CAPÍTULO 27
El clic de la pesada puerta de roble al cerrarse a sus espaldas sonó en el pasillo como el pistoletazo de salida de una carrera que ninguno de los dos sabía muy bien cómo correr.
Aria soltó el aire que no se había dado cuenta de que estaba conteniendo.
Fuera del estudio, el aire de la mansión se sentía fresco, ligero y escandalosamente normal.
Un contraste brutal con la atmósfera densa, casi asfixiante, que acababan de dejar atrás.
Se pasó las palmas de las manos por los brazos, intentando borrar cualquier rastro de la electricidad que aún le erizaba la piel.
A su lado, Ulises se ajustaba los puños de la camisa como si de ello dependiera su vida.
Era un gesto automático, se podría decir que defensivo.
Si uno lo miraba de pasada, vería al hombre impasible de siempre, con su postura impecable y su mandíbula tensa.
Pero Aria, que aún tenía el fantasma del calor de su piel en las yemas de los dedos, notó el levísimo temblor en sus manos y la forma en que su pecho subía y bajaba un poco más rápido de lo habitual.
«Míralo —se dijo Aria a sí misma, mordiéndose el interior de la mejilla—. El Ogro de la Colina huyendo como si le hubieran puesto una bomba de relojería en el culo. Millonarios y su estreñimiento emocional... un clásico.»
Justo cuando Ulises parecía a punto de decir algo, seguramente alguna orden para restaurar el orden cósmico de su universo, una voz cantarina y cargada de ironía resonó al final del pasillo.
—¡Vaya, vaya! Empezaba a pensar que tendría que enviar a los perros de rescate San Bernardo con un barrilito de coñac al cuello.
Katerina avanzaba hacia ellos con esa elegancia innata que ni los años ni los achaques podían arrebatarle. Llevaba un chal de cachemira color mostaza echado sobre los hombros y una sonrisa que, a los ojos de Aria, tenía un brillo perspicaz.
Sus ojos, tan iguales a los de su nieto, saltaron de Ulises a Aria, y de Aria a Ulises, escaneando la situación con la misma precisión de una máquina de rayos X.
Aria sintió que el rubor le subía por el cuello. Estaba segura de que llevaban la palabra «Culpables» escrita en la frente con luces de neón. Y eso que no había pasado nada. Aunque había estado a punto de pasar, y eso era más que suficiente.
—Hemos sobrevivido —respondió Aria, forzando un tono ligero y chispeante, siguiendo el juego a Katerina—. Aunque durante un momento hemos temido quedar atrapados en una montaña de polvo de las que hay ahí dentro. Por suerte, el señor Diakos tiene buenas técnicas de escapismo.
Evidentemente, era una metáfora.
Ulises le lanzó una mirada de advertencia que habría congelado el infierno, pero que, a Aria, dadas las circunstancias, le dio igual, porque actuaba como si estuviera borracha.
Tenía el cerebro embotado. De pronto, Ulises le parecía solo un león gruñón al que le acababan de peinar la melena y le habían puesto un lazo rosa.
Katerina sonrió, deteniéndose frente a ellos.
—Bueno, habéis acabado justo a tiempo. Matilde se ha superado a sí misma hoy —comenzó a decir—.
Ha preparado un boeuf bourguignon que lleva cociéndose a fuego lento desde primera hora, acompañado de un puré de patatas trufado que es, literalmente, un pecado mortal.
Ulises, querido, supongo que te quedarás a comer.
Necesitas un poco de comida de verdad y menos de esos batidos de proteínas que bebes y que huelen a césped masticado.
El pánico cruzó los ojos de Ulises durante una décima de segundo, tan rápido que si Aria hubiera parpadeado se lo habría perdido.
La sola idea de sentarse a la mesa y de tener que sostenerle la mirada a Aria durante una hora entera bajo el escrutinio de Katerina, parecía aterrorizarle más que una caída en picado de las acciones de su empresa.
—No —soltó, con una rapidez casi cómica. Se aclaró la garganta, intentando recuperar su tono autoritario—. No, imposible. Tengo que...
Se detuvo en seco. Abrió la boca y la volvió a cerrar.
—¿Tienes que...? —le animó Katerina, arqueando una ceja blanca.
—Tengo que volver a... —Ulises frunció el ceño, como si su cerebro de superdotado para los negocios de repente hubiera sufrido un cortocircuito.
O un colapso. Miró a Aria de reojo y apartó la vista de inmediato, como si ella quemara—.
A Atenas. Hay un asunto. Con... los japoneses. Una fusión. Muy urgente.
Aria lo miró sin saber qué pensar. Le daba un dos de diez en improvisación. Que mal lo estaba haciendo, Dios.
No es que estuviera de humor después de lo que había pasado, o medio pasado, pero resultaba divertido ver al hombre que controlaba un imperio en Grecia titubear como un adolescente pillado saltándose una clase.
Katerina no pareció creerse ni una sola palabra, pero su sonrisa se ensanchó, complacida.
—Sí, claro. Los japoneses y sus fusiones ineludibles de los viernes a la hora de comer. Qué tragedia —dijo, en un tono tan rebosante de sarcasmo que goteaba—. Bueno, tú te lo pierdes. Más puré trufado para nosotras.
Aria decidió que era el momento de hacer una retirada táctica. Ella tampoco estaba cómoda con aquella situación. Todavía estaba intentando aterrizar y poner los pies en el suelo, después de lo que había pasado. Habían sido demasiadas emociones juntas.
—Y hablando de cosas ineludibles —intervino, dando un paso atrás—, yo tengo cosas que hacer. —Miró a Katerina—. Es la hora de tus medicinas, Katerina. Voy a prepararlas antes de que Matilde nos llame para comer.
—Ah, mi carcelera personal, siempre tan diligente —suspiró Katerina, fingiendo resignación, aunque le guiñó un ojo a Aria.
—Es un trabajo duro, pero alguien tiene que asegurarse de que sigas regañando a tu nieto muchos años más —bromeó ella.
No se atrevió a mirar a Ulises directamente a los ojos, pero sentía el peso de su mirada clavada en ella.
—Que tenga un buen vuelo, señor Diakos —dijo de forma expedita, como si las palabras le quemaran los labios.
Dicho esto, Aria se giró sobre sus talones y se alejó por el pasillo hacia la cocina, caminando con un paso un poco más ligero de lo normal.
Ulises se quedó en el pasillo, observando cómo su figura desaparecía tras la esquina. Tragó saliva. Se sentía desorientado en su propia casa.
—Voy a recoger mis cosas —dijo—. Adiós, abuela —murmuró, dándole un beso apresurado en la mejilla.
—Que tengas buen viaje —se despidió Katerina.
Se quedó observando cómo su nieto se alejaba.
—Huye, huye, cobarde —dijo cuando Ulises ya no podía escucharla—. Pero recuerda que los helicópteros no vuelan lo suficientemente rápido como para escapar de uno mismo. Ni de lo que se siente.
Ulises recogió sus cosas y salió al jardín. El sol del mediodía bañaba los amplios jardines de la finca.
Mientras caminaba por el césped, las ráfagas de viento que soplan en lo alto de la colina, donde se asentaba la mansión, hizo que su impecable traje se arremolinara a su alrededor y le alborotara el pelo, destruyendo por completo su peinado de revista.
Sin mirar atrás, se subió al helicóptero, la puerta se cerró y la máquina se elevó hacia el cielo azul, alejándose con un rugido ensordecedor.
Aria se quedó mirando el punto negro desde la ventana de la estancia donde estaba preparando la mediación de Katerina, hasta que desapareció en el horizonte.