CAPÍTULO 17
El helicóptero fue descendiendo poco a poco sobre el helipuerto de piedra y césped perfectamente cuidado en el extremo del jardín trasero de Villa Penélope. Las aspas cortaban el aire creando remolinos de brisa que hacían ondear las buganvillas cercanas y levantaban pequeños torbellinos de polen.
Ulises apagó los motores, y el rugido atronador se fue apagando gradualmente hasta convertirse en un zumbido, luego en un susurro, y finalmente en silencio. Solo quedó el sonido del viento del Mediterráneo y el canto lejano de las cigarras.
Se quitó los auriculares y miró hacia el asiento del copiloto, donde Aria seguía con los suyos puestos, mirando por la ventanilla con una expresión de asombro todavía pintada en el rostro.
Tenía las mejillas sonrosadas, los ojos brillantes, y un mechón de pelo se había escapado de su cola de caballo durante el vuelo, enmarcando su cara de una manera que Ulises encontró...
perturbadora. En el buen sentido. En el sentido del efecto que provocaba en él.
—Ya hemos llegado —dijo, y su voz sonó más áspera de lo que hubiera querido.
Aria parpadeó, como despertando de un sueño, y se quitó los auriculares.
—Oh. Sí. Claro.
Ulises salió primero, y rodeó el helicóptero para abrir la puerta del lado de Aria.
Era un gesto automático, uno que su abuela le había inculcado desde la infancia («un caballero siempre ayuda a una dama»), pero cuando Aria tomó su mano para descender, sintió una corriente eléctrica que no tenía nada que ver con la caballerosidad.
Los pies de Aria tocaron tierra firme, pero por un momento se tambaleó ligeramente, todavía ajustándose a la solidez después del vuelo. Instintivamente, Ulises puso su otra mano en su cintura para estabilizarla.
—¿Está bien? —preguntó.
—Sí, sí. —Aria dejó escapar una risilla, un poco avergonzada—. Siento las piernas como si fueran de gelatina. No vuelo en helicóptero todos los días.
—La mayoría de la gente no lo hace —comentó Ulises, pero no retiró la mano de inmediato. Y no sabía la razón.
Se quedaron así un momento, más tiempo del estrictamente necesario, con la mano de él todavía en su cintura, los ojos de Aria fijos en los de Ulises. El jardín parecía suspendido alrededor de ellos, esperando.
Entonces Aria dio un paso atrás, soltándose suavemente, y Ulises dejó caer la mano sobre su costado, sintiendo una extraña pérdida ante la ausencia de contacto.
—Señor Diakos… —comenzó ella, y había algo en su voz, algo suave y sincero que hizo que él la mirara directamente—. Gracias. De verdad. Por el paseo en helicóptero. Por mostrarme Ítaca desde el cielo. Ha estado genial.
Ulises se encogió de hombros, incómodo con el agradecimiento.
—No ha sido nada —dijo. Su voz volvió a ese tono neutro y distante que usaba como armadura—. Solo un vuelo corto.
—Para usted tal vez —insistió Aria—. Pero para mí... —Se detuvo, buscando las palabras correctas—. Ha sido mágico. Así que gracias. Por tomarse la molestia.
Ulises sintió algo agitarse dentro del pecho, algo que había mantenido cuidadosamente congelado durante años. No le gustó. O tal vez le gustó demasiado. No estaba seguro de qué era peor.
Asintió con la cabeza.
Metió las manos en los bolsillos de los pantalones, mirando hacia la casa, hacia cualquier lugar menos a esos ojos expresivos de color avellana que parecían ver demasiado.
—Tengo que volver a Atenas —dijo abruptamente—. Me esperan unas cuantas reuniones esta tarde.
—Claro. —Aria asintió, dando un paso atrás, poniendo más distancia física entre ellos—. Y yo debería ir a buscar a su abuela. Para ver si necesita algo de mí.
—Probablemente esté en el jardín —dijo Ulises.
—Iré a buscarla.
—Bien.
—Bien.
Se miraron el uno al otro, y durante un momento, durante un instante fugaz y suspendido en el tiempo, algo pasó entre ellos. Algo sin nombre, algo eléctrico y turbador, y prometedor, todo a la vez.
Los ojos verdes de Ulises volvieron a encontrarse con los de Aria. Pero después, como si se hubiera dado cuenta de lo que estaba pasando, apartó la mirada.
—Que tenga un buen día, señorita Shaw —dijo. Su voz volvió a ese tono profesional y distante característico suyo.
—Usted también, señor Diakos.
Ulises asintió una última vez, se giró sobre los talones, y echó a andar hacia la casa con pasos largos y decididos. Su postura era rígida, como si estuviera huyendo de algo. O huyendo de alguien.
Aria se quedó de pie junto al helicóptero, viéndolo alejarse, con el corazón latiendo de una manera que no tenía nada que ver con la adrenalina del vuelo.
¿Qué acababa de pasar?
Una parte de ella quería correr tras él, llamarlo, preguntarle por qué había puesto esa distancia entre ellos de forma tan abrupta.
Pero otra parte, la parte sensata y racional, le recordó que Ulises Diakos era su jefe (y no cualquier jefe).
Que ella estaba allí para cuidar de su abuela.
Que complicar las cosas sería una terrible idea.
Pero Dios, la forma en que la había mirado ahí arriba, entre las nubes...
Se llevó una mano al pecho, sintiendo cómo su corazón todavía galopaba. La brisa del mar jugaba con su coleta, arrastrando el aroma a sal y jazmín, y el sol calentaba su piel de una manera que la hacía sentirse viva, despierta, consciente de cada sensación.
Se sentía como si estuviera flotando. Como si sus pies no tocaran del todo el suelo. Como si acabara de despertar de un largo sueño y el mundo se hubiera vuelto de repente más brillante, más nítido, más real.
«Te estás metiendo en un lío —se dijo a sí misma—. En un lío gordo.»
Pero incluso mientras pensaba eso, una sonrisa pequeña e involuntaria se estaba dibujando en sus labios. Una sonrisa que no podía controlar, que surgía desde algún lugar profundo en su interior, desde ese lugar donde nacen las esperanzas tontas y los sueños imposibles.
Respiró hondo, tratando de centrarse, de recuperar el equilibrio. Tenía trabajo que hacer. Una anciana encantadora que cuidar. Responsabilidades.
Sin embargo, de pronto se sentía como si estuviera caminando sobre una nube, ligera e ingrávida, suspendida entre el cielo y la tierra, entre la sensatez y la locura, entre lo que era seguro y lo que podría ser extraordinario.
Y aunque era peligroso, Aria decidió que no iba a luchar contra esa sensación.
Al menos, no todavía.
Al menos, no ese día.
Aria encontró a Katerina y Matilde en la terraza, sentadas en la mesa de hierro forjado en la que había una tetera, dos tazas y el plato de loukoumades, que brillaban tentadoramente bajo el sol.
El jardín estaba en su máximo esplendor a esas horas.
Las rosas trepaban por las pérgolas blancas, las lavandas formaban oleadas púrpuras que se mecían con la brisa, y el aire estaba tan cargado del perfume de jazmín y hierba recién cortada que casi se podía saborear.
Mariposas color ámbar danzaban entre las flores de buganvilla, y el sonido distante de las olas del mar se mezclaba con el canto hipnótico de las cigarras.
—¡Ahí está nuestra aviadora! —anunció Katerina con ese tono de triunfo apenas disimulado. Sus ojos brillaban con un entusiasmo que inmediatamente puso a Aria en guardia.
«Oh, no —pensó, reconociendo su expresión. Era la misma que había visto en su yiayá Calíope antes de cada intento de emparejarla con el nieto de alguna amiga—. Esto va a ser un interrogatorio.»
Matilde levantó la vista y sonrió con esa calidez maternal que caracterizaba cada uno de sus gestos.
—Aria, cariño. Ven, siéntate con nosotras. Debes estar agotada después de volar —dijo.
—Hola. —Aria se acercó, tratando de adoptar una expresión de normalidad, como si volar en helicóptero con un multimillonario hosco, pero devastadoramente atractivo fuera algo que hacía todos los días antes de comer—. Estoy bien. Ha sido... relajante.
«Relajante —se burló una vocecita en su cabeza—. Claro, si consideramos “relajante” tener el corazón en la garganta, mientras un hombre con intensos ojos verdes te enseña la isla desde el aire.»
—¿Relajante? —repitió Katerina, arqueando la ceja—. Qué interesante elección de palabra. Anda, siéntate, y cuéntanos todo sobre el vuelo.
Aria se sentó en la silla que Matilde le indicó, y aceptó el vaso de té helado que le ofreció. La verdad era que tenía la garganta seca.
«Estás aquí para trabajar, Aria —se recordó a sí misma con firmeza—. No para flotar en nubes metafóricas pensando en hombres con mandíbulas esculpidas y sonrisas... Deja de pensar en su jodida sonrisa.»
El té helado estaba perfecto. Frío, dulce con un toque de acidez, con una rodaja de limón flotando entre los cubitos de hielo. Matilde era la mejor preparándolo.
—Ha estado genial —dijo Aria, con lo que esperaba fuera un tono casual y despreocupado—. Ítaca es preciosa desde el aire. Toda verde y azul, con esas calas escondidas... Es como ver un cuadro en movimiento.
—Mmm… —Katerina intercambió una mirada con Matilde—. ¿Y Ulises? ¿Ha sido amable? Porque si no lo ha sido…
—Sí, sí, ha sido amable —se apresuró a decir Aria, tomando un sorbo de té para ganar tiempo—. Ha sido... muy amable. Me ha explicado varios lugares de interés de la isla, me ha mostrado la cala a la que solía ir cuando era adolescente...
—¿Has disfrutado del viaje?
—Sí, mucho. Ítaca es preciosa y Ulises es un piloto excelente —respondió Aria.
«¡Piloto excelente! —se burló su voz interior—. ¿En serio? ¿Eso es lo mejor que se te ocurre? ¿Por qué no agregas “tiene una comprensión muy sólida de los principios aerodinámicos”? ¡Por favor!»
Katerina y Matilde intercambiaron otra mirada, y estaba cargada de tanto significado que prácticamente tenía subtítulos.
—Un piloto excelente —repitió Katerina lentamente, saboreando las palabras como si fueran un vino de reserva—. Qué observación tan... objetiva.
—Es que es verdad —dijo Aria, consciente de que estaba cavando su propia tumba, pero incapaz de parar—. No hay muchas personas que sepan pilotar helicópteros.
—Claro —dijo Katerina—. Me alegra que finalmente accediera a darte una vuelta en él.
—Bueno, probablemente lo ha hecho para complacerte —dijo Aria—. Lo medio obligaste.
—Yo solamente le di la idea. Pero te aseguro que yo no tengo capacidad para obligar a Ulises a hacer nada, cariño. Él tiene un talento especial para hacer exactamente lo contrario de lo que sugiero.
—Es muy testarudo —agregó Matilde—. Siempre lo ha sido. Desde niño. Si le decías que se pusiera el abrigo azul, él elegía el marrón.
—Así que el hecho de que haya accedido a llevarte a volar... —Katerina dejó la frase colgando en el aire como una pregunta sin respuesta.
—Lo hizo para no discutir contigo —terminó Aria firmemente, negándose en rotundo a morder el anzuelo.
Las dos mujeres intercambiaron otra de esas miradas cargadas de significado.
—Por supuesto —dijo Katerina.
Aria tomó un loukoumas , más que nada para tener algo que hacer con las manos y una excusa para no tener que hablar inmediatamente.
El buñuelo estaba delicioso, crujiente por fuera y esponjoso por dentro.
La miel y la canela explotaron en su lengua.
Pero apenas podía saborear nada. Era demasiado consciente de que Katerina y Matilde la observaban con una atención que resultaba amenazante y afectuosa al mismo tiempo.
Consultó su reloj.
—Es hora de tus vitaminas, Katerina. Voy a ir a prepararlas —dijo.
Era cierto, era la hora de las vitaminas de Katerina, pero necesitaba una excusa de manera urgente para salir de allí. Corriendo, a ser posible. Aquellas dos mujeres le estaban haciendo un interrogatorio como si fueran el FBI.
—Vale —dijo Katerina.
Aria se levantó, dio media vuelta y encaminó los pasos hacia la casa. Cuando ya ninguna de las dos podía verla, resopló aliviada.