La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

La casa estaba sumida en ese silencio tranquilo que solo se encuentra en las madrugadas de verano, roto únicamente por el canto de los grillos en el jardín y el murmullo del mar.

Eran casi las dos de la madrugada. Aria caminaba por el pasillo de la planta superior de Villa Penélope con el sigilo de una ladrona de guante blanco, sosteniendo un pequeño cuenco de cristal con agua helada y un paño limpio de algodón.

Su misión era sencilla. Entrar en territorio enemigo (la habitación de Katerina), cambiarle el paño de la frente para mantener a raya la fiebre, y salir sin despertar al dragón (la propia Katerina, que incluso enferma tenía el sueño ligero).

Aria empujó la puerta, que cedió sin un solo ruido, y se deslizó hacia el interior. La habitación estaba bañada por el resplandor plateado de la luna que se colaba a través de los ventanales, creando un ambiente de teatro.

Sin embargo, la escena que encontró la detuvo en seco a un metro de la cama.

No solo estaba Katerina, respirando plácidamente. A su lado, sentado en una pequeña butaca que claramente no estaba diseñada para albergar a un hombre de un metro ochenta y pico de músculo, estaba Ulises.

Se había quedado dormido. Tenía la cabeza apoyada en el borde del colchón, muy cerca del hombro de su abuela.

Y lo que hizo que a Aria se le encogiera el corazón fue el detalle de sus manos.

Los dedos grandes y fuertes de Ulises, esos mismos que firmaban contratos millonarios y tecleaban correos electrónicos letales, estaban entrelazados con suavidad alrededor de la mano frágil y arrugada de Katerina.

Como si temiera que, si la soltaba, ella fuera a desaparecer.

Aria se quedó inmóvil. Una sonrisa tierna, teñida de una ironía inevitable, asomó a sus labios.

«Vaya, vaya —pensó, avanzando los últimos pasos con ligereza—.

Resulta que el Ogro de la Colina, el terror de los empresarios de Grecia, tiene corazón.

Y bastante grande, por lo visto. Si sus rivales en los negocios lo vieran ahora mismo, acurrucado en un pequeño sillón que le está destrozando las lumbares, perdería toda su reputación de villano de película. »

Con movimientos suaves y sin hacer ruido, Aria dejó el cuenco sobre la mesita de noche.

Se inclinó sobre Katerina, retiró con infinita delicadeza el paño tibio que descansaba sobre su frente, sumergió en el agua helada el que llevaba limpio, lo escurrió bien y se lo colocó.

Katerina soltó en sueños un pequeño suspiro de alivio, pero no se movió. Misión cumplida.

Aria debería haberse dado la vuelta y haberse marchado a la cama. Era lo lógico.

Pero no lo hizo.

En lugar de eso, su mirada se dirigió como un imán hacia el hombre dormido al otro lado de la cama.

Sin el constante ceño fruncido, sin la armadura de sus trajes hechos a medida y sin esa postura de macho alfa que parecía tener de serie, Ulises parecía otra persona.

Llevaba una camiseta gris de algodón que se le ajustaba a los hombros de una forma que debería estar totalmente prohibida, y el pelo, normalmente bien peinado, le caía sobre la frente con un desorden rebelde y juvenil.

Aria ladeó la cabeza, estudiándolo con descaro, aprovechando que él no podía fulminarla con la mirada.

«Es insultantemente guapo —admitió para sí misma, sintiendo un calor súbito en las mejillas que no tenía nada que ver con la temperatura de la noche—. No es justo. Nadie debería tener esas pestañas. Ni esos pómulos. Ni esos labios.»

Observó la línea de su mandíbula, en esos momentos relajada, y la sombra de la barba de un día que le daba un aire canalla y peligrosamente atractivo.

Suspiró en silencio.

Recordó el momento en el pasillo, aquella misma tarde, cuando habían chocado los cinco. Recordó la electricidad en su palma y la forma en que él la había mirado, como si de repente ella fuera el centro de gravedad del universo.

Luego, irremediablemente, su mirada bajó a los labios de Ulises.

Un pensamiento chispeante y audaz cruzó su mente.

«¿Qué pasaría si lo beso? ¿Me demandaría por acoso? ¿Llamaría a sus abogados? O peor... ¿se despertaría y me devolvería el beso?»

La sola idea hizo que un escalofrío le recorriera la columna vertebral.

Le encantaría besarle.

Dios, cómo le gustaría.

Comprobar si sus labios eran tan firmes y exigentes como su voz, o si, por el contrario, escondían la misma suavidad que le dedicaba a su abuela.

Pero no podía. Evidentemente, no podía.

Las heroínas de las películas románticas robaban besos a hombres dormidos, pero en la vida real, eso podía terminar en un ataque al corazón por el susto, en un cabezazo accidental (también por el susto). O en la cárcel.

Sin embargo, mientras lo miraba, la ironía y el deseo dieron paso a una comprensión mucho más profunda.

Aria se dio cuenta de la inmensa paradoja que era Ulises Diakos.

Se pasaba la vida construyendo muros, proyectando una imagen de hielo y acero, de hombre intocable que no necesitaba a nadie.

Pero ahí estaba. Había dejado su imperio, sus reuniones y su vida en Atenas para cuidar de una anciana testaruda.

Se estaba destrozando la espalda en un sillón en el que apenas cabía solo para que su abuela no se sintiera sola en medio de la noche.

«Eres un fraude, Ulises Diakos —pensó Aria, sintiendo una oleada de ternura tan grande que casi le cortó la respiración—. No eres de piedra. Eres mucho más sensible, más bueno y más humano de lo que jamás admitirías en voz alta. Y me gustas. Me gustas muchísimo, maldita sea.»

El impulso fue más fuerte que el sentido común.

Con el latido del corazón martilleándole las costillas, Aria se inclinó hacia delante.

Apoyó una mano en el respaldo del sillón para no perder el equilibrio y se acercó al rostro de Ulises.

Pudo oler su aroma, una mezcla embriagadora de jabón limpio, sal marina y ese toque sutil amaderado que parecía acompañarlo siempre.

Contuvo la respiración.

«Solo un roce. Un microsegundo. No se enterará», se prometió.

Cerró los ojos y presionó sus labios contra la frente de Ulises. Fue un beso levísimo, apenas el roce de las alas de una mariposa, suave y cargado de un afecto que ya no podía (ni quería) ocultar. La piel de él estaba cálida.

Aria se apartó lentamente, abriendo los ojos con el temor irracional de encontrarse con los de Ulises mirándola.

Pero Ulises seguía profundamente dormido, ajeno al pequeño robo que acababa de sufrir.

Solo hizo un leve sonido gutural, acomodando mejor la cabeza contra el colchón, sin soltar la mano de Katerina.

Aria sonrió. Fue una sonrisa radiante, un poco (solo un poco) culpable y absolutamente feliz.

Se enderezó, recogió el cuenco de cristal con el paño usado y, caminando hacia atrás los primeros pasos para no perderlo de vista, se dirigió a la puerta. Salió de la habitación con el mismo sigilo con el que había entrado, cerrando la puerta tras ella.

Una vez en el pasillo, se apoyó contra la pared, cerró los ojos y soltó el aire de los pulmones. Se llevó los dedos a los labios, que aún conservaban el calor de la piel de Ulises, y dejó escapar una risilla silenciosa.