CAPÍTULO 32
La cocina de Villa Penélope era, en muchos sentidos, el verdadero centro de operaciones de la mansión. Un lugar donde las tretas y los planes se cocinaban a fuego lento, entremezclados con el aroma a ajo doradito, albahaca fresca y aceite de oliva.
Aquella mañana, sin embargo, al olor del sofrito que burbujeaba en la olla se le sumaba un matiz inusual, el aroma a tierra húmeda y abono.
En un extremo de la inmensa mesa central de roble macizo, Matilde picaba cebollas tratando de no llorar.
En el otro extremo, sobre una generosa capa de hojas de periódicos viejos, Katerina hundía las manos enguantadas en un saco de turba negra, trasplantando con mimo una delicada orquídea a una maceta de terracota esmaltada.
—Tendrías que haberle visto la cara, Matilde —comentó Katerina, rompiendo el cómodo silencio.
Su tono era casual, pero sus ojos brillaban con la chispa peligrosa y divertida de un niño que acaba de encender la mecha de un petardo y espera a que explote—.
Fue un poema. No, qué digo un poema... Fue una tragedia griega en tres actos, comprimida en diez segundos.
Matilde detuvo el cuchillo en el aire, apartó un mechón de pelo medio encanecido que se le había escapado del moño con el dorso de la mano y alzó una ceja.
—¿Ulises? —preguntó, aunque conocía perfectamente la respuesta.
—El mismísimo. El Ogro de la Colina. El rey de las finanzas.
—Katerina soltó una risilla encantada mientras apisonaba la tierra alrededor de las raíces de la planta con los pulgares—.
Llegó pavoneándose con sus carpetas y su aura de CEO implacable, y de pronto...
¡pum! Miró por la ventana y vio a nuestra querida Aria en el jardín.
—¿Y eso le molestó? —Matilde echó la cebolla picada a la sartén.
El siseo del aceite caliente llenó la cocina.
—Le habría dado igual si ella hubiera estado sola, leyendo alguno de sus libros. Pero resulta que estaba muy bien acompañada por Ezio. Y ya conoces a Ezio. Si la sonrisa de ese chico fuera un recurso natural, podríamos iluminar toda Ítaca con ella. Estaban riendo, charlando... muy juntos.
Matilde se apoyó en la encimera, con la cuchara de madera en la mano, y una sonrisa cómplice empezó a dibujarse en su rostro.
—No me digas que Ulises se puso celoso.
—¿Celoso? Matilde, por un momento temí que le fuera a dar un ictus allí mismo.
—Katerina soltó una carcajada, limpiándose un poco de tierra en el delantal que llevaba sobre la elegante blusa—.
Se quedó rígido como una tabla. Empezó a balbucear cosas sobre la ética profesional, sobre cómo Ezio no debería distraer a los empleados...
¡Excusas de libro barato! Y yo, por supuesto, no pude resistirme.
Le dije que hacían una pareja estupenda, que Ezio estaba soltero y que Aria era un soplo de aire fresco.
Matilde negó con la cabeza, riendo por lo bajo mientras volvía a remover el sofrito.
—Katerina... eres verdaderamente maquiavélica. Jugar así con la mente del pobre chico —dijo.
—¡Tonterías! —Katerina agitó una mano en el aire, desestimando la acusación con un gesto teatral—.
En el amor y en la guerra todo vale, mi querida amiga.
Y esto, te lo aseguro, es una guerra para salvar a mi nieto de morir de aburrimiento crónico.
Además, te garantizo que surtió efecto. Cuando Ezio por fin se fue, a Ulises le volvió el color a la cara.
Fue como si le hubieran quitado un yunque del pecho.
Matilde asintió, pensativa, bajando el fuego de los fogones. El aroma a tomate frito y especias invadía cada rincón, creando una atmósfera cálida y hogareña que contrastaba cómicamente con las maquinaciones de la dueña de la casa.
—Hacen buena pareja, ¿verdad, Katerina? —murmuró, mirando hacia la ventana que daba al jardín, como si pudiera verlos allí—.
Ulises es un buen chico. Un poco gruñón, sí, y a veces parece que se ha tragado el palo de la escoba, pero tiene buen corazón.
Solo necesita a alguien que le enseñe a reírse un poco. A ver la vida de otra manera.
—Están hechos el uno para el otro, Matilde.
Lo he sabido desde el primer día que los vi en la misma habitación —afirmó Katerina con rotundidad, tomando una pequeña regadera para humedecer la tierra de su orquídea recién trasplantada—.
Aria tiene esa luz, esa insolencia educada que lo descoloca por completo.
Y él... bueno, él le da a ella esa sensación de seguridad que tanto necesita, aunque ninguno de los dos sea lo bastante inteligente todavía para darse cuenta.
Katerina dejó la regadera, bajó el tono de voz, y se inclinó hacia Matilde como si temiera que alguien pudiera oírla.
—Pero te diré algo más. Lo del jardín solo ha sido el empujón final. La dinamita ya estaba puesta desde hace días —dijo.
Matilde se acercó, secándose las manos en el delantal, con los ojos brillando con un destello de curiosidad.
—¿A qué te refieres?
—Al día de los dibujos —susurró Katerina, alzando las cejas para darle énfasis al asunto—. El día que Ulises le enseñó sus antiguos cuadernos de dibujos a Aria.
—¡Ah, sí! Recuerdo que ese día Ulises no se quedó a comer, dijo que tenía una reunión muy importante o algo así.
—Una reunión importante, mis narices —bufó Katerina, con una sonrisa astuta—. Pasó algo, Matilde. Estoy absolutamente segura. No sé el qué, porque no estaba allí, pero pongo la mano en el fuego a que saltaron chispas entre ellos. Me atrevería a decir incluso que estuvimos a milímetros de un beso.
—¿Un beso? ¿En serio? —repitió Matilde, incrédula.
—Sí, un beso.
—¿Y no has tratado de sonsacárselo a Aria? Sueles ser muy... persuasiva.
—¡Lo he intentado! —Katerina alzó las manos en un gesto de frustración—.
He lanzado indirectas, he preguntado por el estudio, por los dibujos, por la temperatura de la habitación...
pero nada. Aria me sonríe con esa carita de ángel que tiene, me cambia de tema y me ofrece más té. Es escurridiza como una anguila.
Matilde rio.
—¿Y Ulises?
—¿Ulises? Por favor. Mi nieto es una tumba con candado y clave alfanumérica.
Si le pregunto algo personal, me recita el índice bursátil del día para despistarme.
—Katerina suspiró, aunque su sonrisa no vaciló—.
Pero no necesito que me lo cuenten. Los vi en el pasillo poco después de que salieran del estudio. Sus caras hablaban por sí solas.
Matilde se apoyó en la encimera, fascinada.
—¿Cómo estaban?
—Aria estaba roja como uno de esos tomates que estás cocinando.
Y respiraba un poco más rápido de lo normal, como si acabara de subir las escaleras corriendo.
Y Ulises... —Katerina soltó una risa deliciosa, recordando la escena—.
Ulises parecía que acababa de ver a un fantasma.
O a una diosa del Olimpo. No lo sé muy bien.
Tenía los ojos desorbitados y miraba a la nada con cara de no saber ni cómo se llamaba.
Había una tensión entre ellos que se podía cortar con uno de tus cuchillos de trinchar.
Matilde soltó una sonora carcajada sin poder contenerse, y volvió a remover el guiso.
—Ay, Katerina... El amor es ciego, pero los que están alrededor lo ven todo en alta definición.
—Exactamente, mi querida Matilde. Exactamente —Katerina se quitó los guantes de las manos con elegancia, dando por finalizada su labor de jardinería—.
Nosotras solo tenemos que sentarnos, preparar buena comida, mantener las plantas vivas y dejar que el amor haga su trabajo. Porque caerán. Vaya si caerán.
Ambas mujeres intercambiaron una mirada cargada de complicidad. Sonrieron.