CAPÍTULO 33 #2
—Me voy a pasar el día en el baño —gruñó Katerina desde la cama.
—Esa es exactamente la idea —replicó el médico con buen humor, entregándole la receta a Aria—. Reposo un par de días y estará organizando la vida de todos para el fin de semana.
El eco de los pasos apresurados de Ulises por el pasillo sonaba como el preludio de una invasión militar.
Cuando irrumpió en la habitación, casi arrancando la puerta del marco, llevaba consigo la energía de un tornado.
Tenía el pecho agitado, la corbata aflojada como si de repente le asfixiara, y un mechón de pelo oscuro caía por su frente.
Se detuvo en seco a los pies de la inmensa cama con dosel. Sus ojos escanearon a su abuela de arriba abajo, buscando vías intravenosas, mascarillas de oxígeno o cualquier señal del apocalipsis que su mente había imaginado durante el trayecto hasta Ítaca.
En su lugar, se encontró con Katerina recostada contra una montaña de almohadones de pluma de ganso, envuelta en un camisón de seda de color blanco.
Tenía las mejillas ligeramente sonrosadas por la fiebre, sí, pero su mirada conservaba el brillo afilado de una guillotina recién pulida.
A su lado, Aria sostenía un vaso de agua y una caja de pastillas, mientas observaba su entrada con una mezcla de fascinación y diversión mal disimulada.
— Yiayá —exhaló Ulises, acercándose a la cama con zancadas que devoraron la distancia en un segundo.
Se sentó en el colchón, agarrando las manos de Katerina—.
¿Qué ha pasado? ¿Cómo te sientes? Dímelo todo.
¿Dónde está el médico? ¿Por qué no está aquí?
Puedo traer a los mejores especialistas de Atenas, de Europa si hace falta...
Katerina lo miró con indulgencia, como si su nieto fuera un cachorro que tropieza con sus propias patas.
—Ulises, cariño, suéltame que me estás cortando la circulación —dijo con su característico humor negro—. Y deja de mirarme como si estuviera a punto de dictarte mis últimas voluntades. No te vas a librar de mí tan fácilmente.
—Pero Aria me ha llamado... me ha dicho que tenías fiebre. —Ulises parpadeó, girando la cabeza hacia Aria, buscando respuestas.
Aria le ofreció una sonrisa tranquilizadora, de esas que se usan para calmar a los leones en el circo.
—El médico acaba de irse —comenzó a explicar—. Katerina tiene una infección de orina. Eso es todo. Es lo que le provoca la fiebre y el malestar.
—¿Una... infección de orina? —repitió Ulises, vocalizando cada sílaba como si estuviera aprendiendo un idioma nuevo—. Pero ¿está bien? —quiso cerciorarse.
Aria le tendió a Ulises la receta médica, como si fuera un tratado de paz.
—El médico le ha recetado antibiótico —dijo—. Una pastilla cada ocho horas y mucho líquido. En un par de días estará como nueva, aunque ahora mismo está enfadada con el mundo porque la hemos condenado a beber agua como si fuera un camello en un oasis.
Ulises se puso en pie lentamente. Se cruzó de brazos, adoptando su mejor postura de presidente de junta directiva, y frunció el ceño.
—Hay que tener más cuidado —aseveró, pasando la mirada de Katerina a Aria como si ambas fueran empleadas que acababan de perder un cliente millonario—. Es por esos paseos que dais.
—¿Qué paseos? —preguntó Aria, parpadeando.
—Los paseos por la playa al caer la tarde —acusó Ulises, señalando hacia la ventana—.
Salís cuando el sol se mete. Hace fresco.
La brisa marina engaña, baja la temperatura de golpe.
¡Mi abuela ha cogido frío! —Miró a Katerina—.
Te lo he dicho mil veces, abuela, el relente del mar es traicionero.
No deberíais salir a esas horas sin ir bien abrigadas. ¡Es una irresponsabilidad!
Aria se mordió el interior de la mejilla con tanta fuerza que le dolió, luchando de forma titánica con ella misma para no soltarle a Ulises lo que se le estaba pasando por la cabeza.
Katerina, por su parte, no tuvo tanta piedad. Lanzó un suspiro largo y cargado de infinita paciencia.
—Ulises, luz de mis días, heredero de mi imperio y, aparentemente, poseedor de un título de medicina del siglo XIX...
—empezó Katerina, alzando una ceja blanca—.
Estamos a finales de julio. El relente del mar del que hablas está a veinticinco grados centígrados.
Si salgo con una chaqueta de punto a pasear por la playa, no cogeré frío, moriré por combustión espontánea.
—Pero el cambio de temperatura... —intentó argumentar él.
—Las infecciones de orina son causadas por bacterias, Ulises, no por mirar románticamente la puesta de sol una tarde fresca —lo interrumpió su abuela—.
Mi vejiga no se ha resfriado. Es una molestia común, mundana y tremendamente aburrida.
Así que hazme el favor de guardar tu instinto de protección y tu dramatismo griego para los pasillos de tu empresa.
Aria, incapaz de contenerse más tiempo, dejó escapar una risilla. Ulises giró el rostro y la fulminó con la mirada, pero ella no se inmutó.
Ulises se pasó una mano por el pelo alborotado. Toda su imponente fachada de hombre de negocios implacable se había desmoronado frente a su abuela y una chica que lo miraba con ojos llenos de diversión.
—Vale. De acuerdo. Me he pasado un poco —aceptó finalmente, exhalando un suspiro. Se sentó en el borde de la cama—. Es que… me he asustado.
El tono de voz de Ulises bajó una octava, volviéndose ronco, vulnerable.
Katerina suavizó la mirada al instante. Toda la ironía desapareció de sus ojos, dejando solo un amor profundo y maternal.
Extendió la mano y acarició la mejilla de su nieto, notando la incipiente barba que empezaba a despuntar en la mandíbula.
—Lo sé, cariño. Lo sé —murmuró con dulzura—. Pero mala hierba nunca muere. Tendrás que soportarme unas cuantas décadas más.
—Eso espero —replicó Ulises, esbozando por fin una media sonrisa—. De todas formas, me quedaré aquí hasta que la infección remita —anunció.
Katerina iba a replicar. No le gustaba que la trataran como si estuviera a punto de morirse, pero tener dos o tres días a Ulises en la casa le encantaba. Además, le vendría bien para sus planes. No había mal que por bien no viniera. O eso decían.
Matilde llamó a la puerta y entró.
—¿Alguien quiere que le traiga un café? —preguntó. Porque creo que os va a venir bien a todos, y Katerina necesita empezar su maratón de líquidos.
—Un café negro, por favor. Fuerte —pidió Ulises.
—Yo un descafeinado —habló Aria.
—Y a mí tráeme agua, supongo —refunfuñó Katerina, volviendo a su papel de paciente indignada—. Ten piedad de mí y ponle una rodaja de limón. Si voy a pasarme el día en el baño, al menos que el viaje tenga un toque cítrico.
Matilde sacudió la cabeza.
—Ahora mismo os lo traigo.