CAPÍTULO 22
El mundo se apagó en un instante.
Villa Penélope estaba iluminada por las lámparas doradas que mantenían la oscuridad de la tormenta a raya, hasta que un trueno colosal sacudió los cimientos de la mansión y todas las luces parpadearon una vez, dos veces, y después murieron.
La oscuridad que siguió fue total, porque no había electricidad, ni luna, ni estrellas.
Aria estaba en su habitación cuando sucedió, poniéndose el pijama. Se quedó inmóvil en la oscuridad, con la camiseta a medio camino y el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal.
«Genial —pensó, tirando de la camiseta hacia abajo a ciegas—. Tenemos un apagón.»
Esperó un momento, pensando que tal vez los generadores de emergencia se activarían automáticamente. Las casas como Villa Penélope siempre tenían generadores de respaldo, ¿verdad? Era prácticamente un requisito para las mansiones de gente rica. O no.
Pero los segundos pasaron y la oscuridad permaneció impenetrable.
—Me parece que no hay generadores de emergencia —dijo, empezando a moverse despacio hacia donde estaba la puerta.
Se golpeó el dedo meñique del pie contra la pata de la cama.
—¡Ay! Mierda, mierda, mierda... —susurró, saltando sobre un pie mientras se agarraba el otro, como si eso fuera a ayudar en algo—. Me he jodido el dedo pequeño del pie —dijo—. ¿Para qué sirve este puñetero dedo excepto para encontrarse todas las esquinas de los muebles?
A trompicones, llegó a la puerta, la abrió, y salió al pasillo, que estaba igual de oscuro que la habitación. Los relámpagos eran la única fuente de luz.
De pronto, escuchó un grito abajo.
No era un grito de terror exactamente, más bien un grito de sobresalto, pero fue suficiente para poner a Aria en movimiento. Katerina.
Bajó las escaleras tan rápido como pudo en la oscuridad, con una mano firmemente agarrada a la barandilla y contando los escalones mentalmente porque la alternativa era caerse de cabeza y acabar con todos los dientes rotos.
—¿Katerina? —llamó cuando llegó al final de las escaleras—. ¿Estás bien?
Otro relámpago iluminó el salón, y Aria vio a Katerina sentada muy tiesa en el sofá, con las manos agarrando el reposabrazos con fuerza.
—Estoy bien, cariño —dijo ella, pero su voz temblaba ligeramente—. Es solo que... no me gustan las tormentas. Especialmente cuando la oscuridad las acompaña.
Aria se apresuró a ir a su lado, guiándose por los estallidos ocasionales de luz de los relámpagos. Se sentó junto a Katerina en el sofá y tomó una de sus manos frías entre las suyas.
—Es solo un apagón —dijo con voz suave y tranquilizadora. El tono que se usa con un niño asustado—. Seguramente la tormenta ha derribado algún poste eléctrico o algo así. Volverá en unas horas. ¿Tienes velas en algún lado?
—En la cocina —respondió Katerina. Su voz sonó con un poco más de firmeza—. En el cajón junto al fregadero. Matilde siempre guarda velas ahí para emergencias. Y cerillas también.
—Perfecto. Espera aquí, voy a buscarlas. No te muevas, ¿vale? Lo último que necesitamos es que tropieces con algo en la oscuridad y te caigas. Ya me he sacrificado yo por el equipo esta noche con mi dedo del pie.
Escuchó lo que sonaba como una risa de Katerina.
—Pero ¿estás bien? —preguntó.
—Sí, sí, por esta vez se ha salvado.
Aria navegó hacia la cocina con los brazos extendidos como un zombi, maldiciendo mentalmente cada vez que rozaba algo con los dedos. Una mesa. Una silla. Una pared. Por fin palpó el marco de la puerta de la cocina.
El cajón junto al fregadero fue fácil de encontrar una vez que sus dedos localizaron el propio fregadero. Lo abrió. Dentro, sus manos encontraron una vela grande, luego otra, y finalmente una caja de cerillas.
«Gracias, Matilde, por ser de esa clase de personas que siempre está preparada para el apocalipsis», pensó.
Encendió una cerilla, y la llama deshizo un poco la oscuridad. Después encendió otra de las velas, y el resplandor dorado y parpadeante iluminó ligeramente la cocina.
Fue en ese instante cuando la puerta trasera se abrió de golpe.
Una figura oscura y enorme apareció en el umbral, empapada, chorreando agua, moviéndose hacia el interior con pasos pesados.
El cerebro de Aria hizo varios cálculos en un segundo:
Uno: Había una tormenta apocalíptica fuera.
Dos: Era medianoche.
Tres: Katerina y ella estaban solas en la cima de una colina.
Cuatro: Un desconocido acababa de entrar por la puerta trasera.
Conclusión lógica: Era un INTRUSO.
No pensó. Solo reaccionó.
Sus ojos buscaron frenéticamente un arma. Cualquier cosa. Lo primero que vio fue una bandeja de plástico grande apoyada contra la pared.
La agarró con ambas manos como si fuera una espada.
—¡Fuera de aquí! —gritó con toda la fuerza que pudo reunir, que sinceramente no era mucha, pero tenía que intentarlo.
La figura se giró hacia ella, sorprendida, levantando una mano...
Y Aria la golpeó con la bandeja de plástico.
Directamente en la cabeza.
El sonido fue de risa, como golpear un tambor pequeño y barato. La bandeja de plástico era ligera y no estaba diseñada para tumbar a ladrones.
Pero el elemento sorpresa estaba de su lado.
La figura se tambaleó hacia atrás, más por sorpresa que por dolor, levantando ambos brazos para protegerse de un segundo ataque.
—¡Ay!
Aria se preparó para un segundo golpe, blandiendo la bandeja como un guerrero vikingo.
—¡Fuera de aquí! —repitió.
—¡Pare! ¡Pare!
Y entonces la voz del intruso penetró en su miedo.
—¡Soy yo! ¡Soy Ulises!
Aria se congeló, la bandeja quedó suspendida en el aire a medio camino de otro golpe devastador (bueno, tan devastador como podía ser un golpe de una bandeja de plástico).
—¿Qué?
—Soy Ulises. Su jefe. El nieto de Katerina. El tipo que le paga. ¿Recuerda?
Aria entornó los ojos, tratando de ver.
Efectivamente, allí estaba Ulises Diakos, empapado, formando charcos en el suelo de la cocina, con una expresión de asombro en el rostro.
El horror se apoderó de Aria como una ola fría.
«Oh, no. Oh, no, no, no. Le acabas de pegar a tu jefe. Con una bandeja. En la cabeza.»
—¡Oh, Dios mío! —La bandeja cayó de sus manos al suelo—. ¡Lo siento mucho! ¡Pensé que era un intruso! ¡La tormenta, la oscuridad, la puerta abriéndose así...! ¡Lo siento! ¿Está bien? ¿Le he hecho daño? Por favor, dígame que está bien.
Ulises bajó lentamente la mano de su cabeza, parpadeando hacia ella como si no estuviera del todo seguro de lo que acababa de suceder.
—Estoy... bien. Por suerte la bandeja es de plástico.
—¡Joder ¡Lo siento muchísimo! —Aria se había llevado las manos a la boca—. De verdad que he pensado que era un ladrón o algo así. ¿Quién entra por la puerta trasera en medio de la noche durante una tormenta?
—Alguien que acaba de aterrizar un helicóptero en el helipuerto que está «en la parte trasera de la propiedad» —respondió Ulises, enfatizando las últimas palabras.
—¡No le he oído llegar! ¡La tormenta es muy ruidosa! ¡Y estaba oscuro! ¡Y asustada!
Aria estaba parloteando. Las palabras salían en torrente de su boca mientras daba vueltas alrededor de él, tratando de evaluar si le había causado algún daño.
—De verdad, lo siento tanto. ¿Necesita hielo? ¿Un médico? ¿Llamo a alguien? ¿Está sangrando? Por favor, dígame que no está sangrando.
—No estoy sangrando. Señorita Shaw, pare. Respire —habló Ulises.
Pero Aria no podía parar. El horror de haber golpeado a su jefe, a Ulises Diakos, multimillonario y probablemente la persona más intimidante que había conocido en su vida, con una bandeja de servir limonada era demasiado.
—Puede despedirme si quiere. Lo entendería. Agredir a tu jefe es probablemente causa de despido inmediato. Seguro que hay cláusulas en mi contrato sobre no golpearlo con objetos de cocina...
—Señorita Shaw.
—... aunque técnicamente ha sido en defensa propia porque he pensado que era un intruso, pero tal vez eso no cuenta legalmente. ¿Cuenta legalmente? No sé las leyes griegas sobre...
—¡SEÑORITA SHAW!
La voz de Ulises cortó su monólogo. No era fuerte, pero tenía autoridad suficiente para hacerla cerrar la boca de golpe.
Se miraron el uno al otro bajo la luz parpadeante de las velas. Él estaba empapado, goteando agua por todas partes, con el pelo pegado a la frente. Ella estaba en pijama, con los ojos enormes llenos de vergüenza y disculpa.
Pero Ulises dijo algo completamente inesperado.
—Al menos sé que defendería bien a mi abuela si entrara un ladrón de verdad en la casa.
Lo dijo serio. Con la misma expresión grave que usaría para discutir los términos de una negociación.
Pero había algo en sus ojos. Un brillo quizá divertido. Aria no lo distinguía bien.
Aria sintió una risa burbujear en el interior de su pecho. Una risa histérica, nacida del alivio y de la cómica situación. Trató de contenerla, mordiéndose el labio con fuerza, llevándose la mano a la boca para ahogarla.
No funcionó.
Un sonido escapó, algo entre un resoplido y un chillido sofocado.
—Lo siento —logró decir detrás de la mano—. No es gracioso. No debería reírme. Es inapropiado...
Pero cuanto más trataba de contenerlo, peor se ponía. Sus hombros empezaron a temblar. Sus ojos se llenaron de lágrimas de risa.
—Aunque... tiene que admitir... —Dio otro resoplido sofocado— ...que la imagen... de mí... defendiendo la casa... con una bandeja de plástico…
Ulises la miraba con una expresión que era difícil de descifrar a la luz de las velas. Tal vez era confusión. O incredulidad.
Pero entonces las comisuras de su boca empezaron a curvarse hacia arriba.
Un poco. Tan leve, que Aria pensó que quizá fueran imaginaciones suyas.
—Ha sido una forma de defenderse... original —dijo Ulises, y su voz tenía un deje extraño, como si también estuviera tratando de no reírse.
—¡Iba a golpearlo otra vez! —Aria había perdido completamente la batalla contra la risa—. ¡Estaba preparándome para un segundo ataque! ¡Como si una bandeja de plástico fuera a detener a un ladrón!
—Podría haberlo detenido —dijo Ulises, y había una nota de diversión en su voz—. Nunca se sabe.
Aria estalló en carcajadas. De esas carcajadas que no puedes controlar, aunque tu vida dependa de ello. Y aquí casi era así.