CAPÍTULO 16 #2
Matilde sintió que su corazón se ablandaba. Porque tenía razón. Dios, tenía toda la razón.
—Lo sé —admitió—. Lo sé, Katerina. A mí también me encantaría verlo enamorarse. Verlo reír de verdad, no esa sonrisa cortés que usa con la gente. Verlo... feliz. Pero el miedo que tiene dentro...
—Es precisamente por lo que necesita a alguien como Aria —insistió Katerina—. Alguien que no venga con expectativas. Que no lo conozca como el magnate de los negocios o el heredero Diakos. Ella vino aquí simplemente para cuidar de una anciana, y se encontró con un hombre complicado que la intriga.
—Y que la atrae —añadió Matilde con una pequeña sonrisa—. Me he fijado en cómo lo mira.
—¿Ves? —Katerina se animó visiblemente—. Hay química. Hay conexión. Y Aria... ella tiene esa calidez natural que podría derretir sus murallas de hielo, siendo simplemente cómo es.
Matilde tomó otro sorbo de té, pensativa.
—Ella creció sin padre —dijo, tras unos segundos—. Me lo contó el otro día mientras hacíamos spanakopita. Dijo que se fue cuando tenía dos años y no volvió.
Katerina la miró con interés renovado.
—¿Lo ves? Ella entiende la pérdida. Sabe lo que es el dolor.
—Y aun así —continuó Matilde—, sigue siendo alegre. Sigue siendo capaz de abrirse, de confiar, de reír. No dejó que el abandono de su padre la endureciera.
—Sí. —Katerina golpeó la mesa suavemente con la mano—. Eso es lo que Ulises necesita ver. Que se puede sobrevivir a la pérdida sin cerrarse por completo. Que se puede recordar y honrar a los que se fueron sin dejar de vivir.
—Pero Katerina, la pérdida de Aria fue diferente —dijo Matilde—. Ella tenía a su madre y a su abuela. Ulises... Ulises era un niño que vio morir a toda su familia en un instante. Que pasó horas en el agua, solo, esperando que lo rescataran. Eso deja cicatrices diferentes.
—Lo sé —la voz de Katerina se dulcificó—.
Créeme, lo sé, Matilde. Viví cada pesadilla, cada ataque de pánico cuando había tormenta, cada vez que se despertaba gritando.
Lo vi construir sus muros ladrillo a ladrillo, y no supe cómo detenerlo.
Solo tenía... —Se quebró ligeramente—, solo tenía mis brazos para ofrecerle. Mi amor. Y no fue suficiente.
—Fue suficiente para mantenerlo vivo —dijo Matilde con firmeza—.
Para criarlo hasta convertirse en un hombre.
Un hombre complicado, sí, pero un hombre bueno.
No olvides eso, Katerina. Ulises puede ser frío, puede ser distante, pero en el fondo es bueno.
Lo veo en cómo te trata. En cómo te cuida. En cómo...
—En cómo mira a Aria —terminó Katerina con una pequeña sonrisa en los labios—. Lo vi anoche. Cuando ella estaba hablando, Ulises... Ulises la miraba como si estuviera viendo el sol por primera vez en años. Aunque ni él mismo fuera consciente de ello.
Matilde sintió que una calidez se extendía por su pecho. Porque ella también lo había visto. Ese momento fugaz donde el muro de Ulises se había resquebrajado y había mostrado algo real, algo auténtico, algo esperanzador.
—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó, y al decir «hacemo s» se dio cuenta de que había cruzado una línea, que había pasado de ser escéptica a cómplice.
Katerina la miró con sorpresa.
—¿Hacemos? ¿Significa eso que...?
—Significa —dijo Matilde, con un suspiro resignado pero afectuoso—, que también quiero verlo feliz. Que también creo que Aria podría ser buena para él. Pero tenemos que ser discretas, Katerina. No podemos forzar nada. Si Ulises siente que lo estamos manipulando...
—Retrocederá aún más —concluyó Katerina—. Lo sé. Por eso tiene que ser sutil. Natural. Solo... crear oportunidades para que pasen tiempo juntos.
—Como vuelos en helicóptero —dijo Matilde.
—Como vuelos en helicóptero —confirmó Katerina sin vergüenza—. Y cenas, y...
—Un paso a la vez —advirtió Matilde—. Recuerda, Aria está aquí para trabajar. Para cuidar de ti. No puede parecer que la estamos usando como carnada.
—No es carnada —dijo Katerina—. Es... ayudar al destino a juntar a dos personas que están hechas la una para la otra.
Matilde no pudo evitarlo. Se rio, negando con la cabeza.
—Eres incorregible.
—Soy optimista —matizó Katerina. Levantó su taza en un brindis—. Por la esperanza. Y el amor. Y porque mi nieto finalmente deje entrar a alguien en su corazón.
Matilde levantó su propia taza, chocándola suavemente contra la de Katerina.
—Por el amor —repitió—. Aunque sea complicado. Aunque dé miedo. Aunque...
Se detuvo abruptamente. Su mirada se fijó en algo más allá del jardín. Katerina siguió su mirada y vio lo que había captado su atención.
En la distancia, sobre el mar brillante, apareció un punto negro que poco a poco se fue haciendo más grande. El sonido de las aspas del helicóptero comenzó a hacerse audible, aumentando de volumen a medida que se acercaba.
—Ya vuelven —murmuró Katerina, poniéndose de pie con sorprendente agilidad para una mujer de ochenta y cuatro años.
—Siéntate —le ordenó Matilde—. No queremos que parezca que estábamos esperándolos.
—Pero es que estamos esperándolos —señaló Katerina.
—Ellos no necesitan saber eso. —Matilde la tiró suavemente de vuelta a su silla—. Actúa casual. Natural. Como si ni siquiera nos hubiéramos dado cuenta de que se han ido.
—Eso es imposible y lo sabes. —Pero Katerina se sentó, arreglando su libro en su regazo y tratando de parecer absorta en él.
—Lo estás sosteniendo al revés —señaló Matilde.
—Maldición. —Katerina le dio la vuelta rápidamente.
Las dos mujeres intercambiaron una mirada y luego estallaron en risas sofocadas, como dos colegialas conspirando.
El helicóptero estaba más cerca, descendiendo hacia la pista de aterrizaje en el extremo de la propiedad. A través de los cristales de las ventanillas, aunque estaban demasiado lejos para ver claramente, podían distinguir dos figuras.
—¿Crees que se habrán divertido? —preguntó Katerina.
—No lo sé —dijo Matilde, observando cómo el helicóptero tocaba suelo—. Pero creo que pronto lo vamos a descubrir.
Permanecieron en silencio un rato, bebiendo el té tibio, fingiendo leer y cotillear sobre asuntos mundanos, mientras sus oídos estaban atentos a lo que pasaba al otro lado del jardín.
—Katerina… —dijo Matilde de repente.
—¿Sí?
—Si esto funciona... si realmente funciona y ellos se enamoran...
—¿Sí?
—Prométeme que no te pavonearás por ahí el resto de la vida.
Katerina sonrió.
—No prometo nada, Matilde. No prometo nada.
Y se echaron a reír.