CAPÍTULO 19
El timbre de Villa Penélope sonó exactamente a las cinco de la tarde.
Aria estaba precisamente en el lugar equivocado en el momento equivocado (o tal vez el lugar correcto en el momento correcto, dependiendo de cómo se mirara), cruzando el vestíbulo de camino a la cocina, con una bandeja vacía que había recogido de la habitación de Katerina.
Se había terminado su té de menta de media tarde antes de salir un rato al jardín para que le diera aire fresco y sol.
El timbre sonó de nuevo, más insistente, y Aria suspiró, dejando la bandeja sobre el aparador junto al espejo antiguo de marco dorado.
—Ya voy, ya voy —murmuró para sí misma, aunque quien fuera que estuviera al otro lado de la puerta obviamente no podía escucharla.
Se echó un vistazo rápido en el espejo mientras pasaba delante de él, más por hábito que por vanidad. Tenía el pelo recogido en una cola de caballo práctica. Llevaba pantalones blancos de lino, una blusa de flores de distintos colores y unas sandalias planas.
Lo que no esperaba cuando abrió la puerta de roble macizo era encontrarse con el tipo de hombre que parecía haber salido directamente de un anuncio de colonias.
Alto, probablemente rondando el metro ochenta, con el pelo negro como la tinta, peinado hacia atrás, aunque un par de mechones le caían por la frente. Ojos azules brillantes, mandíbula angular, y un traje gris oscuro que se ajustaba a su figura atlética.
Llevaba un maletín de cuero marrón en una mano y una sonrisa en el rostro que podría derretir mantequilla a veinte pasos.
—Buenas tardes —dijo. Su voz era agradable, con un ligero acento—. Soy Ezio Marcetti. Tengo una cita con la Señora Diakos.
—Sí, la señora Diakos lo está esperando —respondió Aria, haciéndose a un lado para dejarlo pasar—. Adelante, por favor.
Ezio entró en el vestíbulo, y Aria notó cómo sus ojos recorrieron el espacio. Pero después sus ojos volvieron a ella, y Aria sintió el peso de su mirada.
—¿Y tú eres...? —preguntó Ezio, y había algo en su tono, una calidez que iba más allá del encanto superficial, que hizo que Aria bajara ligeramente la guardia.
—Aria Shaw. Soy la cuidadora de la señora Diakos.
—Aria —repitió Ezio, como si estuviera probando el nombre, saboreándolo—. Como el término musical. Precioso.
«Punto para él por saber algo de cultura», admitió Aria para sus adentros, aunque mantuvo su expresión neutral.
—O como «aire» en italiano —respondió.
—Entonces tus padres tenían buen gusto. —La sonrisa de Ezio se amplió, y Aria notó que tenía hoyuelos en las mejillas cuando sonreía—. Aunque supongo que eso es obvio.
Aria sintió una sonrisa tirando de sus propios labios a pesar de sí misma.
—La señora Diakos está en el jardín —dijo, ignorando elegantemente el cumplido—. Si me sigue, lo llevaré con ella.
—Encantado de seguirte a cualquier parte —respondió Ezio, y aunque era completamente cursi, la forma en que lo dijo, con suficiente humor como para sugerir que él mismo sabía que era ridículo, hizo que Aria volviera a sonreír.
Lo guio a través de la casa, consciente de su presencia detrás de ella.
Pasaron por delante de la cocina, donde Matilde estaba preparando lo que olía como spanakopita , la tarta de espinacas que Katerina adoraba.
—¿Cuándo has empezado a trabajar para Katerina Diakos? —preguntó Ezio mientras caminaban hacia el jardín.
—Hace dos semanas —respondió Aria.
—Yo llevo manejando los asuntos legales de la familia desde hace cinco años. Principalmente propiedades y rentas. Nada demasiado emocionante, creo —bromeó.
—El trabajo legal raramente es emocionante para cualquiera que no sea abogado —observó Aria.
Ezio rio.
—Tienes razón. Aunque diría que depende del tipo de derechos. El derecho penal tiene sus momentos —dijo.
—Pero tú no te dedicas al derecho penal, ¿no?
—Dios, no. —Ezio hizo una mueca—. Demasiado drama, demasiadas emociones. Prefiero los contratos y las propiedades. Números, cláusulas, términos definidos...
Esa vez fue Aria quien rio.
Salieron al jardín, donde el sol de la tarde bañaba todo en luz dorada. El aroma dulce de los jazmines flotaba en el aire.
Katerina estaba sentada en su lugar favorito bajo la pérgola, rodeada de plantas trepadoras y flores, y con una jarra de limonada en la mesa. Llevaba un vestido floreado blanco, y sus ojos se iluminaron cuando vio a Ezio.
—¡Ezio! —exclamó con evidente placer—. Siempre tan puntual.
—Para ti, Katerina, siempre —respondió él, acercándose para besar su mano con un gesto que debería haber parecido anticuado, pero que de alguna manera funcionaba perfectamente—. Te ves radiante.
—Adulador —dijo Katerina, claramente encantada—. Pero eres un adulador encantador, así que te perdono. Siéntate, siéntate. Matilde nos ha traído limonada fresca.
Aria observó el intercambio en silencio. La relación entre Katerina y Ezio tenía la calidez y la confianza de años de familiaridad.
Katerina dirigió la mirada a Aria.
—Aria, ¿conoces a Ezio? —preguntó.
—Nos hemos presentado en la puerta —respondió ella.
—Ezio es el abogado de la familia y amigo.
Aria asintió.
—Os dejó solos para que habléis —dijo.
—Gracias, cariño. Esto va a ser terriblemente aburrido. Números y contratos y términos legales que harían dormir a cualquiera.
Aria y Ezio se echaron a reír.
—Si necesitas algo, Katerina, solo tienes que llamarme —dijo Aria.
—Por supuesto.
Aria se giró para irse.
Pero justo antes de cruzar el umbral para entrar en la casa, sintió los ojos de Ezio sobre ella otra vez.
Katerina Diakos no había vivido ochenta y cuatro años sin desarrollar un radar afinado para ver cuando a alguien le gustaba otro alguien. Y en aquel momento, ese radar vibraba.
Ezio había sacado los documentos de su maletín con su eficiencia habitual, había comenzado su revisión trimestral de las rentas de propiedades con su profesionalidad característica, pero había algo en él (una distracción en sus ojos, una ligera sonrisa jugando en sus labios) que no había estado allí en reuniones anteriores.
Katerina lo observó mientras discutían los detalles aburridos de los contratos de arrendamiento y los distintos alquileres, esperando su momento.
Y entonces, exactamente como había predicho, Ezio hizo una pausa en medio de una frase sobre regulaciones de inquilinos y preguntó, con un tono que intentaba ser casual pero que no lo era:
—Tu nueva cuidadora parece... encantadora.
—¿Aria? —dijo Katerina, manteniendo su propia voz perfectamente neutral—. Sí, es maravillosa. Brillante, dedicada.
Ezio asintió, sus dedos tamborilearon ligeramente contra el borde de su carpeta de documentos.
—Me ha dicho que lleva dos semanas trabajando aquí.
—Sí, así es.
—¿Y es del pueblo?
—No, es de Atenas. —Katerina tomó un sorbo de su limonada, dejando que el silencio se extendiera—. ¿Por qué lo preguntas?
Los ojos de Ezio se movieron hacia la casa, como si pudiera ver a través de las paredes el lugar donde estaba Aria.
—Simple curiosidad —dijo, pero su sonrisa lo traicionaba—. Es que es inusual encontrar a alguien tan... refrescante.
«Refrescante —pensó Katerina—. Qué palabra tan cuidadosamente elegida.»
—Es una chica completamente dedicada a su trabajo. Muy profesional. No es del tipo que se distrae fácilmente —comentó Katerina.
Algo en la expresión de Ezio sugería que había aceptado eso como un desafío más que como una advertencia.
—Las mejores cosas en la vida requieren esfuerzo —dijo.
Katerina sonrió detrás de su vaso de limonada. Estaba claro que a Ezio le había gustado Aria.
Continuaron con la revisión de los documentos, pero Katerina notó que la atención de Ezio seguía desviándose de vez en cuando hacia la casa, como si esperara ver a Aria aparecer de nuevo.
Una hora más tarde, cuando todos los papeles habían sido puestos al día y firmados, Ezio guardó los documentos en el maletín.
—Como siempre, Katerina, todo está en orden —dijo—. Te veré de nuevo la próxima semana.
—A menos que me muera antes —respondió Katerina en broma.
—No te atreverías. ¿Quién más me daría limonada casera y me llamaría «muchacho» de esa forma tan cariñosa?
Katerina se rio, dándole palmaditas en la mejilla con afecto.
—Eres un buen muchacho, Ezio. Tu padre estaría orgulloso de ti.
Algo suave pasó por los ojos de Ezio ante la mención de su padre, que había fallecido dos años atrás, pero su sonrisa se mantuvo firme.
—Eso espero.
—Lo estaría. —Katerina se levantó lentamente de la silla, aceptando el brazo que Ezio le ofrecía—. Ahora, déjame acompañarte a la puerta antes de que mis huesos viejos decidan que ya no quieren cooperar más hoy.
Caminaron lentamente de vuelta a través del jardín y entraron en la casa. Y mientras cruzaban el pasillo principal, el destino, o tal vez solo la coincidencia, intervino.
Aria estaba subiendo las escaleras, llevando una pila de toallas limpias al baño de Katerina. Los mechones de pelo de la coleta capturaban la luz de la tarde.
Se detuvo al verlos, y Katerina no perdió la forma en que los ojos de Ezio se iluminaron, en cómo se irguió.
—Ya me voy —se apresuró a decir Ezio—. Ha sido un placer conocerte, Aria.
—El placer ha sido mío —respondió ella, cordial.
—Espero que no sea la última vez —dijo Ezio, y había algo en su tono, serio debajo del encanto, que hizo que Katerina levantara las cejas.
Aria se limitó a asentir.
Se sostuvieron la mirada durante unos segundos. Ezio finalmente se volvió hacia Katerina, besando su mano una vez más.
—Gracias, Katerina. Ha sido un placer, como siempre.
—Para mí también, querido muchacho. —Katerina le dedicó una sonrisa.
Los ojos de Ezio se movieron hacia Aria.
—Hasta la próxima, Aria.
—Hasta la próxima —respondió ella.
Ezio dio media vuelta, abrió la puerta y salió.