CAPÍTULO 20 #3
Aria se quedó en silencio durante un rato, procesando todo lo que Katerina le había contado. La lluvia seguía cayendo fuera, constante y melancólica, como si el cielo estuviera de luto por todas las vidas que se habían perdido, por todos los sueños que habían sido enterrados.
Finalmente, habló, con voz suave pero firme.
—Tú también perdiste mucho, Katerina. Perdiste a tu hijo, a tu nuera, a tu nieta. Como madre... no puedo ni imaginar ese dolor.
Los ojos de Katerina se llenaron de lágrimas, lágrimas que dejó caer sin vergüenza.
—El dolor de perder un hijo... —comenzó, con la voz rota—.
Es como si te arrancaran una parte de ti misma.
Como si el universo estuviera al revés. Los padres no deberían enterrar a sus hijos.
Va contra el orden natural de las cosas.
Y perder a Keisi también, a mi dulce nieta que apenas había comenzado a vivir...
—Se detuvo, llevándose una mano temblorosa al pecho—.
Hay días, incluso todavía ahora, veinticuatro años después, en los que me despierto y se me olvida que se han ido.
Y luego la realidad me golpea de nuevo, y es como si el accidente hubiera ocurrido ayer.
Aria se movió para colocarse más cerca, y pasó un brazo alrededor de los hombros de Katerina, dejando que se apoyara contra ella.
—¿Cómo lo soportaste? —preguntó en voz baja—. ¿Cómo sigues adelante después de algo así?
Katerina respiró hondo.
—No te recuperas —dijo—. Nunca te recuperas del todo.
El dolor no desaparece. Solo... cambia. Se vuelve parte de ti.
Aprendes a vivir con él, como aprendes a vivir con una cicatriz.
Algunos días es solo un dolor sordo en el fondo.
Otros días te golpea con la fuerza de un huracán y te quedas sin aliento.
Pero sigues adelante. Porque tienes que hacerlo.
Porque la gente que amas, la gente que perdiste, querría que lo hicieras.
—Y porque Ulises te necesitaba —añadió Aria.
—Sí. —Katerina asintió—. Porque Ulises me necesitaba. Y en cierto modo, salvarlo a él me salvó a mí. Me dio un propósito cuando todo lo demás parecía no tener sentido. Me obligó a levantarme cada mañana, a seguir respirando, a seguir viviendo. Porque él necesitaba que fuera fuerte.
Permanecieron sentadas así durante un minuto, abrazadas en el sofá, con el sonido de la lluvia de fondo, y el álbum de fotos cerrado sobre las rodillas de Katerina como un testamento silencioso de todo lo que se había perdido.
Finalmente, Katerina se enderezó, secándose los ojos con el pañuelo de encaje que siempre llevaba en el bolsillo del vestido.
—Perdóname —dijo con una sonrisa amarga—. No pretendía convertir esto en una sesión de terapia. Te he arrastrado a un viaje por mis tristes recuerdos en una tarde lluviosa. Qué forma tan deprimente de pasar el tiempo —añadió, haciendo alarde de su sentido del humor.
—No te disculpes —dijo Aria—. Nunca te disculpes por recordar a las personas que amaste. Nunca.
Katerina le sonrió. Fue un gesto lleno de afecto y agradecimiento.
—Eres una buena chica, Aria Shaw. —Apretó la mano de Aria—.
Y ahora entiendes un poco mejor por qué mi nieto es como es.
Por qué lo empujo tanto a abrirse, a vivir, a dejar entrar a alguien.
Porque he visto lo que la soledad le está haciendo.
He visto cómo se está convirtiendo en una sombra de lo que podría ser.
Aria asintió lentamente, pensando en Ulises. En sus ojos verdes que parecían guardar tormentas. En sus murallas de hielo. En la forma en que controlaba cada aspecto de su vida porque era lo único que le daba seguridad.
«Un niño que perdió todo —pensó—. Que creció demasiado rápido. Que enterró sus sueños para cumplir con un deber que nunca debería haber sido suyo.»
Y de repente, todas las irritantes excentricidades de Ulises, todas sus manías obsesivas, sus listas absurdas, su necesidad de control, su incapacidad para relajarse... todo tenía sentido.
No eran solo rasgos de personalidad molestos.
Eran mecanismos de supervivencia.
Eran las herramientas que un niño traumatizado había desarrollado para navegar un mundo que le había enseñado, de la manera más cruel posible, que nada era seguro, que nada era permanente, que todo lo que amabas podía ser arrebatado en un instante. En un solo instante.
«Oh, Ulises», pensó, sintiendo una ola de empatía tan fuerte que casi la ahogó.
Katerina debió ver algo en su expresión porque sonrió.
—Ahora lo ves —dijo—. Ahora lo entiendes.
—Sí —admitió Aria—. Creo que sí.
Katerina pasó una mano sobre la cubierta de cuero del álbum con cariño. Tomó aire.
—Me alegro de habértelo contado —dijo—. Necesitaba que lo supieras.
Porque cuando Ulises inevitablemente haga algo que te enfade, y lo hará, quiero que recuerdes esta conversación.
Quiero que recuerdes al niño que hay detrás de las murallas.
El niño que todavía está perdido en aquel mar oscuro, esperando que alguien vaya a rescatarlo.
Las palabras de Katerina resonaron en el silencio del salón.
Aria las absorbió, guardándolas en algún lugar profundo de su corazón, sabiendo que quizá las necesitaría.
La lluvia seguía cayendo sobre Ítaca.