CAPÍTULO 34 #2
Ulises respiró hondo. Su cerebro, acostumbrado a lidiar con juntas de accionistas hostiles, sindicatos furiosos y crisis bursátiles internacionales, estaba sufriendo un cortocircuito.
Llevaba veinte minutos intentando razonar con Katerina, utilizando la lógica, las estadísticas médicas y el chantaje emocional básico.
Pero nada había funcionado. Así que, agotado, recurrió a su última carta: el CEO.
Enderezó la espalda, adoptó la postura que hacía temblar a los ejecutivos de medio mundo, endureció la mandíbula y bajó el tono de voz a ese registro grave y autoritario que no admitía réplicas.
—Katerina —dijo, usando su nombre de pila para mayor impacto—. Te sientas ahora mismo en esa cama y te tomas la pastilla. Es una orden.
El silencio cayó en la habitación. Durante una décima de segundo, Ulises pensó que había ganado. Entonces, Katerina levantó la vista, lo miró de arriba abajo y soltó una breve carcajada.
—Ay, cariño —comenzó—. Tus órdenes funcionarán muy bien con esos ejecutivos tuyos de traje gris que te ríen las gracias, pero a mí no me vengas con aires de emperador romano. Que yo te he cambiado los pañales, Ulises. Y te aseguro que no eras nada imponente cuando tenías sarpullido en el culo.
Ulises sintió cómo su autoridad se esfumaba. ¿Cómo podía su abuela ser tan terca? Joder, era peor que él. Mucho peor.
En ese momento Aria apareció en el umbral de la puerta.
Llevaba una jarra de zumo de naranja recién exprimido, y se había quedado apoyada en el marco, observando la escena con una sonrisa ladeada que no intentaba ocultar.
Había escuchado el final de la conversación entre Katerina y Ulises y sus ojos color avellana destellaban con un viso de regocijo.
—¿Problemas? —murmuró, entrando en la habitación con pasos ligeros.
Ulises la miró como un náufrago miraría a un barco de rescate.
—Dígale que se tome el antibiótico. Por favor. Le subo el sueldo. Le compro una casa. Una isla. Lo que quiera —murmuró, sonando desesperado.
Aria dejó la jarra sobre la mesita de noche, ignorando olímpicamente a Ulises y su pastilla, y se giró hacia Katerina.
—Veo que te encuentras mejor. ¿Estás lista para hacer las tareas de jardinería? —preguntó Aria en tono casual, como si fuera la cosa más normal del mundo.
Ulises abrió la boca para protestar, pero Aria le lanzó una mirada de advertencia, rápida y afilada, que lo silenció en el acto.
—Por fin alguien con sentido común en esta casa —bufó Katerina, lanzando una mirada de triunfo a su nieto—. Sí. Si no podo hoy los rosales de la terraza sur, se echarán a perder.
—Estoy de acuerdo —dijo Aria, sentándose junto a ella en la cama—. Es una pena. Aunque, pensándolo bien... si vas ahora, con este calor y sintiéndote tan débil, a lo mejor no calculas bien el corte. Ya sabes cómo son los rosales, si cortas por debajo del nudo equivocado, la rama se muere.
Katerina frunció el ceño, dudando por primera vez.
—Yo nunca corto por el nudo equivocado —dijo.
—Lo sé, lo sé. Eres una artista. Pero el pulso falla cuando el cuerpo está luchando contra una infección.
—Aria se encogió de hombros, restándole importancia—.
Supongo que no pasa nada. Si los estropeas, o si te desmayas en el jardín y tenemos que llamar a la ambulancia, siempre podemos pedirle a Yiannis que se encargue de ellos mañana.
El rostro de Katerina palideció de horror.
—¿Yiannis? ¿Ese carnicero con tijeras? ¡Una vez le pedí ayuda con mis hortensias porque me dijo que antes de ser chófer había sido jardinero, pero me las dejó como si hubieran pasado por una trituradora de papel!
—exclamó, llevándose una mano a la mejilla—.
No, no quiero que Yiannis toque mis flores.
—Es mejor que no. Pero oye, si no te tomas el antibiótico hoy para estar perfecta mañana, será él quien pode tus preciosos rosales. Es tu decisión, Katerina. Yo no me meto —dijo Aria, lanzando un órdago.
Se levantó, alisándose los pantalones, y le hizo un gesto a Ulises para que le pasara el vasito con la pastilla. Katerina miró la pastilla, luego miró hacia la ventana, imaginando al pobre Yiannis masacrando sus flores.
Con un gruñido de indignación, la arrebató el vaso a Aria, se metió la pastilla en la boca y se la tragó de golpe con un sorbo de agua.
—Ese hombre no tocará mis rosas mientras yo respire —sentenció Katerina, quitándose las pantuflas con un suspiro de resignación y volviendo a meter las piernas bajo las sábanas—. Mañana a primera hora estaré en el jardín. Pero ahora voy a descansar los ojos cinco minutos. Solo cinco minutos.
—Me parece un plan excelente —sonrió Aria, arropándola con suavidad—. Te despertaré para la merienda.
Menos de dos minutos.
Ciento veinte segundos.
Ulises se había quedado congelado cerca de la cómoda, con los labios ligeramente entreabiertos, procesando lo que acababa de presenciar. ¿Cómo cojones lo había hecho? ¿Cómo había conseguido que…?
Aria le hizo una seña con la cabeza hacia la puerta. Ulises la siguió al pasillo como si estuviera hipnotizado, cerrando la puerta de la habitación de su abuela con sumo cuidado.
Una vez en el pasillo, lejos de los oídos de Katerina, Ulises se apoyó contra la pared y se quedó mirando a Aria. La observó asombrado, como si acabara de descubrir una nueva especie.
—Usted es como una hechicera, o algo peor… —murmuró, negando con la cabeza, con una sonrisa incrédula asomando a los labios.
Aria dejó escapar una risa baja.
—Solo soy una cuidadora que conoce a su paciente. No hay magia negra involucrada —dijo.
—¿No la hay? —replicó Ulises, como si no la creyera—.
Llevo veinte minutos negociando con ella como si fuera una fusión de empresas.
Le he ofrecido un argumento lógico, le he ofrecido datos, le he dado una orden directa...
y usted entra, le habla de rosales y de un chófer que es un incompetente en temas de jardinería, y consigue que se tome la pastilla como si fuera un puñetero caramelo.
Aria le sostuvo la mirada, sus ojos chispeaban con una mezcla de burla y ternura.
—Ese es su problema, señor Diakos —dijo, arrastrando las palabras «señor Diakos» con una ironía deliciosa—. Intenta resolver los problemas humanos con tácticas de sala de juntas. A su abuela no le importan sus estadísticas ni su tono de macho alfa…
—¿Mi tono de macho alfa? —repitió Ulises.
Aria hizo una mueca con la boca. ¿Se había pasado? Tenía que dejar de tratar a Ulises Diakos como si tuviera confianza con él.
—Sí, bueno… ya me entiende —dijo, pasándose la mano por el cuello. Ulises no hizo ningún comentario, así que Aria prosiguió—. El caso es que a Katerina le importa su independencia. Le importa su jardín. Hay que saber llevarla con un poco de inteligencia emocional.
—Vale, tomo nota —dijo Ulises.
—Bueno, por hoy, ¡misión cumplida!
Aria sonrió, sintiendo una repentina oleada de entusiasmo.
El ambiente entre Ulises y ella era ligero, efervescente, desprovisto de las barreras invisibles que solían separarlos.
Sin pensárselo dos veces (más bien fue un acto reflejo), arrastrada por la victoria del momento y la complicidad que vibraba en el pasillo, Aria levantó la mano derecha, con la palma abierta, esperando que él chocara los cinco.
Ulises se quedó mirando la mano suspendida en el aire.
Su cerebro pareció sufrir un pequeño lapsus.
¿Chocar los cinco? ¿Él? ¿El CEO de un imperio naviero y logístico, el hombre que cerraba tratos con apretones de manos firmes y fríos, chocando los cinco en un pasillo como un adolescente que acaba de ganar un partido de baloncesto?
Aria, al ver su vacilación, alzó una ceja, retándole.
—Venga, señor Diakos. No me deje colgada. Es de mala educación —dijo con la espontaneidad que la caracterizaba.
La sonrisa de Ulises se ensanchó un poco en los labios.
Joder, lo de aquella chica no tenía nombre.
O, por lo menos, él no era capaz de encontrarlo.
Tobías tenía razón. Aria no le tenía miedo, y no le trataba como a un jefe, le trataba como a un igual.
Y tenía que reconocer que era algo que ya no le irritaba tanto.
—Está bien —murmuró.
Levantó la mano y, con un sonido resonante, chocó la palma contra la de ella.
El contacto duró apenas un segundo, pero fue suficiente. La piel de Aria era cálida, y la energía del choque dejó un cosquilleo en su mano que pareció viajarle directamente por el brazo.
Cuando bajaron las manos, el aire en el pasillo se enrareció. La risa se apagó lentamente, dejando paso a un silencio cargado de significado. Ulises la miró a los ojos, y de repente, la ironía desapareció de su expresión.
Sintió una profunda admiración por ella. Aria era brillante. Era resolutiva. Era rápida, empática y no le tenía el más mínimo miedo. En un mundo donde todo el mundo le decía lo que quería oír, ella le decía lo que necesitaba escuchar.
En ese instante, mirándola, Ulises tuvo una revelación.
Su vida era un caos perfectamente estructurado, un torbellino de responsabilidades, de números y de soledad disfrazada de éxito.
Y aquella chica, con su inteligencia emocional y su descaro, era la única capaz de poner orden en su caótico mundo personal.
«Maldita sea. Estoy perdido», pensó. Tobías iba a descojonarse en su puta cara.
Aria carraspeó. De repente era muy consciente de la intensidad con la que Ulises la estaba mirando. Notó cómo un rubor traicionero le subía por el cuello.
—Bueno —dijo—. Voy a... voy a preparar la merienda, para cuando Katerina despierte.
—Sí —respondió Ulises. Su voz sonó ronca. Pero no apartó la mirada de Aria ni un milímetro—. La merienda. Buena idea.
Aria le dedicó una última sonrisa, un poco más tímida, y se dio la vuelta, enfilando los pasos hacia la escalera. Ulises se quedó en el pasillo, frotándose distraídamente la palma de la mano que acababa de chocar con la de ella.