CAPÍTULO 29 #2
—Madre mía. El Ogro tiene sangre en las venas. Esto es noticia de portada para los periódicos locales —dijo.
—Ni se te ocurra, Xanna —le advirtió Aria, señalándola con el dedo, aunque no pudo evitar sonreír—. Es un secreto. Si esto sale de aquí, me despide, me destierra de la isla y probablemente me corte en pedazos y me tire al mar.
—Mi boca es una tumba —prometió Xanna, haciendo el gesto de cerrarse los labios con una cremallera invisible—. Pero, tía... ¡qué fuerte! Oye, ¿y te gusta? ¿El Ogro de la Colina te hace tilín? Ya sabes a que me refiero…
Aria pasó la yema de los dedos por el borde del vaso de su café.
—No lo sé —admitió con sinceridad—. Es frustrante, arrogante y mandón. Pero cuando baja la guardia... hay algo en él. Algo que me hace querer descubrir qué hay debajo de toda esa armadura de trajes caros y gruñidos. —Cogió aire—. ¿Sabéis que me dio una vuelta en el helicóptero por Ítaca?
—¿En serio? —preguntó Dora, que seguía sin salir de su asombro.
Aria asintió.
—Joder, yo mataría porque me diera una vuelta en su helicóptero —dijo Xanna.
Aria y Dora giraron el rostro hacia ella a la vez, como un rato antes había ocurrido con Dora.
—¡¿Qué?! Yo también tengo ojos —se defendió Xanna, alzando los hombros—. Ulises Diakos puede ser un ogro, pero está buenísimo. Es un puto bombón. Joder, es el tío más guapo de toda Grecia.
Aria y Dora no pudieron evitar sonreír.
—La verdad es que le medio obligó su abuela —dijo Aria, volviendo a retomar la conversación.
—No creo que su abuela tenga capacidad para obligar a Ulises a hacer algo que no quiera —comentó Xanna—. Se nota que le gusta mandar.
—Sí, tiene pinta de dominante. De ponerte sobre sus rodillas y darte una buena azotaina —dijo Dora.
—Sí, es verda…
—¡Chicas, nos estamos desviando del tema! —exclamó Aria, cortando de raíz los derroteros por los que iban Dora y Xanna.
—Oops…, tienes razón —dijo Dora, arrugando la nariz—. Bueno, ¿y cómo fue? —curioseó.
—Genial. Ítaca es espectacul…
—Ítaca no, Aria —la interrumpió Dora—. Ya sabemos que Ítaca es espectacular. ¿Cómo fue estar encerrada con Ulises Diakos en un espacio tan reducido como el de un helicóptero? Eso es lo que nos interesa saber.
—Pues también espectacular —terminó confesando Aria—. Me enseñó los lugares más bonitos de la isla y me contó su historia. Y, además, olía tan bien —añadió en tono de ensoñación, recordando cómo había sido el momento.
—Es cierto que huele genial —dijo Xanna—. Una vez que estuvo aquí dejó el olor de su colonia en toda la cafetería.
—La verdad es que dan ganas de pasarle la lengua por el cuerpo —se le escapó a Aria, poniendo voz a sus pensamientos.
Cuando reaccionó, se dio cuenta de que Dora y Xanna la miraban con una ceja enarcada. Carraspeó.
—¿Por dónde íbamos?
Dora, que había estado analizando la situación con su afilada mente, apoyó una mano sobre el brazo de Aria. Su expresión se había vuelto más seria, perdiendo el tono de broma.
—Aria, escúchame bien —dijo, con un tono suave pero firme—. Si te gusta y quieres jugar con fuego, adelante. Eres adulta. Y no te voy a negar que la idea de que alguien descongele a ese témpano de hielo me parece fascinante. Pero debes tener cuidado. Mucho cuidado —le advirtió.
—Dora tiene razón —secundó Xanna, asintiendo con vehemencia. Su coleta alta rebotó a un lado y a otro—. Ulises no es un hombre cualquiera, es un tiburón. Y su historial amoroso... bueno, no existe.
—¿A qué os referís? —preguntó Aria, sintiendo que el nudo en su estómago volvía a apretarse.
—A que no se le conoce ninguna relación seria.
Nunca —explicó Dora—. Las revistas del corazón en Atenas lo llaman «el hombre de titanio» porque nada le ablanda.
Las mujeres pasan por su vida y por su cama como si fueran estaciones del año.
Modelos, actrices, hijas de millonarios...
Están con él un par de semanas, se pasean por un par de galas, y luego desaparecen sin dejar rastro.
—¿Sin dejar rastro? —repitió Aria.
—No me malinterpretes, no es que acabe con ellas —aclaró Dora—. Lo digo en el sentido de que él nunca mira atrás. Nunca se compromete.
Xanna se inclinó aún más sobre la barra.
—Dicen que tiene el corazón de piedra. Que es alérgico a los sentimientos. No queremos que te haga daño, Aria —afirmó—. Eres demasiado legal, demasiado... de verdad, para que un tío como él te use como su pasatiempo durante un par de semanas y luego se olvide de ti.
Las palabras de Dora y Xanna cayeron sobre Aria como un jarro de agua fría, disipando un poco la neblina romántica en la que llevaba envuelta desde el día en el que casi se habían besado. Tenían razón. Sí, la tenían.
¿Qué estaba haciendo? Ulises era su jefe. Era un multimillonario con fobia al compromiso. Ella era solo la persona que cuidaba a su abuela. Como mucho, ¿que sería para Ulises Diakos? ¿Un capricho momentáneo? ¿Una distracción?
Sin embargo, al recordar la vulnerabilidad que mostraban sus ojos cuando le había enseñado sus dibujos, Aria supo que había algo más. Pero no iba a ser ella la idiota que se lanzara al vacío sin paracaídas. Ya lo había hecho otras veces y se había dado un hostión.
Aria enderezó la espalda.
—Tranquilas, chicas. Os he escuchado alto y claro —dijo, con un brillo chispeante en los ojos—. No nací ayer. Me mantendré alerta y mantendré mi corazón a buen recaudo bajo siete llaves. Lo prometo.
—Y si se le ocurre romperte el corazón, le echamos laxante en el café para que se vaya por la pata abajo —añadió Xanna.
Aria no tuvo más remedio que reírse. Soltó una carcajada que resonó por toda La Gaviota . Dora y Xanna rieron con ella.