La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

La mañana siguiente amaneció con esa claridad que solo el Mediterráneo sabe exhibir después de una tormenta. El cielo, sin rastro de nubes grises, era de un azul tan intenso que parecía recién pintado, y el sol brillaba sobre el mar Jónico convirtiéndolo en un inmenso tapiz de diamantes líquidos.

El aire olía a tierra mojada, a ozono, a hierba y a salitre, una combinación que invitaba a respirar hondo y a creer que todo en el mundo era posible.

En la terraza trasera de Villa Penélope, bajo la sombra protectora de la pérgola de buganvillas que habían sobrevivido al vendaval de la noche, Katerina estaba sentada en su sillón de mimbre.

Llevaba una bata de seda de un vibrante color esmeralda que contrastaba con su pelo blanco, y lucía una sonrisa tan amplia, tan innegablemente satisfecha, que iluminaba su rostro más que el propio sol de la mañana.

Las puertas de cristal se abrieron con un suave deslizamiento y Matilde apareció empujando el carrito del desayuno. El aroma a café recién hecho, a tostadas, a mantequilla, a mermelada de higos y a yogur griego inundó la terraza.

Matilde aparcó el carrito junto a la mesa de hierro forjado y comenzó a colocar los platos con su habitual eficiencia. Sin embargo, no tardó ni cinco segundos en notar la expresión de Katerina. Matilde se detuvo, con la jarrita de la leche suspendida en el aire, y entrecerró los ojos.

—Tienes cara de haber atracado el Banco de Grecia, haber salido impune y, además, haberte llevado los lingotes de oro en el bolso —aseveró Matilde, apoyando la mano libre en su cadera cubierta por el delantal—. ¿Qué has hecho, Katerina?

Katerina soltó una pequeña carcajada, de esas que borbotean desde el estómago hasta la garganta y son imposibles de fingir. Y de evitar.

—Ay, mi querida Matilde. He hecho algo mucho mejor que robar un banco. He sido la arquitecta del destino. He movido los hilos del universo con la precisión de un Dios del Olimpo —dijo con voz grandilocuente.

Matilde puso los ojos en blanco, aunque una sonrisa curiosa ya asomaba a sus labios. Alargó el brazo y sirvió el café en la taza de porcelana de Katerina con cuidado.

—Déjate de mitología y ve al grano. ¿Qué pasó anoche? He visto que el helicóptero está aparcado en el helipuerto. Supongo que Ulises vino a verte.

—Vino a asegurarse de que estaba bien, sí.

Sabe el miedo que me dan las tormentas —confirmó Katerina, dándole un sorbo a su café y cerrando los ojos con deleite—.

Pero lo que pasó después... Ay, Matilde, siéntate —dijo, cambiando el tono de voz a uno más ligero—.

Tienes que escuchar esto. Es cotilleo de primera calidad.

Matilde no se lo pensó dos veces.

¿Había dicho cotilleo?

Arrastró una de las sillas y se sentó frente a Katerina, inclinándose hacia delante todo lo que el cuerpo le permitía para enterarse de lo que parecía ser el mejor chisme del año.

—Te escucho —dijo.

Katerina se acomodó en su sillón, saboreando el momento como si fuera a meterse en la boca un trozo de su tarta favorita.

—Bueno, para empezar, cuando Ulises entró por la puerta trasera a oscuras, nuestra dulce y educada Aria pensó que era un ladrón. Así que hizo lo que cualquier heroína moderna haría. Agarró una bandeja de plástico de la cocina y le atizó en la cabeza con todas sus fuerzas.

Matilde abrió la boca, horrorizada y maravillada a partes iguales. Se llevó una mano al pecho.

—¡No me lo puedo creer! ¡Le pegó a Ulises! —exclamó—. ¿Y él qué hizo? ¿La despidió en el acto? ¿Llamó a la policía?

—Esa es la mejor parte —Katerina dio una palmada en la mesa, haciendo tintinear la cucharilla en el plato—.

¡Se echaron a reír! Los dos. A carcajadas.

Ulises estaba empapado, Aria estaba en pijama y muerta de vergüenza, y terminaron riéndose juntos en medio de la cocina a la luz de las velas.

Cuando llegaron al salón, parecían dos adolescentes que acababan de hacer una travesura.

—Dios santo... —murmuró Matilde, procesando la imagen del estricto y gélido Ulises riéndose a carcajadas tras ser agredido con una bandeja de plástico—. Eso es un milagro. Deberían canonizar a Aria. Esa proeza no la consigue nadie —bromeó.

—Pero espera, que hay más. —Katerina se inclinó hacia delante, bajando la voz hasta convertirla en un susurro de conspiración—. Después de eso, nos sentamos a jugar al Prefa a la luz de las velas.

—Espera, ¿cómo conseguiste que Ulises jugara a las cartas? —preguntó Matilde.

Katerina movió una mano en el aire.

—Apelé a los viejos tiempos y a que soy una mujer mayor llena de recuerdos y nostalgia. Y a que la noche iba a ser muy larga.

Matilde sacudió la cabeza.

—Oh, por favor… —masculló.

Katerina continuó con su relato.

—El caso es que Aria le dio una paliza monumental. Le ganó casi todas las manos. Ulises estaba que se subía por las paredes, intentando disimular lo mucho que le molestaba perder, haciendo sus absurdos cálculos mentales para ver si podía ganar. Y entonces... yo decidí que era el momento de actuar.

Matilde frunció el ceño.

—¿De actuar? —repitió, sin saber muy bien qué pensar.

Katerina hizo un ademán afirmativo con la cabeza.

—Sí, de actuar.

—¿Qué hiciste? —preguntó Matilde, con los ojos como platos.

—Fingí estar dormida —confesó Katerina, con un orgullo descarado—. Cerré los ojos, dejé caer la cabeza hacia un lado del sillón y empecé a respirar de forma profunda y acompasada. Una actuación digna de un Óscar, te lo aseguro. Todo para que Ulises y Aria se quedaran a solas.

Matilde soltó una carcajada, negando con la cabeza.

—Eres incorregible, Katerina. ¡Fingir dormir! —Hizo un aspaviento con las manos—. ¿Y funcionó?

—Vaya si funcionó. Se quedaron a solas, hablando en voz baja para no «despertarme» —Katerina hizo el gesto de las comillas con los dedos—. Y entonces, en la última mano, Aria le propuso apostarse algo. El ganador podría pedirle al perdedor cualquier cosa.

Matilde contuvo la respiración. Conocía a Ulises. Sabía lo competitivo que era y lo mucho que odiaba perder el control de cualquier situación. Incluso el de un simple juego de cartas.

—Dime que Aria ganó —dijo casi con anhelo.

—Por supuesto que ganó. Esa chica tiene una suerte con las cartas que no es normal, o tal vez es que Ulises estaba demasiado distraído mirándola como para concentrarse en el juego.

A mí no se me escapó la manera en que la miraba —observó Katerina—.

El caso es que Aria ganó. Y no te imaginas lo que le pidió...

Katerina hizo una pausa teatral, tomando una de las tostadas del plato y untándole mermelada con una lentitud que a Matilde le resultó exasperante.

—¡Por el amor de Dios, Katerina, dímelo ya o te quito el café! —la amenazó.

Katerina sonrió, relamiéndose los labios.

—Le pidió que le enseñara sus dibujos —respondió—. Los cuadernos que guarda en el estudio del segundo piso. Le dijo que los había visto, que sabía el talento que tenía, y le pidió que se los enseñara él mismo y que le hablara de ellos.

El silencio cayó sobre la terraza, tan profundo que se escuchó el zumbido de una abeja que revoloteaba a su alrededor.

Matilde se quedó petrificada, con los ojos muy abiertos, procesando aquella revelación.

Sabía de la existencia de los cuadernos.

Sabía lo que significaban. Eran la caja fuerte donde Ulises había encerrado su alma, sus sueños rotos, el dolor de su infancia y el talento que había sacrificado por el deber familiar.

Era la parte más vulnerable, secreta y complicada de su vida.

Nadie, absolutamente nadie, tenía acceso a esos cuadernos, y mucho menos a lo que contenía su interior.

—¿Y accedió? —susurró Matilde, con la voz llena de asombro.

Katerina asintió lentamente, y la burla desapareció de sus ojos.

—Sí, accedió —dijo—. Le costó, por supuesto.

Se puso rígido como una tabla y trató de evitarlo diciendo que no sabía de qué le hablaba, pero Aria se mantuvo firme.

Esa chica los tiene bien puestos —señaló, alzando las cejas—.

Y él... bueno, él tenía que cumplir su palabra.

Le dijo que se los enseñaría hoy, después del desayuno.

Matilde se dejó caer contra el respaldo de la silla, exhalando un suspiro sonoro.

Su cabeza daba vueltas. Ulises Diakos, el hombre que no dejaba que nadie viera más allá de su coraza de trajes hechos a medida y hojas de cálculo, iba a abrir su corazón de papel y carboncillo ante una chica que conocía desde hacía apenas unas semanas.

—Es increíble... —murmuró Matilde, llevándose las manos a las mejillas—. Katerina, esto es algo muy grande. Esos dibujos... son su mayor secreto. Para que Ulises haya aceptado enseñárselos a Aria...

—Lo sé —dijo Katerina en tono delicado—. Lo sé perfectamente.

Sí, lo sabía.

—Algo le está haciendo Aria a Ulises —continuó Matilde, y una sonrisa empezó a florecer en su rostro—.

Algo muy bueno. Para que él baje sus defensas de esa manera, para que le permita entrar en esa parte tan especial y dolorosa de su vida...

—Alzó los ojos y miró a Katerina—. Aria está logrando lo que nadie más ha podido —concluyó.

Katerina asintió, completamente de acuerdo, y extendió la mano por encima de la mesa para apretar la de su amiga. Porque Matilde, por encima de todo, era su amiga, su confidente. Y en aquel asunto, su cómplice.

—Es exactamente lo que te vengo diciendo, Matilde. Aria tiene esa luz, esa autenticidad que lo desarma. Poco a poco, y casi sin darse cuenta, Ulises se va abriendo a ella. Sus murallas de hielo se están derritiendo.

Ambas mujeres se miraron, compartiendo un momento de alegría.

Habían visto a Ulises sufrir, lo habían visto endurecerse y aislarse del mundo durante más de dos décadas.

Ver aquel pequeño pero enorme rayo de esperanza era como presenciar el primer brote de primavera después de un invierno duro e interminable.

—Nuestros papeles como celestinas están dando muy buenos resultados —dijo Matilde, enderezando la espalda con una sonrisa traviesa en los labios—. Somos unas genias, Katerina. Deberíamos montar una agencia matrimonial.

—No te vengas arriba, que todavía queda mucho trabajo por hacer.

Ulises es un hueso duro de roer —le advirtió Katerina, aunque la sonrisa que se dibujaba en sus labios la delataba, no podía evitarlo—.

Ulises es como un animal asustado. Si se da cuenta de que estamos orquestando todo esto, saldrá huyendo en dirección contraria y se encerrará en su despacho de Atenas hasta el día del juicio final. Tenemos que seguir siendo sutiles.

—Sutiles como un elefante en una cacharrería, querrás decir —bromeó Matilde, levantándose para recoger la jarrita de leche—. Pero tienes razón. Los dejaremos ir a su ritmo. Ahora, si me disculpas, voy a preparar algo espectacular para la comida. Van a necesitar carbohidratos.

—No estoy muy convencida de que Ulises se quede a comer —dijo Katerina.

—Bueno, habrá que ver si Aria no consigue convencerlo —respondió Matilde. Y le guiñó un ojo a Katerina.

Katerina rio, levantando su taza de café a modo de brindis.

—Entonces, por los carbohidratos, Matilde. Y por amor.

Matilde sonrió.