hasta que llegó a la cocina. Una vez allí, se apoyó contra la encimera de mármol, se llevó una mano al pecho para comprobar que su corazón seguía en su sitio, y soltó un suspiro.
—Como Ulises Diakos no se vaya pronto, va a acabar conmigo —susurró.
El calor de la tarde había descendido sobre Villa Penélope con la pesadez de una siesta de verano. Los gritos de la mañana habían dado paso al canto de las cigarras en el jardín.