La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 22 #2
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CAPÍTULO 22 #2

Ulises también empezó a reír. Inevitablemente.

No fue una risa grande y ruidosa. Fueron una serie de exhalaciones entrecortadas, que casi parecían una risa real.

Pero era risa.

—Su cara… —logró decir Aria—… cuando la bandeja le ha golpeado. Era como... como si...

—¿Como si no pudiera creer que la cuidadora de mi abuela me estuviera atacando con menaje del hogar? —completó Ulises, y había humor en su tono de voz—. Joder, nadie me ha golpeado nunca con una bandeja.

—¡Lo siento! —Aria se limpió las lágrimas de los ojos—. De verdad, estoy tan...

—Pare de disculparse. Ya lo ha hecho muchas veces. Y pensándolo bien, tenía razón en atacar. Podría haber sido un intruso.

—Entendería si me despide —dijo Aria.

—Tranquila, no tengo intención de despedirla —dijo Ulises—. Pero todos los objetos de cocina deberían mantenerse fuera de su alcance. No me quiero imaginar qué haría con un… pelador de patatas.

—Eso es... justo.

Se miraron el uno al otro, y durante unos segundos, el aire entre ellos se cargó con algo que Aria no podía nombrar. No era tensión. Era más como... conexión. Complicidad.

—¡Ulises! —La voz de Katerina llegó desde el salón, interrumpiendo el momento—. ¿Eres tú? ¿Qué ha sido ese ruido?

Ulises y Aria intercambiaron una última mirada.

—¿Le decimos que su cuidadora ha atacado a su nieto con una bandeja de plástico? —dijo Aria.

—Preferiría mantener algo de dignidad, si no le importa —bromeó Ulises.

—Vale.

Ulises echó a andar, dirigiéndose al salón.

Aria lo siguió, recogiendo las velas que había dejado en la mesa. Una sonrisilla burbujeaba todavía en sus labios. Había atacado a Ulises Diakos con una bandeja de plástico. ¡Dios!

Cuando entraron en el salón, Katerina se puso de pie, con las manos en las caderas.

—¿Qué ha pasado? He oído gritos. Y risas. Y algo que ha sonado como... ¿un tambor?

Ulises abrió la boca para responder, pero Aria se le adelantó.

—Su nieto ha entrado por la puerta trasera en medio de la oscuridad y he pensado que era un ladrón, así que le he golpeado con una bandeja de plástico. En la cabeza. —Aria se sentía avergonzada.

Hubo un momento de silencio absoluto.

Katerina miró a ambos, a Ulises empapado e ileso, a Aria mortificada, pero todavía luchando contra la risilla que escapaba de sus labios.

Katerina no pudo evitar echarse a reír.

—¡Oh, Dios! —logró decir—. Mi poderoso nieto golpeado con una bandeja.

—Yiayá... —comenzó Ulises, en un tono de advertencia.

—¡Y lo mejor es que te lo mereces! —dijo Katerina—. Entrando así sin anunciarte, asustando a la pobre chica... ¿Qué esperabas que hiciera?

—Esperaba que reconociera el sonido del helicóptero y dedujera que era yo —respondió Ulises.

—¿En medio de una tormenta? ¿Con truenos que suenan como si se estuviera derrumbando la isla? —Katerina sacudió la cabeza, todavía riendo—. Aria, cariño, estoy orgullosa de ti. Muy pocas personas se atreverían a atacar a mi nieto, y mucho menos a tener éxito en tal hazaña.

—No ha tenido éxito —murmuró Ulises—. Ni siquiera me ha dolido.

—Bueno, eso es lo que dices tú, pero el golpe te le has llevado —dijo Katerina.

Aria observaba la conversación entre abuela y nieto, todavía procesando el hecho de que Ulises no la había despedido y de que Katerina parecía encontrar toda la situación muy divertida.

Ulises se pasó una mano por la cara, y cuando la bajó, había resignación en su expresión.

—¿Podemos acordar los tres no mencionar esto de nuevo nunca más? —dijo.

—Por supuesto que no —respondió Katerina inmediatamente—. Esto va directamente a mi colección de historias favoritas sobre ti. Delante de esa cuando tenías siete años y trataste de rescatar a un gatito del árbol y terminaste atascado tú mismo y el gatito bajó solo.

—Yiayá, pero ¿qué te pasa?

—Y cuando tenías doce y decidiste que podías arreglar el motor del viejo coche y terminaste cubierto de aceite de motor de la cabeza a los pies...

—Por favor, para —le pidió Ulises.

—¡Oh! Y cuando tenías trece y...

—Abuela —la cortó Ulises con voz ya seria—. ¿Estás bien?

—Perfectamente bien, cariño —respondió Katerina, caminando hacia él con los brazos extendidos—. Aunque estás mojando el suelo. Pero, ¿no podrías haber esperado a que amainara la tormenta como una persona normal?

—No, y menos cuando hay un apagón en la isla —replicó Ulises. Se inclinó para besarla en ambas mejillas.

Luego sus ojos se dirigieron a Aria, y ella sintió el peso de su mirada.

—Señorita Shaw, ¿mi abuela ha tomado sus vitaminas esta noche?

—Sí —respondió.

—¿Y sus medicinas? Toma tres diferentes. Una azul, una rosa y una blanca.

—Las tres. Después de la cena. Como todos los días —contestó Aria, armándose de paciencia.

—¿Qué ha cenado? ¿Algo sustancial o algo ligero?

— Moussaka que Matilde ha dejado preparada. Se ha comido casi todo el plato. Yo lo he supervisado personalmente.

—¿Ha bebido suficiente agua? Se deshidrata fácilmente —continuó Ulises.

—Dos vasos durante la cena. Otro hace un rato.

—¿Algún síntoma extraño? ¿Dolor de cabeza? ¿Mareos? ¿Presión en el pecho?

—Ninguno. Está bien, señor Diakos. De verdad.

Katerina los observaba con una expresión divertida en el rostro.

—¿Habéis terminado de hablar de mí como si fuera una niña pequeña o un experimento científico? Porque estoy justo aquí, puedes preguntarme directamente a mí, Ulises. No estoy senil.

Ulises tuvo la decencia de parecer ligeramente avergonzado.

—Lo siento, abuela. Pero tengo que asegurarme de que todo está bien.

—Podrías haberte asegurado por teléfono sin arriesgar tu cuello volando en medio de una tormenta como la que está sacudiendo Ítaca esta noche —señaló Katerina—. Pero aprecio el gesto —añadió—. Gracias por venir.

Ulises asintió.

—Voy a cambiarme —murmuró—. Tengo ropa seca en mi habitación.

Desapareció escaleras arriba, dejando un rastro de gotas de agua como migas de pan.

Katerina se giró hacia Aria con ojos brillantes.

—Nunca está tranquilo cuando hay tormenta. Incluso si le pilla fuera de Atenas, si hay tormenta y yo estoy aquí sola, encuentra la manera de venir.

Aria sacudió la cabeza.

—Es un milagro que haya sobrevivido hasta la edad adulta con esa falta de sentido común —bromeó.

—Sí, yo a veces también lo pienso —dijo Katerina, sonriendo.