La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Alrededor de la medianoche, después de otra mano que Aria ganó con una combinación de suerte y buena estrategia, Katerina se quedó dormida con la cabeza apoyada en el reposacabezas del sillón.

Bueno, en realidad hay que decir que se hizo la dormida con la intención de que Ulises y Aria se quedaran «solos». Katerina tenía sus tretas.

Ulises recogió las cartas y las barajó.

—¿Una mano más? —preguntó, con la voz baja para no «despertar» a Katerina.

—Claro —respondió Aria, también con la voz baja—. Pero esta vez, hagámoslo interesante.

Una ceja oscura de Ulises se arqueó con una pregunta silenciosa.

—¿Cómo?

—Apostemos algo. El ganador... —Aria pensó unos segundos—. El ganador puede pedirle al perdedor que haga algo. Cualquier cosa. Dentro de lo razonable, por supuesto.

Ulises la estudió a través de la luz parpadeante de las velas. La expresión de sus ojos verdes era imposible de leer.

—Define «razonable» —dijo.

—Nada ilegal ni peligroso. —Sonrió Aria—. Nada que viole contratos laborales o límites personales. Pero más allá de eso... —Se encogió de hombros—. El ganador decide.

Hubo un momento de silencio mientras Ulises consideraba la propuesta. Finalmente, asintió.

—De acuerdo. Pero cuando gane yo, espero que cumpla sin quejarse —aseveró.

—Cuando gane —repitió Aria—. Admiro su confianza. Ha ganado una de seis manos esta noche. Las estadísticas no están precisamente de su lado.

La mirada de Ulises brilló con algo que podría haber sido diversión o podría haber sido desafío.

—Las muestras pasadas no predicen necesariamente los resultados futuros. Esta es una nueva mano. Es decir, nuevas probabilidades.

—A ver si dice lo mismo cuando pierda —se atrevió a retarlo Aria.

Durante un momento, Ulises se quedó mirándola, y Aria se preguntó si había ido demasiado lejos. Era su jefe. No debería estar burlándose de él, ni apostando, ni desafiándolo a juegos de cartas a medianoche en un salón iluminado por velas...

Sin embargo, Ulises rio.

No fue una risa grande ni ruidosa, fue una especie de exhalación suave, acompañada de ese movimiento hacia arriba de las comisuras de la boca que podía interpretarse como un gesto de resignación.

—Pocas personas se atreverían a decirme algo así —comentó Ulises.

Aria apretó los labios. Estaba segura de ello.

Mientras tanto, Katerina abrió ligeramente uno de los ojos. Vio la escena, medio sonrió, y volvió a cerrarlo. La cosa pintaba bien.

—Reparta las cartas —dijo Aria, tratando de sonar casual, aunque su corazón daba volteretas en el interior de su pecho. ¿Cómo podía causar ese efecto Ulises Diakos en ella?

Él repartió.

Aria recogió su mano y evaluó las cartas que tenía. No eran buenas, pero tampoco terribles. Tendría que jugar de forma inteligente.

La mano fue tensa desde el primer momento.

Ulises jugaba con su característica concentración, pero había algo más, una intensidad que iba más allá de su habitual competitividad.

Aria respondía pensando cuidadosamente cada movimiento, tratando de leer sus intenciones en las pequeñas expresiones que ocasionalmente cruzaban su rostro.

En la silla, Katerina permanecía inmóvil, con los ojos cerrados, respirando de manera regular, interpretando su papel. Desde luego era una actriz excepcional.

La mano se reducía, carta por carta, hasta que solo quedaron unas pocas.

Aria jugó un rey. Ulises la cubrió con un as. Aria respondió con su última figura alta.

Ulises colocó su carta final, y Aria hizo lo mismo.

Contaron los puntos en silencio.

Aria había ganado. Solo por tres puntos de más, pero había ganado. ¡No se lo podía creer!

Ulises se recostó en el respaldo de la silla, sacudiendo la cabeza con un gesto que podría ser resignación o respeto.

—Suerte de principiante… —murmuró, pero no había enfado en su tono. Solo una especie de asombro.

—O tal vez es que soy mejor que usted jugando a las cartas —replicó Aria, incapaz de resistir el impulso de picarlo un poco más.

—No tiente a su suerte, señorita Shaw.

—¿O qué? ¿Me va a despedir? Acaba de perder una apuesta. Técnicamente, ahora me debe un favor. Creo que eso me da cierta inmunidad temporal.

Ulises la miró, y había algo en sus ojos que Aria no podía identificar del todo. Algo cálido y complejo. Algo que le resultaba peligroso por lo que le hacía sentir.

—Sí, ha ganado —dijo Ulises. Su voz sonó baja y suave en el salón iluminado por las velas—. Dígame qué quiere.

Aria abrió la boca para responder, pero se detuvo.

Era una buena pregunta.

¿Qué quería?

Podía pedirle algo laboral. Un aumento. Algún día libre de más.

Podía pedirle algo personal, pero que no supusiera un problema. Que no fuera tan gruñón. Que dijera «por favor» y «gracias» más a menudo. Que sonriera más.

O podría pedirle algo más... profundo.

Algo que le dejara ver a la persona que había bajo todas las capas de control y defensa que lo rodeaban.

—Quiero —comenzó lentamente— que me enseñe sus dibujos. Los cuadernos que guarda en el estudio del segundo piso. Quiero que me los enseñe usted mismo y que me hable de ellos.

La expresión de Ulises cambió de golpe.

El calor en sus ojos se evaporó, y algo frío y defensivo apareció. Su cuerpo se tensó, y los hombros se le pusieron rígidos.

Aria sabía que aquella petición era arriesgada. Demasiado arriesgada. Estaba entrando en terreno pantanoso, pero tenía que intentarlo. Joder, se moría de ganas de conocer esa parte de Ulises Diakos. Esa parte tan desconocida y sensible.

—¿De qué habla? —preguntó él.

—Sabe de lo que hablo —aseveró Aria con suavidad—.

He visto los cuadernos. Esta noche, cuando he ido a guardar el álbum de fotos de su abuela.

Estaban en el escritorio. Y sí, he mirado un par de ellos.

No debería haberlo hecho, lo sé, ha sido una invasión de su privacidad y lo siento.

Pero he visto suficiente para saber que tiene un talento increíble.

Y creo que... creo que sería bueno para usted compartirlo. Aunque sea solo con una persona.

El silencio que cayó en el salón fue tan denso que Aria casi hubiera podido tocarlo con las manos. Apretó los labios hasta formar una línea. Habían empezado con un inocente juego de cartas, pero de pronto se estaba jugando su puesto de trabajo. Así, tal cual.

Ulises la miraba con una expresión que era parte asombro, parte enfado, parte algo más profundo y doloroso para lo que Aria no tenía nombre.

—No tenía ningún derecho a husmear en mis cosas —dijo finalmente, en un tono engañosamente tranquilo.

—Lo sé. Y lo siento de verdad. —Aria habló con el corazón en la mano—.

Pero no voy a retractarme de lo que vi o de lo que pienso sobre ello.

—Cogió aire—. Es usted brillante. No solo en los negocios.

No solo en transacciones empresariales y negociaciones.

También en el arte. Y está enterrando esa parte de sí mismo en una habitación oscura y olvidada donde nadie puede verla.

—Hay una razón para ello —dijo Ulises.

—Estoy segura de que la hay. Y si quiere contarme esa razón, si quiere hablar sobre por qué guardó todo... yo lo escucharé —se atrevió a decir Aria, consciente de que aquel momento era decisivo—. Sin juzgar. Solo... escuchando.

Hubo otro silencio largo.

Fuera, la tormenta había comenzado a amainar, la lluvia golpeaba las ventanas de una forma constante. Los truenos eran menos frecuentes, más distantes.

Ulises volvió a hablar.

—Dijo una cosa razonable. Dentro de los límites.

—Sí.

—Esto no es razonable.

Aria decidió presionar un poco más. Estaba tensando la cuerda, quizá demasiado, pero tenía que correr el riesgo.

—Ha dicho que cumpliría si perdía —dijo—. Y supongo que es un hombre de palabra.

Ulises cerró los ojos unos instantes. Su mandíbula se movía como si estuviera masticando las palabras que quería decir y descubriendo que sabían amargas.

Cuando abrió los párpados de nuevo, había resignación en su mirada.

—Mañana —dijo—. Después del desayuno.

A Aria se le iluminó el rostro, aunque trató de disimular su alegría. Aquello no era fácil para Ulises. Lo sabía.

—Gracias —dijo Aria en tono dulce.

—No me agradezca nada. Es el pago de una apuesta —contestó Ulises.

Se miraron a través del resplandor de color ámbar de las velas.

En su silla, Katerina finalmente «despertó», parpadeando un par de veces.

—Oh, cielos —dijo, con un bostezo—. Me he quedado dormida, ¿verdad? Los años ya pesan… —Miró a uno y a otro—. ¿Quién ha ganado la última mano?

—Aria —respondió Ulises. Su voz sonaba de nuevo normal, como si la conversación anterior nunca hubiera ocurrido—. Como todas las otras.

—Bien —dijo Katerina, sonriendo a Aria con un orgullo que parecía desproporcionado por ganar simplemente a las cartas.

Luego sus ojos se movieron brevemente a Ulises, y después de vuelta a Aria, y su sonrisa se profundizó.

Y Aria pensó si Katerina no había estado despierta todo el tiempo. Si lo de quedarse dormida no había sido un teatro.

No le importó. Porque por la mañana, Ulises Diakos iba a abrir una puerta que había mantenido cerrada durante años.