La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 28 #2
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CAPÍTULO 28 #2

—Creo que no he hablado más en serio en toda mi vida —dijo Tobías—. Esa chica te gusta, y no solo para echar un polvo con ella.

Ulises soltó una carcajada. Fue un sonido áspero, carente de humor. Se alejó de la ventana como si el paisaje de repente le quemara la vista y caminó hacia el minibar camuflado tras un elegante panel de roble.

—Te has vuelto loco. Definitivamente, el estrés de la fusión asiática te ha frito las neuronas —le dijo a Tobías, sacando una botella de agua con gas de la pequeña nevera.

El siseo al desenroscar el tapón sonó inusualmente fuerte en la quietud de la sala—.

¿A mí? ¿Gustarme alguien para algo más que para pasar un buen rato?

Por favor, Tobías. Soy alérgico al compromiso.

Lo sabes. La sola idea de una relación me produce urticaria.

Tobías se acomodó en la silla, entrelazando los dedos sobre la tripa con una actitud relajada, como un psicólogo a punto de diagnosticar a un paciente que se encuentra en la fase más profunda de la negación.

—Ah, sí, la famosa alergia de Ulises Diakos al compromiso —ironizó, asintiendo lentamente con la cabeza—. Y dime, ¿cuáles son los síntomas esta vez? ¿Sudores fríos? ¿Taquicardia? ¿O tal vez mariposas en el estómago?

Ulises, que acababa de dar un trago de la botella, casi se atragantó con el agua con gas. Tosió, fulminando a su amigo con una mirada tan gélida que, en cualquier otro contexto, habría hecho llorar al director comercial y dimitir a la mitad de la junta directiva.

—¿Mariposas? —repitió, asqueado, limpiándose una gota de agua de la comisura de los labios con el pulgar—.

¿Qué tienes, doce años? ¿Has estado leyendo a escondidas el diario de tu sobrina adolescente?

No siento ninguna maldita mariposa. Lo que siento es...

indigestión. Seguramente el desayuno de esta mañana me ha sentado mal.

Matilde, la cocinera de mi abuela, le pone demasiada mantequilla a todo.

—Claro, el desayuno. Esa indigestión que te hace suspirar mirando un gráfico de barras financieras —replicó Tobías, sin perder ni un ápice la sonrisa de suficiencia que se dibujaba en sus labios—.

Ulises, mírame. Mírate. Eres el hombre de hielo de Atenas.

Llevas años despachando a modelos rusas, actrices francesas y herederas italianas antes de que tengan tiempo siquiera de pedir el desayuno en la cama.

Eres un maestro indiscutible en el arte de la huida táctica matutina.

Y, sin embargo, aquí estás, perdiendo el tiempo un día laboral, con la mente en blanco, pensando en una chica que te gana a las cartas y te pide a cambio ver tus dibujos.

Ulises apretó la botella de cristal entre los dedos.

Quería rebatirle. Quería soltar un discurso brillante, lógico y aplastante sobre por qué Aria era solo una anomalía temporal, un pequeño bache sin importancia en su perfectamente estructurada y controlada vida.

Quería decirle que solo era curiosidad, un simple capricho de su ego herido por no poder dominarla.

Pero las palabras se atascaron en su garganta.

Porque, por mucho que le jodiera admitirlo, Tobías tenía razón en algo: Aria no era como las demás.

—Es solo que es irritante —gruñó Ulises, dejándose caer en su silla de nuevo. Se aflojó la corbata de seda con un tirón seco, sintiendo de pronto que el nudo estaba muy apretado—. No me tiene el respeto que debería. No me habla como si fuera su jefe. Me vacila en mi propia cara.

—Lo que no te tiene es miedo, Ulises. Y te habla como si fueras un ser humano normal y corriente —dijo Tobías, visiblemente divertido—.

Y eso te vuelve loco. Estás tan acostumbrado a que todo el mundo te haga reverencias y te diga que sí a todo que, cuando alguien te planta cara y te trata como a un igual, no sabes cómo reaccionar. Te fascina.

—No me fascina. Me saca de quicio.

—La línea entre el odio y el amor es muy fina, amigo mío. Finísima. Casi transparente.

—No pronuncies esa palabra en mi presencia —advirtió Ulises, señalando a Tobías con un dedo acusador—.

Yo no me enamoro. Jamás. El amor es una construcción social absurda diseñada para vender joyas caras, llenar restaurantes en San Valentín y arruinar patrimonios en divorcios interminables.

Es irracional, ineficiente y, sobre todo, una pérdida de tiempo monumental.

Tobías soltó una carcajada.

—Dios santo, suenas exactamente igual que el villano de una comedia romántica justo antes de ser derrotado por el poder del amor verdadero —se burló, poniéndose en pie y alisándose los pantalones del traje—.

Escúchame bien, Ulises. Puedes negarlo todo lo que quieras.

Puedes escudarte en tu cinismo de manual, en tu inmensa cuenta bancaria y en tu supuesta alergia al compromiso.

Pero esa chica ha abierto una grieta en tu impenetrable armadura de titanio.

Y te garantizo que, antes de que te des cuenta, esa grieta se hará tan grande que terminarás cayendo de rodillas.

Ulises levantó los ojos hacia el techo, intentando proyectar una imagen de absoluta y fría indiferencia, aunque por dentro sentía que la sangre le zumbaba en los oídos y su pulso iba a mil por hora.

—Voy a despedirte —murmuró, mirando a Tobías con los ojos entrecerrados.

—No puedes, soy el único en este edificio que sabe cómo funciona la máquina de café de tu despacho —replicó Tobías, guiñándole un ojo de forma descarada mientras caminaba hacia la puerta—.

Voy a ir mirando catálogos de anillos. Algo discreto, tal vez un diamante de tres quilates, corte princesa...

Y empezaré a preparar mi discurso para la boda.

Será épico. Voy a contar lo de las mariposas.

—¡Vete al infierno, Tobías! —le espetó Ulises, aunque, a pesar de sus esfuerzos por mantener el ceño fruncido, no pudo evitar que una levísima sonrisa, casi imperceptible, elevara la comisura de sus labios.

Tobías abrió la puerta de cristal y se giró por última vez antes de salir al pasillo.

—Disfruta del baile de las mariposas en el estómago, jefe. Dales de comer de vez en cuando, no las vayas a matar de hambre.

La puerta se cerró con su habitual siseo, dejando a Ulises solo de nuevo en la inmensidad de la sala de juntas. El silencio volvió a envolverlo, pero en aquella ocasión no le llevó paz.

Apoyó los codos sobre la inmaculada mesa de caoba y hundió el rostro entre las manos.

«Mariposas», pensó, soltando un resoplido de frustración.

Era la cosa más ridícula, cursi y estúpida que había escuchado en sus treinta y dos años de vida. Él no sentía mariposas. Él era Ulises Diakos. Su corazón bombeaba sangre fría, no cursilerías románticas de novela de amor.

Sin embargo, al cerrar los ojos, la imagen de Aria volvió a asaltarlo sin pedir permiso. Su risa cantarina cuando le ganó la mano de cartas, la forma en que se mordía el labio inferior, el brillo desafiante y chispeante de sus ojos avellana…

Y entonces, de repente, lo sintió.

Fue un extraño aleteo en la boca del estómago. Un cosquilleo cálido, ligero e inequívoco. Como si algo diminuto hubiera cobrado vida justo debajo de las costillas.

Ulises abrió los ojos de golpe, apartó las manos del rostro y miró su propio abdomen, casi como si esperara ver salir una turba de insectos voladores atravesando la tela de su camisa de diseño hecha a medida. Se quedó petrificado, con la respiración contenida.

—Maldita sea —murmuró para sí mismo en la sala vacía. Se pasó la mano por la cabeza—. Maldita sea.