La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Ulises reapareció unos minutos después, vestido con pantalones de chándal grises y una camiseta negra de manga corta que dejaba ver sus brazos. Su pelo todavía estaba húmedo, pero al menos no goteaba.

Se veía... diferente.

Más joven, de alguna manera. Más accesible. Sin el traje ejecutivo, sin la gomina manteniendo cada pelo en su lugar, parecía casi... normal.

«Que guapo —susurró el cerebro traidor de Aria—. Cállate —le ordenó mentalmente ella.»

—Bueno —dijo Ulises, mirando alrededor de la habitación iluminada por las velas—. Supongo que la electricidad no va a volver pronto. ¿Tienes más velas, abuela?

—Sí, en el mismo cajón de donde Aria ha sacado estas. Hay una docena más o menos.

—Bien. ¿Y las linternas? Deberías tener linternas con pilas nuevas en cada habitación. Te lo he dicho durante años.

—Y yo te he ignorado durante años —replicó Katerina—. Las velas son más románticas.

Ulises abrió la boca, seguro que para lanzarse un argumento contradiciendo lo que Katerina había dicho, pero ella lo interrumpió.

—La noche va a ser larga. ¿Sabéis qué podríamos hacer? Podríamos jugar a las cartas. Como en los viejos tiempos —sugirió.

—Yiayá, es tarde. Deberías estar en la cama... —protestó Ulises.

—Es tarde, hay una tormenta, no hay electricidad, y mi nieto ha volado heroicamente a través del mal tiempo para asegurarse de que no me he muerto. —Katerina desplegó una sonrisa en los labios—. Esto requiere una celebración. Vamos a jugar una partida de Prefa. Aria, ¿conoces el Prefa?

Aria asintió. Prefa era un juego de cartas griego popular, un poco como el bridge, pero más simple. Su yiayá Calíope solía jugar con sus amigas todos los domingos por la tarde.

—Lo conozco. Aunque debo confesar que mi yiayá decía que yo tenía la suerte de principiante, porque siempre ganaba.

—Perfecto —dijo Katerina, que ya se dirigía al aparador donde guardaba las cartas—. Ulises, deja de poner esa cara de que te están obligando a ir al dentista. Vamos a jugar y va a gustarte lo quieras o no.

—No pongo ninguna cara —protestó Ulises, pero efectivamente estaba poniendo cara. Una cara que decía claramente «preferiría estar revisando informes» (o dejándose aplastar por una manada de elefantes).

Katerina sacó una baraja de cartas desgastada por el uso, se sentó a la mesa en su sillón favorito y comenzó a barajar.

Ulises y Aria se acomodaron uno frente a otro, con suficiente distancia entre ellos para no tocarse, pero lo suficientemente cerca para que Aria pudiera oler su colonia, ese algo fresco y ligeramente amaderado que ponía sus sentidos en alerta.

«Concéntrate en las cartas —se ordenó a sí misma—. Las cartas no tienen penetrantes ojos verdes ni sonrisas que provocan cosas extrañas en tu ritmo cardíaco.»

Katerina repartió las cartas.

—Prefa clásico. Primera mano es de práctica. A partir de la segunda, contamos puntos —dijo.

Aria recogió sus cartas y las organizó por palos. No era una mano terrible, un par de ases, algunas figuras altas. Podría hacer algo con ellas.

Jugaron la primera mano en silencio, interrumpido solo por el sonido de las cartas sobre la mesa, la lluvia golpeando las ventanas, y los truenos ocasionales que hacían vibrar los cristales.

Ulises jugó con la precisión que Aria esperaba de él, como si estuviera haciendo un examen.

Katerina jugaba con astucia, haciendo movimientos que parecían arriesgados, pero que de alguna manera siempre funcionaban.

Aria jugaba con una combinación de estrategia y la voluntad de arriesgarse. Y, tal como había advertido, parecía tener la suerte de principiante de su lado.

Ganó la primera mano.

—Principiante con suerte —murmuró Ulises, pero había un brillo en sus ojos. ¿Tal vez diversión? ¿Tal vez interés? Era difícil de identificar solo con el resplandor parpadeante de las velas.

—No seas mal perdedor, cariño —dijo Katerina—. Aria es buena. Admítelo.

—Una mano no significa nada —respondió Ulises, barajando para la siguiente ronda—. Es una muestra estadísticamente insignificante.

«Oh, Dios —pensó Aria, mordiéndose el interior de la mejilla para no reírse—. Está molesto. A Ulises Diakos no le gusta perder.»

Jugaron otra mano. Aria ganó de nuevo.

La mandíbula de Ulises se tensó ligeramente. Era apenas perceptible, pero Aria lo notó.

«Sí, definitivamente está molesto», se dijo con cierto deleite interior.

—Dos de dos —anunció Katerina—. Aria, creo que mi nieto te ha subestimado.

—No la he subestimado —dijo Ulises. Su tono era un poco más tenso de lo normal—. Solo estoy... ajustando mi estrategia.

«Traducción: está perdiendo y él odia perder y está tratando de sonar despreocupado en lugar de admitir que le molesta», pensó Aria, escondiendo una sonrisa detrás de la mano.

Le gustaba poner contra las cuerdas a Ulises Diakos, hacerle rabiar un poco. No podía evitarlo.

La tercera mano fue más reñida. Ulises ajustó su estrategia, tentando a la suerte y tomando riesgos que normalmente no tomaría. Pero Aria se mantuvo firme en su forma de jugar, y al final...

—Y son tres —dijo, colocando su última carta con un pequeño gesto de triunfo.

Ulises dejó caer sus cartas en la mesa con un suspiro de exasperación.

—Las cartas están claramente en tu contra esta noche —comentó Katerina, pero su sonrisa sugería que estaba disfrutando mucho viendo a su nieto, siempre perfecto e impasible, perder ante Aria.

—Las cartas son aleatorias —respondió Ulises—. No están «a favor» ni «en contra» de nadie. Es solo probabilidad y...

Se detuvo porque Aria había hecho un pequeño sonido sofocado. Cuando la miró, estaba presionando la mano contra su boca, sus ojos brillaban tratando de contener la risa, como cuando le había atizado con la bandeja de plástico, y sus hombros temblaban ligeramente.

—¿Qué? —preguntó, desconcertado.

—Nada —consiguió decir Aria. Su voz se escuchaba amortiguada detrás de la mano—. Es solo que... usted es tan de «probabilidad y...» —Imitó su tono serio, y luego perdió completamente la compostura, riéndose abiertamente.

Katerina se unió a su risa, y su carcajeo llenó el salón.

Ulises las miró como si hubieran perdido la cabeza.

—No veo qué es tan gracioso.

—Precisamente eso —dijo Katerina entre risas—. Cariño, eres brillante, pero necesitas aprender a perder a las cartas sin convertirlo en un análisis estadístico.

—No estoy... no estoy convirtiéndolo… —comenzó Ulises, pero luego se detuvo, pasándose una mano por los mechones de pelo en un gesto de frustración que lo hacía verse sorprendentemente joven—. Está bien. Vale. Tal vez soy un poco competitivo.

—¿Un poco? —Aria había recuperado la compostura para hablar, aunque todavía sonreía—. Le he visto haciendo cálculos mentales durante el juego.

—El Prefa es un juego de estrategia —argumentó Ulises—. Se supone que debes pensar.

—Se supone que debes divertirte —lo contradijo Katerina—. Pensar es opcional. Divertirse es obligatorio.

Ulises abrió la boca para argumentar, luego pareció pensarlo mejor y simplemente sacudió la cabeza.

—Lo que vosotras digáis —dijo, pero su tono era distendido, lejos de la habitual seriedad con la que solía hablar.

Jugaron varias manos más. Ulises ganó la siguiente, y se veía tan satisfecho consigo mismo que Aria tuvo que apretar los labios para no burlarse de él. No podía olvidarse de que era su jefe. Katerina ganó la que siguió, tirándose un farol magistral que engañó a ambos completamente.

—Todavía se te da bien, abuela —dijo Ulises, y había un viso de orgullo en su voz.

—Llevo jugando Prefa desde antes de que tu padre naciera —respondió Katerina—. Vosotros sois unos aprendices comparados conmigo.