La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

El comedor de Villa Penélope era una estancia que, por lo general, invitaba a la solemnidad.

Con su inmensa mesa de caoba maciza, la lámpara de araña que derramaba una luz cálida y ambarina sobre la vajilla de porcelana, y los ventanales que daban a un mar Jónico sumido en aquel momento en la oscuridad, parecía el escenario perfecto para firmar un tratado internacional.

Sin embargo, aquella noche, el ambiente vibraba con una energía muy distinta.

Una energía eléctrica, chispeante y cargada de una ironía que flotaba sobre los platos como un condimento invisible.

Aria se removió en su silla tapizada, sintiéndose un poco como un polizón que ha sido invitado a cenar en la mesa del capitán. Y el capitán, en este caso, estaba sentado exactamente frente a ella.

Ulises se había quitado la chaqueta del traje y se había aflojado el nudo de la corbata, pero ni siquiera ese pequeño guiño a la informalidad lograba restar un ápice de su imponente presencia.

Su mirada verde, escrutadora, se cruzaba con la de Aria cada vez que ella levantaba la vista de su copa de agua.

Al principio, se sentía cohibida. Compartir la cena con su jefe, el «Ogro de la Colina», después de la pequeña discusión en el vestíbulo, la mantenía en un estado de alerta constante, midiendo cada movimiento para no derramar el agua ni usar el tenedor equivocado.

Aquel hombre era alérgico a los errores.

Katerina, sentada en la cabecera de la mesa como la matriarca indiscutible que era, observaba la dinámica entre ambos con los ojos tan brillantes como los de un halcón que acaba de avistar una jugosa presa. O, más bien, como una celestina con demasiado tiempo libre.

—Y bien, Ulises —comenzó, rompiendo el silencio mientras jugueteaba con el tallo de su copa de vino tinto—. Aún no me has dicho a qué debemos el inmenso honor de tu visita sorpresa. ¿Acaso no tenías a quién gritarle en Atenas?

Aria tuvo que morderse el interior de la mejilla para no sonreír. O, mejor dicho, para no echarse a reír a carcajadas. Ulises, por su parte, suspiró con esa paciencia infinita y ligeramente exasperada que parecía reservar solo para su abuela.

—Todo está perfectamente, abuela. Simplemente quería asegurarme de que todo iba bien por aquí, y... bueno, supervisar que las cosas estén en orden.

Katerina soltó una carcajada corta que resonó en las paredes del comedor.

—Por favor. A mí no me vengas con comunicados de prensa.

Tú no has venido a ver si todo estaba en orden.

Has venido a controlar a Aria. —Katerina la señaló con un leve gesto de la mano, mientras Aria abría los ojos como platos, notando como un intenso rubor le subía a las mejillas—.

Has venido a regañarla por todas las cosas que no hace exactamente como a ti te gustaría, porque en tu cabeza, si no lo controlas todo tú, el mundo se desintegra.

El silencio que cayó sobre el comedor fue algo pesado, pero no incómodo del todo, más bien, estaba cargado de una tensión un poco cómica.

Aria miró a Ulises de reojo, esperando una explosión o una réplica cortante de las suyas. Era un maestro en eso. Sin embargo, se quedó mudo. Parpadeó un par de veces, cogió su copa de vino, le dio un sorbo lento y desvió la mirada hacia el centro de mesa floral.

Sabía que su abuela tenía razón. Había volado hasta allí impulsado por una necesidad irracional de vigilar a Aria y ver cómo estaba manejando la situación, y ser expuesto de aquella manera tan directa lo dejó sin munición.

Aria, al ver que el temible Ulises Diakos no tenía respuesta, sintió que la presión en su pecho se aflojaba. De repente, el hombre sentado frente a ella no parecía tan intimidante. Solo era un nieto sobreprotector al que acababan de pillar con las manos en la masa.

En aquel momento, las puertas dobles del salón se abrieron y entró Matilde empujando un carrito de servicio del que emanaba un delicioso aroma a cordero asado con romero y patatas al horno.

—La cena está lista —anunció con una sonrisa amable. Se acercó a la enorme mesa y comenzó a servir los platos.

—Gracias, Matilde, huele de maravilla —dijo Katerina, antes de retomar su misión con renovado vigor—.

Como te decía, Ulises, deberías estar agradecido.

Aria tiene una paciencia de santa. No solo me soporta a mí, que ya es decir, sino que tiene que lidiar con tus órdenes de dictador.

Y mírala, siempre con una sonrisa. Es una joya. ¿Verdad que es una joya?

Aria casi se atragantó con el primer bocado de cordero.

—Katerina, por favor, no hace falta que... —intentó intervenir, sintiendo que la cara le ardía.

—Tonterías, la verdad hay que decirla —la interrumpió ella, agitando una mano en el aire—.

Además, fíjate en ella, Ulises. Es inteligente, tiene un sentido del humor excelente, te plantó cara muy bien en el vestíbulo, por cierto, y, salta a la vista, es preciosa.

No entiendo cómo una chica tan estupenda no tiene a una legión de pretendientes haciendo cola en la puerta.

Aunque, claro, la gente joven de hoy en día estáis tan centrados en el trabajo...

¿Verdad, Ulises? Tú también trabajas demasiado. Necesitas distraerte. Compañía.

La sutileza de Katerina era comparable a la de un elefante en una cacharrería, pero lo hacía con tanto encanto y naturalidad que resultaba imposible enfadarse con ella.

Aria bajó la vista hacia su plato, cortando un trozo de patata con una concentración digna de un cirujano en plena operación de corazón, intentando ocultar la sonrisa que ya no podía contener. La situación era tan absurda que resultaba cómica.

Ulises carraspeó, visiblemente incómodo, moviendo el nudo de su corbata ya floja como si de repente le oprimiera.

— Yiayá , creo que Aria no necesita que le hagas publicidad —dijo serio—. Y yo estoy perfectamente bien con mi carga de trabajo.

—Sí, claro. Tan bien que vienes aquí en helicóptero a buscar problemas donde no los hay —replicó Katerina, implacable.

Luego, con un tono inocente que no engañaba a nadie, añadió—: Ulises, pásale la sal a Aria, por favor.

Y sírvele un poco más de vino. Tenéis que probar este tinto, es de la misma bodega que os gusta a los dos.

Qué coincidencia, ¿verdad? Tenéis tantas cosas en común.

Ulises obedeció y cogió el salero de plata. Al extender el brazo sobre la mesa para pasárselo a Aria, sus miradas volvieron a encontrarse. En aquella ocasión, Aria no apartó los ojos. Vio en la expresión de Ulises una mezcla de seriedad y resignación ante las tácticas poco discretas de su abuela.

Aria tomó el salero, y sus dedos rozaron levemente los de él. Una chispa de electricidad estática (o tal vez algo más) pareció saltar entre ellos.

—Gracias —murmuró.

—De nada —correspondió Ulises.

Ulises retiró la mano con más brusquedad de la necesaria, como si el salero de plata hubiera estado caliente, y volvió a concentrarse en su plato.

«Contrólate —se ordenó mentalmente, cortando un trozo de cordero—. Es tu empleada. Tu abuela claramente está tramando algo, ya la conoces. Y tú eres un tío de treinta y dos años, no un adolescente con las putas hormonas descontroladas.»

Pero entonces Aria se rio, con una risa suave y musical, en respuesta a algo que Katerina acababa de decir, y él levantó la vista sin darse cuenta.

Ella había cambiado la forma de vestir desde que la había visto las primeras veces.

Llevaba un vestido sencillo de tirantes de color melocotón con flores negras que dejaba al descubierto sus hombros ligeramente bronceados, y su melena castaña, caía en ondas sueltas alrededor de su rostro.

La luz de la lámpara de araña captaba reflejos dorados en su pelo, y cuando sonreía, sus ojos color avellana se iluminaban de una manera que...

«Para.»

Ulises parpadeó, forzándose a mirar hacia su plato de nuevo.

«Es tu empleada —repitió, como un mantra—. Está aquí para cuidar a tu abuela. Nada más.»

—... y entonces le dije al alcalde que si pensaba que iba a permitir que construyeran ese horrible hotel en la bahía, estaba completamente loco.

—Katerina estaba contando una historia muy animada, gesticulando con su tenedor—.

Esta isla tenía ya suficientes hoteles. Lo que necesitaba era mantener su carácter, su encanto...

Aria asentía, completamente absorta en la historia, con esa pequeña arruga de concentración entre las cejas que aparecía cuando estaba escuchando con atención. Tenía una patata ensartada en el tenedor, pero parecía haberla olvidado, suspendido a medio camino hacia su boca mientras escuchaba.

«Deberías comer —pensó Ulises—. La comida se te está enfriando.»

Como si hubiera leído su mente, lo cual era imposible, por supuesto, aunque en aquel momento parecía inquietantemente posible, Aria se llevó el tenedor a la boca. Sus labios se cerraron alrededor de la patata, y masticó pensativamente, asintiendo de nuevo a algo que Katerina estaba diciendo.

«¿Por qué estás mirando cómo come? —se preguntó Ulises con alarma—. ¿Qué cojones te pasa?»

Apartó la vista deliberadamente, enfocándose en su abuela, que estaba describiendo con gran detalle la batalla burocrática que había librado para detener la construcción de un hotel años atrás.

—Por supuesto, ayudó que el hijo del alcalde resultara estar saliendo con mi jardinero de aquella época —dijo Katerina—.

Y que yo pudiera, muy casualmente, mencionar que sería una pena si cierta información sobre ciertas irregularidades en ciertos permisos de construcción llegara a oídos de ciertas personas...

—Abuela —dijo Ulises en tono de advertencia—. ¿Estás admitiendo haber chantajeado al alcalde?

—No fue chantaje si era verdad, cariño. Es solo periodismo de investigación.

Aria se rio de nuevo. Ese sonido que era como campanillas, pensó Ulises, y luego inmediatamente se odió a sí mismo por pensar algo tan ridículamente cursi, y Aria se llevó la copa a los labios.