CAPÍTULO 11 #2
Un cartel de madera sobre la puerta mostraba una gaviota pintada a mano que, por algún error de cálculo del artista, parecía estar ligeramente bizca, lo que le confería un encanto irresistible.
Aria empujó la puerta de cristal. Al igual que en la librería, una campanilla tintineó, anunciando su llegada con un sonido alegre.
El interior era aún más acogedor que el exterior.
Mesitas de mármol con patas de hierro forjado se distribuían sobre un suelo de baldosas de patrones hipnóticos.
Detrás de una vitrina que exhibía porciones pecaminosamente grandes de baklava de pistacho bañados con jarabe de miel y tartas de queso rebosantes de mermelada, se encontraba el centro de operaciones.
—¡ Kalispera ! ¡Pasa, pasa, que el aire acondicionado es gratis y el café es el mejor del Jónico!
La voz que llamó su atención, vibrante y cargada de energía, provenía de una chica joven que estaba limpiando una mesa con la velocidad y la intensidad de un tornado.
Llevaba un delantal vaquero sobre una camiseta de rayas, el pelo negro recogido en una coleta alta que rebotaba con cada uno de los movimientos que hacía, y una sonrisa que le ocupaba la mitad de la cara.
—Hola —respondió Aria, contagiada por su entusiasmo—. Un café helado me salvaría la vida ahora mismo —dijo.
—¡Marchando un freddo espresso para la forastera!
—anunció la chica, lanzando el trapo sobre el mostrador con una puntería envidiable—.
Soy Xanna, por cierto. Camarera, relaciones públicas y la Wikipedia no oficial de esta isla.
Y esa señora con cara de estar apuntando mentalmente mis errores es Mirta.
Al lado de la imponente máquina de café italiana, una mujer de mediana edad, con el pelo oscuro veteado de plata y una expresión de escepticismo en el rostro, levantó la vista de la taza que estaba puliendo con un paño.
—No apunto tus errores, Xanna, simplemente me maravillo de que aún no hayas roto nada hoy —replicó Mirta con voz grave y un tono seco que, sin embargo, escondía un evidente cariño maternal.
Luego, clavó sus ojos oscuros en Aria—. Bienvenida a La Gaviota .
No le hagas mucho caso a la niña, se ha tomado tres cafés esta mañana y aún está como una moto. A mil revoluciones.
Aria soltó una pequeña carcajada y se acercó a la barra, acomodándose en uno de los taburetes altos de madera.
—Soy Aria. Y no te preocupes, vengo de Atenas, estoy acostumbrada a que todo el mundo vaya por la calle a mil revoluciones.
Xanna se apoyó con los codos en la barra, invadiendo el espacio personal de Aria con la confianza de eses seres humanos que no conocen el concepto de «distancia social». Sus ojos negros destellaron con la chispa inconfundible de un cotilleo inminente y jugoso.
—Aria... Aria... —murmuró, entrecerrando los ojos como si estuviera escaneando un documento—. ¡Ah! ¡La chica de Atenas! ¡La nueva cuidadora de Katerina Diakos!
Aria parpadeó varias veces, impresionada.
—Vaya. Dora, la chica de la librería, me ha dicho que las noticias aquí volaban, pero esto adquiere un nivel de servicio de inteligencia.
—Cariño, en Ítaca el FBI vendría a tomar apuntes —bromeó Xanna, apoyando la barbilla en las manos—. Así que es verdad... —Bajó la voz, adoptando un tono conspiratorio—. ¿Trabajas para el Ogro de la Colina? ¡Qué valiente!
Aria tuvo que morderse los labios para no soltar una carcajada.
El Ogro de la Colina.
Era un apodo maravilloso. No podía negarlo. Mentalmente, lo añadió a la portada del dossier de cuarenta y siete páginas de Ulises. «Protocolo de Asistencia, redactado por el Ogro de la Colina».
—¿El Ogro de la Colina? —repitió en voz alta, arqueando una ceja con expresión divertida—. Supongo que te refieres a Ulises Diakos.
—El mismísimo —confirmó Xanna, asintiendo con tanta vehemencia que la coleta le azotó la nuca—.
Madre mía, ese hombre es una leyenda urbana en el pueblo.
La última vez que bajó a la plaza, hace como dos años, se quejó de que las campanas de la iglesia sonaban en un tono «demasiado agudo para la acústica de la plaza».
Y dicen que una vez devolvió un café porque, según él, estaba demasiado fuerte y no le iba permitir concentrarse.
Es famoso por quejarse hasta del color del cielo —bromeó.
Aria se tapó la boca con la mano, riendo por lo bajo. La imagen de Ulises, enfundado en uno de sus perfectos trajes, frunciendo el ceño ante el sonido de las campanas de la iglesia por ser «demasiado agudo», era tan absurdamente plausible que le dolía el estómago de contener la risa.
—Bueno, no puedo confirmar lo del sonido de las campanas —dijo Aria, con los ojos bailando de diversión—, pero sí puedo decir que tiene opiniones muy firmes sobre la temperatura exacta a la que debe servirse una sopa. Digamos que es un hombre... meticuloso.
—Meticuloso dice. Es un puto témpano de hielo —aseveró Xanna, inclinándose aún más cerca de Aria, como si fuera a revelarle los códigos nucleares de la bomba atómica—.
Dicen que trabaja tanto que ya no recuerda cómo sonreír.
Te lo juro, Dimitrios, uno de los pescadores más viejos del lugar, dice que, si Ulises sonriera, su cara se agrietaría como un jarrón viejo.
—Deja de asustar a la clientela, Xanna, o te pondré a fregar los baños —intervino Mirta, colocando un vaso frente a Aria. El hielo tintineó contra el cristal, y la espuma del café tenía un aspecto exquisito—. Aquí tienes tu freddo espresso , Aria. Invita la casa por ser tu primera vez.
—Oh, muchísimas gracias, Mirta —dijo ella, agradecida.
Se llevó el vaso a la boca, le dio un sorbo al café y cerró los ojos un segundo. Dios, estaba perfecto. Fuerte, frío y con el punto exacto de dulzor.
Mirta se apoyó en la barra frente a ella, cruzándose de brazos. Su expresión se suavizó un poco, adoptando un matiz de curiosidad.
—Y dime, muchacha... ¿qué tal la abuela? La señora Katerina. Hace meses que no la vemos por el pueblo. ¿Está muy mal? —Mirta bajó un poco la voz, frunciendo el ceño con expresión de lástima—. ¿Está... ya sabes... chocha? —preguntó—. Pobre mujer, encerrada en esa enorme casa.
La palabra «chocha» flotó en el aire, y Aria sintió una reacción física inmediata.
Fue como si un resorte saltara dentro de ella.
La imagen de Katerina, con su mascarilla de gel frío en los ojos, sus comentarios mordaces, su risa fresca y su brillante estrategia de fingir achaques para que su nieto fuera a verla más a menudo, cruzó por su mente.
Aria dejó el vaso de café sobre la barra con un golpe un poco más seco de lo que pretendía. Su postura se irguió instintivamente, y aunque mantuvo la sonrisa, sus ojos mostraron un destello de lealtad.
—¿Chocha? —repitió, y soltó una risa fuerte y clara, negando con la cabeza—. Ay, Mirta, ni por asomo. Katerina tiene la mente más afilada que un cuchillo de chef. De hecho, estoy bastante segura de que es más lista que todos nosotros juntos.
Xanna parpadeó, sorprendida por la vehemencia de la respuesta, y Mirta enarcó las cejas, claramente impresionada.
—No está encerrada, está... reinando desde las alturas —continuó Aria.
Su tono era ligero pero firme, rebosante de un afecto hacia Katerina que ella misma no sabía que había crecido tan rápido—.
Tiene un sentido del humor maravilloso, una ironía que ya quisiera yo para mí, y una energía que me agota solo de verla.
Si no baja al pueblo es porque prefiere que la gente vaya a verla a ella, y porque no para de trabajar en su jardín.
Es toda una matriarca. Os aseguro que de «pobre mujer» no tiene absolutamente nada.
Hubo un segundo de silencio en la cafetería, roto solo por el zumbido de la nevera de las tartas. Mirta esbozó una sonrisa lenta, una sonrisa que daba a entender que su curiosidad había sido satisfecha.
—Me alegra oír eso —dijo, asintiendo con respeto—. Y me alegra ver que tiene a alguien que la defiende con tantas ganas. Parece que el Ogro de la Colina ha hecho por fin algo bien al contratarte.
—¡Eso, eso! —secundó Xanna, dando una palmada en la barra que hizo saltar un azucarero—. ¡Brindo por eso! Bueno, tú brindas con tu café y yo con mi bayeta —dijo.
Aria esbozó una sonrisa. Levantó su vaso helado, notando que un calor muy agradable se instalaba en su pecho, un calor que no tenía nada que ver con la temperatura exterior. Se sentía cómoda. Se sentía en casa.
—Por Katerina —brindó, volviendo su sonrisa chispeante—. Y por el Ogro de la Colina. Que, sin él, yo no tendría trabajo.
—Por Katerina y el Ogro de la Colina —dijo Xanna.
Aria dio otro sorbo de café, saboreando el momento.
Ítaca no solo tenía aire puro y paisajes de ensueño. De repente también tenía a Dora, a Xanna, a Mirta, y a una jefa maravillosa esperándola en casa, junto a Matilde.
El miedo que tenía a que su vida en Ítaca fuera a ser tediosa se desvaneció. La isla prometía ser de todo menos aburrida.