La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 26 #2
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CAPÍTULO 26 #2

Ulises bajó la mirada hacia el dibujo, y un levísimo rubor tiñó sus mejillas. No estaba acostumbrado a los cumplidos sobre algo tan personal. Estaba acostumbrado a que elogiaran sus márgenes de beneficio, no su alma.

—Gracias —murmuró, porque no sabía muy bien qué decir.

Pasó la página.

Y luego otra.

Le fue mostrando los paisajes, los retratos de los pescadores, los bocetos arquitectónicos.

Con cada hoja que pasaba, la tensión en sus hombros parecía disiparse un poco más.

Empezó a hablar de las técnicas que había usado, de cómo había intentado capturar una tormenta usando solo el lateral del carboncillo, de cómo la luz del atardecer en Ítaca era la más difícil de plasmar porque cambiaba cada segundo.

Aria lo escuchaba fascinada, casi con la boca abierta.

Al fin y al cabo, ella había estudiado Historia del Arte.

Pero no solo por eso, la voz de Ulises había adquirido una cadencia apasionada, un ritmo entusiasmado que jamás le había escuchado antes.

Aria estaba segura de que ni siquiera cuando cerrara un contrato de millones de euros tendría aquella expresión.

Sus manos se movían sobre las páginas señalando detalles, y sus ojos brillaban con una luz nueva que Aria no había visto nunca.

Estaba vivo. Vivo.

Ulises pasó una nueva hoja y se detuvo.

Era el retrato de la niña riendo. De Keisi. Su hermana.

El silencio volvió a caer sobre la habitación, pero aquella vez era un silencio cerrado, cargado de un dolor pasado, pero profundo, de una herida que no había cicatrizado y que probablemente nunca lo haría.

Los dedos de Ulises se aferraron a los bordes del cuaderno con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

Aria sintió que el corazón se le encogía. Quiso decirle algo, quiso consolarlo, pero las palabras parecían inútiles ante la magnitud de aquella pérdida.

—Esta es Keisi —dijo Ulises, al cabo de un rato, en un susurro apenas audible—. Mi hermana mayor.

—Es preciosa —comentó Aria, sin levantar la voz—. Se la ve muy feliz.

—Lo era. —Ulises acarició el borde de la página, sin atreverse a tocar el rostro que había dibujado en ella—.

Hice este retrato de memoria, años después del accidente.

Tenía terror de olvidar cómo era su sonrisa.

De que el tiempo borrara los detalles de su cara.

Así que la dibujé una y otra vez hasta que sentí que la había capturado tal y como era.

Levantó la vista hacia Aria, y la vulnerabilidad en sus ojos fue tan visceral, tan abrumadora, que a Aria le faltó el aire.

—Es mi mayor miedo —confesó Ulises, abriendo una grieta en su armadura que jamás había mostrado a nadie—.

Olvidarlos. Olvidar el sonido de la voz de mi madre.

Olvidar cómo mi padre me subía a sus hombros.

Por eso lo controlo todo, Aria. Por eso mido cada detalle, por eso hago listas y protocolos.

Porque cuando tenía ocho años, aprendí que el caos te arrebata todo lo que amas en un segundo.

Si lo controlo todo... tal vez controle el caos y no vuelva a pasar nada malo.

Una lágrima solitaria escapó del ojo de Aria y rodó por su mejilla. No lo pensó. No evaluó las consecuencias, ni recordó que él era su jefe, ni pensó en que debía mantener las distancias con él.

Simplemente se inclinó hacia adelante, acortando la distancia entre ellos, y tomó el rostro de Ulises entre sus manos.

Él se quedó paralizado. Sus ojos se abrieron de par en par, sorprendido por el contacto cálido y suave de las manos de Aria en sus mejillas. Y en contra de todo pronóstico, no se retiró ni se echó hacia atrás.

—No los va a olvidar nunca —le susurró Aria, mirándolo directamente a los ojos, transmitiéndole toda la certeza y el cariño que albergaba en su interior—.

Están aquí. En su arte. En su memoria. En los recuerdos que le quedaron de ellos.

En la forma en que cuida de su abuela. Pero no puede seguir castigándose por haber sobrevivido.

Tiene que darse el permiso de vivir. Tiene que darse el permiso de sentir.

Ulises soltó el aliento. Cerró los ojos, inclinándose imperceptiblemente hacia el tacto de las manos de Aria. El cuaderno descansaba olvidado sobre sus rodillas.

La atmósfera de la habitación cambió. Ya no olía a polvo y recuerdos cerrados, sino a algo nuevo. A flores.

A Aria.

Y mientras Aria mantenía el rostro de Ulises entre sus manos, sintiendo el pulso en su mandíbula, el tiempo pareció detenerse en aquel estudio olvidado.

Ulises abrió lentamente los ojos. La fragilidad que había mostrado dio paso de pronto a una intensidad oscura y magnética.

La miró no como un jefe mira a su empleada, sino como un hombre mira a la mujer que acaba de desarmarlo por completo.

Aria sintió que el aire de la estancia se volvía casi irrespirable, cargado de algo (no sabía exactamente de qué) que le puso la carne de gallina.

Sin que ninguno de los dos tomara la decisión consciente, movidos por una fuerza que gravitaba sobre ellos, y que era imposible de resistir, la distancia que había entre sus cuerpos comenzó a acortarse. Poco a poco.

El rostro de Ulises se acercó al de ella.

Aria bajó la mirada hacia sus labios, sintiendo su propia respiración entrecortarse al mezclarse con la de él.

El aroma a madera y bergamota de su colonia la envolvió, embriagándola por completo.

El corazón le latía con tanta fuerza en los oídos que apenas podía escuchar nada más.

Todo su cuerpo anhelaba acortar los escasos milímetros que los separaban.

La anticipación del beso era un fuego que amenazaba con consumirlos a ambos.

Pero entonces, a un solo suspiro de rozar sus labios, la realidad golpeó a Ulises.

Parpadeó, y la coraza de hielo, esa que había tardado más de dos décadas en construir, volvió a caer sobre él con la contundencia de un muro de hormigón.

Se apartó bruscamente, rompiendo el contacto y poniéndose en pie con tanta rapidez que la silla raspó contra el suelo y el cuaderno casi resbaló de sus rodillas.

Aria dejó caer las manos en su regazo, sintiendo un vacío repentino y helado donde apenas unos instantes antes estaba el calor de la piel de Ulises.

Ulises carraspeó. Alzó el brazo y se pasó la mano por el pelo. Cuando levantó el rostro, su expresión volvía a ser la del impenetrable y distante CEO. La del Ogro de la Colina.

—Creo que ya hemos visto bastante por hoy —dijo.

Su voz sonó ronca, pero se esforzó por mantener un tono firme y estrictamente profesional.

Aria, todavía con el corazón latiendo como un loco contra las costillas y tratando de recuperar el aliento que le había robado Ulises, bajó la mirada.

Sabía que habían cruzado una línea peligrosa (muy peligrosa, para ser exactos), pero también sabía que él lo había deseado tanto como ella.

Lo había visto en sus ojos. Y los ojos nunca mentían.

Sin embargo, ante el muro que Ulises acababa de levantar de nuevo, no le quedó más remedio que estar de acuerdo.

—Sí —murmuró, poniéndose en pie lentamente y alisándose la falda del vestido con manos temblorosas—. Sí, tiene razón.