CAPÍTULO EXTRA
El suave y rítmico rasgueo del carboncillo sobre el papel de grano grueso era el único sonido constante en el amplio salón de la mansión, compitiendo apenas con el murmullo lejano de las olas rompiendo contra la costa.
La luz escarlata del atardecer se filtraba por los inmensos ventanales, bañando la estancia en un tono cálido, casi mágico.
Cinco años.
Habían pasado cinco años desde que Ulises había pronunciado aquel «sí, quiero» cargado de impaciencia y devoción, y, sin embargo, a veces sentía que había vivido toda una vida nueva en ese lapso.
Sentado en su taburete frente al caballete, entrecerró los ojos, estudiando a sus modelos con concentración, tratando de captar el ángulo perfecto.
A pocos metros de él, acomodada en la inmensa alfombra, estaba Aria.
Llevaba el pelo recogido en un moño desordenado del que escapaban varios mechones, y unas gafas de lectura de montura fina que la hacían parecer increíblemente atractiva. A su lado, ajena a todo, estaba Dania.
Dania.
Tres años de pura energía, rizos indomables y unos ojos verdes que eran la réplica exacta de los de su padre, pero con la chispa risueña de Aria.
En ese momento, la niña estaba muy ocupada intentando construir una torre con bloques de madera que desafiaba todas las leyes de la física y de la arquitectura moderna.
Aria suspiró, tecleando algo en su portátil antes de morderse el labio inferior.
La coqueta Galería de Arte que había montado en un local de la plaza de Ítaca era un éxito rotundo.
El negocio florecía, pero el tiempo de Aria menguaba, lo que los había llevado a la inevitable y temida conclusión de que necesitaban ayuda. Necesitaban una niñera.
—Escucha esto —dijo Aria de repente, rompiendo el silencio. Levantó la vista de la pantalla, con los ojos brillando con esa mezcla de picardía y determinación que siempre lograba desarmar a Ulises—. Creo que ya tengo el anuncio perfecto para el periódico local y para el tablón de La Gaviota .
Ulises detuvo el trazo. Tenía los dedos pintados de polvo negro y una mancha sospechosa en la mandíbula donde se había rascado minutos antes. Levantó una ceja, escéptico.
—Miedo me das —murmuró.
Volvió a deslizar el carboncillo por el papel, sombreando el perfil de su mujer.
—Escucha —le pidió Aria—. He decidido apostar por la honestidad. A ver qué te parece. Allá va.
Carraspeó para aclararse la garganta, y leyó.
—«Se busca niñera con paciencia infinita. El padre se queja mucho, pero la bisabuela compensa.»
Ulises dejó caer la mano que sostenía el carboncillo. Parpadeó, procesando las palabras, y luego soltó un bufido de indignación que, en realidad, no tenía ninguna credibilidad.
—¿Perdona? —protestó, señalándola con el trozo de carboncillo—. ¿Me estás difamando públicamente en un anuncio por palabras? Mi reputación en Ítaca ya es bastante precaria como para que la hundas diciendo que me quejo mucho.
Aria soltó una carcajada, una de esas que le llenaban el pecho de aire fresco a Ulises.
—Es la verdad —dijo.
—¡Yo no me quejo casi nunca!
—Te quejas de que el café está muy caliente, de que está muy frío, de que hay demasiada gente en el pueblo en verano, de que no hay nadie en invierno... y te quejaste durante tres días seguidos cuando montamos la cuna de Dania.
—¡Aria, faltaban tornillos en esa caja! —se defendió Ulises, aunque no pudo evitar sonreír al recordar la escena.
—No faltaba ningún tornillo —atajó Aria.
Ulises negó con la cabeza, mirándola con una mezcla de exasperación y adoración a la vez.
—No vas a cambiar nunca.
—Y tú tampoco, gracias a Dios —replicó ella, guiñándole un ojo.
Al escuchar las risas, la torre de bloques de Dania se derrumbó con un estrépito de madera contra el suelo. Lejos de llorar, la niña soltó un chillido de alegría, se puso en pie a trompicones y echó a correr hacia el caballete.
—¡Papá, papá! —exclamó, abrazándose a la pierna de Ulises con la fuerza de un pequeño koala.
Ulises dejó el carboncillo en la bandeja, se limpió las manos apresuradamente en un trapo y se agachó para coger a su hija en brazos.
Dania le agarró la cara con sus manitas regordetas, manchándole las mejillas de algo que parecía ser mermelada de fresa de la merienda.
Ulises cerró los ojos un segundo, aspirando el olor a polvos de talco, a galletas y a niñez que desprendía la niña.
Mientras sostenía a su hija, que estaba muy ocupada intentando robarle el trapo sucio del bolsillo, Ulises miró a Aria, que los observaba desde el suelo con una expresión de amor tan puro que apenas podía contenerlo en el corazón.
Fue en ese preciso instante cuando Ulises se dio cuenta de algo.
Hizo un repaso mental rápido de su vida.
Su salud era perfecta. Su matrimonio era una maravilla que aún no lograba comprender del todo.
Su hija era el ser más fascinante del planeta.
Y la decisión de delegar la mayor parte del trabajo de la empresa en Tobías, para poder estar más tiempo en Ítaca, había sido la mejor de su vida.
Bueno, una de las mejores. La mejor había sido dejar que Aria entrara en su vida.
No tenía nada de qué quejarse. Absolutamente nada. El Ogro de la Colina, el gruñón, el huraño, el hombre que había construido una fortaleza alrededor de su corazón, se había quedado sin munición.
—¿Sabes qué es lo peor de que llegaras a mi vida?
—dijo Ulises en voz alta, frunciendo el ceño en un intento desesperado por mantener su fachada de gruñón—.
Que has arruinado mi carácter. Ya no tengo motivos para protestar ni para quejarme.
Mi vida es tan absurdamente perfecta que resulta abrumadora.
Creo... creo que sufro de un exceso de felicidad.
Me has ablandado el cerebro. Esto tiene que ser grave.
Aria lo miró, con los ojos entrecerrados y una sonrisa pícara asomando a los labios. Sin previo aviso, agarró uno de los cojines del sofá que tenía a su alcance y se lo lanzó con una puntería envidiable. El cojín impactó de lleno contra el hombro de Ulises.
—¡Por quejica! —exclamó Aria, riendo a carcajadas.
Dania, al ver a su madre, abrió los ojos como platos.
La idea le pareció brillante. Se retorció en los brazos de su padre hasta que él la dejó en el suelo, corrió hacia el sofá con sus piernecitas regordetas, agarró un cojín más pequeño (con forma de estrella) y, con un esfuerzo titánico y una puntería terrible, se lo lanzó a Ulises, dándole en la rodilla.
—¡Toma, papá! —gritó la niña, saltando de alegría.
Ulises se quedó mirando el cojín en el suelo, luego a su hija, y finalmente a su mujer. La carcajada que brotó de su garganta fue profunda, ronca. Los tres se sumieron en un mar de risas, un sonido que rebotó contra las paredes de la mansión, llenándola de vida.
El alboroto fue tal que las puertas dobles del salón se abrieron de par en par. Allí, apoyada en un bastón, pero con una postura tan elegante como siempre, apareció Katerina. La bisabuela llevaba un chal de seda sobre los hombros y una expresión de fingida severidad que no engañaba a nadie.
—¿Se puede saber qué es este escándalo? —preguntó, alzando una ceja—. Parecéis una manada de lobos salvajes. Así no hay quien lea en esta casa.
—¡Bisabuela! —chilló Dania, olvidándose instantáneamente de la guerra de cojines.
Corrió hacia Katerina, que la recibió con los brazos abiertos, dejando el bastón a un lado para acariciar los rizos negros de la pequeña.
—Mi niña preciosa —murmuró, y su voz perdió toda la dureza—. ¿Qué te parece si dejamos a estos dos salvajes con sus cosas y nos vamos a la cocina? Matilde acaba de sacar una bandeja de galletas koulourakia del horno, y creo que llevan tu nombre escrito.
Los ojos de Dania se iluminaron como dos soles.
—¡Galletas! —La niña agarró la mano arrugada de Katerina y empezó a tirar de ella hacia el pasillo—. ¡Vamos, vamos!
—Despacio, torbellino, que mis rodillas no son lo que eran —rio Katerina, dejándose arrastrar—. Adiós, tórtolos. Intentad no destruir el salón, por favor.
Las puertas se cerraron tras ellas, dejando a Aria y a Ulises solos en la inmensidad de la estancia.
Ulises se acercó a Aria, esquivando los bloques de madera esparcidos por el suelo.
Le tendió la mano, aún un poco manchada de carboncillo, y tiró de ella hasta ponerla en pie.
Sin soltarla, la atrajo hacia su pecho, rodeando su cintura con los brazos.
Aria apoyó las manos en sus hombros, levantando el rostro para mirarle a los ojos.
—Así que... exceso de felicidad, ¿eh? —susurró, limpiando con el pulgar la mancha negra que Ulises tenía en la mandíbula.
—Es terminal, me temo —respondió Ulises en un murmullo, inclinándose hasta que sus frentes se tocaron. El tono de broma desapareció—. Y todo es culpa tuya.
Aria sonrió.
—Puedo vivir con esa culpa —dijo.
Ulises le acarició la mejilla, perdiéndose en la profundidad de su mirada color avellana. Cinco años desde que se habían casado, y la sensación de asombro al tenerla entre sus brazos no había disminuido ni un ápice.
—Te quiero, Aria —dijo, y las palabras sonaron como un juramento, firmes y absolutas—. Más que a mi propia vida. Más de lo que creí que fuera humanamente posible.
Aria sintió que el corazón le saltaba dentro del pecho, exactamente igual que la primera vez que se lo había dicho. Se alzó de puntillas, acortando los milímetros que separaban sus labios.
—Y yo te quiero a ti, mi gruñón favorito —susurró ella contra su boca—. Incluso cuando te quejas.
Ulises esbozó una sonrisa contra sus labios justo antes de besarla. El beso fue lento, profundo y lleno de todo el amor que sentían el uno por el otro. Ulises sabía que Aria siempre sería su refugio y su única y maravillosa debilidad.
Bueno, única no, porque Dania también lo era. Y su mejor obra de arte.