CAPÍTULO 15
La mañana se derramaba sobre Villa Penélope con esa generosidad luminosa que solo el Mediterráneo concede. El aire olía a sal, a pino y a ese perfume indefinible que indicaba simplemente que es verano en Ítaca.
Aria se miró por última vez en el espejo de su habitación, ajustándose la camiseta blanca de algodón.
Sencilla, de cuello redondo, con las mangas cortas que dejaban al descubierto sus brazos ligeramente bronceados, y preguntándose si debería haberse puesto algo más...
formal. ¿Existía un código de vestimenta para volar en helicóptero privado con tu jefe?
«Demasiado tarde para cambiar ahora», pensó, recogiendo sus gafas de sol del tocador.
Los pantalones cortos de mezclilla, desgastados y cómodos, le llegaban justo por encima de las rodillas, y había optado por unas zapatillas blancas que al menos no la harían parecer completamente una turista. Aunque, técnicamente, eso era exactamente lo que era en este momento.
Katerina ya estaba atendiendo su jardín, no sin antes guiñarle un ojo de manera extremadamente poco sutil a Aria durante el desayuno. Y la casa estaba sumida en ese silencio tranquilo de media mañana, interrumpido solo por el canto distante de las cigarras y el murmullo constante del mar.
Aria atravesó la casa hacia la parte trasera. Cuando salió al jardín que daba al helipuerto, un círculo perfecto de cemento sobre el césped, con una H blanca pintada en el centro, su corazón dio un pequeño salto.
Ulises ya estaba allí.
Y no llevaba traje.
Era una observación ridícula, lo sabía. El hombre tenía derecho a vestirse como quisiera.
Pero verlo así, con unos vaqueros oscuros que le quedaban indecentemente bien, una camiseta de color gris que se ajustaba a sus hombros de una manera que debería estar prohibida, y gafas de aviador colgando del cuello de la camiseta, la hizo detenerse momentáneamente.
«Contrólate —se ordenó—. Es solo ropa. Los hombres usan ropa casual todo el tiempo. No es para tanto.»
Excepto que de alguna manera sí lo era.
Ulises estaba haciendo algo en el helicóptero, comprobando algo en el exterior, con un portapapeles en la mano, y no la había visto todavía. Aria aprovechó esos segundos para respirar hondo y recordarse que era una mujer de veintiséis años, no una adolescente con su crush .
«Aunque —admitió la parte traicionera de su cerebro—, sería mucho más fácil si no fuera tan... él.»
Como si sintiera su presencia, Ulises levantó la vista. Sus ojos, ese verde imposible que parecía más brillante bajo la luz del sol, se encontraron con los de ella a través de la distancia, y por un momento, ninguno se movió.
Entonces él le hizo un gesto con la cabeza, una especie de saludo informal, y Aria obligó a sus piernas a moverse.
—Buenos días —dijo cuando estuvo lo suficientemente cerca, con una sonrisa que esperaba que pareciera más despreocupada y relajada de lo que en realidad estaba.
—Buenos días —respondió Ulises, dejando el portapapeles dentro del helicóptero—. Ha sido puntual. Es algo que aprecio.
«Por supuesto que lo aprecias —pensó Aria con diversión—. Probablemente llevas un registro mental de quién llega tarde a qué y luego le penalizas por ello.»
—Trato de no decepcionar —dijo con voz ligera—. Aunque debo advertirle que no tengo ni idea de qué hacer en un helicóptero más allá de sentarme y tratar de no vomitar.
Los labios de Ulises se curvaron, no exactamente en una sonrisa, pero en algo que se le parecía.
—Regla número uno: no vomite en mi helicóptero —dijo.
—Me lo apunto. —Aria asintió con solemnidad—. ¿Alguna otra regla que deba conocer? ¿No tocar botones al azar? ¿No gritar «¡estamos cayendo!» cada vez que el helicóptero se incline un poco?
Esa vez Ulises definitivamente sonrió. Fue una sonrisa pequeña pero real.
—Esas también son buenas reglas, sígualas —dijo, girándose hacia el helicóptero y abriendo la puerta del lado del pasajero—. ¿Lista?
Aria miró el interior (era de cuero negro, con un montón de botones relucientes que no tenía ni idea de para qué servían), y sintió un revoloteo de nervios mezclado con emoción en el estómago.
—¿Lista? —repitió Ulises.
Aria lo miró.
—Sí —dijo, asintiendo con la cabeza.
Ulises hizo un gesto hacia el asiento.
—Después de usted.
Subir al helicóptero fue algo más complicado y torpe de lo que Aria habría deseado.
El escalón era más alto de lo que esperaba, y tuvo que agarrarse del marco de la puerta mientras intentaba no golpear la cabeza ni tropezar con sus propios pies.
Finalmente se dejó caer en el asiento de cuero con alivio.
«Elegante, Aria. Muy elegante», se burló de sí misma.
Ulises subió después de ella con la facilidad de alguien que había hecho aquello mil veces, moviéndose por el reducido espacio con una gracia natural que ella solo podía envidiar. Cerró su puerta, luego se inclinó hacia ella.
—El cinturón —dijo, alcanzando el arnés de seguridad que colgaba a ambos lados del asiento.
—Oh, yo puedo... —Aria comenzó, y sus manos se movieron hacia las hebillas.
Pero Ulises ya estaba ahí, en su espacio personal, con sus manos expertas localizando las distintas partes del arnés y dirigiéndolas hacia el centro.
Aria se quedó completamente inmóvil, muy consciente de repente de lo cerca que estaba.
Podía ver la línea definida de su mandíbula, la ligera sombra de barba que no había estado allí la noche anterior, la forma en que sus cejas se fruncían ligeramente, concentradas, mientras aseguraba las correas sobre su torso.
—Esto va aquí —murmuró Ulises, más para sí mismo que para ella, ajustando algo cerca de su hombro—. Y esto...
Sus dedos rozaron accidentalmente su clavícula mientras ajustaba la correa superior, y Aria sintió que su respiración se le atascaba en la garganta.
«Solo te está poniendo el cinturón de seguridad —se dijo—. Es un procedimiento normal y necesario. No significa nada.»
Excepto que él olía a algo limpio y masculino (a aftershave y algo más que no podía identificar pero que hacía que quisiera inclinarse hacia él) y sus manos eran cálidas incluso a través de la tela de su camiseta cuando ajustaba las correas alrededor de su torso.
Ulises se detuvo, con sus manos todavía en las hebillas del arnés, y levantó la vista.
Sus rostros estaban a centímetros de distancia.
Aria pudo ver las pequeñas motas de gris en sus ojos verdes, la forma curva de sus pestañas, la línea de su boca, que siempre parecía a punto de fruncirse en una mueca de desaprobación.
Ulises se dio cuenta de que los ojos de Aria no solo eran de color avellana, sino que tenían motas de verde y oro, y que cambiaban con la luz.
Durante un par de latidos ninguno se movió.
El mundo se redujo al espacio minúsculo entre ellos, al sonido de sus respiraciones, al calor de las manos de Ulises descansando ligeramente contra su estómago, donde las hebillas se encontraban.
Aria parpadeó primero, apartando la mirada rápidamente, con un ligero rubor subiendo a sus mejillas.
«Dios —pensó—, un poco aturdida—. ¿Cómo es posible que alguien sea tan...»
—Listo —dijo Ulises bruscamente, retirándose de golpe y dando un tirón final al arnés para verificar que estuviera seguro—. ¿Cómoda?
«No —se dijo Aria en silencio—. Para nada. El corazón me está latiendo tan fuerte que seguro que puedes oírlo desde ahí.»
—Sí —respondió, con una voz que sonaba casi normal—. Aunque me siento un poco como un astronauta. ¿Los helicópteros siempre requieren tanta... sujeción?
—Solo cuando no confío en que mis pasajeros se queden quietos —dijo Ulises, y había un brillo de algo (¿humor?) en sus ojos, mientras se instalaba en el asiento del piloto y comenzaba a abrocharse su propio arnés con movimientos hábiles.
Aria lo observó, fascinada muy a su pesar. Había algo hipnótico en la forma en que sus manos se movían sobre los controles, verificando esto, ajustando lo otro, con la confianza y la tranquilidad de alguien que sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Concentrado. Competente. Controlándolo todo.
Estaba claro que sabía pilotar su propio helicóptero. Probablemente también sabía pilotar aviones. Y yates. Y un cohete. Y probablemente podía desactivar bombas y realizar cirugías a corazón abierto en su tiempo libre.
El hombre era irritantemente capaz.
—Oiga… —dijo Aria—. Siento que se sienta obligado a hacer esto. Por la insistencia de su abuela, quiero decir. Si prefiere trabajar o... hacer lo que sea que haga normalmente, puedo explorar por mi cuenta. De verdad. No necesito una visita guiada.
Ulises se detuvo en su verificación pre-vuelo y la miró. Había algo indescifrable en su expresión.
—No me siento obligado —dijo después de un momento—. Y si lo hiciera, no estaría aquí. Nadie me obliga a hacer nada, ni siquiera mi abuela.
—Ah… —Aria parpadeó, sin saber muy bien qué hacer con esa información—. Vale. Me… alegra saberlo.
—Además —agregó Ulises, devolviendo su atención a los controles, pero con un toque de algo que podría haber sido humor en su voz—, no es tan malo. Pasar un par de horas volando sobre una isla griega, me refiero. He tenido que hacer cosas peores.
Aria notó cómo una sonrisa asomaba a sus labios.
—Wow. Qué elogio tan entusiasta. Me siento verdaderamente honrada —dijo.
Para sorpresa de Aria, Ulises sonrió, solo un pequeño tirón en la comisura de la boca, pero ahí estaba.
—No se acostumbre —dijo, alcanzando dos auriculares con micrófonos incorporados—. Póngase esto. El ruido del rotor puede ser ensordecedor sin protección.
Aria tomó los auriculares, que eran bastante pesados, y se los colocó sobre la cabeza. Inmediatamente, el mundo exterior se amortiguó.
—¿Puede oírme? —La voz de Ulises sonó clara y directa en sus oídos, incluso aunque él no la estuviera mirando, ocupado ajustando varios interruptores en el panel de control.
—Sí —respondió Aria, sobresaltándose ligeramente al oír su propia voz resonar en los auriculares.
—Está bien, vamos a despegar. Si en algún momento se siente mareada o incómoda, dígamelo de inmediato.
—¿Y qué hará? ¿Aterrizaremos en medio de las colinas? —bromeó Aria.
—Si es necesario.