La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

La luz de la mañana se filtraba a través de las cortinas de lino blanco de la habitación de Katerina, pintando franjas doradas sobre las sábanas de algodón.

Sin embargo, la habitual energía arrolladora de la matriarca brillaba por su ausencia.

En su lugar, un inusual silencio reinaba en la estancia.

Aria, que había entrado con la bandeja del desayuno, se detuvo en seco al pie de la inmensa cama con dosel.

Katerina no estaba sentada frente al espejo cepillándose el pelo con su vigor habitual, ni estaba leyendo la prensa económica para buscar excusas con las que atormentar a su nieto.

Estaba recostada contra los almohadones, con las mejillas encendidas con un rubor febril y el ceño fruncido en una expresión de dolor.

—Katerina, ¿te encuentras bien? —preguntó Aria, dejando la bandeja sobre la mesita de noche con un leve tintineo de la porcelana.

—Sí.

Aria acercó el dorso de la mano a la frente de Katerina y casi dio un respingo. Irradiaba calor como un pequeño radiador.

—Estoy perfectamente —graznó Katerina, aunque su voz carecía de su habitual energía—. Solo es un poco de calor. Esta casa retiene la humedad de una forma espantosa.

—Claro, el calor. A primera hora de la mañana y con el aire acondicionado puesto —replicó Aria, sacando un termómetro digital del cajón de los suministros médicos con una expresión en el rostro que decía que no aceptaría excusas—. Levanta el brazo, por favor. O te lo pongo en el trasero. Tú elijes.

Katerina la fulminó con la mirada, pero levantó el brazo con un suspiro sonoro, casi teatral. Unos segundos después, el aparato emitió un pitido.

—Treinta y ocho y medio —leyó Aria, alzando las cejas—. Voy a llamar al médico —dijo, sacando el móvil del bolsillo trasero de su pantalón.

—¡Ni se te ocurra, niña! —protestó Katerina, intentando incorporarse, aunque un leve mareo la obligó a recostarse de nuevo—. He sobrevivido a la Guerra Civil griega, a la Segunda Guerra Mundial y a la pandemia de COVID-19. Un poco de fiebre no me matará. Seguramente es solo cansancio.

En ese momento, la puerta de la habitación se abrió y Matilde entró, llevando una jarra de zumo de naranja para agregar al desayuno. Miró a Katerina, después a Aria y vio el termómetro en su mano.

—¿Qué pasa? —preguntó, acercándose a la cama. Al ver de cerca el rostro colorado de Katerina, se llevó la mano a la boca—. Ay, madre mía. Katerina, tienes la cara del color de mis pimientos morrones.

—Matilde, por favor, dile a esta jovencita exagerada que guarde el teléfono. Quiere llamar al médico por unas décimas de fiebre.

—No tiene solo unas décimas, tiene treinta y ocho grados y medio —matizó Aria.

Katerina la miró de reojo con cara de pocos amigos.

—Respaldo totalmente a Aria —aseveró Matilde sin un ápice de duda, y se colocó junto a la cama como un guardia—. De hecho, si no llama ella, llamaré yo. Y sabes que yo llamo al doctor Kostas, el que le da esas pastillas para chupar que saben a tiza —añadió.

—¡Sois unas traidoras! ¡Esto es una conspiración de mis empleadas en mi propia casa! —Katerina cruzó los brazos, ofendida, haciendo un puchero que resultaba cómico en una mujer de su edad.

Aria no pudo evitar reír. Se sentó en el borde de la cama, mirando a Katerina con una mezcla de cariño y diversión.

—¿Sabes una cosa? —dijo, ladeando la cabeza, mientras tecleaba el número de la consulta médica en su móvil—.

Cuando frunces el ceño de esa manera y te pones así de terca, te pareces muchísimo a tu nieto.

Sois exactamente igual de gruñones. Solo te falta la corbata de seda y la carpeta de cuero negro bajo el brazo para ser un clon de Ulises.

Katerina abrió los ojos como platos, casi escandalizada con la comparación.

—¡Habrase visto! Yo tengo muchísimo más estilo que Ulises. Y mi sentido del humor es legendario, no como el suyo, que no tiene. Ulises tiene la flexibilidad emocional de un poste de telefonía. ¡Compararme con él! Eso sí que me ha subido la fiebre.

Aria y Matilde se miraron, tratando de contener la risa. Si Katerina no existiera, habría que inventarla.

Mientras Matilde se quedaba aplacando su mal humor con un paño frío en la frente y la promesa de un caldo de pollo que resucitaba a los muertos, Aria salió al pasillo.

Una vez que terminó de hablar con el médico, buscó en su agenda el contacto de Ulises.

Sabía que él la mataría si no le avisaba, por muy leve que fuera el asunto. Y Aria no quería despertar a la bestia.

A kilómetros de allí, en la planta superior del rascacielos de cristal y acero de Diakos Corporation, Ulises presidía una reunión de la junta directiva.

Estaba en pleno desglose de los márgenes de beneficio del último semestre, proyectando una gráfica en la pantalla gigante, con su habitual expresión de hombre implacable, cuando su teléfono, que descansaba bocabajo sobre la mesa ovalada, vibró.

Ulises ignoraba las llamadas durante las juntas. Era una regla de oro. Pero por el rabillo del ojo, al girar el aparato, vio el nombre en la pantalla: Aria.

El corazón le dio un vuelco, saltándose un latido. Ella nunca llamaba a menos que...

—Disculpen un momento —dijo, cortando en seco al director financiero. Sin esperar respuesta, agarró el teléfono y salió de la sala de juntas a zancadas, dejando a doce ejecutivos parpadeando en silencio—. ¿Aria? ¿Pasa algo? —dijo al cogerlo, ya fuera de la sala.

Las preguntas sonaron tensas.

—Buenos días, señor Diakos. Siento interrumpirlo —comenzó Aria. Su voz al otro lado sonaba tranquila, lo cual redujo el nivel de alerta de Ulises de 5 a 1—. No se asuste, no ha pasado nada grave, pero su abuela ha amanecido con fiebre.

—¿Fiebre? ¿Cuánta? ¿Está consciente? ¿Has llamado a una ambulancia? —Las preguntas salieron disparadas de su boca como balas. Su mente, tan analítica, ya estaba calculando rutas hacia el hospital más cercano.

—Tranquilo, respire —rio Aria con suavidad. Un sonido que tuvo el extraño efecto de aflojar el nudo en el estómago de Ulises—. Tiene treinta y ocho grados y medio. Está consciente y quejándose de que Matilde y yo somos unas traidoras. Ya he llamado al médico, viene de camino.

—Salgo para allá —afirmó Ulises de inmediato.

—Señor Diakos, no hace falta que deje el trabajo, de verdad, está controlada...

—Llego en una hora. —Ulises colgó sin esperar réplica.

Aria se quedó mirando el móvil, desconcertada.

Ulises volvió a entrar en la sala de juntas, recogió su documentación, la metió rápidamente en el maletín y miró a su equipo.

—La reunión ha terminado. Envíenme los informes a mi correo electrónico —dijo.

Y sin dar más explicaciones, se giró y desapareció por la puerta.

Después se dirigió al ascensor. Una vez dentro, pulsó el botón que lo catapultó directamente hacia la azotea del rascacielos.

Las puertas de acero se abrieron con un siseo, revelando el helipuerto bañado por el sol cegador de la mañana y, posado en el centro de la H blanca, su helicóptero negro brillante.

Normalmente, para Ulises, pilotar era una vía de escape, un momento de paz, pero en aquel instante, la adrenalina le corría por las venas a una velocidad vertiginosa.

Se saltó los saludos protocolarios con el personal de mantenimiento, subió a la cabina de un salto y se colocó los auriculares con micrófono.

Sus manos volaron con urgencia sobre el panel lleno de botones, encendiendo los sistemas.

En cuestión de un minuto, el rugido ensordecedor de las aspas comenzó a cortar el aire.

El despegue fue impecable, como todo lo que hacía Ulises, pero la trayectoria fue directa y agresiva. Dejó atrás la jungla de asfalto y hormigón de la capital, poniendo rumbo al oeste, hacia el azul profundo del mar Jónico.

Mientras sobrevolaba el golfo de Corinto, la preocupación le latía en las sienes al mismo ritmo frenético que los rotores del helicóptero.

Katerina era fuerte, sí. De hecho, Ulises estaba convencido de que, si la mismísima Parca llamara a la puerta de Villa Penélope, su abuela la obligaría a limpiarse los zapatos en el felpudo antes de entrar, y le discutiría la letra pequeña del contrato de defunción hasta obligarla a irse con dolor de cabeza.

Sí, su yiayá era así. Pero los años no perdonaban, y la sola idea de que algo grave le pasara a la mujer que lo había criado le revolvía las entrañas, rompiendo por completo su fachada de hielo.

En Villa Penélope, el médico ya había llegado. Era un hombre afable, de gafas redondas y maletín de cuero desgastado, que conocía a Katerina desde hacía años y que estaba, afortunadamente, inmunizado contra sus quejas. Katerina era una persona extraordinaria, pero muy mala paciente.

Tras una revisión exhaustiva en la habitación, mientras Aria y Matilde esperaban expectantes junto a la puerta, el médico guardó su estetoscopio con una sonrisa tranquilizadora.

—Bueno, mi querida Katerina. Su corazón suena como un reloj suizo y sus pulmones están perfectos —anunció.

—Se lo he dicho a estas dos exageradas —murmuró Katerina, lanzando una mirada de triunfo a Aria y Matilde—. ¿Veis? Estoy como una rosa.

—Una rosa con una infección de orina, me temo —puntualizó el médico, ajustándose las gafas—. Es muy común, pero causa esa fiebre tan molesta y el malestar general.

Katerina dejó caer la cabeza contra las almohadas, poniendo los ojos en blanco con una mueca de fastidio.

—Infección de orina. Por el amor de Dios. Qué falta de glamour. Si una va a caer enferma, al menos que sea de algo más poético, como melancolía victoriana o un desmayo por exceso de calor. Pero no, mi vejiga decide tener protagonismo. Qué… infamia.

Aria se mordió el labio inferior para no reírse a carcajadas. Después se acercó al médico para recibir las instrucciones pertinentes.

—Nada de qué preocuparse —dijo él, sacando su talón de recetas—. Le prescribiré un antibiótico de amplio espectro. Una pastilla cada ocho horas durante siete días. Y mucha hidratación. Necesito que beba líquidos constantemente. Zumos, infusiones, agua...