CAPÍTULO 34
El salón principal de Villa Penélope, decorado con antigüedades invaluables, cortinas de lino y un perenne olor a cera y madera, había sido reconquistado.
En menos de media hora, Ulises lo había transformado en la sede no oficial de su imperio empresarial.
Al parecer, y como había hecho saber a toda la casa.
El wifi iba como una mierda en su despacho, y él necesitaba wifi para trabajar.
El epicentro de aquella invasión era la inmensa mesa de caoba de la estancia, sobre la cual descansaba, casi como un insulto a la tecnología moderna, un viejo ordenador portátil que él mismo había abandonado allí hacía al menos cinco años, durante unas vacaciones que juró que serían de desconexión (pero que no lo fueron).
Ulises pulsó el botón de encendido y el aparato respondió con un zumbido asmático, seguido del rugido de un ventilador que sonaba sospechosamente parecido a su helicóptero.
Mientras esperaba a que el dinosaurio cibernético decidiera arrancar, se aflojó un poco más el nudo de la corbata y se desabrochó el primer botón de la camisa. Estaba a punto de ir a la cocina a buscar un segundo café cuando su teléfono móvil, apoyado sobre la mesa, comenzó a sonar.
En la pantalla podía leerse el nombre de Tobías.
Ulises descolgó y se llevó el teléfono a la oreja, dejándose caer en una de las sillas de respaldo alto.
—Dime que estás vivo, que no te han secuestrado los servicios secretos y que hay una explicación lógica para tu huida —disparó Tobías a modo de saludo, sin molestarse en decir «hola».
Su voz sonaba a medio camino entre la broma y la desesperación—.
Dimitris me acaba de llamar al borde de un ataque de nervios.
Dice que estabais en mitad de la presentación del desglose de los márgenes de beneficio del último semestre, recibiste una llamada, saliste de la sala, entraste pálido como si hubieras visto al fantasma de Sócrates, cogiste tu maletín y saliste corriendo de la sala de juntas sin decir nada más que la reunión había terminado.
Dimitris cree que la empresa está en quiebra.
Ulises se pinzó el puente de la nariz, cerrando los ojos. El recuerdo de la reunión de esa mañana le parecía de otra vida.
—La empresa está perfectamente, Tobías. Dimitris es un exagerado que necesita tomarse una tila —suspiró Ulises, apoyando el codo en la mesa—. Ha sido una emergencia familiar.
El tono de Tobías cambió al instante, perdiendo toda la ironía.
—¿Katerina? ¿Qué ha pasado? ¿Estáis en el hospital? ¿Necesitas que movilice el avión de la empresa para llevar a algún especialista desde Atenas?
—No, no, frena. Estamos en Villa Penélope. —Ulises hizo una pausa—. Tiene una infección de orina.
Hubo un silencio al otro lado de la línea, y fue tan largo que Ulises pensó que se había cortado la llamada. Luego, escuchó un sonido extraño, como el de alguien atragantándose con su propia saliva.
—¿Me estás diciendo que has salido cagando leches de la reunión con la junta directiva, que has dejado a Dimitris hiperventilando en una bolsa de papel y has cruzado el cielo como si fueras un caza de combate... por un problema de vejiga? —dijo Tobías.
—Aria me llamó antes de saber el diagnóstico, diciendo que mi abuela tenía fiebre alta y que estaba en la cama. Tiene ochenta y cuatro años, Tobías. Mi cerebro no se paró a considerar que tuviera un problema urológico leve, ¿vale? —se defendió Ulises, gruñendo.
—Los controladores aéreos de Atenas todavía deben estar llorando por el susto que les has dado —se burló su amigo—. Eres un exagerado, Ulises. Pero me alegro de que Katerina esté bien. Supongo que ahora estará torturando a Aria y negándose a beber agua.
—Eso es lo que está haciendo, sí —respondió Ulises—. Tobías, me voy a quedar aquí unos días. Hasta que la infección y la fiebre desaparezcan y deje de mirar a todo el mundo con intenciones homicidas. Trabajaré desde aquí. ¿Puedes encargarte de la empresa?
—Por supuesto. Hablaré con la junta y le diré a Dimitris que no hace falta que salte por la ventana —repuso Tobías—. Tú relájate, respira brisa marina y, por favor, no intentes morder a nadie. El villano de la novela eres tú.
Ulises puso los ojos en blanco.
—No prometo nada —dijo—. Pásame los informes de la filial logística, tengo una videollamada con ellos en diez minutos. Hablamos luego.
—Ok, hasta luego —se despidió Tobías.
Ulises colgó, dejó el móvil a un lado y clavó la mirada en la pantalla del portátil, que por fin había decidido mostrar el escritorio. En cuestión de segundos, el nieto preocupado por su abuela se evaporó en el aire salado de Ítaca, dando paso al depredador empresarial.
Un par de horas más tarde, Aria caminaba por el pasillo, llevando en las manos una bandeja de madera con el quinto vaso de agua con limón para Katerina, además de unas galletas de avena con pasas que esperaba que suavizaran su humor.
Al acercarse a las puertas dobles del salón, que estaban entreabiertas para dejar correr la brisa, la voz de Ulises la hizo detenerse.
Aria se asomó con disimulo por la rendija de la puerta, tratando de que no la viera.
Ulises estaba inmerso en una videollamada.
Su postura había cambiado por completo. Estaba inclinado hacia adelante, con los codos apoyados en la mesa y las manos entrelazadas bajo la barbilla en una pose de poder absoluto.
Sus ojos, fijos en la cámara del viejo portátil, parecían capaces de fulminar a quienquiera que estuviera al otro lado de la pantalla.
—No me interesan las proyecciones optimistas, Damián, me interesan los números reales —estaba diciendo, con una calma que resultaba mil veces más intimidante que un grito a pleno pulmón—.
Habéis tenido tres semanas para cerrar ese acuerdo de distribución.
Si la excusa que me vas a dar incluye la palabra «imprevisto», te sugiero que apagues la cámara ahora mismo y vayas recogiendo las cosas de tu despacho.
Aria parpadeó varias veces seguidas, fascinada y ligeramente sobrecogida.
Todo a la vez. El contraste era vertiginoso.
El hombre que hacía un rato había estado a punto de sufrir un colapso nervioso porque su abuela tenía fiebre, estaba ahora despellejando vivo a un alto ejecutivo sin alterar siquiera su ritmo cardíaco.
—Quiero el informe reestructurado en mi bandeja de entrada antes de las cinco —continuó Ulises, implacable, sin levantar la voz ni un decibelio—. Y si los márgenes de beneficio no coinciden con lo que acordamos en la junta, no te molestes en enviarlo. ¿Ha quedado claro? Perfecto.
Aria sintió un pequeño escalofrío recorriéndole la espalda y tragó saliva.
A menudo, en el día a día de la mansión, entre los cuidados a Katerina, los paseos por la playa y las tazas de té, a Aria se le olvidaba un pequeño gran detalle: aunque ella no trabajaba en las oficinas de la empresa de Atenas, Ulises era su jefe.
El mismo que ahora amenazaba a uno de sus empleados con despedirle.
Ella no lidiaba con él todos los días, pero el hombre que estaba al otro lado de esa puerta era el dueño del circo. El gran jefe. El que pagaba su salario y el que, con un simple chasquido de esos dedos que en aquel momento tamborileaban sobre la madera de la mesa, podía dejarla en la calle.
Era intimidante, desde luego. Autoritario hasta rozar la tiranía.
Pero, al mismo tiempo, Aria no pudo evitar notar que había algo magnético en la absoluta seguridad que irradiaba.
Era el macho alfa en su hábitat natural, dominando la situación con una mezcla de inteligencia y carisma. Un carisma letal, había que decir.
«Menos mal que mi paciente es Katerina y no él —pensó Aria para sus adentros, esbozando una sonrisa mordaz mientras ajustaba la sujeción de la bandeja en las manos—. Si me hablara con ese tono, seguro que terminaría tirándole el vaso de agua con limón a la cabeza.»
Con un ligero movimiento de cabeza para espantar la imagen de su mente, y sintiendo un cosquilleo burbujeando en el estómago, se giró y enfiló el pasillo.
Por nada del mundo quería que Ulises la pillara espiándolo.
Aunque reconocía que se moría de ganas de ver su cara cuando Katerina se negara a tomarse la siguiente pastilla.
El sol de media tarde dejaba en la habitación de Katerina un resplandor de color oro, dándole una estampa idílica, pacífica, de revista de decoración mediterránea. Sin embargo, la atmósfera en el interior de la estancia tenía la misma tensión que la sala de crisis del Pentágono.
Ulises estaba de pie junto a la inmensa cama con dosel, con las mangas de la camisa remangadas hasta los codos en una postura que dejaba ver su exasperación. En una mano sostenía un vaso con agua y en la otra una pequeña pastilla blanca, a la que miraba como si fuera algo radiactivo.
Frente a él, Katerina, no solo había echado a un lado el edredón, también estaba sentada al borde del colchón, calzándose las pantuflas con una agilidad que desafiaba cualquier diagnóstico médico.
—Abuela, por el amor de Dios y de todos los santos ortodoxos —suplicó Ulises, lanzando al aire un suspiro—. Tienes fiebre. Tienes una infección. No puedes ir a podar los rosales.
—Mis rosales de la terraza sur están pidiendo a gritos una poda de limpieza, Ulises. Los escucho desde aquí —replicó Katerina, ajustándose las pantuflas—. Y no tengo fiebre, lo que tengo es calor. Este cuarto es un horno.
—El termómetro decía treinta y ocho con dos hace una hora —rebatió Ulises—. El antibiótico todavía no ha empezado a hacer efecto.
—Ese termómetro moderno no sabe nada de la biología de una mujer de mi edad. Aparta, que necesito ir a por mis tijeras de podar.