La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 20 #2
30%

CAPÍTULO 20 #2

—Hubo una tormenta repentina sobre el mar.

Una de esas tormentas que aparecen de la nada, sin advertencia.

Dimitrios era un buen piloto, pero no tenía experiencia en condiciones meteorológicas adversas.

Trató de encontrar un lugar para aterrizar, pero...

—Katerina cerró los ojos—. La avioneta cayó al mar. A unos quince kilómetros de la costa.

Aria sintió lágrimas picándole en los ojos. No dijo nada. No había nada que decir. Solo apretó la mano de Katerina con más fuerza.

—Dimitrios, Melina y Keisi murieron en el impacto —continuó Katerina, con una voz que sonaba como si viniera de muy lejos—.

Ulises... Ulises fue el único superviviente.

Un pescador lo encontró horas después, aferrado a un trozo del fuselaje, como ya te comenté, flotando en el agua.

Tenía hipotermia severa. Estaba delirando.

Llamaba a su madre, a su padre, a su hermana...

«Dios mío», pensó Aria, sintiendo como si algo pesado le oprimiera el pecho.

Un niño de ocho años. Solo en el mar oscuro. Viendo morir a toda su familia. Esperando, con el agua helada rodeándolo, sin saber si vendría ayuda o si también él moriría allí.

Era una pesadilla. Una pesadilla que ningún niño debería experimentar jamás.

—Lo llevaron en helicóptero al hospital de Atenas —dijo Katerina—. Pasó tres días en cuidados intensivos. Los médicos no estaban seguros de si sobreviviría. Pero Ulises... —Una sonrisa triste cruzó su rostro—. Mi nieto es un luchador. Siempre lo ha sido. Sobrevivió.

—Pero a qué costo —murmuró Aria, más para sí misma que para Katerina.

—Sí, ¿a qué costo? —Katerina abrió los ojos y miró a Aria—. Sobrevivió físicamente. Pero algo en él... algo en él murió en aquel mar junto con el resto de su familia.

Pasó la página del álbum de nuevo, y había una fotografía de Ulises en el hospital.

Debía haber sido tomada días o semanas después del accidente.

Era su cumpleaños, porque estaba rodeado de globos y guirnaldas.

Se encontraba sentado en la cama, con vendajes en los brazos, mirando fijamente a la cámara con una expresión completamente vacía.

Sin lágrimas. Sin emoción. Solo... vacío.

Los ojos de ese niño no pertenecían a un niño de ocho años. Ya no. Pertenecían a alguien que había visto demasiado, que había perdido demasiado.

—Durante un mes completo, no habló —dijo Katerina en voz baja—.

Ni una palabra. Los médicos dijeron que era shock postraumático severo.

Probaron terapia, medicamentos, todo. Pero Ulises simplemente...

se había ido. Físicamente estaba allí, en su habitación, comiendo cuando le llevaban la comida, durmiendo cuando le decían que durmiera.

Pero no era él. Era como si su alma hubiera decidido esconderse en algún lugar profundo dentro de sí mismo donde nada pudiera alcanzarla.

Aria sintió que las lágrimas finalmente se desbordaban, rodando silenciosamente por sus mejillas.

—Katerina... —susurró—. No puedo ni imaginar...

—Yo tampoco podía —dijo ella—. Estaba destrozada por mi hijo, por Elena, por mi preciosa Keisi. Pero tenía que ser fuerte por Ulises. Porque él me necesitaba. Así que me tragué mi dolor, guardé mis lágrimas para cuando estaba sola, y me dediqué completamente a él. En cuerpo y alma.

Pasó más páginas. Había fotografías de Ulises a lo largo de los años siguientes.

Nueve años, diez, once.

En todas ellas, había algo diferente en su expresión. Seriedad. Distancia. Como si se le hubiera olvidado cómo sonreír.

—La primera vez que habló fue para preguntarme si había sido su culpa —dijo Katerina, y su voz se quebró completamente—.

Me preguntó si había hecho algo malo. Si por eso Dios se había llevado a su familia y lo había dejado a él.

Un niño de ocho años, Aria. Preguntándome si merecía vivir cuando los demás habían muerto.

Aria ya no intentaba contener las lágrimas. Dejó que cayeran libremente, sintiendo el peso aplastante de la tragedia que Katerina estaba compartiendo con ella.

—¿Qué le dijiste? —preguntó con voz temblorosa.

—Le dije la verdad. Que no había sido su culpa.

Que a veces suceden cosas terribles sin razón, sin justicia, sin sentido.

Que Dios, o el universo, o el destino, o lo que sea que controla estas cosas, no lo estaba castigando.

Que sus padres y su hermana lo amaban y querrían que viviera. Que viviera por todos ellos.

—¿Te creyó?

—No lo sé. —Katerina negó con la cabeza—. Creo que quería creerme. Pero también creo que, en algún profundo rincón de su mente, la culpa se quedó. Enquistada. Infectando todo.

Pasó otra página, y ahí estaba Ulises a los trece o catorce años, de pie junto a un caballete con un lienzo. Incluso en la fotografía, Aria podía ver el boceto de un velero que estaba pintando. Los trazos eran seguros, precisos, llenos de vida.

—Seguía dibujando —dijo Katerina—. Incluso después del accidente. Era su forma de procesar el mundo, supongo. O el dolor. De darle sentido a las cosas cuando nada tenía sentido. Los profesores del colegio decían que tenía un don. Que podría estudiar Bellas Artes si quisiera. Que podría ser artista.

Aria miraba la fotografía, fascinada.

—¿Y qué pasó? —preguntó, aunque parte de ella ya sabía la respuesta.

Katerina suspiró. Fue un suspiro pesado que parecía llevar el peso de años de dolor.

—Pasó la empresa. La empresa familiar que Dimitrios había hecho crecer.

Después de su muerte, quedó en manos de administradores externos durante años.

Yo traté de manejarla lo mejor que pude, pero no era mi área.

Y para cuando Ulises cumplió dieciocho años, las cosas estaban mal.

Muy mal. La empresa estaba al borde de la bancarrota.

Íbamos a perder todo por lo que Georgios y Dimitrios habían trabajado.

—Y Ulises... —Aria comenzó.

—Ulises decidió que era su responsabilidad salvarla —terminó Katerina—.

Tenía dieciocho años, acababa de graduarse en el instituto, y en lugar de ir a la universidad a estudiar arte como soñaba, se inscribió en Economía y Administración de Empresas.

Dijo que era su deber. Que su padre había confiado en él para proteger el legado familiar.

Que no podía ser egoísta y perseguir sueños cuando había una empresa que salvar.

«Dieciocho años —pensó Aria—. Apenas un niño. Renunciando a sus sueños porque sentía que era su obligación.»

—Traté de convencerlo de que no lo hiciera —continuó Katerina—.

Le dije que podíamos vender la empresa, que podíamos vivir más modestamente, que su felicidad era más importante que cualquier negocio.

Pero él no me escuchó. Ya había tomado la decisión.

Y cuando Ulises toma una decisión... —Sonrió con tristeza—.

Bueno, ya lo conoces un poco. Es más terco que una mula griega.

Aria asintió, pensando en todas las veces que había chocado con la terquedad de Ulises en el poco tiempo que llevaba trabajando allí.

—¿Y logró salvar la empresa? —preguntó.

—Oh, sí. —El orgullo se mezcló con la tristeza en la voz de Katerina—.

No solo la salvó. La transformó. La convirtió en un imperio.

Trabajó como un obseso durante años. Noches sin dormir, sacrificando fines de semana, invirtiendo todo su tiempo y su energía en la empresa.

Con veinticinco años había triplicado su valor.

Con treinta, era uno de los empresarios más exitosos de Grecia.

Pasó la página del álbum, mostrando fotografías más recientes. Ulises en traje, cortando cintas en inauguraciones. Ulises estrechando manos con mandatarios. Ulises en la portada de revistas de negocios.

En todas ellas, se veía profesional, exitoso, poderoso.

En ninguna se veía feliz.

—Pero el precio... —murmuró Aria.

—El precio fue su alma —dijo Katerina—. Se convirtió en lo que pensaba que necesitaba ser.

Alguien frío, calculador, con todo bajo control.

Construyó murallas tan altas alrededor de su corazón que ni siquiera yo puedo alcanzarlo a veces.

Sus relaciones... —Negó con la cabeza—… nunca duran más de unas pocas semanas.

Se aburre, o se asusta, o simplemente decide que no vale la pena el riesgo emocional.

Prefiere la soledad a la posibilidad de perder a alguien de nuevo.

«Aprendió con ocho años que las personas a las que amas pueden desaparecer en un instante —pensó Aria—. Que abrir el corazón significa arriesgarse a un dolor insoportable. Así que decidió no abrirlo nunca más.»

—Es tan triste —dijo en voz alta, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Y tan injusto. Era solo un niño.

—Lo sé. —Katerina cerró el álbum suavemente, como si estuviera cerrando un libro sagrado—.

A veces lo que construimos para protegernos acaba convirtiéndose en nuestra prisión.

Ulises construyó esas murallas para mantenerse a salvo, pero ahora está atrapado dentro de ellas.

Solo. Trabajando sin parar porque si se detiene, si realmente se detiene y siente... teme que el dolor lo destruya.