La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

El sonido de los zapatos de cuero de Ulises resonaba con un eco rítmico y confiado contra el suelo de mármol del pasillo principal de Villa Penélope.

Llevaba bajo el brazo una elegante carpeta de piel negra que contenía los documentos legales que, cada cinco años, tenía que firmar su abuela para ratificar su poder ejecutivo sobre las acciones que Katerina tenía en la empresa.

Era un día de negocios. Un día de transacciones, firmas, sellos y eficiencia.

Su mente estaba configurada en modo empresarial: entrar, que Katerina firmara los papeles, tomarse un té rápido con ella y volver a la oficina en Atenas. Todavía tenía algunas cosas en las que trabajar antes de que acabara el día.

Sin embargo, Villa Penélope tenía la curiosa costumbre de desbaratar los planes de Ulises. Sobre todo, desde que Aria había llegado a ella.

Al pasar junto a los inmensos ventanales que daban al jardín, algo captó su atención periférica. Un destello de color mostaza.

Ulises detuvo su marcha, giró la cabeza y frunció el ceño.

Ahí, bajo la sombra de uno de los viejos olivos, estaba Aria.

Llevaba un vestido ligero en tono mostaza y tenía un libro en el regazo.

Pero no estaba sola. Sentado a su lado, con una postura que irradiaba una confianza relajada y distendida, estaba Ezio Marcetti.

El abogado de la familia, y amigo de Ulises.

Ulises entrecerró los ojos, acercándose un paso más al cristal.

La escena parecía sacada de un anuncio de estilo de vida mediterráneo.

Ezio estaba inclinado hacia Aria, diciendo algo que, a juzgar por la forma en que ella echó la cabeza hacia atrás para reír, debía de ser muy gracioso.

Ulises notó cómo Ezio sonreía, exhibiendo esos malditos hoyuelos que, según tenía entendido, derretían a las secretarias del bufete.

Una punzada extraña, caliente y aguda, se instaló justo debajo de las costillas de Ulises.

—Las flores están preciosas en esta época del año, ¿no crees, Ulises?

La voz de su abuela sonó justo a su espalda, suave y cargada de una inocencia tan artificial que rozaba lo delictivo.

Ulises dio un respingo imperceptible, girándose para encontrarse con Katerina, que estaba de pie, con una sonrisa plácida y unos ojos que brillaban con la intensidad de un depredador que acaba de acorralar a su presa.

— Yiayá —la saludó Ulises, carraspeando para aclararse la garganta y ajustando la carpeta bajo el brazo en un intento de recuperar la compostura—. No te he oído llegar.

—A mi edad, uno aprende a moverse en silencio, cariño. Es la única ventaja de que los huesos ya no pesen —respondió Katerina, dando un paso para situarse junto a él frente al ventanal—. Aunque tú estabas... muy concentrado en la botánica.

Ulises apretó la mandíbula. Volvió a mirar hacia el jardín. Ezio acababa de hacer un gesto con las manos y Aria le sonreía con esa calidez natural suya que, a Ulises, por alguna razón que no quería analizar, le calentaba el pecho.

—Pensaba que Ezio venía a tratar asuntos de las propiedades —dijo, intentando que su tono sonara casual, como quien comenta el pronóstico del tiempo—. ¿No debería estar revisando contratos en lugar de tomar el sol?

Katerina rio bajo, un sonido que a Ulises le pareció de diversión. ¿Qué era lo que le parecía tan gracioso?

—Oh, ya hemos terminado con los contratos. Ezio es un muchacho muy eficiente. —Katerina hizo una pausa, ajustándose el chal sobre los hombros—. Supongo que ahora está... cultivando otro tipo de intereses.

—¿Intereses? —La palabra salió de la boca de Ulises antes de que su cerebro pudiera activar el filtro de control de daños.

—Bueno, es evidente, ¿no? —Katerina señaló con un leve movimiento de cabeza hacia el banco—.

Míralos. Hacen una pareja estupenda. Ezio es joven, guapo, tiene una carrera brillante...

y está soltero. Y Aria es, bueno, Aria es un soplo de aire fresco.

Ezio me comentó el otro día que le parecía una chica de lo más «refrescante».

El sistema operativo del cerebro de Ulises pareció colapsar durante un segundo. Error 404: Lógica no encontrada.

¿Refrescante? ¿Qué clase de adjetivo era ese para describir a una persona?

¿Acaso Aria era una limonada? Ulises sintió que la temperatura de su cuerpo subía unos cuantos grados.

Una sensación pesada, oscura y completamente irracional comenzó a expandirse por su pecho.

Era como si alguien le hubiera inyectado plomo en las venas.

Trató de procesarlo. Él era un hombre de negocios. Un hombre de ciencia, de datos, de hechos contrastables. Si una empresa perdía valor, se reestructuraba. Si un contrato tenía fisuras, se renegociaba. Todo tenía una explicación.

Pero ¿qué cojones era aquello? ¿Qué le pasaba?

No era indigestión (como le decía a Tobías). No era estrés. Eran... ¿celos?

La palabra apareció en su mente como un letrero de neón parpadeante y Ulises quiso golpearse la cabeza contra el cristal.

No, imposible. Él no sentía celos. Los celos eran una emoción ineficiente, primitiva, propia de adolescentes inseguros o de protagonistas de telenovelas cursis.

Él no tenía ningún derecho sobre Aria. Ella era la cuidadora de su abuela.

Una empleada. Una mujer con la que apenas había cruzado un puñado de conversaciones que, en su mayoría, habían consistido en ella sacándolo de quicio. O vacilándolo.

Pero al ver cómo Ezio se inclinaba un poco más cerca de ella, Ulises sintió un impulso casi cavernícola de salir al jardín, agarrarlo por las solapas de la chaqueta del traje y lanzarlo por encima del muro de piedra de la villa. Lanzarlo lejos. Muy lejos.

—No creo que sea apropiado —soltó de repente. Su voz sonó un poco más ronca de lo normal.

Katerina lo miró de reojo, disfrutando del espectáculo con satisfacción. Estaba asistiendo a una obra de teatro que ella misma dirigía.

—¿El qué no es apropiado? —preguntó.

—Que el abogado de la familia intente... cortejar a tu empleada en horas de trabajo —argumentó Ulises, aferrándose a la primera excusa que encontró flotando en el caos de su mente—. Es poco profesional. Podría generar un conflicto de intereses. Podría... distraerla de sus obligaciones.

Katerina soltó un bufido.

—Por el amor de Dios, Ulises. Aria está en sus horas de descanso.

Y Ezio ya ha terminado su trabajo. Además, estamos en Grecia, no en un monasterio del siglo XII de la Inglaterra profunda.

La gente joven flirtea. Es la ley de la vida.

Deberías probarlo alguna vez, te relajaría esa postura de estatua de mármol que tienes.

Ulises se quedó sin palabras. Abrió la boca para replicar, para soltar algún argumento sobre la ética laboral o la responsabilidad, pero se dio cuenta de que sonaría exactamente como el idiota amargado que su abuela insinuaba que era.

Volvió a mirar por la ventana, sintiéndose incómodo en su propia piel. No le gustaba no tener el control. Y en ese momento, sus emociones estaban al volante, conduciendo a doscientos cincuenta kilómetros por hora hacia un precipicio.

Pero en ese momento, Ezio se puso en pie. Recogió su maletín, le dedicó una última sonrisa deslumbrante a Aria, levantó una mano a modo de despedida y comenzó a caminar por el sendero hacia el coche.

Ulises soltó el aire que, sin darse cuenta, había estado reteniendo en los pulmones.

Fue físico.

Una ola de alivio le recorrió el cuerpo. El nudo en el estómago se deshizo, el plomo de sus venas se evaporó y su ritmo cardíaco volvió a una frecuencia normal.

Ezio se iba. Aria volvía a abrir su libro, sola en el banco.

Ulises tragó saliva, dándose cuenta de la gravedad de su propia reacción.

No le importaba la ética laboral. No le importaba el puto conflicto de intereses.

La verdad era que, por alguna razón que escapaba a toda su lógica y raciocinio, simplemente no soportaba la idea de que Ezio Marcetti (ni ningún otro hombre, si era sincero consigo mismo) estuviera cerca de Aria.

—Bueno —dijo Katerina, rompiendo el silencio con un tono ligero y cantarín, como si no acabara de detonar una bomba nuclear en la cabeza de su nieto—. Supongo que traes los documentos del traspaso de poderes para que los firme, ¿verdad?

Ulises parpadeó, apartando la vista del jardín con esfuerzo para mirar a su abuela. Katerina le sonreía con una expresión de triunfo en la boca.

—Sí —logró decir él. Sonaba un poco desconectado—. Los documentos. Exacto.

—Perfecto. Vamos al despacho. —Katerina se dio la vuelta y comenzó a caminar por el pasillo, pero antes de alejarse, se detuvo y miró a Ulises por encima del hombro—.

Por cierto, Ulises... si alguna vez decides que quieres aprender algo sobre botánica, o sobre cómo apreciar las flores...

asegúrate de no llegar tarde. A veces, otros se llevan los mejores ejemplares.

Y con aquella última estocada, Katerina reanudó su marcha, dejando a Ulises solo en el pasillo, con una carpeta en las manos, y la absoluta certeza de que su abuela no hablaba de jardinería.