CAPÍTULO 11
El reloj de pared del salón marcaba las cuatro de la tarde con un tictac perezoso, casi como si el propio mecanismo estuviera contagiado por el letargo de la sobremesa.
Katerina estaba recostada en el sofá, con los pies en alto y una mascarilla de gel frío sobre los ojos que le daba el aspecto de una superheroína jubilada.
Aria, con una actitud vigilante, daba vueltas por el enorme salón, recolocando cojines que ya estaban perfectamente colocados por Matilde.
—Aria, querida —dijo Katerina de pronto, sin moverse un milímetro ni levantarse la mascarilla—. Si sigues ahuecando ese cojín, vas a apelmazar las plumas. Y me estás mareando. Puedo oír cómo vas de un lado a otro.
Aria se detuvo en seco, abrazando el cojín bordado que tenía entre las manos contra su pecho.
—Estoy... supervisando tu sueño. Tu nieto me ha dejado muy claro en la página veintidós del manual de «Protocolo de Asistencia» que tu siesta debe ser monitoreada para asegurar un descanso óptimo.
Katerina soltó un bufido que hizo que la mascarilla de gel se le resbalara un poco por el puente de la nariz. Se la apartó con un dedo y fulminó a Aria con su único ojo visible.
—Mi nieto es un excéntrico con corbata que no sabe lo que es una siesta. Y tú eres una chica de veintitantos años que se está comportando como una solterona victoriana. —Katerina se quitó la mascarilla del todo y señaló a Aria con ella—. Sal de mi casa.
—¿Me estás echando? —Aria se llevó una mano al pecho, fingiendo indignación—. ¡Ya hasta los pacientes se me sublevan!
—Te estoy desterrando temporalmente de mi casa por tu propio bien —replicó Katerina, esbozando una sonrisa cómplice—.
Mírate, estás pálida. Necesitas vitamina D, necesitas ver a gente que no tenga la cadera de titanio.
Ítaca es un lugar maravilloso, lleno de gente hospitalaria y cordial.
Sal a explorar. Piérdete un poco. Encuentra un pescador guapo, o al menos un buen café capuchino.
Y no vuelvas hasta que hayas respirado aire que no huela a mis ungüentos de mentol.
Aria sonrió, sintiendo una oleada de afecto por aquella mujer. Joder, le había tocado la lotería con ella. Tenía conocidas que habían trabajado cuidando ancianos y solo les había faltado pegarlas con el bastón.
Dejó el cojín en su sitio y le hizo una reverencia exagerada.
—Sus deseos son órdenes, oh, gran matriarca. Si su nieto llama para comprobar mis coordenadas GPS, dile que me he ido a buscar el vellocino de oro —bromeó.
—Si mi nieto llama para controlar dónde estás, le mandaré a paseo —contestó Katrina, colocándose de nuevo la mascarilla de gel en los ojos.
Aria dejó escapar una sonrisilla.
—Vale, entonces me voy a dar una vuelta —dijo.
—¿Quieres que le diga a Yiannis que te lleve? —preguntó Katerina.
—No, iré dándome un paseo. Me encanta caminar.
—Como quieras.
—Hasta luego —dijo Aria, sonriente.
—Hasta luego —se despidió Katerina.
Un rato después, Aria caminaba por las estrechas y serpenteantes calles de la isla.
El calor de la tarde había empezado a ceder, dando paso a una brisa marina que se colaba entre las casas de fachadas pastel y tejados de terracota.
No tardó en darse cuenta de que Katerina tenía razón.
Ítaca no era solo una isla, era un estado de ánimo.
La gente con la que se cruzaba, sentada en sillas de mimbre a las puertas de sus casas o barriendo los pequeños patios llenos de geranios, le dedicaba sonrisas abiertas y sonoros «¡Kalispera! » , «Buenas tardes» en griego.
No había prisa en sus movimientos. El tiempo allí no se medía en minutos, sino en la longitud de las sombras y en el ritmo de las mareas.
Caminando sin rumbo fijo, dejándose guiar por el instinto y por el aroma a salitre y buganvillas, Aria desembocó en una pequeña plaza empedrada.
Allí, encajonada entre una taberna de la que emanaba un olor exquisito a pulpo a la brasa y una tienda de cerámicas, vio un letrero de madera pintado a mano en tonos turquesa: «Letras del Mar» , rezaba. Era una librería.
La campana de latón sobre la puerta tintineó alegremente cuando Aria entró.
El interior era un refugio mágico. Olía a papel, a tinta, a madera vieja y a ese toque inconfundible que desprenden los libros, tantos los nuevos como los antiguos.
Las estanterías, pintadas de un azul cobalto desgastado, trepaban hasta el techo, abarrotadas de volúmenes en griego, inglés y un puñado de otros idiomas.
A Aria se le iluminó el rostro, consciente de que había encontrado un pequeño tesoro en la isla y de que visitaría aquella librería muchas veces.
Detrás de un mostrador de madera maciza, que parecía haber sido rescatado del naufragio de un galeón, había una chica que podría tener más o menos su edad.
Tenía el pelo rizado y oscuro recogido en un moño caótico del que escapaban mechones rebeldes hacia todos lados, y llevaba unas gafas de pasta roja que le daban un aire de intelectual traviesa.
Estaba absorta leyendo un libro de bolsillo, pero levantó la vista al oír la campana.
—¡Hola! —saludó, cerrando el libro de golpe y apoyando los codos en el mostrador—. Bienvenida al único lugar de la isla donde las historias no se cuentan a gritos de balcón a balcón. Soy Dora.
Aria soltó una carcajada espontánea, sintiéndose inmediatamente a gusto.
—Hola, Dora. Soy Aria. Y gracias a Dios por el silencio. Vengo huyendo de un manual de instrucciones de cuarenta y siete páginas sobre cómo cuidar a una abuela que, francamente, tiene más energía que yo.
Dora levantó las cejas por encima de sus gafas rojas y una sonrisa de comprensión emergió en su rostro.
—Tú eres la nueva cuidadora de la señora Katerina.
La empleada del temible Ulises Diakos. —Dora se rio entre dientes—.
Las noticias en Ítaca viajan más rápido que la fibra óptica.
En el pueblo ya hay apuestas sobre cuánto tardarás en tirarte de los pelos y largarte corriendo, pero te veo bastante entera.
—De momento, mi cordura está intacta —bromeó Aria, acercándose al mostrador y ojeando una pila de novelas—. Katerina es fantástica. Su nieto, en cambio, se comunica la mayor parte del tiempo a base de gruñidos y quejas.
—¿Por qué será que no me sorprende? —dijo Dora, haciendo un gesto en el aire con la mano—. Pero oye, te has ganado el respeto del pueblo solo por atreverte a venir a trabajar, después de... ¿Cuántas van ya?
—Yo soy la séptima —respondió Aria.
Dora sacudió la cabeza.
—Bueno, si necesitas un refugio, tranquilidad, y libros que no sean manuales de cuidados geriátricos, esta es tu casa —dijo.
—Gracias —sonrió Aria.
Pasaron la siguiente media hora charlando como si se conocieran de toda la vida.
Dora era chispeante, aguda y tenía un sentido del humor deliciosamente sarcástico.
Le recomendó a Aria un par de novelas ligeras y le hizo un croquis mental de los mejores lugares de la isla, advirtiéndole sobre qué tabernas eran trampas para turistas con paladar de corcho y cuáles servían la verdadera musaca de los dioses.
Cuando Aria salió de Letras del Mar con dos libros bajo el brazo y la promesa de volver para tomar un café con Dora, sentía el corazón ligero.
Siguió su paseo hacia el puerto, el famoso golfo natural que se cerraba sobre sí mismo como un abrazo protector.
El agua era de un azul tan intenso y cristalino que parecía irreal. Un espejo líquido donde se reflejaban los pequeños kaikia , las barcas de pesca tradicionales, pintados de rojo, amarillo y azul brillante.
Aria caminó por el paseo marítimo, llenando sus pulmones con el aire puro del mar Jónico. Podía oler el salitre, la resina de los pinos que se aferraban a las laderas de las montañas circundantes, y el dulce aroma del jazmín que trepaba por las fachadas encaladas.
Decidió sentarse en el muelle, dejando que sus piernas colgaran sobre el agua, y cerró los ojos, levantando el rostro hacia el sol del atardecer. La brisa le acarició las mejillas de una forma que ella sintió cálida y reconfortante.
De pronto, fue plenamente consciente del contraste brutal entre aquel momento y su vida apenas unos meses atrás.
En Atenas, su existencia había sido una carrera de obstáculos constante.
El ruido ensordecedor del tráfico en la avenida Syngrou, el humo de los tubos de escape, el estrés palpitando en sus sienes mientras corría de un trabajo precario a otro, mirando el reloj, sintiendo que siempre llegaba tarde a alguna parte, a su propia vida.
En la ciudad, su estómago siempre era un nudo tenso de ansiedad, al igual que sus hombros, que soportaban toda la tensión acumulada.
Pero ahí... en Ítaca, el nudo se había deshecho.
Abrió los ojos y contempló el paisaje.
Pensó en Kioni, el pequeño pueblo pesquero al norte del que Dora le había hablado, con sus molinos de viento en ruinas vigilando la bahía, pensó en los olivos centenarios que salpicaban los valles, retorcidos y sabios, y se sumergió en la paz inquebrantable del lugar.
Ítaca no era solo el destino mítico de un rey errante, era un bálsamo.
Aria suspiró con una exhalación larga y profunda que pareció llevarse consigo los últimos restos de la ansiedad. Se sentía viva, presente. Sentía que podía respirar de verdad por primera vez en meses.
Sonrió para sí misma, mirando cómo el sol empezaba a teñir el cielo de tonos melocotón y lavanda. Katerina tenía razón. No podía quedarse encerrada. Ítaca la estaba esperando con los brazos abiertos, y Aria estaba más que dispuesta a dejarse abrazar.
El aroma a café recién molido, canela y masa horneada fue el canto de sirena que sacó a Aria de su ensoñación.
Tras su encuentro con Dora en la librería, y su parada en el paseo marítimo, sus pies la habían llevado hasta una pequeña plaza empedrada donde se erguía, orgullosa y coqueta, la cafetería La Gaviota .
La fachada era una delicia visual. Estaba pintada de un blanco inmaculado, con contraventanas de un amarillo mostaza vibrante y un toldo a rayas que le daba un aire de café parisino de los años cincuenta, pero con alma innegablemente griega.