CAPÍTULO 29
El sol de media mañana bañaba las calles empedradas de Ítaca con una luz acaramelada y cálida, de esas que parecen acariciar la piel en lugar de quemarla. Era uno de los días libres de Aria, y había decidido exprimirlo al máximo.
Su primera parada, guiada por una necesidad casi obsesiva tras haber devorado los dos libros anteriores en un tiempo récord, fue en Letras del Mar .
Cuando la campanilla de latón tintineó, Dora levantó la vista de un grueso volumen de mitología y esbozó una sonrisa que le iluminó el rostro.
—No me digas que ya te has ventilado las dos novelas —dijo, ajustándose las gafas de pasta roja sobre el puente de la nariz.
—Soy una lectora compulsiva con mucho tiempo libre por las noches. ¿Qué esperabas? —replicó Aria, riendo mientras dejaba los libros leídos sobre el mostrador de madera—. Necesito más material. Y rápido. Si me quedo a solas con mis pensamientos, es posible que me vuelva loca.
Dora la observó durante unos segundos con una ceja arqueada, captando al vuelo el matiz de ansiedad en la voz de Aria, con quien estaba empezando una bonita relación de amistad.
—Eso suena a que necesitas algo más fuerte que una novela. Suena a que necesitas un freddo espresso y una dosis de cotilleo terapéutico. Mi turno termina en cinco minutos. ¿Nos vamos a La Gaviota ?
—¿Me lees la mente o es un superpoder que viene con la librería? —bromeó Aria.
Dora delineó en los labios una sonrisa.
—Creo que un poco de las dos —contestó.
Aria soltó una carcajada y se apoyó en el mostrador, paseando la mirada por las estanterías atestadas de coloridos libros que trepaban hasta el techo.
—Pero antes del café y del interrogatorio al que sé perfectamente que me vais a someter, necesito mi dosis de lectura. ¿Qué me recomiendas? —le preguntó a Dora—. Y por favor, no me digas que lea a Homero, que ya tengo suficiente intensidad griega en mi vida ahora mismo con un jefe llamado Ulises.
Dora soltó una risita cómplice y se dio la vuelta para rebuscar en una pila de novedades que descansaba sobre una mesita auxiliar.
Sus dedos ágiles, acostumbrados a navegar entre miles de páginas, se detuvieron sobre un volumen de tapa dura con una ilustración vibrante en tonos azules, blancos y dorados.
—Tranquila, nada de Odiseas por hoy. Toma —dijo, deslizando el libro sobre la madera pulida del mostrador—.
Es lo último de Ana Vasileiou. Salió hace apenas un par de semanas y está teniendo una repercusión brutal.
Está arrasando en todo el país. Literalmente, la gente se está peleando por él en las librerías de Atenas.
Aria tomó el libro entre las manos, acariciando la portada en relieve con reverencia. Para ella, un libro, al igual que un amigo, era un tesoro.
—¿De qué va? —preguntó, aunque en el fondo ya sabía que se lo iba a llevar.
—Es una mezcla brillante de misterio, humor negrísimo y secretos familiares inconfesables, ambientada en una pequeña isla del Egeo.
Te vas a reír a carcajadas y, a la vez, no vas a poder soltarlo hasta descubrir quién envenenó al alcalde en las fiestas del pueblo —explicó Dora.
Sus ojos oscuros brillaban con pura emoción literaria tras sus gafas de pasta roja—.
Es adictivo, ágil y los diálogos son una maravilla.
Perfecto para desconectar de... bueno, de ogros gruñones.
Aria no lo dudó ni un segundo. Abrió el bolso de tela para sacar la cartera, asintiendo con total convicción.
Se fiaba ciegamente del criterio de su nueva amiga.
Las recomendaciones que Dora le había hecho hasta ese momento habían sido un acierto absoluto, casi milagroso, como si hubiera escaneado su estado de ánimo y supiera exactamente qué palabras necesitaba leer.
—Vendido. Me lo llevo —aseveró Aria, entregándole un billete con una amplia sonrisa en los labios—. Hasta ahora no has fallado ni una sola vez, Dora. Tienes un don para emparejar a las personas con sus libros ideales. Eres… —pensó las palabras unos instantes—… como una celestina literaria.
Dora hizo sonar la caja registradora con un tintineo alegre y le guiñó un ojo mientras le entregaba el cambio y metía el libro en una preciosa bolsa de papel kraft.
—Ese es mi superpoder. El de leer la mente es solo un efecto secundario para dejar flipada a la gente —bromeó, quitándose la bata de trabajo y colgándola en un perchero detrás de la puerta—. Venga, guarda eso, que Xanna nos espera y ese café helado lleva mi nombre escrito en mayúsculas.
Diez minutos después, ambas cruzaban la puerta de cristal de la cafetería.
El aroma a canela, café recién molido y azúcar tostado las envolvió como un abrazo.
Detrás de la barra, Xanna se movía con la agilidad de una gimnasta olímpica mientras preparaba tres cafés a la vez.
Era un portento. Al verlas, sus ojos brillaron con un destello de entusiasmo.
—¡Mis dos chicas nuevas favoritas! —exclamó—. Bueno, Dora, tú eres mi chica favorita desde hace tiempo, pero ya me entiendes —dijo Xanna, limpiando la barra con una bayeta antes de que se sentaran—. ¿Lo de siempre para la intelectual y un freddo para la cuidadora más valiente del Jónico?
—Has dado en el clavo —respondió Dora, acomodándose en uno de los taburetes altos de madera.
Aria se sentó a su lado, apoyando los codos en la barra y soltando un suspiro.
Xanna no tardó ni dos minutos en plantar las bebidas frente a ellas, acompañadas de un platito con galletas de mantequilla que olían a gloria.
En lugar de seguir atendiendo las mesas, que a esa hora estaban bastante tranquilas, Xanna se apoyó en la barra frente a ellas, invadiendo su espacio con esa confianza arrolladora que la caracterizaba.
—Muy bien, desembucha —disparó, mirando a Aria fijamente—. Llevas varias semanas trabajando en la fortaleza de los Diakos. ¿Cómo va la convivencia con Katerina? ¿Y, más importante aún, cómo va la supervivencia con el Ogro de la Colina? —le preguntó, enfatizando la palabra «supervivencia».
Aria sintió que el estómago le daba un vuelco traicionero. Agarró el vaso de cristal empañado, dejando que el frío le adormeciera las yemas de los dedos, y le dio un sorbo largo a su café para ganar tiempo.
—Katerina está estupenda. Ayer estuvimos plantando hortensias y me ganó dos veces seguidas al ajedrez. Es un genio del mal —dijo Aria en tono de broma, logrando que su voz sonara ligera.
—Ya... No intentes desviar el tema, ateniense —la cortó Dora, dándole un golpecito con el hombro—. Xanna ha preguntado por Ulises Diakos. Y tienes unas ojeras muy sospechosas para alguien que supuestamente duerme a pierna suelta en una mansión de lujo.
Aria suspiró.
Podía mentir, claro. Podía decir que Ulises seguía siendo el mismo témpano de hielo, gruñón y exigente de siempre, y que le era totalmente indiferente.
Pero la verdad era que, desde el día que casi se habían besado, su mente era un torbellino.
Cada vez que cerraba los ojos, volvía a sentir la respiración cálida de Ulises rozándole la mejilla, el olor amaderado que desprendía su piel, y la intensidad de esa mirada verde clavada en sus labios, como si estuviera a punto de cometer una locura.
—Ulises es... es un tío muy complicado —empezó a decir Aria, eligiendo las palabras con cuidado—. A veces es insoportable. Pero otras veces...
—Otras veces, ¿qué? —la apremió Xanna, alzando mucho las cejas.
Aria miró a sus dos nuevas amigas. Había algo en la calidez de Dora y en la energía desbordante de Xanna que le daba confianza y la invitaba a hablar.
—El día después de la tormenta... —Aria bajó la voz instintivamente, inclinándose hacia adelante sobre la barra—…. casi nos besamos —soltó de golpe.
Aria pudo escuchar el zumbido de la nevera de las tartas con claridad, porque todo se quedó en silencio.
Xanna tiró el trapo que llevaba en la mano, que cayó al suelo con un ruido sordo. Dora, por su parte, se atragantó con el café, tosiendo y dándose golpes en el pecho mientras miraba a Aria como si acabara de bajar de un ovni.
—¡¿Que vosotros qué?! —chilló Xanna, olvidando por completo que estaban en un lugar público.
Mirta, desde el otro lado del local, le lanzó una mirada fulminante, y Xanna bajó la voz a un susurro medio histérico—.
¿Que casi te besas con el Ogro? ¡Pero si ese hombre no tiene labios, tiene una perpetua línea recta de desaprobación en la boca!
—Claro que tiene labios —dijo Aria.
—Por supuesto que los tiene —intervino Dora—. Gorditos, carnosos, rosados… —enumeró con una nota de anhelo en la voz.
Aria y Xanna giraron el rostro hacia ella al mismo tiempo.
Dora se sonrojó ligeramente.
—¡¿Qué?! Una tiene ojos, ¿sabéis? —se defendió.
Aria sacudió la cabeza y Xanna puso los ojos en blanco.
—Bueno, nos estamos desviando del tema —dijo Xanna. Miró a Aria—. A ver, ¿cómo que casi os besáis? ¿Con Ulises Diakos? ¿El hombre que se queja por todo? ¿Ese Ulises?
Aria sintió que una ola de calor le trepaba por el rostro, tiñéndole las mejillas de un rojo intenso.
—Sí, ese Ulises —confesó, tapándose la cara con las manos.
—Pero ¿cómo fue? —quiso saber Dora, con los ojos abiertos de par en par detrás de las gafas de pasta roja.
Aria no quería hablar sobre los cuadernos de dibujos de Ulises ni sobre su pasión por el arte. Era algo muy personal y no le correspondía a ella hablar sobre ello.
—Estábamos… buscando unas cosas en uno de los estudios. Y de repente... no sé. Nos acercamos. Mucho.
Aria revivió el momento en su mente: la tensión que flotaba en el aire, la forma en que los ojos de Ulises habían bajado hasta su boca, la respiración entrecortada de ambos.
—Estábamos a milímetros —continuó—. Podía sentir su pulso. Y os juro que iba a hacerlo. Iba a besarme. Se inclinó hacia mí y...
—¿Y qué? —dijo Dora, que no aguantaba más la tensión.
—Se separó y salió corriendo de la habitación como si estuviera en llamas. Metafóricamente hablando —contestó Aria en tono resignado.
Xanna se apoyó en la barra, con la boca abierta en una perfecta «O» de asombro.