La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

La noche había caído sobre Ítaca con una oscuridad absoluta. Ese tipo de oscuridad que solo se da cuando las nubes son tan densas que ocultan hasta el último rastro de luna y estrellas.

La lluvia suave y melancólica de la tarde había evolucionado en algo más violento. Una tormenta mediterránea en toda regla que azotaba los ventanales de Villa Penélope con ráfagas de viento y cortinas de agua que parecían querer arrancar los marcos de las paredes.

Los truenos retumbaban en la distancia, cada vez más cerca, y los relámpagos iluminaban el jardín en estallidos de color azul eléctrico.

Las buganvillas se sacudían con fuerza, los cipreses se doblaban bajo el vendaval, y el mar, invisible en la oscuridad, rugía con una furia que hacía vibrar los cimientos de piedra de la mansión.

Aria subía las escaleras de mármol con el álbum de fotos contra el cuerpo.

El peso que sentía no era físico sino emocional.

Cada página que había visto, cada historia que Katerina había compartido, cada fotografía de rostros sonrientes que ya no existían...

todo se había instalado en algún lugar profundo de su pecho.

«Los muertos pesan más que los vivos —pensó, recordando algo que su yiayá Calíope solía decir—. Porque no solo cargas con su memoria, sino con todo lo que podrían haber sido y nunca serán.»

Katerina le había pedido que guardara el álbum en alguna de las habitaciones del segundo piso, las que no se usaban, donde se almacenaban décadas de recuerdos familiares en armarios y estanterías que nadie abría excepto cuando la nostalgia o la necesidad lo requerían.

—Cualquier habitación está bien, cariño —había dicho Katerina con voz cansada, recostada ya en el sofá con una manta sobre las piernas y los ojos cerrados—.

Es que… no quiero tenerlo cerca esta noche.

Me he sumergido bastante en el pasado por hoy.

Necesito que descanse en algún lugar donde no pueda verlo cada vez que abro los ojos.

Aria lo entendía perfectamente. A veces los recuerdos necesitaban guardarse en cajones, cerrados bajo llave, almacenados en habitaciones oscuras donde no pudieran alcanzarte constantemente.

El piso superior de la mansión estaba en penumbra, iluminado solo por las lámparas de pared que proyectaban círculos suaves de luz dorada cada pocos metros.

El pasillo principal se extendía en ambas direcciones, con puertas de madera maciza a intervalos regulares.

La mayoría llevaban cerradas meses. Matilde las limpiaba de vez en cuando para mantener el polvo a raya, pero nadie las habitaba.

Un relámpago estalló fuera, tan brillante que por un momento el pasillo se bañó en una luz azul y fantasmal. El trueno que siguió casi inmediatamente fue tan fuerte que hizo vibrar los cristales de las ventanas.

Aria se estremeció involuntariamente. No tenía miedo a las tormentas, pero había algo en ellas, algo que activaba esa parte antigua del cerebro humano, que no le hacía mucha gracia.

Eligió una puerta al azar, la tercera a la izquierda, y giró el pomo de bronce. Se abrió con un ligero chirrido, revelando una habitación sumida en la oscuridad. Aria palpó la pared hasta encontrar el interruptor.

La luz se encendió con un parpadeo, revelando lo que claramente había sido una biblioteca personal o un estudio.

Las paredes estaban forradas de estanterías de madera oscura, repletas de libros con lomos de cuero desgastado.

Había un escritorio antiguo junto a la ventana, una silla con el respaldo alto, y en el rincón más alejado, un sillón orejero de color granate que parecía increíblemente cómodo.

El aire olía a madera vieja, papel enmohecido, y a ese aroma indefinible de espacios cerrados durante mucho tiempo. No era desagradable, ni mucho menos. Era el olor de los secretos guardados, de historias atrapadas entre páginas, de tiempo suspendido.

Perfecto.

Aria atravesó la habitación, sorteando una alfombra persa desgastada, y colocó el álbum de fotos en uno de los estantes a media altura, entre lo que parecían ser enciclopedias antiguas y una colección de novelas en griego antiguo con las páginas amarillentas.

«Aquí te quedas —pensó, dándole unas palmaditas al álbum como si fuera una criatura viva que necesitara consuelo—. Descansa un poco. Guarda tus fantasmas por hoy.»

Se dio la vuelta para marcharse, pero algo captó su atención. En el escritorio junto a la ventana, apenas visible en el ángulo de luz de la lámpara del techo, había una pila de cuadernos.

No eran cuadernos normales. Los que cualquiera podría utilizar para tomar notas o hacer la lista de la compra. Eran más grandes, con cubiertas duras. Los cuadernos que los artistas usan para hacer los bocetos.

Aria se quedó inmóvil, sintiendo la curiosidad tirando de ella como un anzuelo.

«No deberías fisgar —se dijo—. No es asunto tuyo. Es privado.»

Pero sus pies no recibieron el mensaje porque ya estaba caminando hacia el escritorio, atraída por aquellos cuadernos como una polilla a la luz.

Otro relámpago iluminó la habitación, seguido casi instantáneamente por un trueno que hizo temblar los libros en las estanterías. La tormenta estaba encima de Ítaca.

Aria extendió la mano, vacilando durante un segundo sobre la pila de cuadernos. La parte racional de su cerebro le gritaba que se detuviera, que respetara la privacidad, que saliera de la habitación y cerrara la puerta tras ella.

Pero la otra parte, la parte que había visto las fotografías de Ulises niño con sus dibujos, la parte que acababa de enterarse de que había renunciado a su sueño de ser artista... esa parte necesitaba saber.

Necesitaba ver.

Cogió el cuaderno superior, sintiendo el peso del mismo en sus manos. La cubierta era de un negro mate, sin adornos, sin título. Anónima.

Se sentó en el sillón orejero, que se hundió suavemente bajo su peso, y se acomodó confirmando que era tan cómodo como prometía. Colocó el cuaderno sobre su regazo y lo abrió con cuidado, como si estuviera desentrañando un enigma.

La primera página la dejó sin aliento.

Era un dibujo a carboncillo del puerto de Vathy.

Pero no era solo un dibujo. Era... algo perfecto.

Los detalles eran tan precisos, tan meticulosos, que parecía una fotografía en blanco y negro.

Cada barca en el agua tenía su propio carácter, cada edificio su propia personalidad.

Las sombras caían exactamente como deberían caer, la luz se reflejaba en el agua con una autenticidad que hacía que Aria sintiera que podía meter la mano en la página y sentir el agua fría entre los dedos.

«Joder —pensó, pasando un dedo sobre el dibujo sin tocarlo realmente, consciente de que el carboncillo podía mancharse—. Esto es... esto es arte de verdad. Arte puro.»

En la esquina inferior derecha, había una firma. «U.D.» Y una fecha: «15 de julio, 2010».

Aria hizo cálculos rápidos. Ulises tendría... diecinueve años por aquel entonces. Aquel dibujo lo había hecho apenas un año después de haber abandonado sus sueños artísticos para salvar la empresa familiar.

Pasó la página.

El siguiente dibujo era completamente diferente.

No era realista, era abstracto. Realizado con líneas violentas y caóticas que se entrecruzaban por toda la página.

Había una energía frenética en cada trazo, una desesperación apenas contenida.

Como si lo hubiera hecho para sacar algo de dentro, como si las palabras no fueran suficientes y la única forma de comunicar el dolor fuera a través del arte.

No había fecha en él. Solo caos en blanco y negro.

Aria sintió un nudo formándose en la garganta.

«Los usaba para escapar —se dio cuenta—. O tal vez para sobrevivir.»

Continuó pasando páginas, hipnotizada.

Había más paisajes.

La casa vista desde el jardín, con un nivel de detalle tan asombroso que Aria podía contar las tejas individuales en el tejado.

El antiguo monasterio en la cima de la colina, con las paredes desmoronándose detalladas con una precisión brutal.

El mar durante una tormenta, las olas capturadas en medio del movimiento, congeladas en el momento justo antes de estrellarse contra las rocas.

También había retratos. Katerina sentada en su silla favorita bajo el olivo, con una expresión de serenidad absoluta que Ulises había capturado a la perfección. Un pescador viejo con el rostro surcado por mil arrugas. Una niña riendo, con coletas y un vestido de flores...

Aria se detuvo en esa imagen, sintiendo que el corazón se le estrujaba.

Keisi.

Tenía que ser Keisi. Su hermana. El dibujo estaba hecho de memoria, obviamente, años después de su muerte, pero había tanta vida en él, tanto amor, que Aria tuvo que parpadear varias veces contra las lágrimas que amenazaban con caer.

«La mantenía viva —pensó—. A través del arte. Era su forma de no dejarla ir.»

Pasó más páginas.

Algunos dibujos eran técnicos, de anatomía o de arquitectura. Otros eran experimentales, jugando con los claroscuros de maneras innovadoras.

Y luego estaban los dibujos hechos en los márgenes de hojas de cuadernos normales.

Aria reconoció el papel de líneas, el de los cuadernos escolares. Esos dibujos debían ser de sus años de instituto o universidad. Matemáticas, Economía, Administración de Empresas... las asignaturas que había estudiado por obligación en lugar de por pasión.

Pero en cada margen, escapándose por los bordes de los apuntes sobre análisis de mercado y teoría económica, había pequeños bocetos.

Una mano. Un ojo. Un pájaro en pleno vuelo.

Como si incluso mientras trataba de concentrarse en las lecciones que se suponía que debía aprender, su mente escapara constantemente al arte, al dibujo, a la expresión visual que era su verdadero lenguaje.

Era desgarrador.

Ver el talento capturado en aquellos márgenes, confinado a los espacios en blanco entre fórmulas matemáticas y gráficos, gritaba en silencio sobre sueños aplazados y pasiones que había tenido que ser enterradas.

Había uno en particular que llamó especialmente su atención.

Estaba hecho con bolígrafo azul en la esquina de lo que parecía ser un trabajo de Microeconomía.

Era un autorretrato. Ulises a los diecinueve o veinte años, mirando directamente desde la página con esos ojos verdes que Aria conocía tan bien.

Pero la expresión...

No había hielo en esos ojos dibujados.

Había dolor.

Había cansancio.

Había una pregunta silenciosa que parecía decir: «¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué estoy aquí? ¿Cuándo dejé de ser yo mismo?»

Aria cerró aquel otro cuaderno con suavidad, sintiéndose como si hubiera invadido algo profundamente personal, algo que no tenía que haber visto nunca.

Pero al mismo tiempo, se sentía... una privilegiada. Privilegiada de haber visto esa parte de Ulises. La parte sensible, la parte artística, la parte que escondía detrás de trajes hechos a medida y expresiones gélidas.

«Tiene tanto talento —pensó, con una mezcla de asombro y tristeza—. Podría haber sido un artista increíble. Podría haber creado belleza para todo el mundo. Y en lugar de eso...»

En lugar de eso, creaba imperios. Firmaba contratos. Asistía a reuniones. Vivía entre hojas de cálculo y salas de juntas.

Y los cuadernos, con toda aquella belleza capturada, estaban guardados en una habitación oscura que nadie visitaba.

Fuera, la tormenta alcanzó su punto álgido. Los truenos eran casi continuos. La lluvia golpeaba las ventanas con tanta fuerza que parecía granizo, y el viento aullaba a través de las rendijas.

Aria se levantó del sillón, sosteniendo todavía el último cuaderno que estaba viendo contra el pecho. Debería devolverlo a la pila en el escritorio, salir de la habitación, cerrar la puerta, y fingir que nunca había visto nada, que nunca había estado allí.

Pero no podía.

No podía simplemente pasar y dejar todo aquello enterrado en la oscuridad.

Caminó de vuelta al escritorio. Las yemas de los dedos rozaron los otros cuadernos de la pila. Había por lo menos seis más que no había visto, cada uno probablemente lleno de arte similar. Años de trabajo. Años de pasión capturada en carboncillo y tinta.

Escondido.

Olvidado.

Enterrado bajo el peso de las responsabilidades y el trauma.

Colocó ese último cuaderno de vuelta en su lugar, asegurándose de dejarlo exactamente como lo había encontrado. No quería que Ulises supiera (si es que alguna vez volvía a aquella habitación) que alguien había estado mirando.

Pero mientras se giraba para irse, mientras apagaba la luz y cerraba la puerta tras ella, Aria llevaba consigo algo nuevo.

Una comprensión más profunda del hombre que era Ulises Diakos.

No solo el Ogro de la Colina que controlaba cada aspecto de su vida con una obsesión casi maniática.

No solo el CEO implacable que había construido un imperio sobre los huesos de sus propios sueños.

Sino también el artista. El soñador. El niño que una vez había visto el mundo a través de ojos que buscaban belleza en cada línea, en cada sombra, en cada momento de luz capturada.

Y ese niño todavía estaba ahí, en algún lugar debajo de todas las capas de hielo y control.

Esperando.

Tal vez esperando que alguien lo viera.

Tal vez esperando que alguien le recordara que todavía existía.

Aria caminó por el pasillo hacia su habitación, con el sonido de la tormenta siguiéndola como una banda de música. Los relámpagos iluminaban su camino con estallidos intermitentes, proyectando sombras largas en las paredes.

Cuando llegó a la puerta, se detuvo, apoyando la frente contra la madera.

«Ulises Diakos —pensó—. Eres mucho más complicado de lo que pareces. Y mucho más interesante.»

Suspiró.

«Y peligroso —susurró una voz en el fondo de su mente—. Peligroso para tu corazón.»

Porque una cosa era apreciar el atractivo de tu jefe, algo meramente objetivo. Y otra completamente diferente, empezar a verlo como un hombre complejo, herido y fascinante que había sacrificado sus sueños por el deber.

Y empezar a sentir... cosas.

Cosas que no debería sentir por su jefe.

«Estás jugando con fuego», se advirtió a sí misma.

Pero sabía que ya era tarde.

Ya había cruzado una línea invisible.

Ya había visto demasiado.

Ya sabía demasiado.

Y no había forma de retroceder al momento antes de abrir aquel cuaderno negro sin título y ver el alma de Ulises capturada en decenas de dibujos.

Entró en su habitación, cerrando la puerta a la tormenta que rugía fuera, porque la que se había desatado en su interior ya era imparable.