CAPÍTULO 13
La tarde había ido perdiendo su resplandor de color oro típico del mediterráneo para oscurecerse con un tono plomizo, casi plateado. El mar Jónico, que horas antes parecía una balsa de aceite, empezaba a rizarse con pequeñas crestas de espuma blanca.
En el jardín, el ambiente apacible se vio repentinamente asaltado por un viento travieso que agitaba las copas de los limoneros y hacía bailar las flores de las buganvillas con fuerza.
Aria se apartó un mechón de pelo rebelde que el viento le había estampado contra la mejilla y sonrió. Había algo vigorizante en aquel cambio de tiempo. Katerina, a su lado, respiró hondo, cerrando los ojos y absorbiendo la brisa cargada de salitre, como si estuviera degustando un buen vino.
—Parece que Eolo se ha despertado de la siesta —comentó Aria, sujetando con suavidad el brazo de Katerina para darle más estabilidad ante las ráfagas que empezaban a arreciar.
Iba a sugerir que tal vez fuera buena idea ir acercándose al porche, cuando un zumbido ruidoso, rítmico y potente, comenzó a vibrar en el aire.
No era el canto de las cigarras, desde luego.
El sonido creció rápidamente, transformándose en un estruendo ensordecedor que ahogó el ruido del viento.
Aria alzó la vista, parpadeando contra las repentinas ráfagas de aire.
Un helicóptero negro, elegante y amenazador como un ave de presa de alta tecnología, descendía hacia el helipuerto situado en la explanada trasera de la propiedad.
Las aspas levantaron un huracán en miniatura, haciendo que Aria tuviera que sujetarse la falda del vestido con una mano mientras con la otra protegía a Katerina, quien, por el contrario, ni se inmutó.
La mujer se limitó a apoyar ambas manos en el brazo de Aria, observando el aterrizaje con la misma expresión de aburrimiento que pondría ante un anuncio de detergente.
La puerta del helicóptero se abrió y de él descendió Ulises.
Aria sintió que el estómago le daba un pequeño vuelco, una mezcla de sorpresa y esa inevitable sacudida que provocaba siempre la presencia de su jefe. Del gruñón de su jefe.
Ulises iba impecable (el muy cabrón siempre iba impecable, sin un solo pelo fuera de lugar).
Llevaba un traje de chaqueta azul marino de un corte tan perfecto que parecía desafiar las leyes humanas, la corbata perfectamente anudada, y los zapatos brillaban a pesar del polvo levantado por el aterrizaje.
Parecía un anuncio de relojes suizos caminando hacia ellas.
Sin embargo, la expresión de su rostro no era precisamente de catálogo.
Tenía el ceño tan fruncido que parecía a punto de crear un agujero negro entre sus cejas. Su mandíbula estaba tensa, cuadrada, y sus ojos verdes escaneaban la escena con la seriedad de un general que acaba de encontrar a sus tropas haciendo un picnic en medio del campo de batalla.
Aria, recordando la conversación de aquella misma tarde sobre el niño que había sobrevivido a un accidente de avioneta en mitad del mar, intentó ver más allá de la máscara del «Ogro de la Colina».
Pero, francamente, con esa cara de pocos amigos, resultaba difícil ver al niño de las ranas y muy fácil ver al tirano empresarial.
—Abuela. Señorita Shaw —saludó Ulises al llegar a su altura. Su voz era cortante, fría como el hielo—. ¿Qué hacéis aquí fuera? Adentro. Ahora. Es hora de que cenes, abuela.
Katerina arqueó una ceja, mirándolo de arriba abajo.
—No sabía que te habías convertido en un reloj de cuco con traje de Armani, querido —dijo, con su habitual humor (negro)—. Ceno cuando tengo hambre, no cuando tu agenda electrónica te envía una notificación.
—El viento está soplando a más de cincuenta kilómetros por hora, abuela. Adentro —insistió Ulises, sin inmutarse ante la ironía de Katerina, ofreciéndole su brazo con una rigidez casi marcial.
Katerina suspiró, teatral y sonoramente.
—Está bien, está bien. Entremos. De todos modos, me estaba empezando a quedar un poco fría. Voy a mi habitación a por una chaqueta de punto. —Dirigió su mirada a Aria—. Aria, ¿te encargas de que mi nieto no muerda a nadie mientras vuelvo?
—Haré lo que pueda, Katerina, pero no tengo la vacuna de la rabia al día —respondió Aria, con una sonrisa chispeante en los labios.
Ulises le lanzó una mirada que habría congelado el infierno.
¿Es que aquella chica siempre tenía que soltar alguna de sus mordacidades?
¿No sabía estar callada? ¿Por qué no se amedrentaba como lo habían hecho las que habían ocupado antes su puesto?
¿No tenía miedo de que la mandará a la puta calle? Porque podía hacerlo.
Una vez dentro del inmenso y cálido vestíbulo de la mansión, Katerina se dirigió hacia el ala este a paso tranquilo.
En cuanto desapareció por el pasillo, la temperatura de la sala pareció descender varios grados.
Ulises se giró hacia Aria. El silencio duró dos segundos, los suficientes para que Aria se preparara mentalmente para el impacto. Porque sabía que venía un impacto.
—¿En qué estaba pensando? —disparó Ulises. No gritaba, lo cual era peor. Su tono era bajo, denso y cargado de reproche—. ¿Llevarla a caminar por el jardín con el viento que hay? ¿Tiene idea de lo peligroso que es?
Aria alzando ligeramente la barbilla. No iba a dejarse intimidar.
—Para empezar, buenas tardes, señor Diakos.
Qué sorpresa tan agradable tenerle por aquí —dijo—.
Y para continuar, cuando hemos salido a pasear, el cielo estaba despejado y no se movía ni una hoja.
El viento se ha levantado al final de la tarde.
Pero anotaré en mi currículum que carezco de poderes de adivinación meteorológica para que lo tengan en cuenta mis futuros jefes.
Ulises apretó los labios, poco receptivo a su humor. A Aria no le extrañó.
—No me tome el pelo, señorita Shaw. Es una mujer de ochenta y cuatro años.
Una ráfaga fuerte puede tirarla al suelo.
Podría romperse la cadera. O resfriarse.
Sus pulmones no están para jugar a los exploradores del Polo Norte.
Le pago para que la cuide, no para que la exponga a riesgos innecesarios —aseveró Ulises.
Aria sintió un pinchazo de indignación en el pecho, pero al recordar la historia del accidente, supo leer entre líneas. Aquel enfado no era más que pánico disfrazado de autoridad. Aun así, no pensaba darle la razón en su afán por sobreproteger a su abuela hasta la asfixia.
—La cuido, señor Diakos. Perfectamente, de hecho —replicó, manteniendo un tono firme, pero sin perder la calma, inyectando una dosis de realidad en su defensa—.
Y parte de cuidarla es entender que es una persona, no una reliquia del museo de cristal de Bohemia.
Está bien que se preocupe por ella, es su abuela y la quiere, lo entiendo, y quiere lo mejor para ella.
Pero no puede quitarle su independencia.
—Yo no le quito su independencia, la protejo —gruñó Ulises, dando un paso hacia ella, imponiéndose con su altura.
—La está convirtiendo en una inútil cuando no lo es —le rebatió Aria, sosteniéndole la mirada sin pestañear—.
Katerina tiene la mente más lúcida que usted y que yo juntos.
Si quiere pasear por su jardín, pasea. Tiene que dejarla que viva.
Que respire. Si la encierra en una burbuja con temperatura controlada por miedo a que le pase algo, no la está salvando, la está apagando.
Las palabras de Aria aterrizaron como piedras.
Ulises pareció encajar el golpe, pero su reacción inmediata fue la de un animal acorralado, y se enfadó aún más.
Sus ojos centellearon, furiosos por la osadía de aquella empleada que no solo le contestaba, sino que se atrevía a rebatir sus decisiones. ¿Qué coño se había creído?
—Usted no sabe nada de lo que ella necesita —siseó, señalándola con un dedo acusador—. Y el viento sigue siendo un peligro. Si hubiera tropezado...
—¡Si hubiera tropezado, yo estaba allí para sujetarla! Iba agarrada a mí —lo interrumpió Aria, alzando las manos al cielo en un gesto de exasperación—. De verdad, señor Diakos, tiene que relajarse. Va a acabar con una úlcera antes de los cuarenta.
—El viento... —volvió a insistir él, terco como una mula, dispuesto a no perder la discusión bajo ningún concepto—… podría resfriarla.
—El único que se resfriará será tu corazón si sigues así, cariño.
La voz de Katerina resonó en el vestíbulo, clara y rotunda. Ambos se giraron hacia ella. La mujer estaba de pie al pie de la escalera, envuelta en una elegante chaqueta de punto de color crema, mirándolos con una mezcla de diversión y reproche.
Ulises abrió la boca para justificarse.
—Abuela, yo solo le estaba explicando a la señorita Shaw que...
—Que eres un cabezota controlador que le tiene miedo a un poco de brisa marina, sí, lo he oído desde el pasillo —le cortó Katerina, avanzando hacia ellos—.
Deja en paz a la pobre chica. Fui yo quien insistió en alargar el paseo.
Y si me apetece salir a volar una cometa en medio de un huracán, lo haré.
Bien sabes que lo haré. Deja de tratarme como a una inválida —dijo—.
Aria ha sido una compañía excelente estos días y me ha cuidado de maravilla.
Aria no pudo evitar esbozar una sonrisa triunfal, aunque intentó disimularla apretando los labios con fuerza. No quería que Ulises Diakos se enfadara aún más. Estaba a punto de salirle humo por las orejas.
Ulises miró a su abuela. Luego miró a Aria, que le devolvía la mirada con una expresión inocente y chispeante que claramente gritaba «se lo dije».
El gran magnate griego, el hombre que hacía temblar a las juntas directivas, se dio cuenta en ese preciso instante que había perdido la guerra antes de empezarla. Estaba en clara desventaja numérica y estratégica.
Soltó un bufido sonoro, cruzándose de brazos con un gesto que, por un brevísimo segundo, recordó al de un niño pequeño al que le acaban de quitar la razón.
—Haced lo que queráis —murmuró, rindiéndose con un deje de frustración en la voz, aunque la tensión de los hombros pareció relajarse un poco—. Pero luego no me llaméis si salís volando hacia el pueblo.
Katerina le guiñó un ojo a Aria cuando Ulises no la veía.
—No te preocupes, cariño, Aria tiene buen agarre. Y dime, ¿vas a cenar con nosotras o prefieres comerte un informe financiero en tu despacho?
Ulises miró a una y a otra, que se habían aliado en su contra, irradiando un buen rollo y una complicidad que él no sabía cómo manejar. Suspiró, derrotado.
—Cenaré con vosotras —dijo.
Aria sonrió abiertamente. La tormenta había pasado, y el Ogro, al parecer, tenía hambre.