CAPÍTULO 30
Algunos días después, el destino (o la excusa perfectamente calculada de una firma pendiente en el anexo del contrato de arrendamiento de un local comercial) llevó a Ezio Marcetti de vuelta a Villa Penélope.
—Ya conoces el camino de salida, Ezio. Discúlpame si no te acompaño a la puerta, pero me cuesta bajar las escaleras —le había dicho Katerina al terminar de rubricar toda la documentación.
—Entre nosotros hay confianza, Katerina. No es necesario que me acompañes —respondió Ezio.
Con el maletín en la mano, Ezio salió de la casa y enfiló los pasos hacia el coche, aparcado en la zona habilitada para ello en uno de los laterales de la mansión.
El sol de la tarde comenzaba a descender, bañando el jardín de la villa en esa luz dorada que hacía que todo pareciera estar bajo un filtro cinematográfico. El aire olía a salitre, a tierra caliente y al dulzor embriagador de los jazmines.
Y vio a Aria.
Ezio detuvo sus pasos.
Aria estaba sentada en un banco de madera bajo la sombra de uno de los olivos.
Llevaba un vestido de lino color mostaza que contrastaba con el tono de su piel, y tenía las piernas cruzadas, balanceando una sandalia en la punta del pie con un ritmo hipnótico.
Pero lo que realmente capturó la atención de Ezio no fue solo lo innegablemente guapa que estaba, sino su nivel de concentración.
Estaba completamente absorta en un libro de tapa dura, con el ceño ligeramente fruncido y los labios apretados en una línea tensa.
Al parecer, lo que leía era interesante.
Ezio reconoció la portada azul, blanca y dorada al instante. Una sonrisa ladeada asomó a sus labios. Ajustó la sujeción del maletín y se dirigió hacia ella con pasos silenciosos.
—Cuando llegues al capítulo quince, te aconsejo que respires hondo. El giro de guion es de los que provocan taquicardias —dijo, en un tono suave pero lo suficientemente alto para sacarla de su burbuja.
Aria dio un pequeño respingo, alzando la vista de golpe.
Durante un segundo, sus ojos avellana mostraron el desconcierto de una persona que acaba de ser arrancada de golpe de las calles de una isla del Egeo para aterrizar de vuelta en la realidad.
Luego, su mirada se enfocó en el hombre del traje impecable que la observaba desde el sendero.
—Por Dios, Ezio. ¿En la facultad de derecho os enseñan a acercaros sigilosamente a la gente para que no se note vuestra presencia o es un talento natural? —preguntó, llevándose una mano al pecho.
Ezio dejó escapar una carcajada.
—Es una asignatura optativa del tercer año —bromeó, dando un par de pasos más hasta quedar a un metro del banco—. Siento haberte asustado, pero no he podido resistirme.
—Ya veo —replicó Aria, marcando la página con un marcapáginas de papel y cerrando el libro sobre su regazo.
—Mi intención era despedirme. Pero entonces he visto lo que estabas leyendo.
Aria miró el libro de Ana Vasileiou y luego volvió a mirar a Enzo, arqueando una ceja con escepticismo.
—No me digas que lees novelas de misterio y humor negro. Te hacía más de leer el Boletín Oficial del Estado antes de dormir —bromeó.
—Eso ha dolido, Aria. —Ezio se llevó una mano al pecho, fingiendo indignación—. Tengo corazón, ¿sabes? —Sonrió—. De hecho, me lo leí la semana pasada. Me duró dos noches. Es imposible soltarlo.
Aria se reacomodó en el banco, de repente más interesada. La recomendación de Dora estaba resultando ser un éxito rotundo.
—¿De verdad? —preguntó, con una sonrisa asomando en las comisuras de los labios—. Entonces entenderás por qué estoy a punto de desarrollar una úlcera intentando descubrir quién envenenó al alcalde. Por favor, dime que no es la viuda. Sería un cliché demasiado obvio.
—Mis labios están sellados —respondió Ezio, guiñándole un ojo—.
Pero te diré que Ana Vasileiou no hace clichés.
La repercusión que está teniendo este libro es una locura.
En Atenas no se habla de otra cosa en los cafés.
De hecho... —Ezio hizo una pausa, mirando el espacio vacío en el banco junto a ella —.
¿Te importa si...? Mi maletín pesa toneladas y mis zapatos italianos no están diseñados para estar de pie sobre el césped mojado —dijo en broma.
Aria soltó una pequeña risa y se apartó un poco, haciéndole un gesto con la mano.
—Adelante. Salvemos tus zapatos italianos.
Ezio se sentó a su lado, dejando el maletín en el suelo. La distancia entre ellos era la correcta, pero Aria pudo percibir el aroma sutil de su colonia.
—Gracias —dijo él, estirando las piernas—. Como te decía, el libro es un fenómeno. Tengo un cliente en el sector audiovisual que me comentó el otro día que hay una guerra de pujas por los derechos. Se rumorea que Netflix ya ha puesto una oferta astronómica sobre la mesa para hacer una miniserie.
—¿Una miniserie? —Aria abrió los ojos, emocionada—. Eso sería increíble. Aunque espero que no destrocen los diálogos. El sarcasmo de la protagonista es lo mejor de toda la novela.
—Estoy totalmente de acuerdo. Tiene una acidez maravillosa.
—Ezio giró la cabeza para mirarla, apoyando el brazo en el respaldo del banco, lo que hizo que su postura fuera mucho más íntima y relajada—.
¿Eres de las que prefieren el libro a la película por sistema, o le das una oportunidad a las adaptaciones?
—Soy una purista del libro hasta que me demuestran lo contrario —confesó Aria, abrazando el tomo contra su pecho de forma protectora—.
Me gusta imaginar las voces, los escenarios.
Cuando ves una película, te imponen la visión de otra persona.
Aunque, si te soy sincera, a veces una buena adaptación es la excusa perfecta para comer palomitas y criticar la elección del casting.
Ezio esbozó una amplia sonrisa, y Aria volvió a notar esos hoyuelos que le daban un aire juvenil.
—Me gusta tu filosofía. Crítica constructiva con carbohidratos. —Ezio la observó un momento. Sus ojos azules escudriñaron su rostro con curiosidad—. ¿Lees mucho? Aparte de misterios griegos que arrasan en ventas, me refiero.
—Leo todo lo que cae en mis manos. Es mi vía de escape —admitió Aria—. Fantasía, novela histórica, thrillers psicológicos... Si tiene muchas páginas y una buena trama, me lo leo. ¿Y tú? Aparte de leer la letra pequeña de los contratos para arruinarle la vida a la gente, claro.
—Oye, yo no le arruino la vida a nadie, yo protejo patrimonios —se defendió Ezio, riendo—.
Y para tu información, soy un gran fan de la ciencia ficción.
Asimov, Herbert, Philip K. Dick. Me relaja leer sobre futuros distópicos y viajes espaciales.
Supongo que hace que los problemas de herencias parezcan insignificantes comparados con una invasión alienígena.
—Ciencia ficción... —Aria ladeó la cabeza—. Vaya, el abogado de la familia es en realidad un friki de las naves espaciales. El mundo está lleno de sorpresas.
—Todos tenemos nuestros secretos —murmuró Ezio, y el tono de su voz bajó una octava, perdiendo un poco de broma y ganando algo mucho más magnético—. Solo hay que saber leer entre líneas.
Se quedaron mirándose un instante, el sonido de las cigarras y el roce del viento en las hojas del olivo llenaron el silencio.
Aria fue la primera en romper el contacto visual, bajando la mirada hacia la portada del libro con una sonrisa que no pudo reprimir.
—Bueno, señor Marcetti —dijo, recuperando su tono ligero—. Si me disculpas, tengo un asesinato que resolver antes de la hora de la cena.