CAPÍTULO 15 #3
Ulises la miró. Simplemente la miró. Y luego, para sorpresa de Aria, sonrió, débilmente, pero fue una sonrisa, al fin y al cabo.
«Oh, no —pensó Aria, sintiendo que el corazón hacía algo extraño y acrobático dentro de su pecho—. Su sonrisa es peligrosa. Muy peligrosa.»
Siguieron volando en un silencio cómodo, y Aria le devolvió su atención a la ventana, empapándose de cada detalle.
Pero era imposible no ser consciente de él.
A Ulises también le resultaba imposible no ser consciente de ella.
Imposible no advertir el olor sutil que llenaba el pequeño espacio del helicóptero.
No era él, o al menos no solo era su olor.
Era algo más suave, más íntimo. Como flores.
No el aroma fuerte y perfumado de un ramo de floristería, sino algo más delicado.
Jazmín, tal vez, mezclado con algo que podría ser lavanda.
Y debajo de eso, algo cálido que era simplemente de ella.
Una mezcla única de champú, crema hidratante y piel, que era difícil de describir, pero muy reconocible.
«Huele bien —dijo Ulises para sus adentros. Luego inmediatamente trató de no pensar en ello.»
Pero inconscientemente, inhaló, tratando de captar su aroma.
«No huelas a tu empleada —se ordenó rotundo—. Eso es raro. Y probablemente ilegal en algún lugar.»
Pero en el espacio cerrado del helicóptero, era inevitable. Cada vez que Aria se movía, inclinándose hacia la ventana para ver algo mejor, girándose para hacerle una pregunta, el aroma se intensificaba ligeramente.
«Flores —identificó—. Definitivamente flores. Suave. Femenino… ¡Para, joder!»
Se obligó a concentrarse en el vuelo, en el paisaje, en cualquier cosa que no fuera la mujer sentada a medio metro de distancia que olía a un jardín de verano.
—¿Le gusta? —preguntó, y su voz sonó un poco más áspera de lo que pretendía.
Aria se giró hacia él, con sus ojos avellana brillando de emoción.
—¿Gustarme? —repitió—. Esto es... ¡me encanta!
Es increíble. Es... —Hizo un gesto amplio con las manos, como si las palabras fueran insuficientes—.
Nunca había montado en helicóptero antes.
Nunca había visto nada así. Es como... es como ver el mundo desde la perspectiva de Dios, ¿sabe?
Todo se ve tan pequeño y perfecto. Pero también enorme. Infinito. No sé si me explico bien…
Ulises pensó que se explicaba perfectamente.
Aria hablaba rápido, con las palabras tropezando unas con otras en su prisa por responder, y había un rubor en sus mejillas que no tenía nada que ver con el sol.
—Es la experiencia más increíble que he tenido nunca—continuó—.
Bueno, tal vez no nunca nunca, pero definitivamente está en el top cinco.
Tal vez el top tres. Oh, Dios, estoy divagando, ¿verdad?
Lo siento, es que... estoy fascinada. Esa es la palabra, sí, fascinada.
Gracias. De verdad. Gracias por traerme.
Ulises la miraba, olvidando durante un instante que estaba pilotando un helicóptero (afortunadamente, estaban en vuelo nivelado). Había algo en su entusiasmo sin filtros, en la forma en que sus ojos se iluminaban como los de una niña en Navidad, que lo desarmaba completamente.
«Está feliz —pensó con algo parecido al asombro—. Sin reservas.»
¿Cuándo había sido la última vez que había visto a alguien así? ¿Cuándo había sido la última vez que él se había sentido así?
—No tiene que agradecerme nada —dijo, con una voz más suave de lo habitual—. Es solo un vuelo.
—No es solo un vuelo —contradijo Aria, girándose totalmente en su asiento para mirarlo directamente—. Es... es magia. Es libertad. Es ver cosas que la mayoría de la gente nunca verá. No lo minimice.
«No lo estoy minimizando —quiso decir Ulises—. Es solo que... no sé qué hacer cuando me miras así.»
En cambio, asintió brevemente y volvió el rostro hacia el paisaje debajo de ellos.
—Hay un lugar más que quiero mostrarle —dijo—. Si no le importa volar un poco más.
—¿Importarme? —Aria se rio—. Podríamos estar volando todo el día y no me quejaría.
—No puedo. Tengo reuniones esta tarde —apuntó Ulises.
—Sí, claro —dijo Aria, pero había afecto en su voz, no exasperación—. Sus empresas no esperan solo porque se haya tomado un día libre.
—No me he tomado un día libre —corrigió Ulises automáticamente.
—No, por supuesto que no. Jamás ose tomarse un día libre para descansar —dijo Aria, haciendo gala de su habitual mordacidad.
Ulises negó con la cabeza, pero estaba sonriendo (solo un poco), mientras dirigía el helicóptero hacia el oeste, hacia donde el sol del mediodía convertía el mar en una extensión de cristal líquido que dolía mirar directamente.
Y en el asiento del pasajero, Aria volvió a mirar por la ventanilla, con el rostro presionado contra el cristal como una niña en una tienda de juguetes, completamente ajena al hecho de que el hombre sentado a su lado la estaba mirando (solo ocasionalmente, solo de reojo) con una expresión que habría preocupado profundamente a cualquiera que lo conociera bien.
Porque Ulises Diakos, el Ogro de la Colina, el hombre que mantenía a todos a distancia, que en su interior atravesaba su particular Odisea emocional...
Estaba en problemas.