La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 18 #2
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CAPÍTULO 18 #2

«Porque cuando la he mirado esta mañana, algo en mí quería enseñarle la isla —pensó Ulises, pero esas palabras se quedaron firmemente atrapadas en su garganta—.

Porque cuando mi abuela mencionó lo del helicóptero, sus ojos se iluminaron con una emoción que no he visto en años.

Porque la idea de verla sonreír desde arriba de las nubes hizo que mi agenda perfectamente planeada de repente pareciera... menos importante.»

—Quería complacer a mi abuela —dijo en voz alta, manteniendo su tono neutral—. Está envejeciendo, Tobías. Su salud es frágil. Si algo tan simple como llevar a su cuidadora a volar la hace feliz, ¿por qué no hacerlo?

Tobías lo estudió durante un largo rato, y Ulises tuvo la incómoda sensación de que su amigo veía directamente a través de cada palabra que salía de su boca para construir su relato.

—¿Sabes qué creo? —dijo.

—¿Qué?

—Que tu abuela está tratando de emparejarte —contestó Tobías finalmente, con la misma certeza con la que anunciaría que el sol sale por el este—. Con la cuidadora.

—Por supuesto que lo está intentando. —Ulises soltó los contratos, que cayeron en la mesa—. Mi abuela ha estado tratando de emparejarme con alguien desde que tenía veinticinco años. No es nada nuevo.

—¿Y generalmente respondes llevando a sus candidatas a volar en tu helicóptero?

—Generalmente evito de todas las formas posibles conocer a sus candidatas —dijo Ulises—. Pero esta vez era diferente porque la chica vive en la casa familiar. Es imposible evitarla.

—Ya. —Tobías no sonaba convencido en absoluto—. Es imposible de evitar. Por eso la llevaste a una excursión aérea romántica sobre la isla.

—No fue romántico. Fue... algo por compromiso.

—¿Compromiso? —La risa de Tobías explotó en el despacho como fuegos artificiales—. ¿Compromiso? Ulises, amigo mío, hermano de mi corazón, eres muchas cosas, pero un mentiroso convincente no es una de ellas.

Ulises sintió cómo sus mandíbulas se apretaban.

—No estoy mintiendo. Mi abuela quería que Aria viera Ítaca desde el aire. Yo tenía el helicóptero disponible. Punto.

—¿Y el hecho de que hayas retrasado una reunión importante?

—Puedo reprogramar reuniones cuando quiera. Soy el dueño de la empresa.

—El dueño de la empresa que tiene escrito en su calendario «no mover nunca las reuniones bajo ninguna circunstancia, incluyendo terremotos, huracanes o una guerra nuclear».

—Tobías citó textualmente la frase que le había dicho años atrás a una antigua secretaria a la que se le había ocurrido retrasar una reunión porque el cliente se lo había pedido—. Esa regla. ¿Recuerdas esa regla?

«Mierda», pensó Ulises.

—Las reglas están hechas para tener excepciones —dijo.

—Ah, sí, excepciones. —Tobías asintió fingiendo seriedad—. Excepciones para cuidadores guapas que tu abuela claramente ha seleccionado como la futura señora Diakos.

—No va a haber una futura señora Diakos —dijo Ulises, dejando su taza de café en el escritorio con suficiente fuerza como para hacer un sonido seco—.

Ni ahora, ni nunca. Mi abuela puede tejer todas las fantasías que quiera, puede intentarlo todas las veces que quiera, pero es una tarea completamente inútil.

—¿Por qué es inútil?

—Porque yo no soy un hombre de compromisos, Tobías.

—Ulises se pasó una mano por el pelo, sintiendo la frustración burbujeando en su pecho—.

No soy material de matrimonio. No tengo interés en relaciones serias, en compartir mi vida, en todo ese...

enredo emocional que inevitablemente termina en desastre.

—Eso no es verdad.

—Sí lo es. He visto suficientes matrimonios implosionar para saber que no es para mí.

Mi madre y mi padre apenas podían estar en la misma habitación sin discutir.

El día que tuvimos el accidente mi madre estaba echando a mi padre en cara algo y el perdió el control de la avioneta —dijo Ulises muy serio—.

La mitad de nuestros amigos están divorciados y matándose entre ellos.

El matrimonio es una institución diseñada para decepcionar a todos los involucrados en él.

Y en muchos casos, son los hijos los que terminan pagando los platos rotos.

Tobías se quedó callado durante un momento.

—No todos los matrimonios son como el de tus padres, Ulises —dijo finalmente.

—Muchos sí —atajó él.

—No todas las relaciones tienen que acabar en desastre.

—La mayoría lo hace. —Ulises recogió el contrato de nuevo, señalándolo como evidencia de que la conversación había terminado—.

No me voy a emparejar con nadie, Tobías.

Ni con la cuidadora de mi abuela, ni con ninguna de las candidatas que Katerina pone frente a mí, ni con ninguna mujer. Punto final. Fin de la discusión.

Pero cuando levantó la vista, encontró a Tobías observándolo con una expresión extraña, casi pensativa, que hizo que algo incómodo se removiera en su estómago.

—¿Qué? —preguntó Ulises con brusquedad.

—Nada. —Tobías se levantó lentamente del sillón, pero esa mirada todavía seguía ahí, como si estuviera resolviendo un rompecabezas—. Solo estaba pensando que nunca te había escuchado defenderte de algo que, según tú, no es un problema en absoluto.

—No me estoy defendiendo. Estoy dejando las cosas claras —dijo Ulises.

—Ya… —Tobías caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se dio la vuelta con esa sonrisa en los labios que tanto irritaba a Ulises—. Una última pregunta.

—Tobías...

—¿Cómo estuvo ella? La cuidadora. Mientras volabais sobre Ítaca. ¿Cómo estuvo?

Ulises no pudo evitar pensar en ella. Aria en la cabina del helicóptero, con los ojos muy abiertos llenos de asombro; en su suave risa cuando le señaló las calas escondidas, la forma en que se mordía el labio inferior cuando se concentraba, el aroma a flores que había llenado el espacio cerrado, la sensación eléctrica cuando sus manos se rozaron...

—Estuvo... —Ulises se detuvo, buscando la palabra correcta, la palabra segura, la palabra que no revelara demasiado—. Fue profesional.

Tobías lo estudió durante unos segundos, unos segundos que a Ulises le parecieron una eternidad.

Entonces Tobías sonrió. No con su sonrisa habitual de burla juguetona, sino de un modo más suave, como si supiera algo que Ulises ignorara.

—Claro, profesional —dijo simplemente.

—Tobías... —La voz de Ulises sonó como una advertencia.

—¡Ya me voy! ¡Ya me voy! —Tobías levantó las manos en un gesto de rendición—. Tengo números que repasar de la franquicia de Tesalónica. Te dejo con tus contratos. Pero para que conste, creo que tu abuela podría tener razón sobre ella.

—No digas tonterías.

—No son tonterías. —Tobías se detuvo en el umbral de la puerta—. Y solo para que lo sepas, la última vez que vi esa expresión en tu cara fue hace ocho años, justo antes de que hicieras esa adquisición imposible en Frankfurt que todos dijeron que era una locura.

—Eso fue diferente. Fueron negocios —dijo Ulises.

—¿Sí? —Tobías inclinó la cabeza—. ¿Y cómo terminó?

Ulises apretó la mandíbula.

—Ganamos treinta millones el primer año.

—Exacto. —La sonrisa de Tobías era absolutamente insufrible en aquel momento—. Fue algo impulsivo y exitoso. Tal vez deberías confiar en tus impulsos más seguido.

Y con eso, Tobías salió del despacho, dejando a Ulises solo con sus contratos sin leer, su café enfriándose, y una pregunta molesta que seguía dando vueltas en su cabeza como un disco rayado.

¿Por qué diablos había accedido realmente a llevar a Aria a volar en el helicóptero?

Y la respuesta, que se negaba rotundamente a reconocer en voz alta, sonaba en algún lugar profundo de su pecho.

«Porque quisiste. Simplemente... quisiste.»

Ulises se obligó a mirar los contratos de Helsinki, decidido a enterrar aquel pensamiento bajo montañas de trabajo.

Pero mientras sus ojos leían las cláusulas y números, una imagen apareció en su mente. Ojos color avellana brillando con asombro, una sonrisa que había sido solo para él…

«Joder», pensó.

Pero era Ulises Diakos y el control era lo único que conocía.

—Esto no significa nada. No cambia nada. Todo sigue exactamente como estaba.