La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

La sala de juntas de la planta cuarenta y cinco de Diakos Corporation en Atenas era una especie de templo de cristal, acero y eficiencia despiadada.

Normalmente, en ese entorno, Ulises era un depredador alfa en su hábitat natural: afilado, implacable y con una capacidad de concentración que rozaba lo sobrehumano.

Normalmente.

Aquel día, sin embargo, llevaba veinte minutos mirando fijamente un gráfico de proyecciones trimestrales en la pantalla gigante sin ver absolutamente nada.

En lugar de barras de crecimiento y porcentajes de rentabilidad, la mente de Ulises estaba pensando en bucle en un par de ojos color avellana brillantes, en una sonrisa insolente y el recuerdo casi fantasmagórico de unas manos cálidas sosteniendo su rostro.

A su lado, Tobías carraspeó por tercera vez.

—... y por eso, considerando la fluctuación del yen, creemos que la expansión en el mercado asiático debería posponerse al Q3 —concluyó el director comercial, sudando ligeramente bajo su traje de mil dólares.

Miró a Ulises, esperando el habitual interrogatorio implacable al que lo sometía. A él y a todos.

Ulises parpadeó, volviendo a la realidad con la sutileza de un aterrizaje forzoso.

—Sí. Bien. Procedan —dijo con voz plana.

Aquello era tan extraño, tan anormal, tan inusual, que los siete ejecutivos presentes en la reunión intercambiaron miradas de pánico.

¿Ulises Diakos había aprobado un informe sin realizar al menos cinco preguntas diseñadas para hacer sudar la gota gorda y hasta sudar sangre a la persona que lo presentaba?

Eso era poco menos que el equivalente a que el sol saliera por el oeste, en lugar de por el este.

—Excelente exposición, señores —intervino Tobías rápidamente, poniéndose en pie con una sonrisa deslumbrante en los labios. Los hombres empezaron a recoger sus carpetas—. Les enviaremos el acta por la tarde. Ya pueden retirarse —añadió.

En menos de treinta segundos, la sala se vació con la rapidez de un simulacro de incendios.

Cuando la pesada puerta de cristal se cerró con un suave siseo, dejando a Ulises y a Tobías solos en la inmensa sala, Tobías se aflojó el nudo de la corbata un par de centímetros, se dejó caer en la silla contigua a la de Ulises y cruzó las piernas sobre la inmaculada mesa de caoba.

—Muy bien, suéltalo —dijo, mirándolo con los ojos entrecerrados—. ¿Quién eres y qué has hecho con Ulises? ¿Te han abducido los extraterrestres? ¿Te han implantado un chip de amabilidad en el cerebro? ¡Joder, el informe de finanzas tenía un error en la página cuatro y ni siquiera has parpadeado!

Ulises se pinzó el puente de la nariz con los dedos, sintiendo que una migraña amenazaba con instalarse detrás de sus ojos.

—No es nada, Tobías. Solo estoy cansado —dijo.

—Claro, y yo soy albino —replicó su amigo, pasándose una mano por el pelo.

Estaba desconcertado—. Ulises, te conozco desde la universidad.

Llevas toda la puñetera reunión con la mirada perdida, suspirando como si fueras el héroe de una novela victoriana.

¿Qué cojones pasó anoche? Pensé que ibas a ver a tu abuela, no a un retiro espiritual.

Ulises soltó un bufido, recostándose en la silla. Sabía que Tobías no iba a soltar el hueso. Nunca lo hacía. Ni siquiera aunque su vida estuviera en juego.

—Fui a ver a mi abuela, sí. Ya sabes cómo se pone cuando hay tormenta —admitió, rindiéndose—. Y... terminé jugando a las cartas.

Tobías arqueó una ceja.

—¿A las cartas? ¿Tú? ¿El hombre que considera que el Monopoly es una pérdida de tiempo porque no genera dividendos reales? ¿Con tu abuela?

—Con mi abuela y con Aria —matizó Ulises, y solo pronunciar su nombre hizo que sintiera un pinchazo absurdo en el estómago.

La sonrisa de Tobías se amplió hasta convertirse en la de un gato siamés que acaba de descubrir un cuenco lleno de nata.

—¡Ah! La señorita Aria. La cuidadora que no se deja amedrentar por ti. Esto se pone interesante. Sigue, por favor. No escatimes en detalles.

Ulises puso los ojos en blanco, pero la necesidad de desahogarse pudo más que su habitual hermetismo.

Le contó a Tobías cómo había llegado a la mansión, cómo se había visto arrastrado a una partida de póker en el salón, y cómo Aria y él habían terminado haciendo una apuesta.

Decidió omitir que le había golpeado con una bandeja de plástico.

—Espera, espera —lo interrumpió Tobías, levantando una mano—. ¿Apostasteis? ¿Qué estaba en juego? —preguntó.

—Quien ganara podía pedirle al otro algo, dentro de lo razonable, por supuesto —explicó Ulises.

—Conociéndote como te conozco, estoy seguro de que aceptaste.

—Claro que acepté.

—¿Y quién ganó?

—Ella.

—Oh, joder, esto se pone cada vez mejor —dijo Tobías, entusiasmado con la historia.

—¿Y qué te pidió? —Tobías se inclinó hacia delante. Un destello de curiosidad brillaba en sus ojos azules.

Ulises sintió calor. La sala de juntas de repente parecía haber subido de golpe diez grados de temperatura.

—Que le enseñara mis dibujos. Los cuadernos que hay en uno de los estudios de la casa de mi abuela —respondió.

El golpe de los zapatos de Tobías al caer de la mesa resonó en la sala. Su amigo lo miró con la boca ligeramente abierta, estupefacto.

—¿Le enseñaste los dibujos? —preguntó Tobías, que había reducido la voz a un susurro de incredulidad—. Ulises... no me has dejado ver esos cuadernos a mí. Ni siquiera te hace gracia que los vea Katerina. ¿Y se los has enseñado a ella?

—Empezó a decirme que tenía que cumplir mi palabra —se defendió Ulises, aunque sonó patético incluso para sus propios oídos—.

Joder, tiene una forma de... de mirarte, y de hablar, que…

no sé. Pero antes de darme cuenta, había perdido la mano y le estaba diciendo que sí, que le mostraría mis dibujos.

Tobías se echó a reír, con una carcajada resonante que rebotó en las paredes de cristal de la sala.

—¡Te ganó al Prefa y te hizo mostrarle tus secretos más oscuros! —se burló—. Joder, tengo que enviarle un ramo de flores a esa chica. Es mi nuevo ídolo.

Ulises lo taladró con los ojos.

—No tiene gracia, Tobías —gruñó, levantándose de la silla para caminar hacia el ventanal.

Desde allí, contempló el skyline de Atenas.

Los rascacielos que él dominaba desde aquella altura le hacían sentirse ridículamente pequeño en aquel momento—.

No sé qué me pasa con ella. Es... frustrante.

Dirijo a miles de personas. Tomo decisiones de millones de dólares antes de beberme el primer café.

Si alguien me pide algo que no quiero hacer, digo que no y punto. Es sencillo. Pero con ella...

—¿Con ella no puedes? —sugirió Tobías.

Su entonación perdió el matiz burlón para volverse más suave, más analítico.

—Es como si mis defensas sufrieran un cortocircuito —confesó Ulises, apoyando la frente contra el cristal—.

A veces me saca de mis casillas, me desafía, me vacila, me pica...

y, sin embargo, no puedo negarle nada. Si me pide que le enseñe mis dibujos, se lo enseño.

Si mi abuela me pide que le dé una vuelta en el helicóptero por Ítaca, le doy la vuelta.

Si me dice que me tire por un puente, pues seguramente me tire por un puente. Es absurdo.

Tobías lo observó en silencio durante un largo rato. Había una chispa de comprensión en sus ojos que Ulises, de espaldas a él, no podía ver, pero que estaba ahí.

—Tengo una pregunta estrictamente técnica, señor CEO de Diakos Entreprises —comenzó Tobías, girando su silla con un ligero chirrido—. Si hubieras ganado tú la partida de cartas... ¿qué le habrías pedido a Aria?

Ulises se encogió de hombros.

—No lo sé —respondió en voz alta, demasiado rápido—. Que no hable tanto —dijo, tratando de sonar despreocupado.

Tobías esbozó una sonrisa de conclusión a su espalda.

Sin embargo, en la mente de Ulises, la respuesta estalló con una claridad cegadora.

«Un beso —se dijo—. Le habría pedido un beso.»

El pensamiento lo asaltó con tanta fuerza que casi dio un paso hacia atrás. Si hubiera ganado, le habría pedido que lo besara.

En ese momento todavía no había ocurrido el casi beso en el estudio y quería saber si sus labios eran tan suaves como parecían cuando discutía con él.

Quería saber a qué sabía, quería sentir esa descarga eléctrica recorriéndole la espina dorsal, quería borrar esa sonrisa vacilona de su boca con la suya propia.

Ulises se había quedado horrorizado consigo mismo.

¿Acaso era un adolescente con las hormonas revolucionadas?

¡Por el amor de Dios! Era un hombre de treinta y dos años, inmensamente rico.

Cada fin de semana pasaba una mujer distinta, despampanante y sofisticada, por su cama, mujeres que sabían exactamente a lo que iban y no hacían preguntas.

¿Cómo demonios podía estar perdiendo la cabeza por la idea de pedirle un simple beso a la chica que cuidaba de su abuela tras ganar una partida de cartas?

Pensó que se había vuelto loco.

Y se preguntó qué demonios le estaba pasando.

Sin embargo, aunque eso era lo que le hubiera pedido si hubiera ganado, después, cuando Aria y él habían estado a punto de besarse en el estudio, mientras le enseñaba los dibujos, lo había impedido. La cordura había pesado más que las ganas.

Tobías, que tenía un máster no oficial en leer el lenguaje corporal de Ulises, observó cómo los hombros de su amigo y jefe se tensaban, cómo su respiración se volvía superficial y cómo las puntas de sus orejas se teñían de un levísimo color rojo.

Una sonrisa lenta, astuta y llena de afecto se dibujó en su rostro.

Se levantó despacio, caminó hacia Ulises y le palmeó el hombro con suavidad.

—Ay, Ulises —dijo, con un tono que mezclaba la compasión y la diversión—. Puedes volar todo lo alto que quieras con tu helicóptero, pero ya estás cayendo.

—¿De qué cojones hablas? —le preguntó Ulises, frunciendo el ceño tanto que sus cejas casi se juntaron formando una línea.

—De que esa chica te gusta.

Las cejas de Ulises se fruncieron aún más, si eso era posible.

—No digas bobadas —soltó.