La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

El jardín de Villa Penélope a media mañana era un santuario de paz en mitad del Mediterráneo.

Las buganvillas trepadoras derramaban cascadas de color fucsia sobre las paredes de piedra, las abejas revoloteaban perezosas entre las flores, y la brisa del mar traía consigo ese aroma salado y vigorizante que hacía que respirar fuera algo maravilloso.

Matilde apareció en la terraza con una bandeja, balanceándola con la práctica de décadas.

Sobre la bandeja descansaba una tetera de porcelana blanca con delicados motivos azules, dos tazas a juego, un plato de loukoumades (buñuelos griegos bañados en miel) recién hechos, un pequeño cuenco de miel para añadir y otro con rodajas de limón.

Katerina estaba sentada en su silla favorita bajo el gran olivo, con un libro abierto en su regazo, que claramente no había estado leyendo.

Sus ojos se encontraban perdidos en la distancia, mirando hacia el mar, y había una sonrisa pequeña y satisfecha jugando en sus labios que Matilde conocía muy bien.

«Esa es su sonrisa de “acabo de hacer una travesura” —pensó Matilde—. Dios nos ayude a todos.»

—Tu té, Katerina —anunció, colocando la bandeja en la mesa de hierro forjado.

—Ah, Matilde. —Katerina cerró el libro sin molestarse en marcar la página, confirmando que efectivamente no lo había estado leyendo—. Perfecto. Ven, siéntate conmigo. Necesito compañía para disfrutar esta hermosa mañana.

Matilde levantó una ceja. ¿Había algún cotilleo del que hablar?

—¿Estás segura? Tengo que limpiar la cocina y...

—La cocina puede esperar —interrumpió Katerina con un gesto de la mano—. Si he aprendido algo en mis ochenta y cuatro años de vida, Matilde, es que las cocinas siempre estarán ahí, pero las buenas conversaciones son fugaces. Siéntate.

Matilde suspiró y se sentó en la silla opuesta. Katerina ya estaba sirviendo el té, llenando ambas tazas con el líquido ámbar humeante que olía a limón y verano.

—Entonces —dijo Matilde, aceptando la taza—, ¿qué has hecho que te tiene tan... radiante?

Katerina dejó escapar una risilla.

—¿Tan transparente soy?

—Como el cristal.

—Bueno… —Katerina tomó un sorbo de su té, claramente saboreando el momento—, digamos que el universo está cooperando con mis planes de manera muy favorable.

—Dios nos ayude —murmuró Matilde—. ¿Qué planes?

Pero antes de que Katerina pudiera responder, Matilde se dio cuenta de que Aria no estaba. Miró hacia el jardín, luego hacia la casa, frunciendo el ceño ligeramente.

—¿Dónde está Aria? —preguntó—. Normalmente a esta hora está acompañándote en tu paseo.

La sonrisa de Katerina se amplió hasta convertirse en algo que solo podía describirse como triunfante.

—Está volando sobre Ítaca mientras hablamos. En helicóptero. Con Ulises.

Matilde se atragantó con el té.

Tosió, tratando simultáneamente de tragar, respirar y procesar lo que acababa de oír.

—¿Qué? —logró decir cuando finalmente recuperó la capacidad de hablar—. Ulises está... pero él nunca... ¿cómo diablos has conseguido...?

—Yo tengo mis métodos —dijo Katerina con una modestia falsa, aunque sus ojos centelleaban con un orgullo travieso.

Simplemente sugerí, muy casualmente durante la cena de anoche, que sería una pena que Aria no viera la isla desde arriba.

Mencioné, también muy casualmente, que Ulises podría mostrársela desde el helicóptero.

Y luego... —Hizo una pausa dramática—. Dejé que la culpa griega hiciera su trabajo.

Matilde negó con la cabeza, incrédula.

—Manipulaste a tu nieto —dijo.

—Yo no lo llamaría manipulación —protestó Katerina—. Prefiero pensar en ello como... una ligera guía hacia decisiones que son objetivamente buenas para todos los involucrados.

—Eso es literalmente la definición de manipulación —matizó Matilde.

—Semántica. —Katerina lo desestimó con un gesto de la mano—. La cuestión es que ha funcionado.

—Katerina Diakos —dijo Matilde—. ¿Qué estás tramando exactamente?

—¿Yo? —Katerina parpadeó con una inocencia tan exagerada que no habría engañado ni a un niño de cinco años—. No estoy tramando nada.

—Mentirosa.

—Está bien, está bien. —Katerina se rindió con una sonrisa—. Tal vez estoy... facilitando las cosas. Solo un poco.

—¿Facilitando las cosas? —repitió Matilde—. ¿Es así como llamamos ahora a hacer de celestina?

—Esa es una palabra tan antigua —protestó Katerina—. Prefiero pensar en mí misma como una... arquitecta del amor.

—Una alcahueta.

—¡Matilde! —pero Katerina estaba riendo—. Está bien, llámalo como quieras. Pero dime honestamente: ¿no te parece que Aria es perfecta para Ulises?

Matilde abrió la boca, luego se detuvo, y consideró la pregunta. Tomó un sorbo de su té mientras pensaba.

—Es una buena chica —respondió—. Amable, educada, divertida. Y Dios sabe que no se deja intimidar por él, lo cual es refrescante. La mayoría de la gente se acobarda cuando Ulises entra en una habitación.

—¡Así es! —Katerina se inclinó hacia adelante, entusiasmada—. Ella lo ve. No solo al Ogro de la Colina..., sino al hombre que hay debajo. Al hombre real. Lo vi anoche durante la cena. La forma en que ella lo mira, la forma en que lo escucha, Matilde.

Matilde no pudo discutirlo.

—Puede ser —comenzó—. Pero eso no significa...

—No quiero que se quede solo —la cortó Katerina, y toda la ligereza había desaparecido de su voz, reemplazada por algo más serio, más profundo—.

Mi nieto se está convirtiendo en piedra, Matilde.

¿Lo ves? Cada año que pasa se endurece un poco más.

Se aleja un poco más. Se vuelve más como un témpano de hielo, y eso...

—Guardó silencio unos segundos antes de decir—: Eso me aterra.

Matilde sintió que su corazón se apretaba. Alcanzó la mesa y cubrió la mano de Katerina con la suya.

—Katerina...

—Necesita a alguien —continuó ella—. Necesita una compañera de vida que le ayude a llevar el peso que carga en los hombros. Alguien que le recuerde que hay más en la vida que beneficios empresariales y mercados bursátiles. Alguien que lo haga reír. Que lo desafíe. Que lo vea . Como es de verdad.

—Y crees que esa persona es Aria —concluyó Matilde con suavidad.

—Sé que lo es —respondió Katerina con una convicción absoluta—.

He vivido mucho tiempo, Matilde. He visto muchas parejas, muchas uniones.

Algunas por conveniencia, algunas por pasión, algunas por obligación familiar.

Pero las que duran, las que realmente funcionan...

son las que están construidas sobre el amor, la amistad, el respeto mutuo, y la capacidad de hacer que el otro sea mejor persona.

Y cuando miro a Ulises y a Aria juntos... —Sonrió—. Veo potencial.

—Potencial —repitió Matilde, no del todo convencida—. Katerina no estoy segura de que...

—Es una buena chica —continuó Katerina, como si Matilde no hubiera hablado—.

Es una persona con principios. Tiene integridad.

Y alegría, Matilde. Tiene esa alegría natural y espontánea que se ha vuelto tan rara en nuestro mundo.

Cuando ella entra en una habitación, es como si alguien hubiera abierto una ventana.

Matilde no podía discutir ninguna de aquellas observaciones. Aria era, objetivamente, una persona encantadora. Pero...

—Todo eso es cierto —dijo con cuidado—. Pero Katerina... Ulises no es un hombre de compromisos.

Katerina se puso rígida.

—¿Qué quieres decir?

Matilde la miró directamente a los ojos, sin pestañear.

—Quiero decir que las mujeres pasan por su vida como una exhalación. Por su cama también, para ser franca. Una semana con una, dos semanas con otra, y luego... nada. Desaparece, y nadie vuelve a mencionarlas. Esa es la realidad del hombre que es tu nieto.

Una abeja pasó zumbando. En algún lugar del jardín, un pájaro cantó.

—No es que no pueda comprometerse —dijo Katerina—. Es que no ha encontrado a la persona adecuada todavía.

—O —contrapuso Matilde—, quizá aprendió que el amor es una debilidad que no puede permitirse. Toda su familia se mató en un accidente de avioneta. Eso te marca para toda la vida.

—Lo sé. El carácter de Ulises se ha forjado en base a esa tragedia.

Katerina se quedó inmóvil, con la taza de té suspendida a medio camino hacia sus labios. Pero entonces bajó la taza con cuidado y miró hacia el mar.

—Tenía ocho años —dijo en voz baja—. Ocho años cuando lo encontraron aferrado a un trozo de metal en medio del mar. Con hipotermia. Delirando. Llamando a sus padres, a su hermana.

Matilde sintió que se le hacía un nudo en la garganta. Había estado allí. Había visto al niño destrozado aquella noche terrible.

—Lo recuerdo —dijo—. Recuerdo cuando lo trajeron. Tan pequeño, tan roto. No habló durante días.

—Durante semanas —corrigió Katerina, y su voz temblaba ligeramente—. No habló durante cuatro semanas. Solo se sentaba en su habitación, mirando al mar, como si esperara que volvieran. Como si en cualquier momento fuera a ver la avioneta aparecer en el horizonte.

—Y cuando finalmente habló...

—Fue para preguntarme si era su culpa —terminó Katerina, secándose discretamente una lágrima—. Si había hecho algo malo. Si por eso Dios se había llevado a su familia y lo había dejado a él, para castigarlo.

El jardín pareció guardar silencio alrededor de ellas, ante el peso de los recuerdos.

—Por eso es como es —continuó Katerina después de unos segundos—. Por eso construyó esas murallas tan altas alrededor de él. Aprendió, con ocho años, que las personas a las que amas pueden desaparecer en un instante. Que el amor significa pérdida. Que abrirse es arriesgarse a un dolor insoportable.

—Sí —dijo Matilde—. Y por eso no estoy segura de que tu plan...

—Precisamente por eso tiene que funcionar —dijo Katerina, volviendo el rostro para mirar a Matilde—.

Porque no puedo dejar que viva el resto de su vida así.

No puedo ver cómo se convierte en una estatua de hielo, protegiéndose de sentir algo porque teme perderlo.

Eso no es vida, Matilde. Es existir por existir.

Es supervivencia. Y mi nieto merece más que eso.