La Odisea de Ulises (Devils 6) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Los días en la mansión pronto adquirieron un ritmo propio, una coreografía suave y predecible que a Aria le sentaba como un guante hecho a medida. Lejos del caos asfixiante de Atenas, la rutina en Ítaca se saboreaba a fuego lento.

Las mañanas comenzaban en la terraza, con desayunos que parecían bodegones renacentistas. Yogur griego espeso como el cemento, pero suave como la seda, miel dorada que brillaba bajo el sol, higos frescos y un café lo bastante fuerte como para resucitar a los muertos. Perfecto.

Katerina, siempre envuelta en batas de seda que la hacían parecer una emperatriz de otra época, se enfrascaba en las conversaciones matutinas con su habitual ironía.

—Aria, cariño, si le pones más miel a ese yogur vas a entrar en un coma diabético y tendré que reanimarte yo. Y te advierto que mis conocimientos de primeros auxilios se basan en lo que vi en Anatomía de Grey —comentaba, dándole un sorbo a su café.

—Es miel de Ítaca, Katerina. Tiene propiedades curativas. Estoy invirtiendo en mi salud a largo plazo —replicaba Aria, llevándose una cucharada rebosante a la boca y cerrando los ojos con deleite.

A los desayunos les seguían los paseos por el inmenso jardín, o la playa privada, y las tardes estaban reservadas para la lectura y la jardinería.

Aria había descubierto que a Katerina le aburrían soberanamente las novelas románticas y los dramas históricos.

Prefería las novelas de misterio nórdicas, cuanto más sangrientas y enrevesadas, mejor.

Verla pintando plácidamente mientras Aria leía en voz alta descripciones de crímenes en la nieve sueca era un contraste que nunca dejaba de hacerle gracia.

Fue durante una de esas mañanas, mientras Aria buscaba toallas limpias en el ala oeste de la casa, cuando hizo un descubrimiento peculiar. Al final del pasillo, una puerta entornada dejaba ver una habitación inmensa. Aria se asomó por inercia, como si algo la llamara desde el interior.

Era un dormitorio espectacular, con ventanales que enmarcaban el mar Jónico como si fuera un cuadro vivo.

Sin embargo, lo que le llamó la atención fue el estado de la estancia.

La cama, enorme y cubierta con una colcha azul marino, estaba hecha con una precisión militar.

No había ni una mota de polvo en los muebles de caoba, y sobre la mesilla de noche descansaba una bandeja con una jarra de agua fresca junto a un vaso limpio.

Una jarra de agua que Matilde renovaba a diario.

Parecía la suite de un hotel de cinco estrellas esperando a su huésped VIP.

—La habitación del Ogro de la Colina —dijo una voz a sus espaldas.

Aria dio un respingo y se giró, llevándose una mano al pecho. Katerina estaba allí, de pie, mirándola con una leve sonrisa.

—¡Katerina! Me has dado un susto de muerte. Y no estaba husmeando, lo juro, es que la puerta estaba abierta y... —Se detuvo de golpe—. Espera, ¿has dicho «el Ogro de la Colina»?

Katerina soltó una carcajada ronca que resonó en el pasillo.

—Por favor, tengo ochenta y cuatro años, pero no estoy sorda. Sé perfectamente cómo llaman a mi nieto en el pueblo. Y, francamente, a veces creo que se queda corto. Sí, esta es la habitación de Ulises.

Aria volvió a mirar hacia el interior.

—Está... lista. Como si fuera a llegar en cualquier momento. Pero casi nunca se queda a dormir.

—No, no se queda —suspiró Katerina, y durante unos instantes, la ironía desapareció de sus ojos, y en su lugar asomó una sombra de melancolía—.

Pero yo ordeno que se prepare todos los días.

Sábanas limpias, agua fresca, las cortinas descorridas para que entre el sol.

Es mi pequeña rebelión contra su terquedad.

Le dejo claro que su sitio está aquí, aunque él se empeñe en vivir atrincherado en su despacho de Atenas.

—Entiendo —murmuró Aria.

Más tarde, durante su paseo matutino por el jardín, el tema volvió a surgir.

Los limoneros perfumaban el aire con un aroma cítrico y limpio, y las buganvillas trepaban por los muros de piedra blanca estallando en colores fucsias y violetas. El sonido de las cigarras era el telón de fondo perfecto, como una banda sonora.

Katerina caminaba despacio, apoyándose ligeramente en el brazo de Aria, observando las flores.

—Ulises no siempre ha sido un adicto al trabajo con alergia a las emociones, ¿sabes?

—comentó de pronto, deteniéndose frente a un rosal blanco—.

Cuando era pequeño, era un torbellino. Se pasaba el día corriendo por el jardín, con las rodillas llenas de rasguños y los bolsillos llenos de ranas que soltaba en la cocina para aterrorizar a Matilde.

No sé cómo la pobre todavía sigue trabajando aquí.

Aria delineó en los labios una sonrisa.

Intentó visualizar al autor del infame manual de «Protocolo de Asistencia» con sus cuarenta y siete páginas persiguiendo ranas, y su cerebro hizo un cortocircuito.

—Me cuesta imaginarlo sin un traje de chaqueta y sin estar delante de un portátil, o dirigiendo una junta, la verdad.

Katerina sonrió con tristeza y acarició los pétalos de una rosa.

—La vida tiene una forma muy cruel de obligarte a crecer antes de tiempo —dijo—. Ulises tenía ocho años cuando... cuando ocurrió.

Aria guardó silencio. Notó cómo el ambiente ligero del jardín se volvía de repente más espeso. Aminoró el paso, dándole a Katerina todo el tiempo del mundo para que hablara, si quería.

—Fue un accidente de avioneta —continuó.

Su voz perdió un poco de fuerza, pero mantuvo una dignidad inquebrantable—.

Mi hijo, su mujer y la pequeña Keisi, la hermana mayor de Ulises.

Volvían de pasar el fin de semana en Cefalonia.

Hubo una tormenta imprevista, un fallo en el motor... Cayeron al mar.

Aria sintió un nudo frío en el estómago.

—Dios mío... Katerina, lo siento muchísimo —murmuró.

Katerina asintió con la cabeza.

—Ulises iba con ellos —añadió, girando la cabeza para mirar a Aria a los ojos.

Había una mezcla de antiguo dolor y de orgullo en su mirada—.

Fue el único superviviente. Un pescador lo encontró horas después, aferrado a un trozo del fuselaje.

Con ocho años perdió a sus padres y a su hermana en un abrir y cerrar de ojos, y se quedó solo en medio del mar oscuro hasta que lo rescataron.

Aria se quedó sin aliento.

Joder. La escena era terrible. Y sobre todo para un niño.

De repente, la imagen del «Ogro de la Colina» se desmoronó por completo.

El hombre controlador, el jefe exigente que protestaba por todo y redactaba manuales absurdos sobre la temperatura de las cosas, ya no le parecía un tirano excéntrico.

O no por las razones que ella creía que era así.

Le pareció un niño aterrorizado que había crecido intentando controlar cada cosa de su entorno porque, una vez, la vida le había demostrado de la forma más brutal posible que no tenía el control de nada, y que le podía quitar todo de golpe, en menos de lo que duraba un parpadeo.

—Yo me hice cargo de él, por supuesto —dijo Katerina, retomando el paseo y apoyándose un poco más en el brazo de Aria—.

Lo traje aquí. Lo crie lo mejor que supe.

Pero algo se rompió en él aquel día, Aria.

El niño de las ranas se ahogó en aquel mar, y emergió un hombrecito serio, hermético, que decidió que, si no amaba a nadie, no volvería a sufrir cuando los perdiera.

Por eso trabaja tanto. Los números no mueren.

Las empresas no tienen accidentes en el mar.

Aria asintió lentamente, procesando la información. Una oleada de empatía reemplazó cualquier rastro de irritación que hubiera sentido hacia Ulises Diakos.

—Tiene que haber sido muy duro para él —comenzó—. Y para ti, Katerina. Perder a tu hijo, a tu nieta, a tu nuera… y tener que ser fuerte para el nieto que había sobrevivido. Eres una mujer extraordinaria.

Katerina soltó un bufido, agitando una mano en el aire para espantar el halago, aunque una pequeña sonrisa asomó a sus labios pálidos.

—Tonterías. Hice lo que cualquier abuela griega haría: alimentarlo a base de musaca y amor incondicional, aunque él se resistiera —dijo, con ese punto de humor mordaz tan característico suyo.

Cogió una bocanada de aire—. Pero bueno, ya basta de tragedias helenas por hoy.

Me estás mirando con cara de cachorro apaleado y me niego a ser objeto de lástima.

Nunca me ha gustado sentirme como una víctima, aunque en algún momento lo haya sido.

Aria se echó a reír, aliviada por el cambio de tono.

—No es lástima, es admiración —dijo—. Pero prometo no mirarte como si fueras de cristal. Sé perfectamente que podrías tumbarme si echáramos un pulso —bromeó.

—Y no lo dudes —replicó Katerina, guiñando un ojo—.

Pero ahora te toca a ti, señorita misterios.

Llevas aquí días, sabes muchos de mis secretos, aguantas mis manías y me lees historias de suecos descuartizados, pero apenas sé nada de ti.

¿De dónde sale una chica con tanta paciencia y tan poco miedo a jefes gruñones?

Aria sonrió, dando una suave patada a una piedrecita del sendero. El sol le calentaba los hombros y la brisa marina le alborotaba el pelo, que caía suelto hasta la mitad de la espalda. Se sentía tan a gusto con Katerina que la confesión fluyó sin esfuerzo, ligera como el aire de Ítaca.

—Bueno, mi historia tiene menos drama y más clichés de telenovela de sobremesa —comenzó, con un tono chispeante y desenfadado—.

Mi padre decidió que la vida familiar no era lo suyo cuando yo tenía dos años.

Supongo que fue a comprar tabaco, o aceitunas de Kalamata, y se perdió por el camino. Nunca más volvió.

—¡Cobarde! —exclamó Katerina, indignada—. Si lo tuviera delante, le daría una buena patada en las espinillas.

Aria soltó una carcajada.

—Me encantaría verlo, pagaría entrada. Pero la verdad es que nos hizo un favor.

No era un buen hombre —aseveró—. Mi madre y yo nos fuimos a vivir con mi abuela.

Así que fui criada por un matriarcado. Dos mujeres fuertes, ruidosas, trabajadoras, feministas y con opiniones muy firmes sobre absolutamente todo.

—Ah… —Katerina asintió despacio, con los ojos brillantes, como si acabara de comprender algo—. Ahora lo entiendo todo. Con razón Ulises no te asusta. Estás entrenada por profesionales —dijo en tono distendido.

—Sí, así es. —Aria le devolvió la sonrisa, apretando suavemente el brazo de Katerina—.

Crecí en una casa donde las mujeres resolvían los problemas, arreglaban las tuberías, los enchufes, trabajaban de sol a sol, y se reían a carcajadas de los dramas de la vida.

Mi abuela era... bueno, era un poco como tú.

No dejaba que nadie le dijera lo que tenía que hacer, y tenía un radar infalible para detectar tonterías.

—Suena a que era una mujer fascinante. Y muy inteligente —dictaminó Katerina con satisfacción.

—Lo era —afirmó Aria.

—Así que, en el fondo, las dos somos supervivientes de familias poco convencionales. Tú fuiste criada por una abuela de armas tomar, y yo crie a un nieto que ahora se cree el rey del mundo empresarial.

—Bueno, es que es el rey del mundo empresarial —comentó Aria.

Katerina se quedó pensando unos segundos.

—Sí, tienes razón —dijo.

—Pero volviendo al tema, somos el club de las mujeres al mando —bromeó Aria.

—Me gusta cómo suena eso —dijo Katerina, deteniéndose para mirar hacia el horizonte, donde el mar se fundía con el cielo en un abrazo de color azul infinito—. ¿Sabes, Aria? Creo que mi nieto, por una vez en su vida, hizo algo bien sin darse cuenta.

—¿El qué? —preguntó ella, curiosa.

Katerina se giró hacia Aria, y delineó en sus labios una sonrisa suave, desprovista de cualquier matiz de ironía, pero llena de un afecto sincero que le iluminó el rostro arrugado.

—Traerte a Ítaca —respondió.

Aria sintió un calor reconfortante expandirse por su pecho. Miró a Katerina, luego al jardín bañado por el sol, y finalmente hacia la ventana de aquella habitación que siempre estaba preparada en el piso de arriba.

—Tienes razón —dijo.