La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

La tarde había caído sobre Ítaca con ese gris plateado característico de los días de lluvia en el Mediterráneo.

No era la tormenta que sacudía árboles y azotaba ventanas, sino esa lluvia suave, persistente y melancólica que convertía el mar en una extensión de estaño y envolvía la isla en una niebla etérea que difuminaba los contornos del mundo.

Aria iba por el pasillo con una taza de manzanilla humeante entre las manos, con cuidado de no derramar ni una gota sobre el inmaculado suelo.

Katerina había pedido algo caliente para combatir la humedad que se filtraba por las ventanas, y Matilde, que estaba ocupada preparando la cena, le había pedido a Aria que se lo llevara al salón principal.

El sonido de la lluvia repiqueteando contra los cristales creaba una banda sonora hipnótica, casi meditativa.

Aria siempre había encontrado algo reconfortante en los días lluviosos.

Le recordaban a su infancia en Atenas, acurrucada junto a su yiayá Calíope mientras la anciana le contaba historias de dioses y héroes, con el aroma del spanakópita horneándose en la cocina y el sonido de la lluvia como telón de fondo.

«Los días grises son para recordar —solía decir su abuela—. El sol es para vivir, pero la lluvia es para pensar.»

Cuando Aria entró en el salón, encontró a Katerina sentada en el sofá junto a la ventana, envuelta en un chal de color crema. Pero no estaba mirando la lluvia. Su atención estaba completamente absorta en algo que descansaba sobre sus rodillas.

Un álbum de fotos.

No era uno de esos álbumes modernos con páginas plastificadas y diseños minimalistas.

No. Era antiguo, con la cubierta de cuero marrón desgastado por años de uso, con las esquinas dobladas y manchas que hablaban de manos que lo habían abierto cientos de veces.

Un álbum que no solo contenía fotografías, sino historias.

Memorias. Fantasmas del pasado capturados en papel.

—Katerina... —Aria se acercó con suavidad, como si temiera interrumpir un momento sagrado—. Te he traído la manzanilla que has pedido.

Katerina levantó la vista, y Aria notó de inmediato que sus ojos verdes, normalmente brillantes y llenos de ironía, estaban vidriosos.

—Ah, cariño. Gracias. —Katerina hizo un gesto hacia la mesa auxiliar—. Déjalo ahí. Y siéntate conmigo, si no tienes nada mejor que hacer que acompañar a una anciana nostálgica en una tarde lluviosa.

—No hay nada mejor que hacer —respondió Aria con sinceridad y una sonrisa, dejando la taza y acomodándose en el sofá junto a Katerina.

Ella le dedicó también una sonrisa pequeña pero cálida, luego volvió su atención al álbum.

—Estaba guardando algunas cosas en el desván esta mañana —comenzó a explicar, pasando un dedo arrugado sobre la cubierta de cuero—.

Organizando, tirando lo que ya no sirve.

Y encontré esto. —Hizo una pausa, como si las siguientes palabras pesaran—.

No lo había abierto en meses. Supongo que...

supongo que la lluvia me ha puesto melancólica.

Aria se inclinó ligeramente, curiosa pero con respeto, sin querer invadir su privacidad.

—¿Es un álbum familiar? —preguntó con voz suave.

—Sí. —Katerina abrió la cubierta con cuidado, revelando la primera página.

Había una fotografía en blanco y negro, ligeramente descolorida por el tiempo, de una joven pareja el día de su boda.

El hombre era alto, con el pelo oscuro peinado hacia atrás y una sonrisa orgullosa.

La mujer era delgada y de aspecto delicado, con un vestido de novia que parecía hecho de nubes y una expresión de felicidad tan pura que casi dolía mirarla—.

Esta soy yo, y él es Georgios, el abuelo de Ulises.

Aria estudió la fotografía con atención. La Katerina de la imagen debía tener veintipocos años, con la belleza clásica de las actrices griegas de los años cincuenta: grandes y expresivos ojos, pómulos altos y una sonrisa que iluminaba toda la imagen.

—Eras preciosa —dijo Aria con sinceridad.

— Era es la palabra clave. —Katerina soltó una risilla seca—.

Ahora soy una versión arrugada de aquella chica.

Pero bueno, ochenta y cuatro años te hacen eso.

El tiempo es un ladrón despiadado, Aria.

Te roba la juventud, la belleza, la energía...

pero al menos tiene la decencia de dejarte los recuerdos.

—Sigues siendo preciosa, Katerina. Quien tuvo, retuvo —dijo Aria.

Katerina no pudo evitar sonreír.

—Gracias.

Pasó la página, revelando más fotografías. Georgios y Katerina en la playa, ella con un traje de baño de una pieza y él con pantalones arremangados, ambos riendo. Georgios sosteniendo un bebé envuelto en una manta blanca. Katerina embarazada, con las manos sobre el vientre abultado.

—Este era mi hijo, Dimitrios. —La voz de Katerina se suavizó al pronunciar el nombre, volviéndose casi una caricia—.

El amor de mi vida. Bueno, uno de ellos.

Junto con Georgios, por supuesto. Pero un hijo...

—Se detuvo, buscando las palabras—. Un hijo es algo diferente.

Es tu corazón caminando fuera de tu cuerpo.

Aria sintió un nudo formándose en la garganta. Sabía lo que vendría después. Katerina ya le había contado, brevemente, la tragedia que había sacudido a la familia. Pero una cosa era oír un resumen y otra muy distinta era ver las fotografías, ver las caras sonrientes de personas que ya no estaban.

«Los muertos dejan de ser abstractos cuando les pones cara», pensó.

Katerina pasó más páginas. Dimitrios creciendo. Un niño con las rodillas raspadas y una sonrisa traviesa. Un adolescente serio con un libro bajo el brazo. Un joven graduándose de la universidad con la toga y el birrete.

—Era brillante. —El orgullo maternal impregnaba cada palabra—.

Inteligente, ambicioso. Estudió Economía y Administración de Empresas en Londres.

Volvió a Grecia y se hizo cargo de la empresa familiar cuando Georgios murió.

Yo pensé que... —Su voz se quebró ligeramente—.

Pensé que tendría décadas por delante. Que vería a mis nietos crecer, que envejecería con dignidad sabiendo que mi legado estaba en buenas manos.

Pasó la página, y ahí estaba.

Aria se quedó sin aliento.

Dimitrios, ya adulto, con el mismo aire de autoridad contenida que Ulises heredaría años después. A su lado, una atractiva mujer de pelo castaño claro y sonrisa dulce, con los brazos alrededor de dos niños.

Una niña de unos diez años, con coletas y un vestido de flores, sonriendo con el entusiasmo despreocupado de la infancia.

Y un niño.

Ulises.

Aria lo reconoció de inmediato, aunque debía tener solo siete u ocho años en la fotografía. El mismo pelo negro, los mismos ojos verdes intensos, pero había algo en su expresión... algo ligero. Felicidad. Sin las capas de hielo y distancia que ahora caracterizaban su rostro.

Estaba riendo en la foto, con la boca abierta en una carcajada y los ojos arrugados por la alegría.

«Dios —pensó Aria—. Era solo un niño. Un niño normal y feliz.»

—Esta es Elena, mi nuera —dijo Katerina, señalando a la mujer—.

Era profesora de literatura. Dulce, inteligente, con una paciencia infinita.

Amaba a Dimitrios con una devoción que yo solo había visto en las novelas románticas.

Y esta... —Su dedo se movió hacia la niña—.

Esta era Keisi, mi nieta mayor. Tenía diez años cuando...

—Se detuvo, incapaz de terminar la frase.

Aria tomó la mano libre de Katerina y la apretó con suavidad.

—No tienes que contarlo si no quieres —dijo.

—No, estoy bien. —Katerina respiró hondo, como si estuviera reuniendo fuerzas—. Creo que necesito contarlo. Al menos una vez más. Para que alguien más lo sepa. Para que no sean solo fantasmas en mi cabeza.

Pasó la página de nuevo, y había más fotografías.

La familia en la playa. Ulises construyendo castillos de arena. Keisi persiguiendo olas. Dimitrios cargando a ambos niños sobre sus hombros. Melina riéndose bajo un sombrero de paja.

Momentos congelados en el tiempo. Fragmentos de una vida que ya no existía.

—Fue un sábado de marzo —comenzó Katerina, con la voz baja pero firme—.

Hace veinticuatro años. Dimitrios había comprado una avioneta pequeña el año anterior.

Le encantaba volar. Decía que era la única forma en que su mente se callaba, cuando estaba allá arriba entre las nubes.

Melina siempre estaba nerviosa cuando volaba, pero confiaba en él.

Y Keisi... Keisi estaba emocionada. Volvían de pasar el fin de semana en Cefalonia.

Habían ido a celebrar el cumpleaños de Melina en un pequeño hotel junto al mar.

Aria podía ver la escena desarrollándose en su mente como una película. Una familia feliz preparándose para un fin de semana perfecto. Sin saber lo que vendría.

—Ulises iba con ellos —continuó Katerina—.

Tenía ocho años. Estaba emocionado porque su padre le había prometido enseñarle cómo funcionaba la avioneta.

Le había comprado un cuaderno nuevo para que dibujara durante el vuelo.

Ulises siempre estaba dibujando en aquella época.

Casas, barcos, pájaros, personas... Tenía un talento natural.

«¿Dibujando? —pensó Aria con sorpresa—. ¿Ulises dibujaba?»

Era difícil imaginar al hombre que redactaba manuales de cuarenta y siete páginas sobre «Protocolos de Asistencia» y controlaba cada aspecto de su vida con una obsesión matemática, como un niño artista, perdido en su mundo de creatividad.

—Despegaron al mediodía —dijo Katerina—. El clima estaba perfecto. Cielo azul, sin una nube. Yo los despedí desde la terraza, los vi subir a la avioneta, los vi despegar... Y a la vuelta… —Su voz se rompió—. Fue la última vez que vi a mi hijo, a mi nuera y a mi nieta con vida.

La lluvia golpeaba contra las ventanas con más fuerza ahora, como si el cielo estuviera llorando por la historia que estaba contando Katerina.