La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Uno de los ascensores del edificio Diakos Corporation era una cápsula de cristal y acero que ascendía por el exterior de la torre, ofreciendo vistas panorámicas de Atenas que se desplegaban en cada piso.

La Acrópolis coronando la ciudad como una joya antigua, el bullicio de la plaza Syntagma abajo, el mar Egeo brillando en la distancia...

Era un ascensor diseñado para impresionar, para recordar a cada visitante el imperio que Ulises Diakos habían construido.

Ulises apenas era consciente de ello ya. Después de años subiendo y bajando en aquella misma cabina, las vistas se habían vuelto parte del fondo, como el papel de las paredes de una habitación que uno deja de ver.

Pero aquel día, mientras las puertas se cerraban en el vestíbulo de mármol, su mente estaba en otro lugar.

Específicamente, en una cabina de helicóptero más pequeña, con el aroma a flores flotando en el aire y unos ojos color avellana mirándolo con una mezcla de nerviosismo y asombro que había agitado algo extraño e incómodo en su pecho.

«Concéntrate —se ordenó a sí mismo con severidad, ajustando el nudo de su corbata azul marino—. Tienes tres reuniones esta tarde, doce correos urgentes que atender, y una adquisición que cerrar antes del viernes.»

Las puertas del ascensor se abrieron en el piso veintidós con un suave ping , y Ulises dio un paso adelante justo cuando una figura familiar se deslizaba dentro de la cabina en el último segundo.

—¡Espera, espera, espera! —Tobías prácticamente se lanzó entre las puertas cerrándose. Su maletín de cuero golpeó contra el marco con un ruido sordo—. ¡Gracias a Dios! No quería esperar otros cinco minutos.

Ulises observó a su amigo reorganizar su traje gris perfectamente cortado, pasarse una mano por el pelo rubio oscuro que, como siempre, parecía estar artísticamente despeinado de una forma que seguro que le había llevado veinte minutos dejar así.

—Buenos días, Tobías —dijo Ulises, seco—. Qué entrada tan teatral.

—Es mi especialidad. —Tobías le dedicó una de aquellas sonrisas amplias y despreocupadas que había encantado a medio Atenas y había causado al menos tres escándalos menores en la alta sociedad griega—.

Buenos días, jefe. Aunque técnicamente ya casi es hora de comer, así que tal vez debería decir buenas tardes.

Ulises reprimió el impulso de revisar su reloj de pulsera. Sabía exactamente qué hora era. La una y cuarenta y cinco. Había retrasado su reunión de las once a las cuatro y media, algo que raramente (nunca) hacía.

—Tenía asuntos que atender esta mañana —dijo Ulises en un tono que esperaba que cerrara el tema.

Naturalmente, Tobías ignoró completamente la señal.

—¿Asuntos? —repitió. Sus ojos azules estudiaron a Ulises con una mezcla de curiosidad y diversión que generalmente significaba problemas—.

¿Qué tipo de asuntos requieren que Ulises Diakos, el hombre que una vez asistió a una reunión de accionistas con 40 grados de fiebre retrase su sagrado horario matutino?

El ascensor seguía subiendo silenciosamente. Piso veintitrés. Veinticuatro. Veinticinco.

—¿Ha pasado algo con tu abuela? —La voz de Tobías cambió, y la preocupación sustituyó el tono de burla—. ¿Está bien Katerina?

—Sí, está bien —aseguró Ulises.

Tobías se relajó visiblemente.

—Entonces es por otra cosa. Interesante.

Piso veintisiete. Veintiocho.

—No es interesante. Es algo mundano.

—Ulises —comenzó Tobías con una paciencia exagerada—, tú no haces cosas mundanas. El hecho de que hayas alterado tu rutina significa que algo no es mundano. En absoluto.

Las puertas del ascensor se abrieron en el piso cuarenta y cinco, la planta ejecutiva, revelando un pasillo de diseño minimalista.

Paredes blancas, pisos de mármol gris pulido, arte moderno estratégicamente colocado, y ventanales del suelo al techo que inundaban todo de luz natural.

El logo de Diakos Corporation (una D estilizada entrelazada con una flecha ascendente) dominaba la pared principal en acero bruñido.

La asistente de Ulises, una mujer de cuarenta años con el pelo negro y liso, levantó la vista desde el elegante escritorio de cristal.

—Buenos días, señor Diakos. Señor Makris —saludó con una profesionalidad impecable, aunque Ulises notó el brillo de curiosidad en sus ojos.

Friné era brillante, eficiente, y chismosa cuando creía que nadie estaba prestando atención—.

He reorganizado todas sus reuniones. Los contratos de Helsinki están en su escritorio esperando su revisión, y el equipo legal necesita su firma en los documentos de Dubái antes de las cuatro.

—Gracias. —Ulises asintió mientras pasaba junto a su escritorio—. ¿Café?

—Recién hecho. Jamaicano, fuerte, sin azúcar. Como le gusta —respondió Friné.

—Eres un tesoro nacional —dijo Tobías a la mujer, dedicándole su sonrisa más encantadora.

Friné le devolvió la sonrisa sin poder evitarlo.

—Señor Makris, su equipo ha estado buscándolo. Han dicho algo sobre los números de la franquicia de Tesalónica que no cuadran.

—Claro que no cuadran —suspiró Tobías—. Nada cuadra nunca en la franquicia de Tesalónica. Es como si tuvieran un problema con las matemáticas básicas —se quejó.

Ulises ya estaba caminando hacia su despacho al final del pasillo. Sus pasos resonaban en el mármol con una autoridad incuestionable. Podía sentir a Tobías siguiéndolo, prácticamente podía oír las preguntas burbujeando en el cerebro de su amigo como cuando se agita una botella de champán.

Ulises dejó el maletín junto a su mesa y se desabrochó el botón de la chaqueta del traje.

Tobías se dejó caer sin ceremonia en uno de los sillones de cuero frente al escritorio, cruzando las piernas con esa casualidad estudiada tan particular suya.

—Entonces —dijo—, ¿vas a contarme qué te ha tenido ocupado toda la mañana o tengo que torturarte para sacártelo?

Ulises se sirvió café de la cafetera que Friné había preparado. El aroma delicioso y oscuro llenó el aire de la oficina. Tomó un sorbo, dejando que la cafeína le aclarara las ideas.

«Podrías decirle que has tenido que resolver algunos asuntos personales —sugirió la parte racional de su cerebro.»

«Pero él no lo dejará pasar —respondió la parte que conocía a Tobías desde la universidad.»

—He llevado a alguien a dar una vuelta en el helicóptero —respondió finalmente, manteniendo la voz neutral, como si estuviera informando de los resultados del trimestre.

Tobías parpadeó.

—¿Qué?

—Esta mañana. He llevado a alguien a dar una vuelta por Ítaca en el helicóptero —repitió.

—¿Tú? —preguntó Tobías, como si estuviera traduciendo lo que había dicho de un idioma extranjero—. ¿Ulises «el-helicóptero-es-mi-espacio-sagrado-y-si-me-hablas-mientras-vuelo-te-tiraré-al-mar» Diakos? ¿ Ese Ulises? —enfatizó.

—Sí, ese Ulises —respondió él.

—¿Llevaste a alguien voluntariamente en tu helicóptero? —Tobías se inclinó hacia adelante con el ceño fruncido—. ¿En el mismo helicóptero en el que no me llevaste el año pasado cuando necesitaba desesperadamente llegar a Mykonos para el cumpleaños de Andreas?

—No necesitabas desesperadamente ir a una fiesta de cumpleaños.

—¡Andreas cumplía treinta años! ¡Un hito!

—Llegaste en ferry —dijo Ulises.

—¡Después de tres horas nauseabundas! —Tobías se presionó una mano contra el pecho de forma dramática—.

Tres horas, Ulises. Tres horas viendo a turistas alemanes comiendo souvlaki grasiento mientras el barco se mecía como una montaña rusa enferma.

Todo porque tú dijiste que volar era el tiempo que utilizabas para reflexionar.

A pesar de sí mismo, Ulises sintió una sonrisa elevando las comisuras de sus labios.

—Todavía lo es —dijo.

—Según parece, ya no tanto. —Tobías lo estudió con interés—. Entonces, ¿quién es el afortunado pasajero que logró lo imposible?

Ulises dio otro sorbo de café, dejando que el silencio se extendiera solo lo suficiente para resultar incómodo.

—La cuidadora de mi abuela —dijo finalmente—. Aria.

—Aria —repitió Tobías, y Ulises no necesitaba mirarlo para saber que su amigo estaba sonriendo con una de sus sonrisas de satisfacción insoportables—. La cuidadora de tu abuela que contrastaste hace... ¿cuánto, unas semanas?

—Sí.

—¿Y por qué exactamente la has llevado a volar esta mañana?

Ulises se movió hacia su escritorio y fingió revisar los contratos que Friné había dejado sobre él.

—Porque mi abuela me obligó —dijo.

Las palabras salieron más bruscamente de lo que hubiera querido. Ulises se concentró en la primera página del contrato de Helsinki, aunque no estaba prestando atención.

El sonido que hizo Tobías fue algo entre una risa ahogada y un resoplido de incredulidad.

—¿Te obligó?

—Sí.

—Ulises.

—¿Qué?

—Mírame.

Ulises suspiró, levantando la vista del contrato para encontrar a Tobías observándolo con una expresión que era parte diversión, parte exasperación. Una expresión que conocía muy bien.

—Tú no haces nada por obligación. Nunca —dijo Tobías—. Ulises Diakos no hace cosas que no quiere hacer, sin importar quién se lo pida. Ni siquiera tu encantadora abuela tiene ese poder.

Ulises sintió algo tenso tirando dentro de su pecho, algo incómodo que no quería examinar.

—En esta ocasión ha sido diferente —insistió, consciente de lo débil que sonaba—. Mi abuela estaba... muy persuasiva. Ya la conoces.

—¿Persuasiva cómo? ¿Te amenazó con desheredarte? ¿Te chantajeó con fotos embarazosas de tu infancia? ¿Fingió un ataque al corazón?

—No seas ridículo.

—Entonces ¿por qué lo hiciste? —Tobías se inclinó hacia adelante un poco más.

Sus ojos azules destellaron con la intensidad de un detective que acaba de encontrar una pista—.

Dime una razón real y honesta de por qué el hombre que protege su tiempo libre como si fuera oro, de repente accede a jugar al guía turístico aéreo.