La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Mientras tanto, en el piso superior, Aria estaba librando su propia batalla frente al espejo del armario.

Había dormido sorprendentemente bien, arrullada por el sonido de la lluvia que finalmente había amainado de madrugada. Pero al despertar, la realidad de lo que iba a suceder aquella mañana le había caído encima como un jarro de agua fría.

Iba a ver los dibujos de Ulises. Con Ulises. ¡Joder!

Un enjambre de mariposas nerviosas había decidido organizar un festival de música electrónica en su estómago. Se había duchado con agua casi fría para intentar despejarse, pero su cerebro seguía funcionando a mil por hora. Sin parar.

—¿Por qué le pediste eso, Aria? —se recriminó a sí misma, sosteniendo una blusa azul contra el torso y mirándose con ojo crítico en el espejo—.

Podrías haberle pedido que te subiera el sueldo.

Podrías haberle pedido que te dejara usar el helicóptero los fines de semana —bromeó—.

Pero no, tenías que pedirle que te abriera su alma.

Muy inteligente. —Dejó escapar un suspiro—.

Como si no estuviera ya lo bastante pillada por él.

Tiró la blusa azul sobre la cama, donde ya descansaban otras tres opciones descartadas.

No quería presentarse muy arreglada, porque parecería que le estaba dando demasiada importancia al asunto (aunque se la daba), pero tampoco quería ir con unos pantalones cualquiera y una camiseta desgastada, porque el momento requería cierto… respeto. Cierta solemnidad.

—¿Por qué las mujeres tenemos ese afán por salvar siempre al hombre? —se preguntó, mirando otras prendas de ropa.

Se encogió de hombros. No tenía esa respuesta. Pero se acordó de Maggie, la mujer de la agencia de trabajo. Ella se lo había advertido.

Finalmente, se decidió por un vestido de lino de color verde oliva, de tirantes anchos y falda fluida que le llegaba por debajo de las rodillas.

Era cómodo, sencillo, pero favorecedor. Se dejó el pelo suelto, permitiendo que sus ondas naturales cayeran sobre los hombros, y se aplicó un poco de brillo de labios, algo que hacía todos los días.

Respiró hondo frente al espejo.

—Tranquila —le susurró a su reflejo—. Solo vais a ver unos cuadernos. No es una cita. Es tu jefe cumpliendo una apuesta tras perder al Prefa. Todo muy normal. Todo muy profesional.

La mentira sonó tan poco convincente que hasta su reflejo pareció arquearle una ceja.

Salió de la habitación y bajó las escaleras hacia el salón. Ulises ya estaba allí.

Se encontraba de pie junto a los grandes ventanales que daban al mar, sosteniendo una taza de café negro.

A Ulises Diakos le gustaban las cosas fuertes.

Llevaba unos pantalones chinos de color arena y una camisa de lino blanco con las mangas remangadas hasta los codos.

La luz de la mañana delineaba su perfil, resaltando la fuerza de su mandíbula y la concentración que proyectaba su mirada.

Parecía tenso. Sus hombros estaban rígidos, y la forma en que agarraba el asa de la taza sugería que estaba a punto de romperla.

Aria sintió una punzada de culpa. Lo estaba forzando a hacer algo que claramente le incomodaba.

—Buenos días —dijo, anunciando su presencia con voz suave para no sobresaltarlo.

Ulises se giró. Sus ojos verdes se clavaron en ella, recorriendo el vestido verde oliva durante un par de segundos antes de volver a su rostro. Tragó saliva, un movimiento casi imperceptible en su garganta.

—Buenos días, señorita Shaw —respondió. Su voz era grave, controlada, pero carecía del filo cortante habitual. Ese detalle dio cierta confianza a Aria.

—Puede llamarme Aria…, si quiere —sugirió, acercándose a la mesa donde Matilde había dejado una jarra de zumo de naranja—. Teniendo en cuenta que anoche le golpeé en la cabeza con una bandeja y le gané a las cartas, creo que hemos superado la barrera del «señorita Shaw».

La comisura de los labios de Ulises tembló, luchando contra una sonrisa. ¿Por qué aquella chica tenía siempre algo lógico que decir? Quería rebatirle, pero se lo ponía muy difícil.

—Las formalidades mantienen el orden, Aria —accedió él, usando su nombre por primera vez con una naturalidad que hizo que el corazón de Aria diera un pequeño salto dentro de su pecho.

—El orden está sobrevalorado —replicó ella con voz risueña y una sonrisa, al tiempo que se servía un vaso de zumo—. ¿Ha dormido bien?

—Aceptable —respondió Ulises.

El silencio se instaló entre ellos. Pero no era un silencio hostil, aunque estaba cargado de expectación. Sí, esa era la mejor palabra para definirlo, expectación. Ambos sabían lo que tocaba. El elefante en la habitación era tan grande que prácticamente estaba pidiendo un café.

Ulises dejó su taza vacía sobre la mesa. Se pasó una mano por el pelo negro, un gesto de nerviosismo que Aria encontraba extrañamente entrañable en una persona que tenía el mundo a sus pies.

—Dijo que quería ver los cuadernos de mis dibujos —soltó él, sin preámbulos, yendo directo al grano, como el excelente hombre de negocios que era.

Aria asintió, dejando su vaso de zumo.

—Sí. Si todavía está dispuesto a cumplir su palabra. Si ha cambiado de opinión, lo entenderé. No quiero forzarle a...

—Yo siempre cumplo mi palabra —la interrumpió Ulises, con una firmeza que no admitía réplica—. Dije que se los enseñaría, y lo haré. Sígame.

Ulises pasó por su lado y se dirigió hacia las escaleras. Aria lo siguió, notando cómo el aire parecía volverse más denso con cada escalón que subían.

Dejaron atrás la planta baja, luminosa y llena de los sonidos de Matilde trajinando en la cocina, y se adentraron en el silencio del segundo piso.

Caminaron por el pasillo hasta llegar a la tercera puerta a la izquierda. La misma puerta que Aria había abierto la noche anterior en medio de la tormenta.

Ulises se detuvo frente a ella. Su mano se posó sobre el pomo de bronce, pero no lo giró de inmediato. Se quedó ahí, inmóvil, como si estuviera reuniendo el valor necesario para entrar en una cueva llena de dragones.

Aria se colocó a su lado. Podía sentir la tensión que desprendía su cuerpo. Instintivamente, sin pensarlo, levantó una mano y rozó suavemente su brazo.

Dios, estaba traspasando todas las putas líneas.

—No tiene que hacerlo si le duele demasiado —susurró.

Ulises bajó la mirada hacia la mano de Aria apoyada en su brazo. El contacto era ligero, apenas un roce, pero pareció afianzarlo al presente. Devolverlo a la realidad. Dejó escapar un pequeño suspiro, y giró el pomo.

—Entremos —dijo.

La habitación estaba bañada por la luz de la mañana que se filtraba a través de las cortinas entreabiertas, haciendo visibles las partículas de polvo que flotaban en el aire. Olía a papel viejo, a madera y a recuerdos cerrados en el vacío.

Ulises caminó directamente hacia el escritorio junto a la ventana. Allí, exactamente donde Aria los había dejado, estaba la pila de cuadernos negros.

Se quedó mirándolos durante un largo minuto.

Aria se mantuvo a unos pasos de distancia, dándole espacio, dejándole respirar, observando cómo la postura de aquel implacable CEO parecía encogerse ligeramente bajo el peso de su propio pasado. Ulises Diakos era mucho más sensible de lo que le hacía creer al mundo.

Finalmente, tomó el primer cuaderno de la pila. El mismo que Aria había hojeado la noche anterior. Se giró hacia ella y le hizo un gesto hacia el cómodo sillón orejero granate.

—Siéntese —le indicó.

Aria obedeció, acomodándose en el sillón. Estaba nerviosa, le temblaban las rodillas.

Ulises arrastró la silla del escritorio y se sentó frente a ella, tan cerca que sus rodillas casi se rozaban. Apoyó el cuaderno cerrado sobre sus muslos, trazando el contorno de la cubierta con la yema del dedo índice.

—Nadie ha visto esto en años —comenzó, y su voz sonó ronca, despojada de cualquier rastro de ironía o autoridad—. Ni siquiera mi abuela ha visto los más recientes. Dejé de enseñárselos cuando fui a la universidad. Se convirtieron en algo... privado. Una vía de escape.

—¿Por qué dejó de dibujar? —preguntó Aria con suavidad, aunque conocía la respuesta por Katerina. Pero quería escucharlo de él.

Ulises levantó la vista. Sus ojos verdes se encontraron con los avellana de ella, y por primera vez, Aria no vio al jefe gruñón ni al magnate implacable. Vio al hombre que había tenido que sacrificar su pasión por el deber.

—Porque el arte no salva empresas al borde de la quiebra, Aria —respondió él, con una sonrisa triste—.

El arte no paga las nóminas de cientos de empleados que dependen de ti.

Cuando mi padre murió, dejó un vacío enorme.

La empresa era su legado, el trabajo de su vida.

Cuando cumplí dieciocho años, las cosas estaban muy mal.

Los administradores habían tomado malas decisiones. Si no intervenía, lo perderíamos todo.

—Pero era solo un chico —protestó ella, sintiendo una punzada de indignación—. No era su responsabilidad cargar con el mundo sobre sus hombros.

—Era el único Diakos que quedaba —rebatió él, con una lógica implacable—. Era mi deber. Mi obligación. Así que guardé los lápices, me puse un traje y aprendí a leer balances financieros y a negociar en lugar de estudiar teoría del color.

Aria no sabía qué decir.

Ulises finalmente abrió el cuaderno.

Aria contuvo la respiración cuando él pasó las primeras páginas y se detuvo en el dibujo del puerto de Vathy. A la luz del día, los detalles eran aún más impresionantes. La textura del agua, las sombras de las barcas, la vida que latía en cada trazo.

—Este lo hice el verano antes de irme a Londres a estudiar Economía —explicó Ulises, girando el cuaderno para que Aria pudiera verlo mejor—. Quería capturar Ítaca exactamente como era, por si... por si olvidaba cómo me sentía al estar aquí.

—Es magnífico —susurró Aria, y no había ni un ápice de adulación vacía en su voz. Era pura reverencia—. Tiene un don absoluto. La forma en que captura la luz... es como si la página respirara, como si la escena tuviera vida propia.